martes, 9 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 26

 –¿Dónde crees tú que está? –le respondió–. Tenía que parar a ver a su compinche, tu nieta Alma. Seguro que ya están volviendo loca a Romina–dijo refiriéndose a la madre de la pequeña.


Mamá Sara se rió y sacudió la cabeza antes de girarse hacia Paula, que se había acercado a ellos con timidez.


–¿Y qué es esta visión que tengo ante mí? –le preguntó a Pedro con un brillo travieso en sus ojos negros–. ¿Un ángel que ha venido a salvarnos?


Antes de que Pedro pudiera contestar, Paula dió un paso adelante y sonrió.


–Me temo que no; solo soy una vieja amiga de Pedro y de Luciana; me llamo Paula –dijo tendiéndole la mano.


Su humildad siempre había agradado a Pedro. Era una de las modelos más famosas del mundo, pero no se le había subido a la cabeza, como a otras, y nunca parecía esperar que la gente supiera quién era. En vez de estrecharle la mano, Mamá Sara, dejándose llevar por la impulsividad que la caracterizaba, la atrajo hacia sí y la envolvió con un cálido abrazo. Cuando se echó hacia atrás, la miró de arriba abajo con ojos críticos.


–¿No serás modelo, como Luciana?


Paula asintió.


–Ya me parecía a mí… Estás tan flacucha como ella, pero no te preocupes, preciosa: Con unos cuantos días de mi comida pondremos un poco de grasa en esas caderas…


Paula se rió al imaginarse la cara de espanto que pondría su agente si la viese regresar con unos cuantos kilos de más. ¡Cómo le gustaría poder no tener que estar siempre pendiente de su aspecto y de su peso! Mamá Sara los dejó para volver a la cocina, y apareció una chica de sonrisa tímida que Pedro presentó a Paula. Se llamaba Fiorella, era nieta de Mamá Sara, y la ayudaba con las tareas de la casa. La chica estrechó la mano de Paula, y fue a ayudar a Benjamín con las maletas. Cuando se quedaron a solas, Pedro la tomó de la mano.


–Vamos –le dijo–, te enseñaré la casa.


La casa no podría ser más bonita, iba pensando Paula mientras Pedro la conducía escaleras arriba. Los suelos de madera oscura, los viejos muebles, las cortinas de muselina que agitaba la brisa que entraba por las ventanas abiertas…


–¿También viven aquí Mamá Sara y Papá Luis? –preguntó.


Aunque estaba intentando no mirar el trasero de Pedro, que iba delante, cuando él giró la cabeza hacia ella se sonrojó, sintiéndose culpable sin motivo.


–No, y no será porque no haya intentado convencerlos durante años para que se muden aquí. Viven en una casita en el otro extremo de la propiedad. Mamá Sara dice que lo prefiere, porque como no es muy grande sus familiares no pueden quedarse cuando vienen de visita y así no les dan la lata –le explicó Pedro riéndose.


Por el tono cálido de su voz era evidente que le gustaba aquel lugar y su gente tanto como a Catalina. Al llegar al rellano superior había un amplio pasillo con puertas a ambos lados, y al final del mismo un ventanal con asiento que ofrecía una espectacular vista del jardín. Pedro se detuvo junto a una puerta abierta.


–Ésta es tu habitación –le dijo.


Paula lo miró recelosa antes de entrar. Su maleta ya estaba allí. Como en el resto de la casa, el suelo era de madera pulida, y los muebles, incluida la cama con dosel, también eran antiguos. De las paredes colgaban fotografías de paisajes en blanco y negro, y por una puerta lateral se accedía al cuarto de baño, que era enorme y tan elegante como la habitación. Y finalmente había otra puerta, de doble hoja, por la que se salía al balcón. Por las paredes encaladas trepaban unas enredaderas con unas flores de un fucsia intenso, y en la distancia brillaban las azules y claras aguas del Caribe. Verdaderamente aquello era el paraíso.


–Esto es precioso –dijo volviéndose hacia Pedro.


Él avanzó hacia ella con los andares gráciles y amenazantes de una pantera. La tomó de la mano y la llevó fuera, al balcón, y luego hacia la izquierda, donde había otra puerta de doble hoja, abierta también. Era otra habitación, un poco más grande que la de ella, y decorada con un aire más masculino. Era la habitación de Pedro… Paula lo supo sin que él tuviera que decirlo, y sintió que una oleada de calor la invadía.


–Tu habitación era donde dormía Catalina cuando era más pequeña –le explicó–. Así podía oírla si se despertaba de noche. Ahora duerme en una habitación que está en el otro extremo de la casa –le besó la mano, sin apartar sus ojos de los de ella, y añadió en un tono sugerente–: Y, como ves, tu habitación y la mía están conectadas por este balcón…


Paula tragó saliva.


–Pedro, yo… –no terminó la frase. ¿De qué le serviría luchar contra lo inevitable, contra su propio deseo?–. No importa; es igual –murmuró, dándose por vencida.


Y entonces, al claudicar, un repentino nerviosismo la asaltó. Pedro debía de dar por hecho que en esos diez años habría adquirido mucha experiencia en la cama, pero, aunque no había llevado la vida de una monja, tampoco era una experta. Y sin duda él esperaría que fuera como esas mujeres seductoras y sofisticadas con las que salía…


–¿Por qué no deshaces la maleta y descansas un poco? –le dijo Pedro–. Mamá Sara tendrá lista la cena en un par de horas.


Paula admiró su silueta recortada contra el sol, e hizo un esfuerzo para no dejarle entrever su agitación antes de asentir y volver dentro. Se sentía como un junco a merced del viento.

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