–¡Con lo feliz que estaba, tricotando tan tranquila! –murmuró Paula con fingido fastidio mientras se alejaban de la villa–. Se suponía que esto iban a ser unas vacaciones…
–No, si se veía que te lo estabas pasando bomba… –contestó él riéndose.
Paula frunció los labios.
–Bueno, ¿Y dónde me llevas exactamente?
–No puedo contártelo; es una sorpresa –Pedro lanzó una mirada a la cámara que tenía en el regazo–. Parece una cámara profesional –observó.
Paula levantó la cámara y la miró.
–Un fotógrafo con el que trabajé en una sesión de fotos me aconsejó cuál debía comprarme si de verdad estaba interesada en aprender fotografía –le explicó algo vergonzosa.
–¿Y lo estás?
Paula encogió un hombro.
–He estudiado fotografía. Como viajo por todo el mundo por mi trabajo, y veo tantas cosas interesantes, me apetecía plasmarlas de algún modo. Supongo que podríamos decir que es una afición que tengo.
Pedro estaba seguro de que se le daba bien. Daba la sensación de ser la clase de persona que trataría con un respeto absoluto aquello que quisiera fotografiar. Poco después llegaban al lugar que él le quería enseñar: Saint-Pierre, una preciosa ciudad costera a los pies del monte Pelée, un volcán dormido. Mientras paseaban por sus calles, a Paula le sorprendió el contraste entre los edificios antiguos con otros modernos, y él le relató un triste suceso en la historia de la ciudad, antaño la más grande de la isla, y su capital. En 1902 había quedado prácticamente destruida por una erupción del volcán, que había causado la muerte de más de treinta mil de sus habitantes. Sin embargo, la ciudad había sido reconstruida, y en esos momentos bullía de vida. Fue una tarde muy agradable, y Kate disfrutó inmensamente haciendo fotos, curioseando con Pedro los productos que se vendían en el mercado, y comprando algún que otro recuerdo típico de la zona. Cuando regresaban, Pedro tomó otro camino, una carretera serpenteante que bajaba hacia la costa, y estacionó frente a una vieja casa de estilo colonial medio oculta por buganvilla magenta e hibiscos de brillantes colores. Resultó que era una vivienda que había sido transformada en restaurante, y cuando entraron a Paula no la sorprendió que el maître saludara a Pedro como si fuese un viejo amigo. Los sentaron en la terraza, con vistas al mar y a la hermosa puesta de sol.
–Cuéntame más de tu afición por la fotografía –le pidió Pedro mientras cenaban–. Lo que me has contado antes de que habías estudiado fotografía… ¿Te referías a la universidad?
Paula bajó la vista a su plato y se remetió un mechón de pelo tras la oreja.
–No, solo fueron unos cursos en una academia; no pude ir a la universidad porque no llegué a terminar el instituto –le confesó avergonzada, encogiendo un hombro y rehuyendo su mirada–. Empecé a trabajar, a ganar dinero… Y llegó un punto en que me pareció que se me había pasado el momento.
Paula lo oyó soltar los cubiertos, y a pesar de que no quería hacerlo, alzó la vista hacia él. Pedro estaba mirándola muy serio.
–Paula, no tienes por qué avergonzarte. Yo tampoco fui a la universidad.
Ella parpadeó sorprendida.
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