Cuando oyó el coche acercándose a la casa salió corriendo, pero no era Pedro. Era el coche patrulla de Ignacio que se acercaba solo, hasta el porche.
—No… —murmuró Paula, llevándose una mano al corazón. No, otra vez no.
Ignacio se quitó el sombrero, y lo colocó bajo su brazo antes de llamar al timbre, pero ella no podía abrir. No podía escuchar lo que iba a decirle. Recordaba al oficial de policía diciéndole que Julián había muerto…
El timbre volvió a sonar.
—¿Paula?
Un sollozo escapó de su garganta. Aquella mañana Pedro le había dicho que la quería, y ella le había contestado que nunca podría amar a nadie como había amado a Julián. Lo había rechazado cuando estaba a punto de enfrentarse con una situación peligrosa, haciéndole creer que no lo quería en absoluto. Pero lo quería. Lo quería tanto que se negaba a pensar en un mundo en el que no estuviera Pedro.
—¡Paula, abre la puerta! —el grito de Ignacio hizo que alargase la mano hacia el picaporte, y al abrir, vió que el jefe de policía tenía la camisa manchada de sangre.
—¡No!
—Paula, siéntate, por favor.
Ella negó con la cabeza.
—Dilo, Ignacio… Por favor, dilo y termina con esto de una vez.
—No está muerto si eso es lo que crees.
De nuevo, un sollozo escapó de su garganta, pero consiguió dejarse caer sobre uno de los sillones del porche antes de que se le doblaran las rodillas.
—Gracias a tí y a Sofía hemos encontrado drogas, dinero y armas en el granero de Harding —empezó a decir Ignacio—. No quiero que te asustes, pero Pedro recibió un disparo y lo han llevado al hospital.
Ella enterró la cara entre las manos. Lo sabía, lo sabía…
—¿Está muy grave?
—Está vivo, pero no sé nada más.
—Yo… Yo lo rechacé esta mañana. Y no debería haberlo hecho. No debería…
—Puedo llevarte al hospital, si quieres —se ofreció Ignacio.
Paula asintió con la cabeza. Lo único que deseaba era ver a Pedro y decirle que lo quería, antes de que fuese demasiado tarde. Pero una vez en el coche patrulla, Ignacio recibió una llamada por la radio.
—Tienen que llevar a Pedro al hospital de Edmonton. Van a llevarlo en un helicóptero.
Ella volvió a asentir con la cabeza, acongojada. Estaba tan mal, que habían tenido que llevarlo a un hospital más grande, pensó. Pero tenía que aguantar hasta que llegase allí, tenía que hacerlo. Recordó entonces todas las cosas que habría querido decirle a su marido, todas las que no pudo decirle. Pedro tenía que aguantar.
—Voy a llevarte a Edmonton, no te preocupes. Pablo está en la comisaría, y de allí no va a salir.
—Espero que no… —murmuró ella sin mirarlo.
—Paual, he estado comprobando los informes sobre la muerte de Julián… —empezó a decir Ignacio entonces—. Sé que llegaste al hospital cuando ya era demasiado tarde, y que la investigación no fue fácil para tí, especialmente después de haberlo perdido de esa forma. Es normal que tengas miedo, y no hay ninguna garantía, pero aunque ya sé que no es asunto mío, creo que sería una locura alejarte de alguien que te quiere tanto como Pedro. Te perderías algo maravilloso, ¿No crees?
Paula tragó saliva para intentar deshacer el nudo que tenía en la garganta. Lo decía como si fuera tan fácil. Pero querer a Pedro Alfonso no era fácil. Lo quería y eso la asustaba. Lo quería tanto, que la idea de perderlo le resultaba intolerable.
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