No le había sido fácil pronunciar esas palabras vacías, cuando lo que en realidad habría querido decirle era que la noche pasada había sido la más hermosa de toda su vida, y que permanecería para siempre en sus recuerdos. Pero no podía olvidar con quién estaba tratando, o él la destruiría. Pedro tomó su mano y le besó la cara interna de la muñeca, haciendo que una ráfaga de calor aflorara en su vientre y que se le cortara el aliento.
–Sí, estuvo bien –respondió–. Estoy impaciente por que llegue esta noche.
Paula hizo un esfuerzo por no apartar la vista. La aterraba que se diese cuenta de que solo estaba fingiendo. Esbozó una sonrisa.
–Yo también.
En ese momento se oyó un ruido de pasos y se apartaron el uno del otro justo en el momento en que Catalina entraba corriendo.
–¡Venga! –los increpó–, ¡llegaremos tarde!
Pedro se agachó para recoger del suelo una cesta enorme que parecía que fuera a reventar.
–¿Dónde vamos? –le preguntó Paula, mientras Catalina saltaba a su alrededor, impaciente por marcharse.
Mamá Sara apareció en ese momento, secándose las manos en el delantal, y atrapó a Catalina para darle un gran abrazo y un beso.
–De picnic a la playa –contestó Pedro–, con Alma y su familia.
Salieron, y Paula los siguió hasta el todoterreno, que estaba cargado hasta los topes. Parecía que aquello del picnic era una especie de ritual, por todos los preparativos, y entonces cayó en la cuenta de que era domingo. Debía de ser una tradición de la gente del lugar, ir de picnic a la playa en familia. Mamá Sara la sorprendió al despedirse también de ella con un abrazo, y se pusieron en camino. Fueron a una playa que debía de ser un rincón secreto, conocido solo por los lugareños, porque estaba completamente desierta. Los únicos que estaban allí eran ellos, Alma, y toda la familia de ésta: Sus padres y hermanos, y los demás hijos, sobrinos y nietos de Mamá Sara y Papá Luis. Tal y como Pedro le había dicho, saltaba a la vista que Catalina se sentía como una más de la familia, y le pareció que la pequeña estaba empezando a mostrar menos hostilidad hacia Pedro. Esperaba que aquellas vacaciones lo ayudaran a recuperar la confianza de la niña.
En cuanto llegaron, Pedro le presentó a los demás, y la madre de Alma, Romina, se hizo cargo de ella y se preocupó en todo momento de que se sintiera cómoda. Fue un día muy divertido, en el que pudo ver el lado más amable y familiar de Pedro, que jugó al fútbol con los demás hombres, hizo las delicias de los más pequeños, persiguiéndolos por la playa como si fuera un monstruo, y mientras comían arrancó risas a todos con sus bromas y sus anécdotas. ¡Qué distinto del hombre de negocios al que estaba acostumbrada! También hubo un momento extraño en el día, en que tuvo una conversación con Romina mientras Pedro jugaba con Catalina y los demás niños en el agua. Charlaron de todo y de nada, se hicieron confidencias y hasta hablaron de Pedro. Romina le dijo que era la primera vez que llevaba a una acompañante a uno de sus picnics. Ella le aseguró con las mejillas encendidas que solo eran amigos, y añadió que él no quería una relación seria, pero Romina sonrió con picardía y replicó que ningún hombre era una isla. Paula fue pensando en esa conversación durante todo el camino de vuelta, mientras lanzaba miradas a hurtadillas a Pedro, que iba al volante. Estaba segura de que Romina se equivocaba. Pedro era una isla, y en su vida no había sitio para ella. Y cuanto antes lo aceptase, mejor. No servía de nada soñar con imposibles.
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