jueves, 18 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 34

Paula no se había sentido tan deliciosamente soñolienta en toda su vida. Ni siquiera podía abrir los ojos. Vagos recuerdos acudieron a su mente, como fogonazos: su vestido cayendo al suelo, apasionados besos que la habían dejado sin aliento, el cuerpo sudoroso de Pedro moviéndose sobre ella… De pronto oyó el ruido de una puerta abriéndose, y luego pisadas, como de niños correteando.


–¡Paula, Paula! ¡Vamos, dormilona, levántate! –exclamó una vocecita, mientras alguien la zarandeaba.


Eso acabó de despertarla. Abrió los ojos y parpadeó. Estaba en su cama, en su habitación, vestida con el pijama que había guardado bajo la almohada. Catalina y su amiga Alma estaban a su lado, mirándola. Se incorporó. Pedro debía de haberla llevado a su cama y debía de haber sido él quien le había puesto el pijama, porque ella no recordaba habérselo puesto. ¿Tan cansada había estado como para no haber sido consciente siquiera de ello? Notó que se le subían los colores a la cara, pero intentó disimularlo echando la sábana a un lado y bajándose de la cama. Sonrió a las niñas, con la esperanza de que no advirtieran su agitación.


–¿Qué hora es?


Catalina miró a su amiga y puso los ojos en blanco. Alma se rió con timidez. Las dos iban vestidas con pantalones cortos, camisas sin mangas, y bambas.


–Es muy tarde, Pau; ¡Casi mediodía! –la informó Catalina–. ¡Venga, vístete ya! Nos vamos a la playa.


Las dos niñas salieron corriendo de la habitación, con Catalina diciéndole que la esperaban abajo, que no tardara. Paula se sentó en la cama y se pasó una mano por el cabello. La idea de ver a Pedro después de la noche pasada hizo que le diese un vuelco el estómago. Mientras se duchaba, unos minutos después, se quedó paralizada al recordar algo que adormilada como estaba, había permanecido también adormecido en su mente hasta ese momento. La última vez que lo habían hecho, al rayar el alba, en el balcón, no habían utilizado preservativo. No le había pasado desapercibida la cara de espanto de Pedro al darse cuenta de su olvido, ni tampoco cómo se había enfadado consigo mismo por ese fallo. Se había apresurado a asegurarle que no tenía que preocuparse, que estaba en los días no fértiles de su ciclo menstrual. Y así era, aunque todavía no podía creerse que hubieran sido tan descuidados. Ella tampoco tenía el menor deseo de quedarse embarazada por un momento de pasión. Por no mencionar lo que podría suponer quedarse embarazada precisamente de él.


–Buenos días. ¿O debería decir «Buenas tardes»?


Un cosquilleo recorrió a Paula al oír aquella voz profunda y sexy mientras se abrochaba las sandalias, sentada en un escalón al pie de la escalera. Inspiró para intentar calmarse antes de alzar la vista, pero no pudo controlar los latidos de su corazón desbocado. Se sentía horriblemente avergonzada por lo que había pasado. Se había comportado como una chica fácil. Le había demostrado a bombo y platillo hasta qué punto lo había deseado durante todos esos años. Debería tratar al menos de ocultarle el poder que tenía sobre ella. Tenía que hacerle creer que para ella solo era uno más en una larga lista de compañeros de cama. Tenía que protegerse de él. Por eso, se colocó la armadura de mujer fría y dura que había estado forjándose durante años, y alzó la vista. Pedro estaba apoyado en el marco de la puerta del salón con aire despreocupado y una sonrisa seductora en los labios. Iba vestido con una camiseta blanca que resaltaba sus músculos, unas bermudas de color caqui, y unas viejas zapatillas de deporte. Paula tragó saliva y se levantó vergonzosa. Se sentía desnuda a pesar de que llevaba un atuendo similar, perfectamente decoroso. Se acercó a él y, tratando de no mostrar vacilación alguna, levantó la barbilla para mirarlo, y le dijo en voz baja:


–Gracias por lo de anoche; estuvo bien.


La sonrisa se borró de los labios de Pedro, y el cambio que se produjo en su mirada hizo que a Paula le diese un vuelco el corazón.


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