martes, 16 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 30

 –Fascinante… –murmuró Pedro, sacudiendo la cabeza y acariciándole la mejilla con el pulgar–. Creo que nunca había visto a ninguna mujer sonrojarse con tanta facilidad.


Sus ojos permanecieron fijos en los suyos tanto rato que Paula empezó a sentir como si se estuviera derritiendo por dentro. Y entonces, cuando ya estaba a punto de suplicar que la liberara del hechizo de su intensa mirada, de pronto él apartó la vista, sumiéndola en una maraña de sentimientos encontrados. El barman volvió con las bebidas, y antes de marcharse le dedicó a Pedro una sonrisa cómplice y una mirada traviesa que a ella no le pasaron desapercibidas. Tomó un sorbo de ron, y de inmediato le escocieron los ojos y le dió tos. Pedro enarcó una ceja y sonrió.


–Esto está fortísimo –protestó Paula, tomando un buen trago de agua–. Podrías haberme avisado.


En ese momento, los músicos empezaron a tocar una melodía con un ritmo contagioso, y Pedro se puso de pie y le tendió la mano.


–Venga, vamos a bailar.


Paula se echó hacia atrás en su asiento, presa del pánico, y sacudió la cabeza.


–Yo… No sé bailar, Pedro.


La mano de él no se movió de donde estaba.


–En serio –insistió ella en un tono suplicante–, de verdad que bailo fatal. Lo único que conseguiría es hacerte pasar vergüenza.


Pedro se puso a su lado y la tomó de la mano para levantarla. Paula volvió a resistirse.


–De verdad, baila con otra; seguro que no te cuesta nada encontrar a alguna otra chica que quiera bailar contigo.


Pedro no estaba escuchándola. Mientras la arrastraba a la pista, Paula recordó con horror las risas de Luciana un día que la había obligado a bailar en un club nocturno, y los pisotones a los hombres con los que había bailado en cierto baile benéfico.


–Pedro, tú no lo entiendes –iba diciéndole, al tiempo que trataba de soltarse–. Soy un pato mareado, igual que lo era mi padre. Nunca he sabido…


Pedro se giró y atrajo hacia sí a Paula, que se quedó muda al sentirlo pegado a ella, con una mano en el hueco de su espalda, y la otra sosteniendo la suya en alto. Él comenzó a bailar, moviendo sinuosamente sus caderas contra las de ella y marcando el paso.


–Solo tienes que sentir el ritmo –le dijo al oído, haciéndola estremecer–. Deja que pase a través de tí.


Lo único que Paula sentía en ese momento era que todo su cuerpo parecía haberse vuelto de gelatina. Pedro se apartó un poco de ella y le puso las manos en las caderas.


–¿Ves? Mira mis pies; haz lo mismo que yo.


Paula estaba completamente aturullada. El ancho tórax de Pedro y el movimiento de sus estrechas caderas la tenían hipnotizada, y, cuando la puso de espaldas a él y la atrajo hacia sí, pasándole un brazo por el estómago, dejó de preocuparse por no saber bailar. Cerró los ojos y reprimió un gemido de placer. La melodía terminó, pero dio paso a otra lenta y sensual, y él la giró de nuevo y le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.


–¿Lo ves? –le dijo–, cualquiera puede bailar.


–Yo no lo tengo tan claro –respondió ella, y sin querer dió un traspié y lo pisó. Cuando Pedro contrajo el rostro, sonrió con dulzura, y lo remedó diciéndole–: ¿Lo ves?


–Sí, pero en cambio haría falta algo más que un pisotón para sofocar este calor… –murmuró, apretándola contra sí.


Paula puso unos ojos como platos al notar la erección de Pedro. La seda de su vestido apenas actuaba de barrera entre los dos, y un calor húmedo se condensó entre sus piernas. Se aferró a su hombro con la mano libre, como si temiera perder el equilibrio.


–¿Lo ves? –la picó él entonces, con una sonrisa cargada de sensualidad.


La mano de Pedro subió a su nuca y la masajeó suavemente antes de deshacer la coleta para soltarle el pelo. Paula se estremeció de deseo, y al mover las caderas contra las de él logró arrancarle un gruñido. Giró el rostro hacia su cuello, y deslizó los dedos por entre los mechones de su corto cabello. Sus labios estaban tan cerca de la cálida piel de Pedro que no pudo resistir la tentación de darle un lametón, y aquello pareció ser demasiado para él, que se paró en seco en mitad de la pista y atrayéndola aún más hacia sí le dijo con voz ronca:


–Vámonos de aquí.


Paula no pudo hacer otra cosa más que asentir en silencio. Estaba preparada; ya no podía esperar más. Todo ocurrió muy deprisa. Volvieron a la casa en el todoterreno y subieron las escaleras. Embriagada como estaba por la idea de que iban a consumar lo que se había quedado en un simple beso años atrás, no podía pensar en otra cosa.

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