martes, 27 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 20

 —¿Hacer una proposición indecente, o tener un revolcón de una noche?


—Ambas.


—Ya somos dos.


Interesante, aunque posiblemente irrelevante.


—Nunca me he acostado con nadie.


—¿Eres virgen? —Pedro la miró fijamente, asombrado.


—Sí —confirmó ella—. No es para tanto, pero pensé que debías saberlo. Por si hago algo mal. Supongo que tú no lo eres.


—Desde los dieciséis años.


Probablemente ya entonces sería igual de irresistible que a los treinta y uno. ¿Cuántas mujeres había tenido en esos quince años? ¿Por qué nunca se había casado? Eran preguntas sin importancia. Lo único que importaba era el presente.


—¿Mi inexperiencia te frena?


—No —contestó él, aunque Paula percibió un atisbo de duda en sus ojos, que sugería lo contrario y debía ser atajado rápidamente.


—Espero que no te eches atrás por una anticuada noción del valor de la virginidad, y me obligues a buscar a otro…


—Debería.


—¿Por qué?


—¿De verdad quieres que tu primera vez sea un revolcón de una noche?


Era exactamente lo que quería, lo único que podría tener con la enorme carga emocional que soportaba. No sería justo esperar que alguien se comprometiera con ella cuando su vida giraba en torno a su ciclo menstrual, cuando tenía que guardar cama unos cinco días al mes, cuando tal vez no pudiera tener hijos. ¿Debía hablarle a Pedro de su condición? A pesar de su convicción de que el sexo con él sería fabuloso, existía la posibilidad de que no lo fuera, y tal vez debería advertirle de ello. Por otra parte, revelar su virginidad y convencerle de que no importaba ya era bastante arriesgado. ¿Y si su endometriosis, junto con todo lo demás, suponía demasiada molestia para él? Además, ese nivel de intimidad emocional no era necesario ni apropiado para una aventura de una noche. Todo iría bien. Y si no era así, ¿Cómo de malo podría ser?


—No me importa cómo suceda —insistió ella, concentrándose en erradicar cualquier reserva que Leo pudiera tener—. Quiero fuegos artificiales. Nuestro beso en la pista de baile sugirió que tú puedes proporcionarlos. No todas las mujeres pueden decir lo mismo de su primera vez.


—Estás basando mucho en un beso.


—He compartido docenas de besos. Ninguno así. ¿Has tenido alguna queja?


—No que yo sepa.


—Eso pensé. Sé que me darás lo que quiero, Pedro. Me enseñarás las estrellas.


—¿De verdad buscarías a otro? —preguntó él tras unos angustiosos segundos.


Claro que no. Nunca había conocido a nadie que la afectara como él, que la transportara a un nivel de placer donde el dolor no podía existir. No estaba dispuesta a arriesgarse con cualquiera. Pero no iba a permitir que él se echara atrás.


—Por supuesto —mintió—. Tengo veinticuatro años. No bromeo.


—Todo el mundo se merece unos fuegos artificiales —afirmó Pedro tras, sin duda, sopesar los pros y los contras.


—Así es —aliviada, Paula sonrió para sus adentros. 


La excitación se apoderó de ella. El corazón le latía con fuerza. Iba a ser, sin duda, la noche más excitante de su vida.

Retrato: Capítulo 19

Una noche para la búsqueda del éxtasis con una mujer hermosa y sexy que deseaba lo mismo… Máximo placer, mínima conversación, ningún después… ¿Por qué se resistía?


—De acuerdo —gruñó, todos los motivos por los que aquello era una mala idea sustituidos por la imagen de lo que le esperaba, que aceleró su pulso y endureció su cuerpo—. Una noche.


Con una última mirada oscura y ardiente, Pedro volvió a pulsar el botón del panel y habló en griego. Y Paula sintió un inmenso alivio. El desenlace deseado había estado en el aire durante un rato. Él se había puesto bastante difícil, aunque ella no entendía por qué. ¿Cuántos hombres rechazaban una oferta de sexo sin compromiso? Apostaba que no muchos. Pero fuera lo que fuera lo que hubiera pasado por su cabeza, al final había caído. El instinto de ella le decía que no se había imaginado el calor del beso y que, a pesar de sus acusaciones de acoso, no parecía un hombre al que se pudiera obligar a hacer algo que no quisiera. La tenacidad era sin duda el camino a seguir. Pedro permaneció en silencio mientras el coche avanzaba por las oscuras calles de la ciudad. Miró por la ventanilla, la mandíbula encajada y el cuerpo rígido, molesto por el resultado de la conversación, o porque no se atrevía a mirarla. Paula intentó acomodarse en el asiento, pero era tan consciente de cada respiración y cada movimiento de Leo, que le resultaba imposible relajarse. Su imaginación volaba desbocada. De no ser por la presencia del imperturbable Carlos al volante, ya habría empezado la noche.


—¿Adónde vamos? —preguntó ella.


—A Kolonaki —murmuró él, con la mirada fija en los elegantes edificios y brillantes luces de la ciudad—. Tengo un departamento allí.


—¿Está lejos?


—A diez minutos.


—¿Dónde está tu hogar? —Paula apenas podía esperar a llegar y decidió que el tiempo pasaría más rápido con conversación que con silencio.


—En Santorini.


—¿Hace mucho que vives allí?


—Un par de años. De manera intermitente.


—Ana dijo que la empresa tiene oficinas en todo el mundo.


—Cientos de ellas.


—Como CEO debes viajar mucho.


—Así es. Mañana por la tarde vuelo a Nueva York.


—Tranquilo —Paula captó el mensaje—. Para entonces ya me habré ido. ¿Qué harás allí?


—Negociar una fusión.


—De una fusión a otra.


Pedro le dirigió una intensa mirada, la sonrisa más devastadora se dibujó en su boca, un destello apareció en sus ojos y, de repente, el estómago de Paula se encogió.


—Bastante.


—Bueno —continuó ella, molesta por responder tan intensamente a una simple sonrisa—. ¿Hay algo que quieras saber de mí?


—¿Siempre eres tan entrometida?


—Solo con los hombres con los que me voy a acostar.


—¿Y sucede a menudo?


En absoluto. Leo tenía mucha más experiencia que ella, y en algún momento se daría cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Lo mejor sería aclarar la situación antes de entrar en acción.


—No —Paula respiró hondo y se preparó para lo que sin duda sería una conversación insoportable—. De hecho, es la primera vez que lo hago.


—¿Qué quieres decir? —preguntó él tras un silencio.


—Que nunca he hecho esto antes.

Retrato: Capítulo 18

Pedro sintió una sacudida en la cabeza y en el pecho. Su mente gritaba «Sí, sí, sí», hasta que, gracias a Dios, la locura fue atravesada por una flecha de fría y dura disciplina. Se armó de valor, apartó su mano del brazo y se giró bruscamente para hacerla retroceder.


—No.


—¿Por qué no? —preguntó Paula que, para irritación de Leo, apenas se movió—. Parecías muy interesado —su mirada se posó en la boca de él y su rostro se iluminó con un deseo que oprimió el pecho de Pedro—. Ese beso no fue cualquier cosa.


—No fue nada —aseguró él tajante, negándose a permitir que el tórrido recuerdo se metiera en su cabeza, agradecido de que el coche tuviera los cristales tintados.


—Mientes. Te sentí. Duro. Contra mí.


—Fue una reacción mecánica al entorno —la zona aludida palpitó y el pulso se le aceleró. Leo encajó la mandíbula porque, en general, nunca hacía nada mecánicamente y jamás se veía afectado por el entorno. En la pista de baile había sufrido un lapsus momentáneo tras un día muy estresante—. No fue nada extraordinario.


—No seas tan modesto.


La leve sonrisa que se dibujó en los labios de Paula aumentó la creciente irritación de Leo ante su negativa a obedecerle.


—Esto te divierte.


—En absoluto —contestó ella con envidiable aplomo—. Pero sé lo que quiero y estoy decidida a conseguirlo.


—Si invirtiéramos los papeles, esta conversación bordearía el acoso. De hecho, lo es.


—Si invirtiéramos los papeles, ya estaríamos desnudos porque yo no opondría resistencia.


A pesar de sus esfuerzos, Leo no podía defenderse de las imágenes que llenaban su cabeza. Eran muchas y demasiado vívidas. Cuerpos pegados. Bocas unidas, cabellos multicolores esparcidos sobre la almohada. Calor, sudor, gemidos entrecortados y pequeños gritos.


—Estás jugando con fuego —le advirtió con voz ronca y cargada de un deseo que, para su desolación, no conseguía mantener a raya.


—¿Es una amenaza o una promesa? —una luz bailó en el fondo de los ojos esmeralda.


Cualquiera de las dos. Ambas. Pedro no sabía…


—Una amenaza.


—No me importa quemarme.


—¿En serio?


—Sí —contestó ella—. De hecho, estoy deseando arder.


Paula creía desearlo, pero no tenía ni idea de que en lo más profundo de Pedro yacían enterrados rastros del niño feroz e intrépido que sufría rabietas, corría riesgos y estrellaba barcos. Ni idea de lo que podría ocurrir si renunciaba a su férreo control y se liberaba de las ataduras, borraba su apariencia de civismo y tomaba el control. Ni siquiera él conocía la furia salvaje que tendría como adulto y las consecuencias que podría acarrear. Quemarse podría ser lo de menos.


—Olvídalo.


—Una noche, Pedro —susurró ella seductora, robándole el juicio y eliminando sus objeciones—. No pido más. De verdad. No creo ser tu tipo. Dudo que sea lo bastante elegante o sofisticada para un multimillonario mundano como tú. Las relaciones no son lo mío y, además, tengo que centrarme en mi carrera. Una noche. Me iré por la mañana y no volverás a verme. Será solo sexo. Pero si tienes un problema con eso, si insistes en que me marche, lo haré.


Paula se interrumpió, el pulso latiéndole con fuerza, y en la densa y atronadoramente silenciosa oscuridad, él solo pensaba que la deseaba más allá de lo comprensible, de lo razonable, y no pudo negarlo por más tiempo. Había sido inevitable desde el momento en que ella había invadido su espacio. Había tenido muchas ocasiones para salir del coche y dejarla sola, pero no había aprovechado ninguna. ¿Qué sentido tenía librar una batalla que ya había perdido? ¿Y por qué? Hacía años que no hacía algo por sí mismo. Le inquietaba la fuerza del deseo que ella despertaba en él, lo que podría implicar. Pero no tenía por qué implicar nada. No perdería la cabeza. Nunca lo había hecho por una mujer. Y por supuesto no tenía ningún problema con un revolcón de una noche, aunque para él sería la primera vez, extraño, teniendo en cuenta que había tenido su buena ración de sexo en su juventud. El comportamiento le parecía imprudente y temerario por propia naturaleza, y la espontaneidad no estaba en su vocabulario desde hacía años. Si no hacía algo, los sueños eróticos que había estado teniendo, y en los que ella aparecía con frecuencia, lo volverían loco. Si cedía, al amanecer habría saciado el deseo que lo consumía y restaurado los parámetros de su vida.

Retrato: Capítulo 17

¿Podía esperar que su momento de completa y absoluta locura no hubiera sido presenciado por nadie más que su hermano? Estaba oscuro. La pista de baile estaba abarrotada. Pero en un mar de colores apagados, el vestido amarillo de Paula, y su llamativo cabello, brillaban como un faro. No tenía por qué preocuparse. Aunque alguien le hubiera visto perder la cabeza, no se arriesgaría a provocar su enfado hablando sobre ello. Muchos de los invitados tenían lucrativos negocios con él. Los demás los buscaban. Pero ¿Abandonar la boda de su hermana? Eso no habría pasado desapercibido, al menos, no para su familia. Tendría que lidiar con ello por la mañana. Agotado, Pedro se reclinó en el asiento de cuero, suave como la mantequilla. Podría dormir una semana. Pero al día siguiente volaba a Nueva York para tratar una posible fusión naviera que aumentaría en miles de millones la cuenta de resultados de la empresa. Tras dejarlo todo atado allí, presidiría varias reuniones de la junta en Londres. Y en algún momento tendría que impedir la presentación de un retrato cuya exhibición podría convertirle en el hazmerreír mundial. Relajarse era un sueño lejano. Apenas se había sentado Carlos al volante, cuando la otra puerta trasera del coche se abrió de golpe, rompiendo el silencio y arrancándolo de sus pensamientos. Un segundo después, en una explosión de color, movimiento y destellos, Paula se deslizó sobre el asiento. Pedro se incorporó de un salto. El corazón se estrelló contra las costillas y una poderosa combinación de sorpresa y alarma se apoderó de él.


—Hola —saludó ella con una de esas deslumbrantes sonrisas que con frecuencia le hacían enmudecer, pero a las que, gracias a su férreo control, era inmune.


—Fuera.


—Qué grosero.


—Lo grosero es invadir mi espacio —Pedro la miró fijamente, sin poder creer lo que oía.


—Era necesario.


—¿Qué quieres, Paula? —él encajó la mandíbula.


—Esperaba que pudieras llevarme.


Imposible. La parte trasera de su coche, que siempre había considerado amplia, de repente le resultaba claustrofóbica. El oxígeno había desaparecido al subirse ella. A pesar de la amplitud del asiento, sentía la ardiente energía que ella irradiaba. Y algo más. Algo que le erizaba el vello de la nuca y le aceleraba el pulso.


—Te pediré un taxi —Pedro metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono.


—No, no —Willow sacudió la cabeza—. No me sirve.


—Lástima.


—¿Adónde vas?


—A la cama.


—Eso sí me sirve.


Paula se acomodó y él tuvo que esforzarse para sofocar la furiosa frustración ante la intransigencia de ella y el volcán de calor surgido al imaginarla en su cama.


—¿Harás lo que te pido y saldrás de mi coche?


—No.


Pedro se inclinó hacia delante y pulsó un botón del panel que separaba la parte trasera de la delantera.


—Carlos, por favor, lleva a la señorita Chaves adonde quiera ir. Yo caminaré.


Se giró para abrir la puerta. Casi saboreaba el aire fresco y la libertad, cuando el cuerpo de ella se estampó contra su espalda y una mano se posó en su brazo. Pedro se quedó helado. Paula estaba acurrucada sobre él en la oscuridad y apenas podía respirar.


—De acuerdo —susurró ella, tan cerca que su cálido aliento le hizo cosquillas en el cuello—. Olvida el viaje, era una excusa. Quería hablar contigo.


No quería oírlo. Ya habían hablado bastante por una noche. Lo que quería era quitársela de encima y echarla del coche. Su proximidad destrozaba su razón y su control.


—¿Sobre qué? —se oyó a sí mismo preguntar.


—Sobre continuar donde lo dejamos. Seguir el consejo de tu hermano y conseguir una habitación.

jueves, 22 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 16

Paula envidió la serenidad con que Pedro se dió media vuelta y se alejó. Nunca se había sentido menos dueña de sí misma. La cabeza le daba vueltas, el corazón le latía desbocado. Era un milagro que sus piernas la sostuvieran. Qué beso… Un beso apasionado, conmovedor, alucinante. Aún sentía la presión de su boca sobre la suya y los duros músculos bajo sus manos. El deseo ardiente y embriagador que se había apoderado de su cuerpo, reduciéndolo a meras sensaciones. Y quería mucho más. Porque por fin, después de tantos años de ansiedad y estrés, decepciones y remordimientos, había conocido a un hombre con el que deseaba perder la virginidad. No habría que preocuparse por la incomodidad, la vergüenza o la frigidez, por si las cosas salían mal, porque nada saldría mal. ¿Cómo podía doler el sexo con Pedro cuando él tenía la habilidad de derretir sus huesos y convertir su cuerpo en papilla? Solo con mirarla, ardía. Su tacto la encendía. Y su boca… Era perversa y maravillosa. No era ninguna experta, pero sin duda la química que compartían era fuera de serie. Sería glorioso, fuegos artificiales y éxtasis de principio a fin. Pero no era solo el aspecto físico lo que tanto le atraía. 


Pasar tiempo con Ana y escuchar sus historias de aventura y pasión había puesto de manifiesto lo aburrida e insignificante que era su vida. La aventura era difícil de encontrar cuando el trabajo y los ingresos eran irregulares. Las relaciones románticas quedaban descartadas por su endometriosis y una posible infertilidad. Sin embargo, esa noche había tenido un atisbo de aventura y pasión, hasta la interrupción que había espantado a Pedro, comprensible teniendo en cuenta su aversión al escándalo. ¿Y si no hubieran sido interrumpidos por Federico? ¿La habría llevado a un rincón oscuro para seguir besándola? ¿Habría llevado las cosas aún más lejos, regalándole la experiencia que tanto deseaba? No lo sabía y posiblemente nunca lo sabría. Por la forma en que él se abría paso entre los invitados y se dirigía hacia la puerta sin detenerse más que un instante para hablar con la feliz pareja, parecía que planeaba marcharse. A cada paso con que se alejaba de ella, la esperanza y emoción que la embargaban se desvanecía, desinflándola por momentos. ¿Volvería a conocer a alguien que tuviera un efecto tan intenso en ella? No parecía probable. Los hombres como él no crecían en los árboles. Entonces, ¿Qué hacía ahí parada? ¿Por qué no iba tras él? No tenía nada que perder y sí mucho que ganar persiguiendo la pasión que acababa de sentir. ¿Qué importaba que fueran imposiblemente diferentes? No buscaba la felicidad eterna con él. Solo una noche. ¿Y si él no quería? Era lo suficientemente fuerte como para soportar un rechazo. Luchar por desarrollar una carrera en el mundo del arte había fortalecido su determinación de ir a por lo que quería, y lo que quería era a Leo y la emoción que le había mostrado. La repentina muerte de su madre le había enseñado que la vida era corta y que mejor arrepentirse de lo hecho que de no haberlo hecho.


Cediendo al instinto, y bloqueando la voz de su cabeza que la acusaba de haberse vuelto loca de atar, Paula se puso en acción. Si Pedro se marchaba, no lo haría solo. El coche plateado se detuvo frente al hotel mientras Leo salía a la cálida noche ateniense. Bajó los escalones hasta la acera y saludó con una inclinación de cabeza a Carlos, el chófer que sujetaba la puerta abierta. La puerta se cerró con un suave golpe, dejando fuera la locura y el caos, y el alivio lo inundó. Había tenido mucha suerte al escapar, pensó sombríamente, mientras se aflojaba la pajarita y desabrochaba dos botones de la camisa, sintiendo por primera vez en horas que podía respirar. 

Retrato: Capítulo 15

Como si le hubiera caído un diluvio de agua helada, Pedro soltó a Paula y se echó hacia atrás, conmocionado, horrorizado, mientras la realidad lo golpeaba con la fuerza de un mazo. ¿Qué demonios estaba haciendo? Había bailado con ella, hablado con ella, dicho cosas que nunca había dicho a nadie. Y la había besado. En la pista de baile, en medio de toda esa gente. Sin la oportuna intervención de Federico, habría empezado a desnudarla, y dudaba que ella se lo hubiera impedido. Paula había tironeado de su camisa y gemido en voz baja, desesperada por tocarlo, tan ajena como él al entorno. La confusión y el horror lo invadieron, oprimiéndole el pecho y cubriendo cada centímetro de piel de un sudor frío al pensar en lo que podría haber ocurrido. El escándalo habría superado todos los de su madre. Habría destruido su imagen, su autoridad. Lo habría arruinado. Lo que habían hecho ya era bastante mortificante. ¿Besarse y tocarse en público? Ni siquiera lo había hecho siendo un adolescente excitado. ¿Qué demonios le pasaba? 


Al principio de la velada había decidido ignorarla, y nunca cambiaba de planes a medio camino. Pero el plan había estallado en su cara. En respuesta a un deseo desbordante que debería haber sido capaz de controlar, su rígida compostura se había volatilizado. Fuera lo que fuera esa locura que había experimentado, no volvería a ocurrir, se aseguró a sí mismo mientras daba un paso atrás y se alejaba de la órbita peligrosamente hechizante de Paula. No tenía tiempo para emociones imprevisibles y volátiles, para el caos y el dolor que causaban. Podía parecerse a su madre, pero, como le había le dicho, no actuaría como ella. Ni volvería a ponerse en una situación que amenazara el control que tanto le había costado conseguir. Nunca olvidaría el momento en que supo que su padre había muerto y comprendió que él era el único responsable de su familia y del negocio. Aún recordaba la avalancha de emociones que habían destrozado sus debilitadas defensas: La conmoción, el dolor agonizante y el pánico. La nauseabunda consciencia de que era demasiado joven e inexperto. El conocimiento paralizante de que los zapatos que se esperaba que calzara eran demasiado grandes. 


Durante días, bombardeado a preguntas, documentos que firmar y decisiones que tomar, se había ahogado, aterrorizado por meter la pata y defraudar a todo el mundo. Al cabo de un mes, había llegado a la conclusión de que la única forma de asumir su nuevo papel era enterrar el lado más salvaje de su naturaleza y las emociones vertiginosas e inoportunas que se habían desatado, y ponerse manos a la obra. Había abandonado sueños y esperanzas, renunciado a navegar. Había eliminado el resentimiento amargo y vergonzoso que lo quemaba como la bilis porque, en el fondo, nunca había pedido lo que le habían dado y no lo quería. Había supuesto que el control implacable lo salvaría, y había pasado años perfeccionándolo hasta convertirlo en un impenetrable escudo de piedra y acero, diseñado tanto para protegerse a sí mismo y a los demás y para soportar la inmensa carga. Haciendo acopio de toda la fuerza que poseía, con la facilidad que daba la experiencia, Leo sintió que le envolvía el familiar manto de calma helada, y eso significaba que podría desterrar de su mente los sucesos del último cuarto de hora y olvidar que habían ocurrido. A medida que el calor enloquecido desaparecía y volvía la razón, pudo contemplar la boca hinchada de Paula, sus mejillas sonrojadas, el pelo revuelto y sus ojos vidriosos de deseo… Y no responder en absoluto.


—Disfruta del resto de la noche —dijo con una tensa sonrisa y una breve inclinación de cabeza—. Buenas noches.

Retrato: Capítuo 14

 —Una locura adolescente —una sombra recorrió sus facciones, pero desapareció en un instante.


—¿Y qué ha cambiado?


—¿Qué quieres decir? —Pedro frunció el ceño.


—Bueno, ya no vas por ahí sufriendo berrinches y estrellando barcos, ¿Verdad?


—Mi padre murió y tuve que madurar. Un aprendizaje empinado.


—¿Cómo de empinado?


—Cometí algunos errores —admitió él con una mueca—. Al principio.


—Así que puede que seas todopoderoso, pero también eres humano.


—De carne y hueso.


Y empezaba a darse cuenta, comprendió ella con el pulso acelerado mientras se hacía el silencio. En algún momento la música que salía de los altavoces había cambiado a sensual y latina. Las luces se habían atenuado. La sensualidad se extendía por la pista de baile, las parejas se movían con soltura y sinuosidad. Paula sentía el ritmo retumbando en su interior. Pedro la abrazaba imposiblemente cerca. Algo en la intensidad y la concentración con que la miraba la hizo temblar de expectación. ¿Qué estaría pasando por su cabeza?, se preguntó ella, mientras una extraña excitación la recorría. Hacía unas tres semanas se habían separado en términos muy poco amistosos, pero Pedro ya no le producía aquella sensación desagradable. El calor latente en su mirada añadía más leña al fuego de sus venas. Sentía cómo su cuerpo se endurecía y la presionaba. Realmente no estaba preparada para eso. Con su hermano se había sentido fuera de su ambiente, pero era mucho más peligroso que Federico. Externamente era todo control férreo, pero tenía algo que debería haberle hecho correr hacia la salida, porque ella no conocía ninguna de las reglas del juego al que él estaba jugando. Pero, a pesar de lo imprudente que era, siendo ellos, sus vidas y experiencias, polos opuestos, Paula quería jugar.


—¿Sabes con qué he soñado últimamente, Paula?


—No —ella se estremeció al oír su nombre en boca de Pedro.


—Contigo —murmuró él, con la ardiente mirada en la de ella—. He soñado contigo. Todas las noches desde hace tres semanas. Y esos sueños han sido de todo menos pesadillas.


—Yo también he soñado contigo —el corazón de Paula dió un vuelco—. Sueños salvajes.


—No he podido quitarte los ojos de encima en toda la noche.


—Es el pelo.


—No es el pelo —Leo sacudió la cabeza—. Ni el vestido.


—Entonces, ¿Qué?


—Maldita sea si lo sé. Pero mi hermano tenía razón en una cosa. Eres adorable.


—Eres el hombre más sexy que he conocido —admitió ella sin aliento, su inesperada confesión aflojando sus inhibiciones—. Quiero dibujarte.


—Pensaba en otra cosa.


—¿En qué?


Él miró fijamente su boca y agachó la cabeza dolorosamente despacio. Posó los labios sobre los de ella y en ese instante todo lo demás, la música, la gente, la fiesta, desapareció. Paula solo podía concentrarse en el calor y la destreza de su boca, en las manos de él deslizándose por sus caderas para amoldarla mejor a él. Le rodeó el cuello con los brazos y hundió los dedos en el pelo, y el beso, se convirtió en algo oscuro y salvaje. Pedro llevó una mano a su nuca y deslizó la otra hasta el pecho, y ella gimió. Instintivamente, Paula inclinó las caderas y las frotó contra las de él en un intento de aliviar las palpitaciones que sentía entre las piernas. El gruñido bajo que provocó en él no hizo más que avivar su deseo. Nunca había sentido algo así. Estaba enloquecida. Drogada. Lo quería desnudo. Quería explorar su cuerpo recorriendo cada centímetro de piel, cada músculo, lo quería encima de ella, dentro de ella. Y no sería doloroso. Sería magnífico. Bajó una mano hasta la cintura de los pantalones y tiró de la camisa. Él le rozó el pezón con el pulgar y ella se estremeció. Temblaba de necesidad, enloquecida por el deseo, dispuesta a lanzarse al suelo con él y correr ese riesgo que siempre había temido, cuando, de repente, a través de la bruma del deseo, como si llegara de muy, muy lejos, oyó una voz seca y divertida:


—Eh, ustedes dos. Busquen una habitación.

Retrato: Capítulo 13

 —¿Sabes que te llama aguafiestas?


—Lo sé —contestó él, y los músculos bajo las manos de ella se relajaron un poco ante el cambio de tema—. Pero mi hermana menor solo tenía nueve años cuando murió mi padre. Alguien tenía que ejercer de adulto.


—Y ese alguien eras tú.


—Soy el mayor. De repente era el cabeza de familia. Era mi deber. Y no todos tienen la misma definición de diversión.


A pesar de opinar que estaba totalmente equivocado con su madre, Paula sintió una punzada de simpatía. Heredar un imperio global con diecinueve años, presumiblemente mientras todavía estaba de luto, no debía haber sido fácil.


—También te describió como emocionalmente reprimido y demasiado serio.


—Eso he oído.


—¿Te molesta?


—En absoluto. Si todo el mundo se comportara como ella, sin ningún respeto por las normas de la sociedad, la civilización desaparecería. Parecía un poco exagerado, pero ¿Qué sabía ella?


—Te pareces a ella.


—No puedo hacer nada al respecto —murmuró él—. Solo puedo evitar actuar como ella.


—¿Sufres por ello?


—En absoluto —respondió Pedro con una brusquedad que sugería lo contrario.


—¿Te digo lo que pienso?


—Preferiría que no lo hicieras.


—Independientemente de que seas un aguafiestas y un robot de hielo, son sus palabras, no las mías, solo eres un hombre que quiere a sus hermanos y haría cualquier cosa por protegerlos.


—No me conoces —sus miradas se fundieron.


—Más de lo que crees.


—¿Sabes cuánta gente osa desafiarme?


—No.


—Nadie.


—Eso no es sano.


—Y aún menos intentan negociar conmigo como has hecho tú.


—Quizás no tengan nada que perder.


—¿Te sientes siquiera mínimamente intimidada por mí? —él la miró pensativo.


Por el efecto que le causaba, un poco. ¿Pero por él?


—No. Pero entiendo que otros lo estén. Eres físicamente imponente. El jefe de una empresa multimillonaria. Irradias autoridad y poder, y estás acostumbrado a ser obedecido sin rechistar. Pero —Paula bajó la voz—, ¿Recuerdas que te dije que a tu madre le gustaba hablar?


—Sí —el atractivo rostro reflejaba inquietud.


—Me dijo que de niño tenías rabietas. Sufrías pesadillas que te hacían llorar.


—Me sorprende que se diera cuenta —un rubor fascinante tiñó los pómulos de Pedro.


—Lo oyó de tu niñera.


—Cómo no.


—Dijo que de mayor eras imprudente y salvaje. Corrías riesgos que a veces te llevaban al hospital. Al parecer, una vez estrellaste deliberadamente un barco contra las rocas.


—Menuda charlatana —observó él, con la irritación iluminando sus ojos.


—No te gusta que hablen de tí.


—No —confirmó él—. A diferencia de otros, valoro mi intimidad.


—¿Entonces, lo del barco es verdad?


—Sí.


—¿Por qué hiciste algo así?

martes, 20 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 12

 —¿Y?


—Debería cortarle su asignación.


—¿Harías eso? —espantada, ella se echó hacia atrás.


—Sí, si es necesario. Es un escándalo andante y esta vez ha ido demasiado lejos.


—Ama la vida.


—Es egocéntrica y desconsiderada.


—Puede, pero también es divertida y, como dijiste, generosa. Se arriesgó conmigo, una desconocida, y fue ella quien organizó la exposición del retrato. No ha hecho más que apoyarme.


—¿Cómo era tu madre? —preguntó Pedro.


—Maternal. Cariñosa. Firme, pero justa y totalmente convencional.


—Dijiste que murió cuando tenías catorce años.


—Qué buena memoria.


—Hay pocas cosas de aquella tarde que no recuerde —contestó él secamente—. ¿Qué pasó?


—Se sometió a una operación rutinaria y nunca despertó de la anestesia.


—Qué terrible.


—Mi padre nunca se ha recuperado —admitió ella, tragando el pequeño nudo que siempre se le formaba en la garganta al recordar la tristeza que lo consumía—. Vive como un ermitaño.


—¿Y tú?


¿Ella? ¿Por dónde empezar? Estaba convencida de que el destino de su madre podría ser el suyo si alguna vez se sometía al bisturí. ¿Y si se sometía a las operaciones que, según los médicos, aliviarían el dolor que sufría mes tras mes, y no despertaba? Su padre habría perdido una hija además de una esposa y no quería ni pensar en cómo lo afrontaría. Paula sentía un profundo miedo al amor romántico. La idea de que la historia se repitiera la atormentaba. ¿Qué provocaría su muerte en alguien que la amara? ¿Se apartaría de la vida, destruido y vacío por el dolor? ¿Lo haría ella, si la situación fuera al revés? Al parecer, cuanto mayor es el amor, mayor es la devastación potencial, y ella no podía, ni quería, ponerse a sí misma ni a nadie en esa situación. Lo mejor era no permitir que nadie se acercara emocionalmente a ella. Era mucho más fácil encerrar el corazón en una jaula, tirar la llave y acostumbrarse a la soledad. No quería estar sola para siempre, pero era lo que había. Al menos así solo sufría una persona. Pero todo eso era demasiado íntimo para compartirlo, y lo mejor sería ofrecerle lo obvio.


—Me llevó un tiempo —admitió ella, recordando la conmoción, la tristeza y los largos paseos para asimilar lo sucedido—. Mi mundo se derrumbó. No creo que el dolor desaparezca nunca, ni la rabia, pero aprendes a vivir con ello.


—Es verdad —Pedro asintió mientras la guiaba suavemente por la pista de baile—. Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. Un ataque al corazón. También de repente.


—Me lo dijo Ana. Parecía un hombre formidable.


—Lo era.


—¿Cómo se conocieron?


En una fiesta en la embajada de París. Ella se enamoró de su aire británico y su aspecto elegante. Según cuentan, ella era deslumbrante, pero sospecho que la verdadera atracción era la compañía naviera Kallis que él quería fusionar con el banco Stanhope.


—Qué cínico.


—O realista. Se casaron tras dos meses de noviazgo. La luna de miel no duró mucho. Eran demasiado diferentes. Ella temperamental, él frío. Y no tenía ni idea de cómo manejarla. Era perfectamente capaz de disciplinar a los hijos, pero con ella metió la cabeza en la arena. Ella le daba mil vueltas. Sus muchas aventuras están desgraciadamente bien documentadas. No es de extrañar que sufriera un ataque al corazón.


—Bueno, quizá el problema fuera «Manejarla» —intervino ella con ironía—. Deberías intentar entender de dónde viene su comportamiento.


—¿Te he pedido consejo? —él enarcó las cejas.


—No, pero te lo voy a dar igualmente, y quizá deberías seguirlo porque tus métodos no están funcionando, ¿Verdad?


—No pierdo la esperanza. Al menos intento hacer algo en lugar de negarlo sin preocuparme por los efectos de sus payasadas en la familia.


—¿En tí?


—Ninguno de nosotros salió ileso.


La enigmática respuesta despertó la curiosidad de Paula, pero el hermetismo de su rostro le indicó que era inútil indagar. 

Retrato: Capítulo 11

 —Hmm.


—La cena estaba deliciosa. Tu hermano es encantador.


La mano de Pedro apretó la suya mientras fruncía el ceño fugazmente.


—Por eso se encarga de conseguir nuevos clientes.


—Debe dársele muy bien.


—Sí. Como a tí.


—Lo intento —¿La había observado en acción? La idea de sus ojos clavados en ella la excitaba.


—Todo el mundo habla de tí.


—Al menos no soy la madre de la novia, desnuda en un cuadro.


—Una bendición —murmuró él.


Algo en su expresión le hizo desear a Paula haber cerrado la boca. No solo tenía la inquietante sensación de que la estaba desnudando mentalmente, sino que ella solo podía pensar en lo bien que le quedaba la camisa mojada y que estaría mucho mejor sin nada.


—Gracias por la invitación —Paula refrenó su imaginación y buscó refugio en la conversación.


—No me pareció que tuviera otra opción.


—Cierto —admitió ella con una sonrisa—. Te chantajeé.


—Sí. Aunque si a alguien hay que darle las gracias, es a tí.


—¿Por qué?


—Tengo entendido que eres la responsable del cambio de actitud de mi madre hoy —contestó Pedro—. Y, supongo, de su atuendo en la iglesia y el vestido que lleva esta noche.


—De nada —Paula sintió un escalofrío de placer—. Aunque temí haberme excedido al intervenir.


—Pues sí.


—Lo siento.


—De nuevo no tienes por qué disculparte. Tienes mi gratitud. Y la de Luciana —él se echó un poco hacia atrás—. ¿Cuál es tu secreto?


—No hay secreto —respondió ella, relajándose un poco en un terreno de conversación más seguro—. Me gusta conocer a mis clientes, y los animo a hablar mientras trabajo.


—¿Sobre qué?


—Lo que quieran. Les hace bajar la guardia. Y me da una idea de su carácter, lo que añade cierta magia al cuadro. A algunos les cuesta. A Ana le pasa lo contrario.


—Me lo creo.


—Solo le hice algunas preguntas y mencioné lo mucho que mi madre habría querido estar presente en mi boda, y en los sacrificios que habría hecho para asegurarse de que todo girara en torno a mí. Le sugerí que hoy era la oportunidad de Luciana de brillar. Sé lo difícil que puede ser a veces.


—¿Lo sabes?


—Sí.


—¿En qué sentido?


En el de sentirse constantemente frustrada por su problema. ¿Cuántos exámenes había suspendido porque el dolor no le había permitido presentarse? ¿A cuántas citas con amigos había faltado? ¿A cuántos trabajos había renunciado al comprender que nunca sería capaz de seguir el ritmo? Pero no quería hablar de eso. Era demasiado personal, más inapropiado aún que besar a su anfitrión en una pista de baile abarrotada.


—El mundo del arte es muy cerrado —contestó.


—Has empezado con buen pie.


—Eso espero —Paula pensó en los contactos que llenaban su libreta y sintió una oleada de orgullo.


—¿Dónde está el retrato?


—En una galería-almacén de Atenas, allí estará hasta la inauguración que planea tu madre.


—¿La inauguración? —Pedro volvió a fruncir el ceño.


—Eso es.


—Es una desvergonzada.


—Se trata de mi trabajo, Pedro —a Paula se le erizó el vello—. No tiene nada de vergonzoso. El dibujo al natural es una tradición artística respetada desde hace siglos. Estoy orgullosa de lo que hago. Y si tu madre quiere celebrar su sexualidad, hay que aplaudirlo.


—Tiene casi sesenta años —Pedro hizo una mueca. 

Retrato: Capítulo 10

"En el nombre de Zeus, ¿Qué haces?", se preguntó Pedro, con el pulso acelerado mientras su hermano desaparecía y Paula se volvía lentamente hacia él. ¿Qué hacía en medio de una pista de baile abarrotada, delante de una mujer con la que no tenía intención de volver a hablar? A lo largo de la velada la había visto a ratos, y su nombre no había dejado de surgir en las conversaciones, pero él solo había desviado la mirada y cambiado de tema. Su fuerza de voluntad le había salvado al descubrir que llevaba la espalda desnuda y que, por tanto, no podía llevar sujetador. Años de práctica habían mantenido a raya el deseo latente que amenazaba con consumirlo. Pero toda esa fuerza se había evaporado al verla en brazos de su hermano. Menos mal que no le interesaba. Una breve mirada, luego otra… Al comprender qué estaba viendo, y las palabras, «Ni muerto», se iluminaron en su cabeza como un neón. Una niebla roja descendió y despertó la necesidad urgente de poner fin a la situación. Fuera lo que fuese lo que le había llevado a intervenir, allí estaba. Delante de ella, como un idiota sin saber qué hacer. Por primera vez en su vida.


—¿Querías algo? —preguntó Paula con serenidad, aunque el leve rubor de sus mejillas y el pulso agitado en el cuello sugerían que no estaba nada serena.


A ella. La quería a ella. Sin razón ninguna. Solo una necesidad insondable y clamorosa que se esforzaba por dominar y una excitante oleada de adrenalina que no había sentido desde que surcaba las olas a veinte nudos y en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacía más de una década.


—Baila conmigo.


Ella lo miró, su oscurecida mirada clavada en su boca, y se detuvo, como si se imaginara besándolo tanto como él se había imaginado besándola a ella.


—De acuerdo —Paula asintió y esbozó una fugaz sonrisa.


Aceptar bailar con Leo había sido un error. Paula se dió cuenta de ello en cuanto él le tomó una mano y plantó la otra, grande y cálida, en la espalda desnuda, haciendo que estuviera a punto de arder en llamas. El contacto con su hermano ni la había afectado. El contacto con Leo era eléctrico. ¿Por qué? A saber. Debería haber declinado su invitación a bailar y haberse marchado. Sin duda, terminada la boda, él querría hablar del futuro del retrato, cuando ya no haría falta ningún aplazamiento más. No debería haber sucumbido a la curiosidad. Estaba allí para conseguir clientes, y eso era lo único importante. Pero cuando él la atrajo hacia sí, ella no hizo nada por detenerlo, al revés. Nunca había creído en el magnetismo entre dos personas, pero allí estaba, pegada a él, con una mano en su hombro y la otra entrelazada con la suya. Se tocaban desde el pecho hasta la cadera, y ni unos caballos salvajes habrían podido despegarla.


—¿Cómo estás? —preguntó Pedro con voz grave mientras empezaban a moverse lentamente por el estrecho espacio que ocupaban.


—Bien —respondió ella, extrañamente ronca—. ¿Y tú?


—Ocupado.


—¿Qué tal la ceremonia?


—Sin incidentes.


—Debe haber supuesto un alivio.


—No tienes ni idea.


La mirada de Pedro recorrió el pelo y la cara de Paula antes de posarse en su boca, que se secó al instante mientras su pulso se aceleraba. Estaba tan cerca que habría bastado con ponerse de puntillas, inclinarse hacia delante y tirar de su hombro para que él se agachara y poder descubrir cómo era besarlo.


—Una fiesta encantadora —observó ella mientras resistía a la tentación de hacerlo, totalmente inapropiado, y que provocaría un escándalo que él no vería con buenos ojos.

Retrato: Capítulo 9

Mientras tanto, había una velada que pasar, una madre impredecible a la que vigilar y setecientos invitados a los que saludar.


—¿Adónde vas? —preguntó Federico, sin apartar la mirada de la sirena unicornio.


—El valor neto de esta sala asciende a cientos de miles de millones —contestó Pedro, irritado con su hermano—. Hay negocios que hacer. Tú y yo vamos a socializar.



Lo primero que había dejado sin aliento a Paula al entrar en el vestíbulo había sido la enorme lámpara de araña. Lo segundo, el esplendor del espacio: La decoración de techos y paredes, el mármol, los dorados, la seda. Lo tercero fue Pedro. Envalentonada tras media copa de champán seco, había conversado animadamente con dos condesas milanesas y un terrateniente de Puglia, mientras anotaba discretamente sus nombres y correo electrónico en el pequeño cuaderno que guardaba en el bolsillo oculto del vestido. Pero de repente, un escalofrío le recorrió la espalda y se le puso la piel de gallina. Miró a su alrededor, y sus ojos se clavaron en los de Leo, como si fueran un imán y los de ella limaduras de hierro. Consiguió esbozar una sonrisa en señal de agradecimiento, según lo planeado, aunque lo que no había planeado era la sacudida que sintió ante su ardiente atractivo. Afortunadamente para su dignidad, él desapareció de su vista. Ella había salido del trance y había vuelto al trabajo. La cena fue deliciosa, sus compañeros de mesa interesantes y atractivos y, felizmente, muy dispuestos a hacerse retratar. El discurso de Pedro, en perfecto griego, inglés, francés, español e italiano, fue aplaudido con entusiasmo. Ella apenas había entendido nada, seguramente porque, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, solo podía concentrarse en los movimientos de su boca. El hermano de Pedro quien, al parecer, había estado junto a él en el balcón, la arrastró a la pista de baile. Era guapo y encantador, pero de un modo vacío que la dejó indiferente, aunque la había hecho reír hasta dolerle los costados.


—¿Qué tal si vamos a algún sitio más tranquilo? —murmuró Federico al oído mientras la conducía con destreza por la pista.


Ante la sensual promesa en su voz, Paula sintió saltar las alarmas. Coquetear era una cosa, y le gustaba como a cualquiera, pero nunca lo había llevado más lejos, y no tenía intención de hacerlo. Estaba fuera de su ambiente. No sabía cómo tratar a un hombre como Zander que rezumaba experiencia y sexualidad.


—No, gracias —dijo bruscamente mientras apoyaba las manos en su pecho para frenarlo.


—¿En serio? —Federico enarcó las cejas, sugiriendo que la arrogancia era cosa de familia.


—Lo siento.


—No hace falta que te disculpes.


—Cierto —sonó una voz profunda detrás de ella, una voz que despertó el recuerdo de su cuerpo pegado a él mientras la remolcaba por la piscina, una voz que le susurraba al oído palabras no tan dulces en sueños, y que le producía escalofríos—. Federico, he oído que el duque de Clervaux no está contento con su banco y quiere cambiar.


Federico debió de sentir el estremecimiento que sacudió a Paula, pues su mirada chispeó fugazmente al desviarla hacia el dueño de esa voz.


—¿En serio? 


—Sí.


—¿Por qué no lo has dicho? —Federico soltó a Paula—. La encantadora Paula es toda tuya.


—En realidad —ella quiso recordar a ambos su existencia, encantadora o no—. No soy de nadie.


—Interesante —Federico sonrió y se alejó.

jueves, 8 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 8

Sin embargo, recordaba cada palabra de la conversación, cada gesto. Quería saber cómo se sentía y a qué sabía. Los sonidos que emitiría cuando él la acariciara con las manos y la boca y, finalmente, la penetrara. Paula, mujer de múltiples piercings, uñas multicolores y pelo rosa, todo lo contrario del tipo frío, refinado y de un pendiente por oreja que le gustaban, lo distraía enormemente, y era frustrante en extremo.


—Luciana me dijo que la habías invitado.


Dominando su expresión para que no se notara su agitación interior, Pedro hundió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.


—Forma parte del plan para evitar el escándalo.


—¿Dónde está?


—Ni idea.


No le importaba si asistía o no. Ella no era la causa de la adrenalina que lo golpeaba desde esa mañana, y no estaba escaneando a los invitados, buscándola. Estaba en el balcón solo para respirar un poco de aire fresco tras un agitado día. Que viera a toda la multitud reunida era involuntario. No estaba mirando la puerta. Tenía los ojos fijos en su madre y allí seguirían. Pero incluso antes de que su hermano exclamara de admiración,  sintió la llegada de Paula. Su cuerpo se tensó. El pulso se le aceleró.


—¿Quién es esa?


No quería hacerlo, pero siguió la mirada de Federico, hasta la mujer que se acercaba al camarero de la puerta. El impacto fue como una patada en el pecho. Reconoció la amplia y deslumbrante sonrisa que dedicó al camarero al aceptar una copa. Empatizó con el pobre tipo, que se ruborizó y la miró como un cervatillo herido. Esa sonrisa lo había noqueado al verla por primera vez. Por otra parte, tal vez fuera el vestido, largo, amarillo pálido, con lentejuelas y lo suficientemente ajustado, lo que había dejado mudo al camarero. O su pelo. ¿Cuántos colores, tenía? Las ondas, predominantemente rubias, tenían mechas azules y verdes. No solo pintaba con colores pastel, también los llevaba en la cabeza.


—Es la artista —contestó, pasándose un dedo por el interior del cuello.


—Algún unicornio ha perdido su crin.


—Eso parece.


—¿Apostamos a que es la única aquí con cuentas en el pelo?


—No.


—Es impresionante.


—Si te gustan esas cosas —y, para su irritación, aparentemente le gustaban.


Mientras Federico murmuraba cumplidos sobre el singular aspecto de Paula, extasiado por sus llamativos rasgos y su espectacular figura, Pedro la observó presentarse a un grupo de miembros de la alta sociedad italiana. No era de extrañar que no necesitara tarjetas de visita. Era inolvidable. Nada sutil. Imposible no fijarse en ella. Como si lo hubiera presentido, de repente levantó la vista y sus ojos se encontraron. Por un segundo se detuvo, y luego le dedicó una sonrisa incendiaria que le robó el aliento. Rápidamente se recuperó. Estaba acostumbrado a controlar los brotes de desenfreno que experimentaba ocasionalmente, cuando bajaba la guardia. Le dedicó una breve inclinación de cabeza, sin sonreír, y volvió a centrarse en su madre. No tenían por qué volverse a cruzar. No tenía motivos para hablar con ella. No necesitaba darle las gracias por hacer entrar en razón a Ana. No cedería a las exigencias de su cuerpo y buscarla por deseo. No sería tan débil.


—Menuda sonrisa.


—No me había dado cuenta…


—Bueno, por suerte es mi tipo, no el tuyo.


De nuevo, Federico acertaba. Su hermano podía coquetear con Paula todo lo que quisiera. No le molestaba en absoluto. No iba a quedarse mucho tiempo. Las mujeres en las que se fijaba su hermano nunca lo hacían. 


—Buena suerte.


—Gracias. Aunque no la necesitaré. Deberías intentarlo alguna vez.


—¿El qué?


—Relajarte. Ya sabes lo que dicen de trabajar mucho y no divertirse.


Alguien tenía que mantener a flote el negocio multimillonario que había heredado de su padre. 


—Practicas lo suficiente por los dos.


—Porque no sueltas las riendas, y tengo mucho tiempo libre.


—Eres director comercial.


—Y gracias a tu manía controladora, lo hago con una mano atada a la espalda.


Pedro no tenía espacio en su cabeza para las quejas de su hermano. Planeaba estrategias. Al día siguiente charlaría con su madre y le haría ver el error de exponer el retrato. Había olvidado que él tenía la sartén por el mango. En veinticuatro horas, habría evitado el escándalo, y el compromiso que Paula le había arrancado pasaría a la historia. Cuando dejara de soñar con ella, olvidaría que la había conocido. Se restablecería el orden y regresaría la normalidad.


Retrato: Capítulo 7

Lo apartaría por completo de su mente. Si sus miradas se cruzaban y descubría que sí era tan guapo, le dedicaría una fría sonrisa, nada más. Tenía una oportunidad de oro para ella y su carrera, recordó con firmeza mientras respiraba hondo, se ajustaba el vestido y bajaba del taxi. Una oportunidad de generar trabajo y labrarse una reputación. Y no iba a desaprovecharla.


—De momento todo bien.


En respuesta al seco comentario en griego proveniente de su izquierda, Pedro apartó la mirada de los invitados que se amontonaban en el vestíbulo y la posó en su hermano. Federico tenía razón. Todo estaba yendo mucho mejor de lo previsto. La ceremonia celebrada esa mañana en la catedral Metropolitana de Atenas había transcurrido sin contratiempos. La docena de pequeñas damas de honor se habían portado de maravilla. La novia estaba radiante y el novio, ridículamente emocionado, incluso había derramado una lágrima al pronunciar sus votos. Selene había desechado el blanco en favor de una falda azul claro y una chaqueta a juego, más apropiadas para la edad y ocasión, y había mostrado mucho más control de lo que Pedro había esperado. Pero él, no podía relajarse. Nada más despertarse, un enorme peso se había asentado en su pecho. A pesar del éxito del día, debía permanecer alerta. Tenía que vigilar a su madre porque, con ella, las cosas podían cambiar de un momento a otro.


—La noche es joven —murmuró mientras reanudaba la inspección de la multitud en cuyo centro estaban su hermana y su flamante cuñado, que parecían absurdamente felices—. Todavía hay posibilidades de que Ana monte una escena.


—Aún no lo ha hecho —señaló Federico—, y me han asegurado que no lo hará.


—¿Quién?


—Adrián le dijo a Silvana, que a su vez le dijo a Tamara, que a su vez me dijo a mí, que, al parecer, la retratista que la estaba pintando había conversado con ella.


Ante la referencia a Paula, todos los sentidos de Pedro se agudizaron y su cuerpo vibró, como si de repente lo hubieran encendido.


—¿Qué clase de conversación?


—Una sutil, aparentemente.


—No durará mucho —murmuró Pedro—. Lo sutil no funciona.


—De momento parece funcionar —contestó Federico—. ¿Quién lo hubiera pensado? Una artista cualquiera a la que conoce desde hace dos meses triunfa donde el resto de nosotros, que la conocemos desde hace años, fracasamos. Debe de ser especial.


Lo era. Aunque Pedro no sabía por qué.


—La conociste, ¿Verdad?


«La conocí. Me tiré a una piscina para salvarla. Discutí con ella, y sueño con ella desde entonces…».


—La conocí.


—¿Cómo se llamaba?


—Paula Chaves.


Nombrarla en voz alta le calentó la sangre y le erizó la piel. Esa mujer lo distraía desde hacía dos semanas. Poco importaba que su encuentro no hubiera durado más de media hora. Por mucho que lo intentara, no había podido sacarse su imagen de la cabeza: los brazos cruzados, la barbilla alta, los ojos verdes encendidos con fuego helado. En sus sueños, ella no se ponía una bata al salir de la piscina. En lugar de eso, se acercaba a él, toda curvas gloriosas y sonrisas sensuales. Le abría la chaqueta, posaba las manos en los botones de la camisa empapada y le decía algo así como: «¿Por qué no nos quitamos esta ropa mojada?». Él, considerándolo una idea excelente, y no un deprimente cliché, la estrechaba entre sus brazos y la tumbaba sobre una hamaca para seguir su consejo.


—¿Cómo es?


—No lo sé —«Preciosa, irritante, inquietante»—. Nuestro encuentro fue breve.


Y por eso resultaba tan irritante el extrañamente intenso efecto que ejercía sobre él. No la conocía. No le caía especialmente bien. No respetaba su autoridad. Desafiaba el orden y el control que él tanto valoraba y, además, lo había chantajeado.

Retrato: Capítulo 6

 —Con una condición.


—¿Cuál?


—Una invitación a la boda.


Externamente, Pedro no movió un músculo. Interiormente, se tambaleó. Desde luego, tenía agallas. Pero, ¿Por qué hablaba siquiera con ella cuando podía registrar la casa y llevarse el retrato? ¿Dónde estaba su ingenio? ¿Por qué tenía los pies pegados al suelo en lugar de dirigirse a la casa?


—La exposición es temporal —continuó ella con el mismo tono de seguridad—. Perderé la mejor oportunidad de consolidar mi carrera. Pero si tus invitados son tan influyentes como aseguras, acceder a ellos lo compensará. Seré discreta. No repartiré tarjetas ni llamaré la atención. Ni siquiera notarás que estaré allí. Un invitado más entre cientos no es un gran precio a pagar para asegurar la felicidad de tu hermana. Pero tú decides.


Paula se detuvo, y él comprendió con una inquietante sacudida que le había dado la vuelta a la tortilla. Había tenido intención de sobornarla, someterla si era necesario, pero era ella quien lo ponía en un aprieto, porque no podía robar el retrato y destruirlo. Ella, o más probablemente, su madre, haría que lo detuvieran por robo y daños, lo que provocaría un escándalo aún mayor. Si no estuviera tan nervioso, le habrían impresionado la rapidez mental su agudeza.


—¿Trato hecho?


«Ni hablar», fue la respuesta que Pedro instintivamente quiso dar. Los tratos los proponía él. Rara vez cedía el control, sobre todo a hermosas mujeres, con uñas multicolores, demasiados piercings y el pelo rosa. Pero al recordar su intención de alcanzar su objetivo costase lo que costase, tuvo que replanteárselo. «Costase lo que costase», resultaba ser muy poco. Lo único que Paula y su buen corazón querían era una invitación a una fiesta a la que, como bien había señalado, iban a asistir cientos de personas. Si accedía, en realidad saldría muy bien parado. La felicidad de su hermana valía más que la cesión temporal del control que tanto valoraba.


—Trato hecho —Pedro asintió y sonrió tenso.



Paula necesitó veinticuatro horas para sobreponerse al encuentro con Pedro junto a la piscina. Tras sellar el trato con un fuerte apretón de manos, él recogió sus zapatos y sus calcetines y se marchó, dejándola sin poderse creer que hubiera tenido el valor de hacer lo que había hecho. Si él hubiera rechazado su petición, todo habría acabado. Era ambiciosa, pero no tanto como para pisotear la felicidad de otra mujer. Especialmente una que había sufrido tanto con su salud. Habría retrasado la exposición del retrato de todos modos y su carrera habría retrocedido, pero habría hecho lo correcto. Sin embargo, él no se había negado. Su apuesta había merecido la pena. 


El taxi que la había recogido en el hostal, al que se había trasladado tras terminar el retrato la semana anterior, se detuvo a cierta distancia de la entrada del mejor hotel de Atenas. Al ver a los huéspedes subir las escaleras hasta la puerta principal, el nudo del estómago de Paula seapretó. Los flashes de las cámaras se disparaban a diestro y siniestro, iluminando el crepúsculo y haciéndola parpadear y, por un breve instante, se preguntó qué demonios hacía allí. Era el acontecimiento social del año. Celebridades, realeza, lo más granado y… ¿Ella? Ese no era su mundo. No llevaba un vestido de diez mil euros y media tonelada de diamantes. Su vestido era sencillo, prestado por una amiga dueña de una tienda de alquiler de trajes de noche. No llevaba más joyas que el reloj de oro heredado de su madre, el diminuto diamante de la nariz, comprado con el dinero de su primer encargo, y los pendientes que adornaban sus orejas. La noche que tenía por delante no era para disfrutar. Era para trabajar. Tenía un plan, un futuro que asegurar y había mucho en juego. No era ni mejor ni peor que los demás invitados y podía hablar con cualquiera. Eso esperaba. Mantendría la barbilla alta y los hombros cuadrados. No le preocupaba cruzarse con el hermano de la novia y anfitrión de la recepción. Pedro, con su camisa empapada y su admirable preocupación por su hermana, había ocupado demasiado espacio en su cabeza durante las dos últimas semanas, incluso los días de confinamiento en el hostal, agonizando de dolor y tomando analgésicos como si fueran caramelos. Pero no tenía intención de abordarlo, y era poco probable que él buscara la oportunidad para hablar con ella. No permitiría que nada ni nadie la distrajera. Obviaría que, noche tras noche, despertaba acalorada, dolorida y temblorosa después de soñar con él, desconcertante cuando su único encuentro había sido breve y hostil. Dejaría de preguntarse si era tan devastadoramente guapo como recordaba. 

Retrato: Capítulo 5

 —Pedro —contestó con una sonrisa tensa—, no es por el dinero. Al menos, no del todo. Es una oportunidad, esta exposición es única. Quiero que mi nombre esté en boca de todo el mundo del arte. Quiero ser la artista a la que se llame para un retrato en pastel. He esperado mucho tiempo para esta oportunidad. Podrías ofrecerme el sol, la luna y las estrellas y sería en vano. Nada me hará cambiar de opinión.


—¿No? —preguntó Pedro tras una pausa—. Bueno, ¿Qué te parece esto? El cuadro se expondrá dentro de dos semanas, el lunes, ¿Verdad?


—Así es —Paula asintió con cautela.


—Mi hermana se casa el jueves siguiente.


—Eso he oído.


Ana le había enseñado el vestido que pensaba llevar. Paula apenas había conseguido disimular su horror y guardarse para sí su opinión sobre que la madre de la novia vistiera de blanco en el día más especial para su hija.


—El que haya boda es un milagro —continuó Pedro—. Cuando Luciana tenía trece años le diagnosticaron leucemia. No esperaban que viviera más de cinco años. Pero aquí está. Y ha encontrado a alguien con quien quiere pasar el resto de su, esperemos, larga vida. Esta boda es un gran acontecimiento. Una celebración de la supervivencia, y de su relación. Asistirán setecientos invitados. Familiares. Amigos. La élite de Europa. No permitiré que Luciana, o su prometido, sean eclipsados por nada ni nadie. Y mucho menos por un escandaloso retrato de nuestra irreflexiva, egocéntrica y hedonista madre.


Pedro se detuvo, con un músculo latiéndole en la mejilla y los oscuros ojos encendidos, como si aquello le importara mucho, como si en realidad no se tratara del cuadro. Y mientras Paula procesaba sus palabras y el tono en que las había pronunciado, que sugerían que su hermana le importaba profundamente y que no pretendía simplemente fastidiar, se dió cuenta de que sí había algo que podría hacerle cambiar de opinión. Esperó la respuesta de Paula con el corazón extrañamente acelerado. Convencerla de que lo viera a su manera estaba resultando más difícil de lo previsto. Normalmente la otra parte siempre capitulaba. Pero esa mujer, de brazos cruzados sobre el pecho, no parecía inmutarse. Tras comprobar que no la movía el dinero, solo quedaba revelar la verdad y apelar a su bondad. Si eso no funcionaba, no sabía qué hacer. ¿Robar el retrato y destruirlo? Le costaba pensar con claridad. No conseguía desviar la atención de esas malditas uñas multicolores. También creyó distinguir un matiz rosado en su pelo húmedo. La gema de la nariz captaba la luz del sol poniente. ¿Y cuántos piercings necesitaba un par de orejas? Algo en esa mujer lo desquiciaba. Tenía la desagradable sensación de que podría hacerle perder el control con un chasquido de los dedos si él no extremaba las precauciones. ¿Por qué ejercía ese efecto sobre él? Se había enfrentado a jefes de gobierno. A los empresarios más duros. A su madre. Esa extraña… Susceptibilidad, era tan absurda como inaceptable.


—De acuerdo —Paula lo arrancó de sus perturbadores pensamientos—. Propongo un compromiso.


—¿Compromiso? —él parpadeó, sorprendido.


—¿No conoces esa palabra? —preguntó ella secamente.


—No.


—Te lo explicaré. El retrato es demasiado bueno e importante para mí. Así que se expondrá en algún sitio… Pronto, y eso no es negociable. Pero puedo entender tu preocupación de que las habladurías sobre tu madre eclipsen el gran día de tu hermana. Así que estoy dispuesta a retrasarlo.


—¿Retrasarlo?

martes, 6 de enero de 2026

Retrato: Capítulo 4

 —De acuerdo —Leo se acercó a ella, deteniéndose a escasos centímetros—. Iré directo al grano —añadió, lo bastante cerca como para que ella percibiera la tensión, como para tocarlo.


—Sí, por favor —Paula reprimió el impulso de dar un paso atrás para salir de la poderosa órbita y se mantuvo firme.


—Tu cuadro no se expondrá.


—¿Qué? La decisión no es tuya.


—Nunca verá la luz del día —Pedro encajó la mandíbula.


—Es absolutamente necesario —contestó ella, irguiéndose—. Es excepcional. Mi mejor trabajo hasta la fecha.


—Eso es irrelevante.


Paula se enfureció. Por guapo y bien hecho que fuera, su presunción era pasmosa.


—No para mí.


—Te pagaré el doble de lo que te paga mi madre.


—No.


—El triple.


—No.


—¿Cuánto quieres?


—No soy sobornable —contestó ella con la misma franqueza que él.


—Me cuesta creerlo —él arqueó una ceja, escéptico.


—¿Y qué significa eso exactamente? — Paula lo miró horrorizada.


¿Insinuaba lo que parecía?


—No eres demasiado conocida. ¿Cómo conseguiste pintar a mi madre?


—Aunque no es asunto tuyo —respondió ella con frialdad—, nos conocimos en la inauguración de una galería de arte en Londres. Yo era camarera. Ella elogió mi pelo. Charlamos. Mencionó que quería hacerse un retrato. Le envié algunas fotos de mi trabajo y ya está.


—¿Siempre tardas un mes?


—Normalmente, de dos a tres semanas —para ajustarse a su ciclo menstrual, aunque no iba a contárselo—. El suyo tardó más porque no paraba de marcharse.


—Y te instalaste aquí.


—Ella me invitó —molesta, Paula se lo explicó—. Insistió. Me dió la impresión de que se sentía sola.


—¿Sola? —Pedro rió sin humor—. Eso es ridículo. Está constantemente rodeada de gente, algunos de los cuales se han aprovechado de su ridícula generosidad.


—Bueno, alguien cantó una vez sobre estar solo en una habitación abarrotada, y piensa lo que quieras, pero yo no soy una de esas personas que se aprovechan de tu madre.


Pedro entornó la oscura mirada mientras consideraba las palabras de Paula quien, a pesar de la indignación que sentía, supuso que podría entender de dónde venía su preocupación. Su familia no solo era una de las más glamurosas del mundo, también una de las más ricas. Pedro no sabía nada de ella y, comprensiblemente, no confiaba en la sensatez de Ana.


—¿Cuál es tu objeción al retrato? —ella ignoró sus motivos, porque, o la creía o no la creía—. ¿Lo has visto?


—¿Qué? —Pedro se estremeció—. No. No se me ocurre nada peor.


—Deberías. Es muy elegante. Tu madre es preciosa. Una mujer enamorada, y se nota.


—Siempre está enamorada. O cree estarlo.


—¿Tienes algún problema con el amor? —el desdén en su voz despertó la curiosidad de Paula.


—Tengo algún problema con un cuadro a tamaño natural de mi madre, desnuda, expuesto en público —Pedro encajó la mandíbula.


—No sabes la suerte que tienes de tener una madre a la que pintar y exponer —aseguró ella, tragando el pequeño nudo de la garganta—. La mía murió hace una década, con treinta y nueve años. Yo tenía catorce. Daría lo que fuera para poder pintarla, vestida o desnuda, como ella quisiera.


Una indefinible emoción cruzó el rostro de Pedro, pero por fortuna no pronunció el manido e inútil «Lo siento».


—Dime lo que quieres —ofreció en su lugar, arrancándola de su melancolía y volviendo a centrar sus pensamientos—. Algo habrá.


Su arrogancia era escandalosa, pero Paula no se dejaría intimidar. Ninguna cantidad de dinero, nada, le haría cambiar. No cuando tenía a su alcance todo con lo que había soñado profesionalmente.

Retrato: Capítulo 3

Pedro no se arrepentía lo más mínimo, por mucho que Paula se quejara de no necesitar su ayuda. Sería despiadado en los negocios, y estaba decidido a neutralizar la amenaza que suponía para la felicidad de Luciana, pero no permitiría que se ahogara. Lo que sí lamentaba era estar empapado, descalzo y sin chaqueta. Con la camisa pegada al pecho y los pantalones pegados a los muslos, la imagen que ofrecía distaba mucho del control y autoridad inquebrantable que prefería mostrar. Al menos tenía la estatura y corpulencia a su favor, pensó sombríamente mientras se quitaba los calcetines y recogía la chaqueta. Cuando la llevaba aferrada contra su pecho, Paula le había parecido considerablemente más pequeña que él. Delicada, a pesar de las patadas. Y, cuando por fin se había relajado, muy flexible y suave. Su cuerpo, por supuesto, no le interesaba. Las curvas, apenas contenidas por el diminuto bikini negro que llevaba, eran generosas y sus piernas estaban bronceadas y torneadas, pero él nunca se distraía por una mujer. Él no era su madre, dominada por el capricho, la emoción, la carnalidad. No era egocéntrico e irreflexivo, escandaloso y vergonzante. Ya no.


De joven, había vivido una existencia bastante hedonista y despreocupada, la riqueza y los privilegios de su familia permitiéndole dedicarse a su afición por navegar con los mejores barcos, creyéndose invencible. Pero desde el fatal ataque al corazón de su padre, que le había catapultado antes de lo previsto al papel que estaba destinado a desempeñar, y para el que no estaba preparado, había sido un modelo de fortaleza y moderación, centrado y motivado. Con la excepción ocasional de algún miembro de su familia, estaba acostumbrado a que le obedecieran, a que se cumplieran sus exigencias. Por tanto, no se lamentó cuando Paula se secó con una toalla y se puso una sedosa bata rosa que ocultaba su cuerpo. Borró de su memoria la sensación del trasero chocando contra él mientras la remolcaba, y la piel suave y satinada bajo sus dedos. No volvería a tener motivos para encontrarse tan cerca de ella como para distinguir motas de ámbar en la profundidad verde esmeralda de sus ojos. Las uñas de sus pies, cada una pintada de un color diferente, ofendían su necesidad de orden, y decidió no mirarlas, y lo mismo ocurría con los numerosos pendientes y el brillante piercing de la nariz. Lo único importante era asegurarse de que la boda de su hermana se celebrara sin contratiempos. 


De no estar ocupada considerando por qué Pedro Alfonso visitaba a su madre, intuyendo que no podía ser nada bueno, Paula habría pensado que era una auténtica lástima que se pusiera la chaqueta, porque la camisa, transparente tras el baño, mostraban unos músculos impresionantes. Sin embargo, su aspecto era tan irrelevante como su impresionante tamaño y el descarnado físico que había puesto de manifiesto hacía tan solo un momento. Si por alguna desafortunada casualidad se había enterado de lo del retrato y estuviera allí para expresar su descontento, ella debía mantenerse alerta. Si no era así, si solo había querido ahorrarse el papeleo de un hipotético ahogamiento, solo tenía que presentarse, murmurar un agradecimiento y regresar al trabajo. En cualquier caso, y lo segundo era infinitamente preferible, la corrección profesional, estaba segura, era el camino a seguir.


—Paula Chaves—saludó, tendiéndole la mano con su mejor sonrisa—. Tú debes ser Pedro.


Él le estrechó la mano con un apretón superficial, pasó junto a ella con el ceño fruncido y agarró una de las seis sillas de la mesa de la piscina.


—Sé quién eres —contestó, señalando el asiento—. Siéntate. Tenemos que hablar.


—¿Sobre qué? —el estómago de Paula se encogió. 


Estaba allí por ella.


—El retrato de mi madre… Desnuda.


Como se había temido.


La expresión de Pedro y la severidad de su tono sugerían que no aceptaría discusiones y, por lo que había contado Ana, estaba acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido. Mala suerte, pues Paula no tenía intención de hacerlo. Y menos si iba en detrimento de su futuro. Había demasiado en juego. Aunque él estuviera allí de pie, oscuro y ardiente, con el sol poniéndose a su espalda, dándole un brillo divino, gracias a Selene sabía que no era tan invencible como le gustaba hacer creer.


—Prefiero quedarme de pie —contestó ella, levantando la barbilla y cruzándose de brazos para reforzar el mensaje de que no iba a dejarse intimidar.

Retrato: Capítulo 2

 —Suéltame ahora mismo —jadeó, sin aliento, forcejeando frenéticamente para liberarse.


—Deja de forcejear. Lo estás empeorando.


—¿Yo lo estoy empeorando?


—Intento evitar que te ahogues.


—No me estaba ahogando.


—Tienes suerte de que apareciera.


—¿Suerte? ¡Ja! Suel-ta-me.


Paula le golpeó el antebrazo, pero el idiota cabeza mula la ignoró. No aflojó el agarre ni un milímetro, por mucho que ella intentara darle un codazo en el costado o un puntapié en la ingle. De hecho, su brazo pareció tensarse, privando a sus pulmones del aliento como no había hecho la inhalación de agua. Pero tal vez tuviera razón en lo de forcejear. Solo conseguiría perder una energía que debería reservar para tierra firme. Si cedía a su superioridad física y le dejaba seguir con su innecesaria misión de rescate, todo acabaría infinitamente más rápido. Rindiéndose por el bien de su fuerza y cordura, se dejó caer contra él y casi instantáneamente recibió como respuesta un gruñido:


—Así está mejor.


Pero mientras la remolcaba con amplios y seguros movimientos, ella no estuvo segura de estar mejor. Respirar le resultaba más fácil, pero nunca había estado tan cerca de un hombre, la espalda pegada a su torso. Obviamente la habían besado, tenía veinticuatro años, pero eso era lo más lejos que había llegado. Con su problema, el sexo podía resultar insoportable y, francamente, ya tenía suficiente dolor todos los meses como para añadir más. No solo le aterraba pensar en ello, también temía la incomodidad de tener que dar explicaciones. Temía ser ridiculizada, que la compadecieran, que la llamaran… Estirada y frígida. Y a pesar de los besos, algunos de ellos muy agradables, nunca había conocido a nadie por quien quisiera hacer ese sacrificio y correr ese riesgo. ¿Todos los torsos eran así de duros? ¿Todos los antebrazos tan firmes? Como él había modificado su posición, al menos sus nalgas ya no chocaban contra él, gracias a Dios, pero con la cabeza apoyada en su hombro y su aliento abanicándole la cara, estaba casi tumbada sobre un hombre al que no conocía y al que ni siquiera había visto. Cuando menos era inquietante. Para su alivio, llegaron al borde de la piscina en unos instantes. En cuanto el brazo de acero la soltó, se apartó y se agarró al bordillo. Respiró hondo para calmarse y se volvió hacia su salvador, dispuesta a exigirle explicaciones. Pero al verlo, se quedó muda. Su pulso se aceleró y sus pulmones volvieron a comprimirse. Tenía los ojos de color ámbar, una piel olivácea que atestiguaba su herencia griega y una estructura ósea que habría emocionado a Miguel Ángel. Tenía el pelo oscuro pegado a la cabeza, pero ella sabía por las fotos que había visto que era negro con mechas ocres. Muy guapo y muy serio. Exactamente como lo había descrito su madre. Y mientras recordaba las infinitas quejas de Ana sobre su hijo mayor, sobre el control y poder que, al parecer, le gustaba ejercer sobre ella, y los frecuentes comentarios sobre lo mucho que desaprobaría el retrato si conociera su existencia, lo único que podía pensar mientras el corazón se aceleraba y le invadía la cautela, era: ¿Qué diversión estaría planeando arruinar allí?


Mientras una furibunda Paula se impulsaba hacia las escaleras, Pedro se sacudió el agua del pelo y salió de la piscina de un salto. Hacía un cuarto de hora que había llegado a la villa, situada en uno de los barrios más exclusivos y caros de Atenas, frustrado por no haber podido cumplir la promesa hecha a su hermana. El director de la Tate Modern no había reaccionado como él esperaba a su petición de cancelar la exposición y, como era de imaginar, ni Ricardo ni su madre respondían a sus llamadas. Solo quedaba apelar directamente a la artista. Por eso, había volado desde Londres esa mañana en el jet familiar. Tras localizar a Ana en el salón y explicarle el motivo de su visita, averiguó el paradero de Paula y se dirigió a la piscina. Se preguntó brevemente si la oferta que había pensado hacerle para deshacerse de ella y del cuadro sería suficiente, o si ella se daría cuenta de la oportunidad y le obligaría a doblarla. Pero de repente la había visto detenerse, agitarse y hundirse bajo el agua, y el instinto innato de salvar a cualquiera en apuros había anulado cualquier sospecha sobre ella.

Retrato: Capítulo 1

Bajo la deliciosamente fría agua, Paula Chaves llegó al final de la piscina, ejecutó una voltereta y emergió sin apenas salpicar para iniciar otro largo. El agua resbalaba por su cuerpo como un bálsamo. El calor del sol griego de principios de verano calentaba su piel. Con cada brazada, sentía aliviarse la tensión de las manos, brazos, hombros y espalda. Con cada patada, los dolores derivados de permanecer demasiado tiempo sentada en una misma postura se diluían como acuarelas bajo la lluvia. Llevaba casi un mes trabajando, aunque las jornadas de diez horas no le molestaban. No cuando estaba pintando el mejor cuadro de su vida. Desde el momento en que aplicaba el pastel sobre el papel, las líneas surgían con rapidez y la forma tomaba cuerpo, como si sus manos y sus dedos no necesitaran ninguna intervención consciente por su parte.


Paula sabía que aquella rara y preciosa alquimia no procedía del entorno, por lujoso y confortable que fuera. Tampoco era atribuible a un repentino flujo de talento, que tenía de sobra. Procedía de su sujeto, tan encantadoramente fascinante como absolutamente egocéntrico. Ana Alfonso, cabello negro y ojos rasgados, no solo era exquisitamente bella, poseedora de un cuerpo espectacular que contradecía su edad y los seis hijos que había tenido, sino también una mujer de la alta sociedad griega que había vivido una vida adinerada y ostentosa. Cuando no paraba de refunfuñar sobre su hijo mayor, sobre lo estirado y reprimido que era, sobre cómo su única misión en la vida era aparecer y estropearle la diversión, le gustaba rememorar. Contar historias la iluminaba, y era esa luz interior la que daba al retrato una vivacidad única. Era una lástima que estuviera a punto de terminarlo, reflexionó mientras topaba con el borde y se giraba de nuevo. Podría escuchar las hazañas de Ana eternamente. Fiestas que culminaban, literalmente, columpiándose de las lámparas de araña. Vacaciones en islas caribeñasprivadas en compañía de glamurosas celebridades. La ropa, la extravagancia, los hombres… Historias envidiablemente atrevidas y apasionadas. Y aunque comprendía que suponían un reto para un hijo estirado y emocionalmente estéril, ofrecían una tentadora visión de un exótico mundo aristocrático en el que ella, clase media, eternamente arruinada, nunca viviría. Por otra parte, completar el cuadro significaba dinero. Significaba enmarcar y enviar la obra a una exposición en la que jamás habría soñado exponer.


El que su obra se expusiera en un lugar tan ilustre salvaría la distancia que la separaba del éxito. Recibiría más encargos, quizá incluso mejores, y consolidaría una apasionante carrera que adoraba y le proporcionaba la versatilidad que necesitaba para gestionar la endometriosis, que condicionaba su vida. Por tanto, aunque su estancia en la villa de Kifissia llegara a su fin, era más motivo de celebración que de tristeza. Siempre estaría agradecida a Ana por haberse fijado en ella durante aquel evento londinense en el que trabajaba de camarera, y por haberse arriesgado con ella. Gracias a la franqueza y los contactos de su cliente, el futuro de Paula se abría ante ella, más brillante y esperanzador que nunca. Tras años de aprender a gestionar la agonía mensual mientras intentaba introducirse en el selecto mundo del arte y ganarse la vida, por fin todo salía bien. Al comprender lo que significaba todo aquello, sintió un alivio tan inmenso que se le aceleró el pulso. La cabeza le daba vueltas y las piernas flaquearon. Aturdida, controló mal la respiración e inhaló una bocanada de agua. Escupió. Tosió. Manoteó. Se hundió. A punto de volver a emerger y recuperar el control, alguien la agarró por detrás y la arrastró sobre algo duro. La conmoción y el pánico se apoderaron de ella. Instintivamente, se retorció, chapoteó y forcejeó, pataleando y luchando por respirar. Pero la banda de acero que le aprisionaba la cintura era imposible de mover.


—Suéltame —exclamó agitada mientras quienquiera que la aprisionaba comenzó a remolcarla.


—Estate quieta —le murmuró al oído una voz masculina grave con un ligero acento—. Te tengo.


No necesitaba que la «Tuvieran». Estaba bien. 

Retrato: Prólogo

 -Que ha hecho, ¡Qué!?


Ante la bomba que acababa de soltar su hermana pequeña, Pedro Alfonso se dejó caer en el sillón de su escritorio, el estómago encogido y la cabeza palpitando de manera familiar.


—Posar para un cuadro —repitió Luciana mientras contemplaba por la ventana la vista de Londres de finales de mayo—. Desnuda. Para Ricardo. Como regalo de cumpleaños. Cumple setenta.


—¿Setenta?


—Ya —contestó Luciana—. Un fanático del bótox. Podría haberle dado un vale para inyectarse más.


—Habría sido demasiado sutil.


Pedro cerró los ojos y se pellizcó el puente de la naríz. Llevaba años tapando los escándalos de su madre, desde convertirse, a los diecinueve años, en el cabeza de familia tras la repentina muerte de su padre, doce años atrás. Era agotador. ¿Nunca iban a acabarse los escándalos de esa mujer? Tenía casi sesenta. ¿A qué edad despertaría la dignidad para darle un respiro? Al parecer no a corto plazo.


—Creía que Ricardo y ella se habían separado.


—Eso fue hace dos meses —Luciana se dejó caer, abatida, en el sillón—. Se han reconciliado. Dice que echaba de menos el sexo.


Pedro hizo una mueca.


—El retrato formará parte de una exposición de jóvenes artistas británicos en la Tate Modern. En quince días, tres antes de mi boda. ¿Puedes creértelo?


—Desgraciadamente, sí puedo —contestó él, ahogando un suspiro—. Es tan egocéntrica que dudo que se le haya pasado por la cabeza el momento. O la conveniencia.


—Llegará a la prensa —continuó Luciana, con voz temblorosa mientras sus ojos oscuros se humedecían—. Los tabloides harán su agosto. Y las fotos… Dios. En nuestra boda todos hablarán de ello y la mirarán embobados, como si el atuendo que piensa llevar no fuera suficientemente malo. Blanco. ¿En serio? No podré soportarlo, Pedro. ¿Cómo lo detenemos?


Ariel le suplicó que al menos esperara unas semanas, pero ella le dijo que ningún camarero le daba órdenes, y le colgó.


—Me lo imagino —Pedro encajó la mandíbula.


—Entonces, ¿Harás algo?


Por supuesto. Solucionar problemas y gestionar personas era, básicamente, lo que hacía, ya fuera como CEO del imperio bancario y naviero Alfonso Kallis, o como protector hermano mayor. Pero, sobre todo, lo haría por la desesperación en la voz de su hermana. Las lágrimas y el dolor que ella intentaba reprimir se le clavaron como un cuchillo, y una oleada de ira lo invadió. Daphne había superado mucho para llegar hasta allí. Ocho años atrás, con catorce años, le habían diagnosticado leucemia mieloide aguda. Había pasado más tiempo en el hospital que fuera. Había recibido transfusiones de sangre y combatido infecciones. Se había sometido a quimioterapia y radioterapia. El pronóstico no fue bueno, pero ella nunca perdió el optimismo. Y sonreía aún en los peores momentos. Y aunque llevaba tres años en remisión, con inmejorables perspectivas, y aunque él nunca había entendido la atracción del amor romántico, con la emoción y el caos que parecía acompañarlo inevitablemente, Pedro no permitiría que nada ensombreciera un día que nadie había esperado ver.


—Déjamelo a mí.

Retrato: Sinopsis

¿Lo único en lo que coincidían?


¡Su atracción!


El último retrato de la artista Paula Chaves iba a hacerle triunfar. Hasta que el hijo de la retratada, Pedro Alfonso, exigió que nunca viera la luz del día. Él era todo lo que ella no: Estirado, reservado y más rico que sensato. Pero ella se mantendría firme.


Sin embargo, sus negociaciones no pudieron detener su ardiente reacción ante el griego, ¡Especialmente al percibir ese mismo ardor reflejado en la feroz mirada de Pedro! Podría ser la oportunidad de la inocente Paula de experimentar un placer que creía imposible... ¿Su siguiente paso? Pedirle una noche entre sus sábanas…

jueves, 1 de enero de 2026

Curaste Mi Corazón: Epílogo

 Dos años y medio después. La Martinica



Paula se asomó al cuarto de las mellizas, iluminado suavemente por una luz graduable, y sonrió. Protegidas por un mosquitero de muselina, las pequeñas dormían plácidamente en sus cunitas. Olivia, que tenía el cabello oscuro, estaba tumbada sobre la espalda, y tenía el pulgar en la boca. Filipa, que era rubia, yacía boca arriba, con los brazos extendidos, la cabeza ladeada, y una expresión angelical. Oyó unos pasos sigilosos detrás de sí, y unos brazos fuertes le rodearon la cintura. Se echó hacia atrás, apoyándose en el pecho de su marido, y sonrió cuando la besó en el cuello. Estaban en la habitación donde ella había dormido la primera vez que había ido con Catalina y con él a la Martinica. La habían reformado, convirtiéndola en el cuarto de las mellizas. Pedro la tomó de la mano y salieron por el balcón para ir al que en esos momentos era el dormitorio de ambos, y antes lo había sido de él. Solo llevaba puestos unos boxers, y ella no pudo evitar devorarlo con la mirada. Pedro, que la pilló mirándolo, se detuvo junto a la barandilla y la atrajo hacia sí.


–Pero… ¡Señora Alfonso!, ¿Qué modales son esos? –la pinchó, fingiéndose ofendido–. Me siento acosado con esas miradas suyas…


Paula se apretó contra él. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo, y la reacción que estaba teniendo cierta parte de su anatomía en particular. Lo rodeó con sus brazos y lo besó en el cuello.


–Lo siento mucho, señor Alfonso. Sé lo sensible que es usted.


Pedro gimió excitado cuando se arqueó, frotándose contra él. Ella lo miró, deleitándose en aquel momento tan íntimo, en la felicidad que sentía cada día junto a él, y en los días de dicha que estaban por llegar. Lo tomó de la mano y entraron en su habitación.


–¿Qué le pasaba a Cata antes? –inquirió él mientras se metían en la cama–. Lo único que me dijo, toda teatrera, fue: «Tú no lo entenderías».


Paula lo miró y sonrió.


–Nada importante; cosas de chicas. Le gusta uno de los primos de Alma, pero a él le gusta otra chica.


Pedro puso los ojos en blanco y murmuró:


–Menos mal que me casé contigo… Sería incapaz de lidiar yo solo con eso de la pubertad.


Paula le dió una guantada en el brazo y se rió.


–¡Qué harías tú sin mí! –murmuró.


Y antes de que él pudiera decir nada más, lo silenció con un beso y los envolvió el silencio de la cálida y fragante noche tropical.








FIN

Curaste Mi Corazón: Capítulo 53

 –Sé que te dije que no tenías por qué preocuparte, que era casi imposible que me quedara embarazada porque no estaba en mis días fértiles. La culpa es mía, por haberme confiado y…


Él sacudió la cabeza de inmediato y le puso un dedo en los labios para interrumpirla.


–Para, Paula. No pasa nada. Sé lo que estás pensando, lo que temes: Crees que pensaré que has intentado hacerme la misma jugarreta que me hizo Estefanía. ¿No?


Ella, que estaba mirándolo con los ojos como platos, asintió despacio.


–En realidad, antes de que me lo dijeras, tenía la sensación de que era eso –añadió Pedro–. Ya estaba empezando a suponerlo cuando dijiste que habías ido al médico pero que todo estaba bien.


La llevó de nuevo hasta el sofá y la sentó en su regazo. Tomó su mano y la besó, y luego cubrió el vientre de Paula con las manos entrelazadas de ambos.


–Nunca me imaginé que llegaría el día en que sentiría esto por alguien –le confesó mirándola a los ojos. De pronto se puso serio–. No debería haberte rechazado con tanta crueldad aquella noche. Te deseaba tanto que, si tú no hubieras vacilado, te habría hecho el amor allí mismo. Y luego, cuando te mostraste tan indiferente y tan fría… Me sentí insultado como un tonto, pensando que aquello no era más que un juego para tí.


A Paula la hizo feliz oírle decir aquello, que admitiera que aquello también había sido algo más que un beso para él. Vió el arrepentimiento en sus ojos, en su expresión, y le acarició la mejilla con la mano.


–Yo era demasiado joven –contestó, con una sonrisa triste–. No creo que estuviera preparada. Y quizá fuera cosa del destino que no lo hiciéramos esa noche. Quizá incluso estuvieras predestinado a conocer a Estefanía. ¿Qué habría sido de Catalina sin tí? –le tembló la voz al terminar la frase.


Pedro, que lo notó, le tomó la mano de nuevo.


–¿Qué ocurre, Paula? ¿Hay algo más que te preocupe?


Ella se encogió de hombros y rehuyó su mirada.


–Es que… Bueno, me has dicho que hasta ahora no te habías dado cuenta de lo que sientes por mí, y Luciana siempre me ha dicho que no querías más hijos y…


Pedro la interrumpió poniendo un dedo en sus labios.


–Paula, no quería más hijos porque no había conocido a ninguna mujer con la que quisiera tenerlos. Pero ahora… Contigo… Es diferente –encogió un hombro, y le dijo con humildad–: Me siento como si me hubiesen hecho un regalo maravilloso… La posibilidad de experimentar algo que me había negado a mí mismo todo este tiempo: El amor.


–Pero… ¿Y Cata? –insistió ella–. Quiero decir… ¿Sabe algo de esto?


Él asintió sonriente.


–Es una de las dos cosas que decidí que tenía que hacer anoche, antes de venir a verte. Llamé a Cata para decirle que iba a pedirte que te casaras conmigo, y no te puedes ni imaginar lo contenta que se puso. Te tiene mucho cariño y, lo que es más importante: Confía en tí.


Paula se sonrojó y apoyó la cabeza en su hombro mientras lo abrazaba con fuerza. Se sentía aliviada, e inmensamente feliz, porque sabía que nunca podría estar cómoda ocupando un lugar tan importante en la vida de Pedro a menos que la pequeña estuviese de acuerdo. Se irguió y lo besó en los labios.


–¿Y qué era la otra cosa que tenías que hacer?


–Pedirle a Luciana que me diese su bendición, por supuesto – contestó él–. Me ha dicho que si te rompo el corazón me romperá una pierna… O algo así –añadió con una sonrisa divertida.


–Estupendo. O sea, que se ha enterado todo el mundo antes que yo –gruñó Paula en broma.


De pronto, Pedro la tumbó en el sofá y se colocó a horcajadas sobre ella. Le soltó el cabello, y deslizó una mano por encima de sus turgentes senos, haciendo que se le cortara el aliento, antes de seguir bajando hasta su vientre, para acariciarlo también. Paula colocó su mano sobre la de él y le puso una mano en el cuello para atraerlo hacia sí.


–Antes de que empecemos a comernos a besos –le susurró–, hay algo más que quiero decirte.


Pedro ya había empezado a besarla, y estaba levantándole la camiseta. Paula le dió un coscorrón y lo reprendió con fingida irritación.


–¡Eh! ¿Quieres esperar? –le sonrió, y llevó su mano de nuevo a su vientre, ya desnudo. Luego, mirándolo con ojos brillantes, le preguntó–: ¿Qué te parecería tener mellizos?


Él se quedó paralizado y la miró con los ojos muy abiertos.


–¿En serio?


Paula asintió, y él sonrió de oreja a oreja.


–Bueno, y ahora dime: ¿Cuánto me va a costar sacarte de todos los contratos que has firmado a través de tu agente? – bromeó–. Porque los dos pequeñajos que están aquí dentro –dijo apretando suavemente su mano contra su vientre– y tú son míos, y los quiero solo para mí.


Ella se rió y se arqueó para frotarse sinuosamente contra él.


–Paula… –la advirtió Pedro.


Ella, para picarlo, dijo una cifra exorbitante. Pedro puso los ojos en blanco, pero se lo tomó con filosofía.


–Bueno, pagué una fracción de esa cantidad solo por besarte, así que supongo que es un precio razonable por casarme contigo, convertirme en el padre de tus hijos y vivir felices por siempre jamás.


–A mí también –contestó ella sonriendo, y lo atrajo hacia sí para tenerlo donde quería que estuviese siempre: Entre sus brazos.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 52

Las palabras de Pedro parecieron quedarse suspendidas en el aire. Paula, que había estado conteniendo el aliento, sintió que una mezcla de sentimientos encontrados la embargaba. Él quería que creyera lo que le estaba diciendo, pero ella le había desnudado su alma aquella noche en el Ritz, y él la había dejado marchar. ¿Y la tortura por la que había pasado todos esos años? Los ojos se le llenaron de lágrimas, nublándole la vista, y su voz sonó trémula cuando habló.


–¿Cómo puedes venir aquí y decirme esas cosas? No puedes hacerme esto, Pedro. No puedes presentarte así y ofrecerme todo con lo que siempre he soñado como si fuese lo más fácil del mundo. He pasado mucho tiempo intentando olvidarte y pasar página. Y ahora apareces y me dices que… Me dices que…


Se cubrió el rostro con las manos y se echó a llorar. Los fuertes brazos de Pedro la rodearon y la estrecharon con tal ternura que en el fondo de su corazón saltó una chispa de esperanza. Tal vez aquello no era un sueño. Tal vez él hablaba en serio. Al cabo de un rato las lágrimas cesaron, y Pedro le apartó suavemente las manos del rostro. Cuando lo miró a los ojos vió en ellos preocupación, y algo que nunca antes había visto en esos ojos tan azules: Amor. Las lágrimas volvieron a nublarle la vista. Con una ternura exquisita, él tomó su rostro entre ambas manos, y secó con las yemas de los pulgares cada lágrima que caía.


–Pauli, mi vida… Por favor, no llores –le suplicó atormentado–. No quería hacerte llorar. No puedo soportar verte tan triste, y, si quieres que me vaya, me iré ahora mismo –dijo, dejando caer las manos.


A Paula no le pasó desapercibida la expresión estoica y decidida de su mirada, como si estuviese dispuesto a aceptar su decisión, fuera cual fuera. Se enjugó las mejillas con el dorso de la mano, sacudió la cabeza, y le dijo en un tono quedo:


–No quiero que te vayas a ninguna parte. No quiero volver a separarme de tí nunca más.


Pedro la asió por los brazos.


–Paula… ¿Estás diciéndome que… Que me darás una oportunidad?


Ella esbozó una sonrisa trémula y le puso una mano en la mejilla.


–Aunque no quiero que se te suba a la cabeza, creo que eres el único hombre junto al que podría ser feliz. Yo también te necesito. Porque te quiero; siempre te he querido.


Visiblemente emocionado, Pedro la atrajo hacia sí, tomó su rostro de nuevo entre ambas manos, y lo cubrió de besos mientras repetía una y otra vez «Gracias… Gracias…». Fue Paula quien lo detuvo, para tomar su rostro, como había hecho él, y darle un largo beso en los labios. Pedro respondió con ardor, y pronto el deseo los consumía a los dos. Las manos de él recorrían hambrientas la figura de ella: Su espalda, sus caderas, sus nalgas… La apretó más contra sí, y a Paula se le escapó un gemido dolorido cuando cerró la mano sobre uno de sus sensibles senos. De inmediato él se echó hacia atrás y la miró preocupado.


–¿Qué pasa?


Nerviosa, Paula tragó saliva. Tenía que decirle lo del embarazo… Escrutó sus ojos, temerosa de que, si se lo contaba, pudiese echar a perder la felicidad que sentía en ese momento. No, tenía que decírselo y apechugar con su respuesta, fuera cual fuera. Tomó las manos de Pedro.


–Cuando nos encontramos anoche, acababa de salir del médico. Por eso iba tan distraída…


Pedro se tensó de inmediato al recordar lo pálida que había estado el día anterior.


–¿Qué te dijo? ¿Estás bien? ¿Te han encontrado algo?


Ella sacudió la cabeza.


–No, está todo bien –contestó con una sonrisa tímida.


Pedro estaba cada vez más nervioso.


–Pero… ¿Para qué habías ido al médico? –insistió, apretándole las manos.


Paula se mordió el labio inferior y bajó la vista un momento. Y entonces, antes de que hablara, Pedro tuvo una especie de revelación. Al abrazarla había notado su vientre duro, y al tomar su seno en la mano le había parecido un poco más grande que cuando habían hecho el amor. Y por el modo en que ella había reaccionado, como dolorida… Una oleada de felicidad lo inundó al tiempo que Paula le contestó, mirándolo a los ojos.


–Estoy embarazada. Casi de diez semanas. Debió de ocurrir ese día, al amanecer, cuando lo hicimos en el balcón y los dos nos olvidamos del preservativo…


Pedro se dió cuenta de que estaba nerviosa.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 51

Paula se sentía como un trapo. Era como si el enterarse de que estaba embarazada hubiese disparado un gatillo en su cuerpo, y esa mañana, al levantarse, le habían dado unas náuseas espantosas. Se lavó la cara y salió del cuarto de baño con una mano en el vientre. Le estaba resultando difícil hacerse a la idea de que aquello estaba pasando de verdad, y haberse encontrado con Pedro la noche anterior había sido el colofón final. Por no mencionar el dolor que le había causado haberlo visto acompañado de otra mujer… No sabía cómo iba a darle la noticia. A él… Y a Luciana. Dió gracias en silencio por no tener que ir a trabajar ese día, pero contrajo el rostro al pensar en que Jimena pondría el grito en el cielo cuando supiese que estaba embarazada. Adiós a su contrato como imagen de la firma de lencería que llevaba meses negociando… Aunque no era que a ella le importara demasiado… En ese momento sonó el timbre de la puerta, y dió un respingo. Seguramente sería su vecina, la señora Goldstein, pensó. El conserje solía llamarla por el telefonillo para avisarla cuando iban a subir a llevarle un paquete o tenía una visita. Mientras se dirigía a la puerta tomó una chaqueta de punto de una silla y se la puso. Todavía estaba en pijama. Cuando abrió la puerta y vió quién era, se sintió palidecer. Apretó el pomo con la mano, y con la otra se cerró la chaqueta, aliviada de habérsela puesto antes de abrir.


–Pedro…


–Hola, Paula.


Durante un momento que se le hizo interminable, ninguno de los dos dijo nada. Simplemente se quedaron mirándose. Paula, a quien se le había hecho un nudo en la garganta, tragó saliva.


–¿Qué quieres, Pedro? –le espetó.


De pronto se fijó en que tenía cara de estar agotado.


–¿Puedo pasar?


Paula habría querido decirle que no, pero sabía que no podría seguir evitándolo mucho tiempo. Antes o después tendría que decirle que estaba embarazada y, a decir verdad, la idea dedejarlo entrar y pasaron al salón.


–¿Vas a decirme a qué has venido? –inquirió en un tono menos beligerante tras sentarse en el sofá.


Pedro no sabía por dónde empezar. Le faltaban las palabras, algo que no le solía pasar. Se sentía perdido y aterrado. Se paseó arriba y abajo mientras se pasaba una mano por el pelo. ¿Cómo decirle lo que le quería decir? La quería en su vida, quería lo que se había negado todo ese tiempo, lo quería todo.


Paula observó a Pedro, y al ver la expresión atormentada de su rostro tuvo la sensación de que su visita no tenía nada que ver con ellos. Debía de haber ocurrido algo… Se levantó, y él dejó de pasearse y la miró.


–¿Qué ha pasado? –inquirió Paula–. ¿Es Cata? ¿Le ha ocurrido algo? ¿Les ha pasado algo a Luciana o a Daniel?


Pedro se quedó completamente perplejo por un instante, pero luego lo comprendió. Paula se dió cuenta de que debía de haber visto en su rostro el terror que la había invadido, porque de inmediato fue a su lado y la hizo sentarse de nuevo antes de tomar asiento junto a ella.


–No, no ha pasado nada –se apresuró a tranquilizarla, sacudiendo la cabeza–. Están todos bien. Perdóname, no pretendía asustarte –dijo tomando su mano entre las suyas.


Un profundo alivio la invadió, pero a la vez se dió cuenta de que Pedro estaba demasiado cerca de ella. Se sentó un poco más lejos, y él le soltó la mano. Aunque Paula permaneció callada, por dentro estaba gritándole que le dijera de una vez qué quería y se marchara. Cuando finalmente habló, pareció como si Pedro estuviese arrancándose las palabras.


–Paula, te necesito…


A ella le dió un vuelco el estómago. Se puso de pie y le dió la espalda, cruzándose de brazos. ¿Cuándo acabaría aquella tortura? Se volvió hacia él.


–Pedro, ya te lo he dicho: Se ha terminado. Ya sé que me deseas –le espetó con amargura–, y tú sabes que yo también a tí, pero se ha acabado. Estoy segura de que la mujer con la que estabas anoche puede darte lo que necesitas.


Pedro frunció el ceño y se levantó también.


–Después de encontrarme contigo le dije que quería cancelar la cita y le pedí a mi chófer que la llevara a su casa. Ni siquiera me acordaba de su nombre –le explicó–. No fue más que un patético intento por mi parte de volver a la vida que llevaba antes, de ignorar el hecho de que no he podido dejar de pensar en tí desde que nos despedimos en Madrid, y que me ha llevado semanas de tortura darme cuenta de que no puedo vivir sin tí. Tenía auténtico pavor de que hubieras conocido a otro, que te hubieras enamorado, que hubieses decidido casarte con ese hombre y tener hijos con él – sacudió la cabeza–. Anoche habría querido ir tras de tí, pero me dije que era mejor esperar. Tenía que asegurarme de que cuando hablase contigo pudieses creer lo que te dijera, que no pensaras que solo pretendía acostarme contigo. Tenía intención de mostrarme calmado, racional, pero no es así como me siento ahora mismo. Te necesito, Paula, pero es más que eso. Te quiero, y me aterra pensar que quizá no estés dispuesta a darme la oportunidad de demostrarte cuánto, que quizá sea demasiado tarde. Te mereces a alguien que no esté marcado por los errores de su pasado, pero soy un hombre egoísta y no quiero que otro hombre ocupe ese lugar. Quiero que estés a mi lado… Quiero envejecer a tu lado.