martes, 4 de noviembre de 2025

Inevitable: Capítulo 47

 —Eso lo dices ahora, pero…


—No, Paula, no quiero tener hijos —la interrumpió él—. Tengo un montón de sobrinos a los que adoro, pero nunca he sentido la necesidad de ser padre. Prefiero poner mi energía ayudando a niños que están solos. Y ahora, ¿Se te ocurre algún problema más? —Pedro sonrió mientras la tomaba por la cintura—. Porque nada va a cambiar el hecho de que te quiero.


Paula podría acusarlo, de esperar que ella diese un giro de ciento ochenta grados a su vida, mientras él seguía haciendo lo que había hecho siempre, pero sabía que no podía pedirle que dejase de ser quien era. Y tampoco podía casarse con él. Acababa de conocerlo, y la idea de que le pasara algo le partía el corazón. ¿Qué ocurriría después de varios meses o varios años de casados? ¿Cómo iba a esperarlo todos los días en casa, preguntándose si estaba bien, si le habría pasado algo? ¿Cómo iba a soportar que le rompieran el corazón por segunda vez? Sólo había una salida. Y en su corazón, pidió disculpas antes de decirlo, sabiendo que iba a hacerle daño:


—Yo nunca podría quererte como quise a Julián. Lo siento, Pepe.


Paula tuvo que contener un sollozo al ver que el brillo desaparecía de sus ojos.


—Claro… No puedo competir con un fantasma.


—¿Qué esperabas que dijera? Por favor, Pepe, no me lo pongas más difícil… Yo no puedo quererte como tú deseas que te quiera.


Él asintió con la cabeza.


—No puedo hacerte sentir algo que no sientes. Lo lamento, me equivoqué… —murmuró, pasándose una mano por el pelo—. En fin, tenemos que decirnos adiós.


—Sí.


—Después de detener a Pablo pasaré la noche en el pueblo —sus ojos, oscurecidos por la decepción, se clavaron en ella de nuevo—. Me iré por la mañana. Sé que no es suficiente, pero gracias, Paula. Gracias por todo.


Luego abrió la puerta y ella lo dejó ir para no prolongar la agonía.


—¿Pepe? —lo llamó desde el porche.


—¿Sí?

—Ten mucho cuidado...


Él se despidió con la mano antes de subir a la camioneta, y Paula volvió a la cocina para guardar su plato y su taza en el lavavajillas por última vez. Había pensado que se pondría a llorar al quedarse sola, pero las lágrimas se negaban a salir. Suspirando, se sentó frente a la mesa de la cocina y cerró los ojos. Pero después de unos minutos se levantó para hacer las tareas, cualquier cosa que la mantuviera ocupada. Cuando entró en la habitación de Pedro para limpiarla, deseó haber hecho el amor con él esa noche. Al menos tendría ese bonito recuerdo. Pero no había sido capaz de bajar la guardia porque tenía miedo… No miedo de él, sino de sí misma. Cuando estaba terminando de cambiar las sábanas vió algo en la mesilla; era la medalla de San Cristóbal que Pedro solía llevar al cuello. Aquel día precisamente no había llevado con él su amuleto. Angustiada, se la puso al cuello. Sabía que era una superstición, pero no podía dejar de preocuparse. Por primera vez en quince años, estaba enamorada. Y Pedro estaba enamorado de ella. Pero se había ido. Y aun sabiendo que no iba a volver, no descansaría hasta que supiera que todo había terminado y él estaba a salvo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario