Dos semanas después. El Hotel Ritz, Central Park, Nueva York
–Perdona, Guillermo, me temo que lo de bailar no se me da muy bien –se disculpó Paula con una sonrisa forzada.
El brazo del hombre con el que estaba bailando, Guillermo Fortwin, el hijo de un conocido magnate de la prensa, le ceñía con demasiada fuerza la cintura mientras giraban por el salón de baile.
–No te creo. Es imposible que una chica tan bonita como tú no baile bien –replicó él.
«Pues yo te he advertido, así que luego no te quejes», le respondió ella mentalmente. Guillermo la había invitado a aquella exclusiva fiesta benéfica, y si había accedido a ir había sido porque le parecía mal no darle siquiera una oportunidad. Sin embargo, estaba empezando a arrepentirse y, si pudiera elegir, en ese momento preferiría estar en cualquier lugar excepto allí. Le dolían los pies de haber estado trabajando todo el día, y el vestido que se había puesto le quedaba demasiado estrecho. Probablemente la culpa la tenía la deliciosa cocina de Mamá Sara, se dijo, pero de inmediato apartó ese pensamiento de su mente porque le recordaba a Pedro. Pero el caso era que también se notaba los senos sensibles, y se sentía hinchada. Tenía que ser por la regla, que se le estaba atrasando… Y el que el vestido le quedara ajustado no la irritaba solo porque estaba incómoda, sino también porque la hacía sentirse desnuda, y Guillermo no dejaba de mirarle el escote. La mano de su pareja de baile bajó por enésima vez a su trasero. Paula suspiró pesadamente, y le obligó a ponerla otra vez en su cintura. ¡Qué ganas tenía de irse a casa!
Cuando Pedro, que tenía los puños apretados, vió a Paula apartar la mano de aquel tipo de su trasero, los relajó un poco. Sin embargo, por dentro seguía igual de tenso. No había esperado encontrarla allí aquella noche. Con todos los eventos que había en Nueva York, en todos esos años nunca habían coincidido en ninguno. Y como en esas dos semanas no había podido dejar de pensar en ella, al verla había pensado que debía de estar teniendo alucinaciones. Había creído que el volver a la Martinica con Catalina lo calmaría, pero no había sido así. Era como si todo se hubiese tornado gris, como si hubiese un enorme vacío. Ni siquiera había logrado animarlo el que las cosas hubiesen vuelto a la normalidad con Cata. Además, durante esos días en la isla, fuera donde fuera, la gente le preguntaba por Paula y querían saber cuándo volvería. Solo había estado allí unos días, pero era innegable que había dejado una profunda huella en los corazones de todas aquellas personas. Y si al separarse de ella en el aeropuerto se había quedado con la sensación de que la había juzgado mal, esa sensación no había hecho sino reforzarse cuando Cata le confesó finalmente de qué habían hablado cuando Paula fue a darle las buenas noches. En ese momento comprendía que su hija había necesitado desesperadamente a alguien con quien desahogarse, en quien poder confiar, y, por lo que le había contado, Paula no había hecho otra cosa más que tranquilizarla, con dulzura y buen tino. Esa noche estaba deslumbrante con un sensual vestido de color champán. Su piel aún retenía algo del bronceado que se había llevado de la Martinica, y el recogido por el que se había decantado dejaba al descubierto su elegante cuello. La mano de su pareja volvió a descender a su trasero, justo cuando por la abertura lateral del vestido asomaba su pierna, larga y torneada, y Pedro decidió que ya no podía más. Conteniéndose para no abrirse paso a codazos entre la gente y pegarle un puñetazo a aquel baboso, salió al vestíbulo y fue al mostrador para hablar con la recepcionista. Luego volvió a entrar en el salón de baile, y zigzagueó entre la multitud hacia Paula con un objetivo en mente.
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