martes, 30 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 46

Paula se disculpó con Guillermo cuando volvió a pisarle… Otra vez. Había perdido la cuenta de cuántos pisotones le había dado ya.


–No hay nadie que baile peor que ella, ¿Verdad? –murmuró una voz profunda a sus espaldas.


Paula se detuvo, sobresaltada, y al girar la cabeza vió que era quien se temía. ¿Qué estaba haciendo Pedro allí?, se preguntó con el corazón desbocado.


–Estoy seguro de que no le importará que se la robe un rato –le dijo Pedro a Guillermo–; así podrá darles un descanso a sus pies.


Desconcertado, Guillermo soltó a Paula y balbuceó algo incomprensible que sonó a protesta, pero Pedro lo ignoró, tomó de la mano a Paula, y se alejó girando con ella.


Paula no sabía si sentirse aliviada o irritada. Se había quedado sin habla por la inesperada aparición de Pedro, y una ráfaga de calor la sacudió. Había sido muy duro para ella decirle adiós dos semanas atrás, y resultaba humillante ver que el poder de atracción que ejercía sobre ella no había disminuido ni un ápice. Furiosa consigo misma, se recordó cómo la había despachado, acusándola de haber utilizado a Catalina. Y era tan tonta que, en realidad, lo que más le había dolido había sido que, cuando le había dicho que no iba a quedarse con él en Madrid, no hubiese intentado convencerla y la hubiese dejado marchar.


–¿Qué crees que estás haciendo? –lo increpó–. Ese hombre me había invitado a esta fiesta y he venido con él –recalcó, pisando sin querer a Pedro, que apenas se inmutó.


–¿Qué querías, machacarle los pies? Parece un blandengue; no aguantaría ni dos bailes –la pinchó con una media sonrisa, seductora y pícara.


–No puedes mandarle que se vaya como si fuera un perro –le espetó ella, irritada.


Pedro apretó los labios.


–Acabo de hacerlo. Ese tipo no te llega ni a las suelas de los zapatos, y lo sabes. Seguro que cuando acabase el baile habrías fingido un dolor de cabeza y le habrías dicho que tenías que irte a casa.


Paula gimió espantada. Eso era precisamente lo que había estado pensando hacer. Se puso colorada, y Pedro la miró con aire jactancioso.


–En ese caso –le dijo ella con una sonrisa afectada–, supongo que podrás ahorrarme tener que decirte eso mismo a tí.


Pedro no respondió. Se había quedado mirando sus labios, como traspuesto, y Paula volvió a sonrojarse al sentir un cosquilleo entre los muslos.


–¿Qué estás haciendo aquí? –insistió, empezando a desesperarse–. Espero que esta no haya sido otra de tus tretas. ¿No le habrás pedido a Guillermo que me invitara para que este pareciera un encuentro casual?


–No, estoy aquí por negocios. Pero eso pasó a un segundo plano en cuanto te ví –inclinó la cabeza y le susurró–: No he podido dejar de pensar en tí en estas dos semanas.


Paula se echó hacia atrás y lo miró con los ojos como platos. Estaba temblando por dentro, y se hallaba tan dividida entre el deseo y la ira que estaba al borde de las lágrimas. Pedro la besó junto a la comisura de los labios, rozándolos apenas con la punta de la lengua. Aquel beso desató tal oleada de calor en su cuerpo que, cuando tiró de su mano para sacarla de allí, abriéndose paso entre la gente, no intentó ni siquiera revolverse, sino que lo siguió.

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