jueves, 6 de noviembre de 2025

Inevitable: Capítulo 49

 —Ser policía puede ser un trabajo muy solitario, y a veces, es la familia lo que nos mantiene vivos. Las mujeres de los policías tienen que soportar mucho, pero… —Ignacio mantenía la mirada fija en la carretera—. A veces tener un ancla es lo que te permite seguir adelante. Piénsatelo.


—Lo haré.


¿Estaría bien? ¿Estaría vivo cuando llegasen al hospital? ¿Y cómo iba a dejarlo solo?  Una enfermera los llevó a la Unidad de Cuidados Intensivos, advirtiéndoles que seguía inconsciente.


—De todas formas, quiero verlo —insistió Paula.


Una vez en la habitación, se acercó a la cama con miedo. Pedro estaba muy pálido, entubado, y con una serie de cables conectados a un monitor.


—Ha perdido mucha sangre —explicó la enfermera—. Es normal que esté inconsciente.


—Gracias… —murmuró ella, sentándose en una silla al lado de la cama—. ¿Puedo quedarme aquí?


—Normalmente, las visitas sólo pueden estar unos minutos…


—Sólo voy a quedarme aquí sentada. No quiero que esté solo cuando despierte.


La enfermera se fijó en la camisa de Ignacio, manchada de sangre, y pareció tomar una decisión.


—Pero no hagan ruido, por favor… Y no intenten despertarlo.


—Voy a traerte un café —dijo Ignacio, cuando la enfermera los dejó solos.


Paula asintió, aunque no sería capaz de tragarlo. La habitación quedó en silencio, salvo por el zumbido del monitor. Le habían disparado en una pierna, y un millón de preguntas pasaban por su cabeza: Si la herida sería grave, si quedaría imposibilitado de por vida, si habrían sacado la bala, si la bala habría tocado la arteria… Pero todas esas preguntas se convertían en un solo pensamiento: «Por favor, no me dejes…». Ignacio volvió poco después con el café y se quedó un rato, pero tenía que volver a Mountain Haven para firmar el atestado y solucionar el traslado de Harding a Estados Unidos. Se marchó, con la promesa de volver en cuanto le fuera posible, y ella volvió a quedarse a solas con Pedro.


—No me dejes, cariño. Por favor, no me dejes…


Pedro hizo un esfuerzo por abrir los ojos, pero sólo podía ver una neblina gris y luego, poco a poco, unas sombras a su alrededor. Estaba mareado, pero enseguida se dió cuenta de que el zumbido que escuchaba era el de un monitor. Estaba en un hospital.  En ese momento recordó todo lo que había pasado: El disparo de Harding, el terrible dolor en la pierna… Cuando intentó moverse se dió cuenta de que había una melena oscura apoyada en la cama. Paula. Intentó pronunciar su nombre, pero de su boca no salió sonido alguno. Suspirando, volvió a apoyar la cabeza en la almohada, maravillándose de que estuviera allí. Nunca en su vida se había sentido tan conectado con otro ser humano. La quería, y esa emoción era diferente a cualquier otra que hubiese experimentado antes. Diferente y real. 

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