Paula se despertó, y se dio cuenta de que Pedro no estaba en la cama. Se incorporó, desorientada, y lo vió apoyado en el marco de la puerta del balcón, con la luz de la luna recortando su silueta.
–¿Pedro? –lo llamó.
Él se volvió, y se quedó mirándola con una expresión inescrutable antes de ir hacia ella. Paula se puso tensa; volvía a tener la misma sensación de inquietud que esa mañana, en el desayuno. Pedro se detuvo a unos pasos de la cama y se cruzó de brazos.
–Nos vamos mañana.
Sus palabras sonaron cortantes, como los bordes afilados de un cristal roto. Paula se quedó aturdida, igual que si la hubiese abofeteado; no entendía nada.
–Pero… Creí que no nos íbamos hasta dentro de cuatro días – murmuró adormilada–. ¿Ha pasado algo?
Él soltó una risa áspera.
–Lo que ha pasado es que me he dado cuenta de que cometí un craso error al traerte aquí.
Paula sintió una terrible punzada de dolor en el pecho, como si le hubiesen clavado un puñal.
–¿Qué quieres decir?
Pedro fue hasta la cama.
–No debería haberme fiado de tí. Has utilizado a Catalina para introducirte de manera sibilina en nuestras vidas, en mi vida, para intentar echarme el lazo. Pero al fin he abierto los ojos y me he dado cuenta de que has estado manipulándonos.
Paula se despertó del todo al oírle decir esas cosas horribles. Se bajó de la cama, con el corazón martilleándole contra las costillas, y le espetó:
–¿De qué diablos estás hablando? –estaba temblando de indignación, de lo insultada que se sentía–. ¡Yo jamás utilizaría a Cata! ¿Cómo puedes pensar una cosa así?
Nunca había visto tan rígidas las facciones de Pedro.
–No sé qué le dijiste la otra noche, pero es evidente que siente una devoción por tí que no es normal, y que sin duda tú has propiciado, congraciándote con ella para tus propios fines.
A Paula le dolía en el corazón que pudiera pensar de ella algo así. Pero sabía que no podía, ni quería, traicionar la confianza que la pequeña había depositado en ella.
–Siento un gran cariño por Cata, y me halaga que se sienta a gusto conmigo porque es una niña encantadora. Pero jamás intentaría ganármela para cazarte y llevarte al altar, como estás sugiriendo.
–¡Basta! –la increpó él, cortando el aire con un brusco ademán–. Hay una buena razón por la que jamás he permitido que ninguna mujer se metiera en el terreno de mi vida privada. Contigo hice una excepción porque nos conocemos desde hace muchos años y no eres una extraña para Cata, pero fue un grave error. Un error que voy a rectificar de inmediato, antes de que la niña se encariñe más contigo. Y asumo toda la culpa. Para empezar, jamás debí permitir que te quedaras en Madrid a cuidarla, ni tampoco debí invitarte a venir aquí.
Paula se cruzó de brazos, y trató de disimular su dolor cuando le espetó:
–¿Y qué pasa con Cata? ¿Qué pensará de que me destierres así, de repente, de sus vidas?
–Le he dicho que tienes que regresar por motivos de trabajo. Ya te despedirás de ella por la mañana. Te acompañaré de vuelta a Madrid. Tengo unos asuntos urgentes de los que debo ocuparme, y luego volveré para pasar con Cata el resto de sus días de vacaciones.
Sus maneras despóticas enfurecieron a Paula.
–No hace falta que me acompañes. No voy a robarles la plata para llevármela escondida en la maleta, si es lo que piensas. ¿O hace falta que te recuerde que yo no quería venir?
Pedro frunció el ceño.
–Te acompañaré porque, como he dicho, tengo unos asuntos de los que debo ocuparme. ¿Y hace falta que te recuerde yo a tí que la pantomima que hiciste de negarte a venir solo duró una noche, y que claudicaste a la mañana siguiente?
Paula sintió que la embargaba la vergüenza. Tenía razón, pero no había sido una pantomima.
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