Al día siguiente abandonaron Madrid en el jet privado de Pedro. El plan era que volarían hasta Nueva York, y allí cambiarían a otro jet que los llevaría hasta la Martinica. Cuando hubieron despegado, él sacó de su maletín unos papeles de trabajo que quería revisar y se enfrascó en ello mientras Paula y Catalina se entretenían jugando a las cartas. Después del delicioso almuerzo que les sirvieron a eso de las doce, Pedro volvió al trabajo y Paula y Catalina volvieron a sacar las cartas, pero al cabo de un rato habían agotado todos los juegos que se sabían, y la pequeña estaba poniéndose quejosa, probablemente porque estaba cansada. Ella le propuso echarse una siesta en el pequeño camarote que había en la parte trasera del avión. La acompañó para arroparla, pero cuando Catalina se hubo echado le dijo que no tenía sueño, y la dejó leyendo un libro de cuentos. Cuando volvió a su sitio, como Pedro seguía a lo suyo, se puso a hojear una revista, pero empezaron a cerrársele los ojos, y acabó reclinando el asiento y al poco se quedó dormida. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando unas voces la despertaron. Parecía que Pedro y Catalina estaban discutiendo. Se frotó los ojos y asomó la cabeza al pasillo. Él estaba al fondo del avión, plantado delante de la puerta abierta del camarote, con los brazos en jarras.
–Catalina, no voy a seguir discutiendo contigo si sigues faltándome al respeto –le estaba diciendo.
–¡Vete! –oyó decir a Catalina con voz temblorosa–. ¡Te odio! ¿Por qué tendría que escucharte cuando ni siquiera eres mi padre?
Luego Catalina se echó a llorar y le cerró la puerta en las narices a Pedro, que suspiró pesadamente y forcejeó con el pomo, aunque en vano, porque la pequeña había echado el pestillo.
–Cata, vamos…
De pronto, como si hubiese sentido sus ojos sobre él, se volvió y vió que había sido testigo de la discusión entre ambos. Se pasó una mano por el pelo y volvió a su asiento.
–Perdona que te hayamos despertado –murmuró mientras se sentaba con aire derrotado.
Paula sacudió la cabeza.
–No pasa nada. ¿Va todo bien? –inquirió, aunque era evidente que no.
Pedro suspiró y echó un momento la cabeza hacia atrás antes de volver a mirarla.
–Debería ser sincero contigo. Verás, lo de Cata… Bueno, es algo un poco más complicado que el que la haya cambiado de colegio. No…
La voz del capitán por el altavoz lo interrumpió para anunciar que ya estaban llegando a Nueva York y pronto aterrizarían. Paula no podía creerse que hubiera dormido tanto.
–¿Quieres que vaya y traiga a Cata? –le preguntó con suavidad a Pedro.
Él sacudió la cabeza.
–Ya voy yo. Siento que hayas tenido que presenciar esa escena. Luego te lo explicaré –le dijo antes de levantarse.
Poco después regresaba con Catalina, que tenía los ojos rojos de haber llorado y aún parecía enfurruñada.
Cuando aterrizaron, mientras Pedro se ocupaba de las formalidades con las que tenían que cumplir para cambiar de avión, Paula hizo todo lo que pudo para animar a Catalina y aliviar un poco la tensión. Todavía no se podía creer lo que le había oído decir de que Pedro no era su padre. ¿Podía ser que eso fuese verdad? En todos esos años, Luciana no le había dicho nada de eso. Para cuando por fin subieron al otro jet y pusieron rumbo a la Martinica, saltaba a la vista que Catalina estaba agotada, así que, después de picotear apenas algo de comer, dejó que Paula la llevara a echarse una siesta en el camarote. Se quedó con ella hasta que se quedó dormida, y luego volvió a su asiento.
–¿Te apetece algo de beber? –le preguntó Pedro.
Paula sacudió la cabeza, pero luego se lo pensó mejor.
–Bueno, creo que un poco de Baileys no me vendría mal.
Pedro llamó a la azafata, y, cuando esta les hubo servido lo que querían, volvió a dejarlos a solas. Permanecieron unos minutos cada uno en sus pensamientos, tomando pequeños sorbos de su bebida, hasta que él rompió el silencio.
–Si decidí hacer este viaje con Catalina no fue solo porque la escuela les hubiera dado unos días de vacaciones –le explicó–, sino también porque me pareció que los dos necesitábamos un respiro. Por eso, y porque en ningún otro lugar se siente tan feliz, ni tan querida. Los guardeses, a los que todos llamamos cariñosamente Mamá Sara y Papá Luis, son como unos abuelos para Cata. Llevan trabajando allí desde antes de que adquiriera la propiedad, y tienen cinco hijos y un montón de nietos, algunos de la edad de ella.
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