–Estoy segura de que eso no es verdad –replicó. Tomó un sorbo de su vaso y volvió a dejarlo sobre la mesa antes de mirar de nuevo a Pedro–. Es más, aunque lo fuera, como te he dicho, yo no tengo ningún interés en repetirlo. Y menos aún para darte gusto. Si lo que necesitas es un entretenimiento, búscate a otra. Seguro que hay un montón de mujeres deseosas de tu atención. No me necesitas, y creo que no hace falta que te recuerde que aquella noche fuiste tú quien me rechazó.
A Pedro lo enervó que de repente mostrara tanta seguridad en sí misma, y ese recordatorio de lo torpe que había sido al rechazarla. La sonrisa de Paula casi le pareció burlona, como si sintiese lástima de él. Nunca había sido objeto de la lástima de nadie, ni quería serlo. Forzó una sonrisa y respondió:
–Te rechacé porque no tenías experiencia, porque eras demasiado joven, además de la mejor amiga de mi hermana – apretó la mandíbula–. Y lo que quiero es mucho más que una repetición de aquel beso. No busco una distracción, Paula; te quiero a tí.
La compostura de Paula se desmoronó al oírlo expresarse de ese modo, sin tapujos.
–No puede ser… ¿Estás diciendo que… que tú…?
–Que te deseo –dijo Pedro–. Sí, Paula, te deseo. Tanto como tú me deseas a mí.
–Yo no te deseo.
Pedro enarcó una ceja.
–¿Ah, no? Entonces, ¿Por qué estabas mirándome de ese modo en el bautizo? Parecía que estuvieras devorándome con los ojos. ¿Y por qué te estremeciste antes, cuando te besé después de la subasta?
Paula se puso roja como un tomate.
–Para ya. Nada de todo eso que estás diciendo es cierto. Aquello era demasiado cruel. ¿Cuánto más iba a seguir humillándola?
–Sí que lo es –insistió Pedro–. Estoy seguro de que en todos estos años no has olvidado aquella noche, ¿Verdad? ¿Es esa la razón por la que cada vez que nos encontramos me tratas de ese modo distante?
Ella se apresuró a sacudir la cabeza. La intuición de Pedro era apabullante.
–No seas ridículo. De eso hace una eternidad. Por… Por supuesto que lo he olvidado –balbució–. No eres el único hombre al que he besado desde entonces, Pedro. ¿Qué te creías?, ¿Que desde ese día he pasado las noches abrazada a mi almohada, soñando contigo?
Lo malo era que se había sentido tan mortificada después de aquella noche que, por despecho, se había lanzado a perder la virginidad lo antes posible, y eso había hecho que su primera vez fuese una espantosa decepción.
Pedro apretó los labios.
–Ni por un segundo habría pensado que en todos estos años no ha habido otros hombres en tu vida –le dijo.
Alargó su mano para tomar la de ella, y aunque Paula intentó apartarla, no se lo permitió. Estaba atrapada por su debilidad, y por una sensación culpable de euforia. El corazón le martilleaba contra las costillas.
–Pero dime, ¿Te ha hecho sentir alguno lo que sentiste conmigo solo con un beso? –le preguntó–. ¿Has deseado a alguno de esos hombres hasta el punto de que no podías pensar en otra cosa?
La sensación de euforia de Paula se disipó de inmediato, y frunció el ceño, irritada consigo misma, porque Pedro había vuelto a dar en el blanco. Apartó su mano y cerró el puño contra su pecho.
–¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a hacer suposiciones y juicios sobre mí, a preguntarme cosas que no tienes derecho a preguntar?
Pedro la miró fijamente.
–Ya lo creo que tengo derecho, porque es obvio que un beso no fue bastante. La tensión sexual que hay entre nosotros ha ido en aumento durante todos estos años, igual que la curiosidad por saber qué habría pasado si nos hubiésemos dejado llevar.
Entonces lo que iba en aumento era la ira de Paula, que le dió salida antes de que pudiera desvanecerse. Se levantó, con las piernas temblando, y lo miró con el mayor desprecio del que fue capaz. Pero Pedro se levantó también, empequeñeciéndola con sus casi dos metros de altura, y restando efectismo a su pose. Ella, que no estaba dispuesta a dejarse amedrentar, alzó la barbilla.
–¿Y cómo has llegado a esa conclusión? –le espetó desafiante–. ¿Has tenido una revelación o algo así? Y no me vengas con eso de que viste algo en mis ojos el día del bautizo, porque puedo asegurarte que, si viste algo, no fue más que lo que querías ver. No pienso convertirme en otra muesca en el poste de tu cama solo para satisfacer tu curiosidad.
Rodeó la mesa para marcharse, pero Pedro se interpuso en su camino. Paula vió por el rabillo del ojo que un par de personas estaban mirándolos.
–¿Te importaría apartarte? –le dijo a Pedro apretando los dientes–. Me estás bloqueando el paso.
–¿Hace falta que te recuerde que fuiste tú quien intentó seducirme aquella vez? –le dijo él con mucha suavidad–. Los dos sabemos que, si yo no hubiera parado, te habría arrebatado la virginidad sobre esa alfombra frente a la chimenea…
No hay comentarios:
Publicar un comentario