Volvió a centrar su atención en Paula, y Pedro tuvo la sensación de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Y era extraño porque era una sensación que solía asociar a los negocios, no a un deseo insatisfecho. Quizá fuera porque finalmente se había permitido volver a pensar en ello, en aquel momento de diez años atrás, pero había sido como abrir las compuertas de una presa. No había ido más allá de un beso, pero estaba grabado a fuego en su memoria. Echar el freno aquella noche había requerido de todo su autocontrol y toda su fuerza de voluntad, y desde entonces la había considerado como un terreno vedado por varias razones: Por lo obsesionado que lo había dejado aquel beso, aunque jamás lo reconocería, porque entonces ella no era más que una chiquilla, y porque era la mejor amiga de su hermana. Aún recordaba cómo lo había mirado a los ojos, como si pudiese ver a través de ellos y llegar hasta su alma. Como si hubiese querido que él llegase también a la de ella. Había vuelto a mirarlo así hacía solo unas semanas, en el bautizo de su sobrina. Y de nuevo él había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para reprimir su deseo y permitir que volviera a esconderse en su caparazón. Pero en ese momento ella ya no era una niña, y estaba decidido a averiguar si lo que había visto en sus ojos significaba lo que creía. Una ráfaga de calor lo recorrió mientras la miraba. Llevaba un vestido corto de seda fucsia con escote palabra de honor, que resaltaba sus delicados hombros y su grácil cuello. La larga y exuberante melena rubia le caía en suaves ondas, enmarcando su rostro. Y aun desde el fondo de la sala, donde él estaba, destacaban como dos brillantes zafiros sus ojos azules. Reprimió el impulso posesivo de ir a bajarla del escenario y llevársela de allí en volandas, lejos de las miradas de toda aquella gente. Esa vez las cosas serían distintas, se juró a sí mismo. No dejaría que volviera a dejarlo con la miel en los labios, frustrado e insatisfecho, como en el bautizo. La seduciría… Y saciaría su deseo.
Volvió a centrar su atención en la subasta. Stephanides acababa de subir la puja de nuevo. No tenía intención de dejar que acercara siquiera sus labios a los de Paula, pero era evidente que se había encabezonado en ganar, sobre todo en ese momento que parecía que le habían informado de quién era el otro postor. El griego y él eran viejos adversarios. Pedro respondió mejorando su oferta, ajeno a las miradas de quienes lo rodeaban, y a los murmullos que especulaban sobre si de verdad era quien parecía ser. Finalmente, Jorge Stephanides se dió por vencido, sacudiendo la cabeza. Una embriagadora sensación de triunfo se apoderó de él. Era algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba, porque estaba acostumbrado a conseguir con facilidad aquello que se proponía. Salió de la penumbra y avanzó por el pasillo para reclamar su premio, aunque el beso por el que había pujado no era lo único que pensaba cobrarse.
No fue al oír el golpe del mazo que marcaba el fin de la subasta, cuando Paula se estremeció por dentro, sino al ver al hombre que avanzaba hacia el estrado con paso decidido. No se podía creer lo que veían sus ojos. Era imposible… No podía ser él… Pero sí que lo era; era Pedro Alfonso, más guapo y elegante que nunca, con un esmoquin negro que le sentaba como si estuviera hecho a medida. Las mejillas se le encendieron mientras lo recorría con la mirada, admirando sus anchos hombros, sus largas piernas, y ese porte atlético que denotaba su amor por el deporte. En esos momentos tenía algunas canas en las sienes, que le daban un aire de madurez y distinción y contrastaban con su tez, ligeramente aceitunada, herencia de su madre española. Sus facciones siempre le habían recordado a las de una escultura clásica: La mandíbula recia, el perfil orgulloso… Tenía una belleza viril. De hecho, era el hombre más viril que había conocido. Sin embargo, lo más cautivador de Pedro eran sus ojos, el signo más evidente de su ascendencia céltica por parte de su padre, que era irlandés. Eran unos ojos de un azul pálido, como si fueran de hielo, y cada vez que la miraba sentía que la atravesaban, que era capaz de ver más allá de la fachada distante con la que intentaba protegerse de él. Siempre se había esforzado por proyectar una imagen profesional de sí misma ante él, por guardar las distancias, porque temía que la más mínima vacilación por su parte pudiera dejarle entrever en un instante lo débil que era su capacidad de autocontrol.
No hay comentarios:
Publicar un comentario