martes, 4 de noviembre de 2025

Inevitable: Capítulo 45

Pedro apoyó un pie en el primer peldaño de la escalera para abrocharse la correa de la pistola en el muslo, con gestos rápidos, eficaces.


—Tienes un aspecto tan diferente… —murmuró.


Era un extraño ahora, y sin embargo, la atracción seguía ahí. Esa sensación de que lo conocía desde siempre, de que era algo suyo.


—Soy un comisario de policía, Paula.



—Eres mucho más que eso, Pepe. No creas que no lo sé.


Cinco minutos más. Eso era todo lo que faltaba.


—Yo…


—Quiero que te lo lleves todo —lo interrumpió ella—. Cuando te marches esta mañana, quiero que sea un adiós definitivo.


Pedro señaló la bolsa de viaje y la mochila, en el suelo, al lado de la puerta. Eso era lo que ella quería, y sin embargo, verlo marchar… ¡Cómo le gustaría ser tan valiente como para decirle lo que significaba para ella! Sentir sus brazos alrededor una vez más, sentir el calor de su cuerpo.


—Tengo que irme, Paula.


—Lo sé.


Después de echarse las cosas al hombro, Pedro puso la mano en el picaporte. Y esperó. Ella estaba temblando. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía marcharse después de un simple adiós?  Entonces, sin decir una palabra, tiró las bolsas al suelo y la envolvió en sus brazos mientras Paula le echaba los suyos al cuello. El duro metal de la pistola que llevaba en la pierna se clavaba en su muslo, pero le daba igual. Sólo quería decirle cuánto había significado para ella conocerlo.


—Ojalá no te hubieras ido de la habitación anoche…


—Lo siento, Pepe. Ya no estoy enfadada, te lo prometo… —musitó Paula, haciendo un esfuerzo para no llorar.


—Tengo que irme —repitió él, besando su frente—. Pero no quería hacerlo sin decirte… ¡Maldita sea, Paula…! Esto no ha sido sólo un trabajo para mí y los dos lo sabemos. Siento haberte hecho daño, lo siento más de lo que crees.


—¿Cómo voy a estar enfadada contigo? —Paula intentó sonreír para que la despedida fuese más fácil—. Hiciste lo que tenías que hacer, lo entiendo.


—No era sólo un trabajo. Quería protegerte, a tí y a Sofía. Veo todos los días lo que hombres como Pablo Harding pueden hacer.


—No quiero pensar en eso —lo interrumpió ella, apartándose—. Márchate, Pepe. Vete, Ignacio estará esperando.


Pedro volvió a tomar las bolsas del suelo y abrió la puerta. Pero de repente, volvió a cerrarla.


—Te quiero, Paula.


Esas palabras la dejaron sin aire.

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