–Catalina está castigándome por haberle ocultado la verdad todos estos años –murmuró Pedro.
Paula alargó el brazo y le apretó suavemente la mano.
–Pero lo hace porque no tiene otra manera de expresar su ira. Sabe lo mucho que la quieres, y si está arremetiendo contra tí es porque no puede hacerlo contra su madre, que es con quien está dolida, por rechazarla. Lo único que ansía es que su madre la quiera; eso es todo.
Pedro apretó los labios.
–Espero que tengas razón, y que antes o después se dé cuenta de que no soy el enemigo –murmuró. Giró la cabeza hacia la ventanilla–. ¡Ah!, mira, ahí está –dijo señalando.
Paula miró hacia abajo, y vió una isla cuajada de bosques en medio del mar, que era de un increíble azul verdoso. En ese momento se abrió la puerta del camarote y salió Catalina, que fue hacia ellos.
–Le estaba enseñando «Nuestra» isla a Paula –le dijo Pedro–. Pronto aterrizaremos.
Catalina lo ignoró, se sentó en el regazo de Paula, y se puso a señalarle por la ventanilla y a contarle cosas de la isla. Pedro no dejó que su actitud hiciera mella en él. Sabía que Paula tenía razón en lo que le había dicho. No podía culpar a la pequeña por la reacción que estaba teniendo. Le había quedado un cosquilleo en la mano después de que Kate se la apretase para mostrarle su apoyo. Era algo que nunca antes había experimentado, compartir con alguien una preocupación. Lo hacía sentirse… No quería pensar en cómo lo hacía sentirse. Y tampoco en los sentimientos que afloraban en su corazón al ver a Catalina tan confiada y relajada en el regazo de Paula, charlando con ella. Con la diferencia horaria, pasaban de las tres de la tarde cuando llegaron. El sol pegaba, y debía de haber llovido hacía poco, porque había mucha humedad. Cuando bajaron del avión, junto a un todoterreno descubierto estaba esperándolos un joven de color que Pedro le presentó a Paula. Era Benjamín, uno de los hijos de los guardeses, y trabajaba para él, como sus padres. Los saludó sonriente y, después de que metieran las maletas en el vehículo y subieran todos a él, se pusieron en camino por una estrecha carretera que discurría paralela a la costa. Paula iba sentada detrás con Catalina, admirando el paisaje y escuchando la charla incesante de la niña. La alegraba verla tan animada. No tardaron mucho en llegar a un encantador pueblo pesquero, Anse D’Arlet. Tenía un pequeño puerto donde había amarrados pequeños barcos y barcas de colores que se balanceaban sobre el agua, una iglesia blanca, y una calle principal salpicada de tiendas. Algunos edificios evocaban ecos del esplendor de la época colonial, añadiendo una nota de especial atractivo al conjunto. Catalina señaló con el dedo y dijo entusiasmada:
–¡Mira, Paula, esa es la casa de Alma! Pedro, ¿Puedo bajar a verla?
Paula vió a Pedro apretar la mandíbula, dolido sin duda por que lo llamara por su nombre, en vez de «Papá». Por un momento pareció que iba a decirle que no, pero le pidió a Benjamín que parara frente a la casa para que la pequeña se bajara. De la vivienda salió una niña de color, y las dos corrieron, entre chillidos de emoción, la una hacia la otra. Pedro saludó con la mano a la mujer que se asomó a la puerta, y Paula supuso que sería la madre de la otra chiquilla. Él se volvió para mirar a Paula y sacudió la cabeza antes de decirle:
–Ya ves cómo se pone cuando llega aquí. No sé yo si contaremos siquiera con ella para la cena. Aunque supongo que querrá ver a Mamá Sara…
Pedro continuó conduciendo hasta que salieron del pueblo, y unos minutos después salió de la carretera para tomar un camino de tierra. Cruzaron las puertas abiertas de una verja, y entraron en el patio delantero de una idílica villa, con altísimos y frondosos árboles, exóticas flores, y una gran casa encalada. Era de estilo colonial, y tenía un porche de madera a todo alrededor, y un balcón en el piso superior con una barandilla de hierro forjado. Las contraventanas estaban pintadas de un azul brillante, y todo parecía limpio y amorosamente cuidado. Cuando se hubieron bajado del todoterreno, una mujer negra, oronda y con los dientes más blancos que Paula había visto en su vida, salió a recibirlos.
–Paula, te presento a la única e inigualable Mamá Sara –dijo Pedro, señalándola con un ademán, mientras ayudaba a Benjamín a sacar las maletas.
La mujer, que se había quedado en lo alto de los escalones del porche, puso las manos en las caderas.
–Déjate de bobadas y ven a darme un abrazo –dijo–. ¿Y dónde está mi niña? –inquirió mirando a un lado y a otro.
Pedro dejó a Benjamín con el equipaje y fue junto a Mamá Sara, a quien dió un fuerte abrazo.
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