Paula sacudió la cabeza. El tono de Pedro la confundía. A pesar del cambio que se había producido en Catalina, no parecía muy contento. Sin embargo, se sentía en la obligación de mantener en secreto lo que la pequeña le había dicho a modo de confidencia.
–Solo hablamos, Pedro –le dijo–. Le gusta que le cuente historias de cuando Luciana y yo íbamos al colegio juntas. Deja de buscarle tres pies al gato y vete y disfruta del día con tu hija – esbozó una sonrisa forzada. No había hecho nada malo; no tenía por qué sentirse incómoda–. Yo voy a poner en marcha un plan para sobornar a Mamá Sara y que me dé algunas de sus recetas secretas.
Aunque Pedro seguía sin sonreír, pareció aliviado al oír su respuesta, y a ella le bastó con eso. Se alegraba de corazón por él, por que Catalina hubiese decidido darle otra oportunidad, pero ese sentimiento también la asustaba. Estaba empezando a darse cuenta de que estaba tan enamorada de él, y de que se sentía tan ligada a Catalina y a él, que estaba segura de que, fuera lo que fuera lo que le deparara el futuro, no la llenaría ni la cuarta parte que el estar con ellos.
Pedro no conseguía conciliar el sueño. Miró a Paula, que seguía dormida, se bajó de la cama y fue hasta el balcón. La alegría que había sentido con el cambio de actitud de Catalina se había visto empañada cuando se había dado cuenta de lo ingenuo que había sido con Paula. Había puesto a Catalina en una posición muy vulnerable, y era algo que jamás se perdonaría. Desde la otra noche, cuando le había pedido a Paula que fuera a darle las buenas noches, había notado que su hija estaba más callada, y tampoco se le había escapado la fuerte dependencia que había desarrollado hacia la niña. Al principio le había parecido una suerte que Catalina se llevara tan bien con ella, pero lo que había ocurrido esa mañana le había puesto la mosca detrás de la oreja, y el haber pasado el día lejos de la embriagadora presencia de Paula le había permitido tomar distancia y verlo todo con claridad. En un primer momento se había dicho que tenía que estar equivocándose, que lo que estaba pensando era ridículo, pero todo el tiempo lo asaltaban recuerdos de instantes de ternura entre Paula y su hija, de lo deprisa que se había ido afianzando la amistad entre ellas, y llegó un punto en el que ya no podía seguir negando la evidencia, ni a lo que apuntaba. No se podía creer que hubiera desoído a su instinto y aquella sensación incómoda que había tenido tantas veces. Después de haberle dado muchas vueltas a lo largo del día, había llegado a la firme convicción de que Paula había estado jugando con él, y de un modo magistral. Su fingida reticencia a acompañarlos en ese viaje, su falsa preocupación por Catalina…
Pensó en la excursión que había hecho ese día con su hija. Su alegre cháchara, que tanto había echado de menos, había estado salpicada de incontables menciones a Paula. Igual que una enredadera, había invadido sigilosamente sus mentes, y en especial la de Catalina. Era evidente que la pequeña la idolatraba como si fuera una heroína. Sí, Paula estaba jugando con ellos, y aunque Catalina era inocente y no sabía nada de la vida, él se había dejado engañar como un tonto, porque el deseo lo había cegado, enturbiándole la razón. Pero eso no volvería a pasar.
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