A la hora de la cena Paula bajó al comedor, pero se encontró con que no había nadie ni estaba puesta la mesa. Confundida, salió al pasillo, y oyó a lo lejos la profunda voz de Pedro y la risa contagiosa de Mamá Sara. Parecía que estaban en el porche de atrás. Cuando salió, el modo en que la miró Pedro al verla aparecer, la hizo sentirse repentinamente vergonzosa. No debería haberse recogido el cabello en una coleta; si se lo hubiese dejado suelto, al menos le taparía un poco la cara, y él no vería que se estaba poniendo colorada. Si se había decantado, tras mucho dudar, por el vestido que llevaba puesto, azul marino y con tirantes, había sido porque era sencillo y recatado. De hecho, apenas tenía escote y le llegaba a los tobillos. Sin embargo, de pronto se sentía desnuda. Tal vez fuera porque la seda, con cada paso que daba, acariciaba su cuerpo, o porque los ojos azules de Pedro, que recorrían hambrientos su figura, parecían dejar en su piel, a su paso, un reguero de fuego.
Pedro se había quedado obnubilado mirando a Paula, y, si no hubiese sido por el insistente carraspeo de Mamá Sara, habría seguido babeando como un tonto. Se levantó y le apartó la silla como un caballero. Paula saludó con una sonrisa a Mamá Sara y a Fiorella, que también estaba allí, y tomó asiento.
–¿Y Catalina? –le preguntó a Pedro mientras las dos mujeres los dejaban para empezar a servir la cena.
–Vino antes, con Alma, y cenaron con Mamá Sara en la cocina, y acaban de irse con Romina, que ha venido a recogerlas. Cata se queda a dormir en su casa esta noche. Ya es casi como una tradición; estará de vuelta por la mañana.
Paula bajó la vista, con el corazón martilleándole en el pecho. ¿Iban a estar solos toda la noche? Tragó saliva.
–Seguro que se lo está pasando bomba.
Pedro asintió.
–Sí, aquí está rodeada de gente que la quiere como si fuese parte de su familia, y para ella, sobre todo ahora que parece decidida a odiarme, es algo muy importante tener en quien apoyarse.
A Paula la conmovió que le preocupara que Catalina se sintiera querida, aunque estuviese enfadada con él.
–Eres un buen padre –murmuró.
Mamá Sara regresó en ese momento seguida de Fiorella, y fueron y vinieron varias veces, llevando una impresionante variedad de platos con pescado y marisco, verduras a la brasa, arroz, patatas y ensalada. El sol, que estaba empezando a ponerse, teñía ya el cielo de tonos rosados y malvas. La brisa era cálida, y de fondo se oían las olas del mar. Era un escenario idílico.
–Pensé que sería más agradable comer aquí fuera; espero que no te importe –le dijo Pedro.
Paula sacudió la cabeza.
–No, es perfecto. Me encanta.
–Buen provecho –dijo él levantando su copa de vino.
–Buen provecho –respondió ella, brindando con él.
En cuanto empezaron a comer, Paula no podía creerse lo bueno que estaba todo. Cada bocado era una explosión de sabor.
–Ummm… Está todo delicioso –murmuró.
Pedro sonrió y asintió.
–La cocina de Mamá Sara es legendaria. En infinidad de ocasiones ha recibido ofertas, tanto de particulares como de los mejores restaurantes de la isla, para contratarla como cocinera, pero las ha rechazado todas.
Paula tomó un sorbo de vino.
–Y sin duda tú la compensarás por esa fidelidad como se merece –observó con una sonrisa.
–Por supuesto. Siempre cuido de las personas a las que quiero.
Paula sintió una punzada en el pecho, y bajó la vista al plato para ocultar su expresión. ¿Se estaría refiriendo también a las mujeres que habían pasado por su cama? ¿Sentiría algo por ellas, aunque solo fuera de un modo superficial? ¿O sería capaz de amar de verdad?
–¿Y qué me dices de tí? –le preguntó de improviso Pedro–. Parece que se te dan bien los niños. ¿Te gustaría tener hijos algún día?
A Paula, que estaba bebiendo en ese momento, le faltó poco para atragantarse. Dejó la copa con cuidado en la mesa, haciendo tiempo antes de contestar. Si fuera otra persona quien le hiciera esa pregunta, le habría respondido con sinceridad que no había nada que desease tanto como tener hijos, pero con Pedro era distinto. Encogió un hombro y volvió a bajar la vista al plato.
–Bueno, lo he pensado, desde luego –comenzó a decir–. Es algo que cualquier mujer a mi edad se plantea.
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