De pie junto a la pila bautismal de piedra, Paula Chaves miraba con cariño a su ahijada de dos meses, mientras el sacerdote derramaba el agua bendita sobre su coronilla. La ceremonia estaba celebrándose en la pequeña y antigua capilla de la propiedad en la que se alzaba el nuevo hogar de Luciana, su mejor amiga: Un impresionante château a las afueras de París. La misma capilla en la que nueve meses atrás se había celebrado su boda, en la que ella había tomado parte como dama de honor. Querría poder concentrarse en las palabras que estaba pronunciando el sacerdote, pero le resultaba difícil por culpa del hombre alto y guapo que tenía a su derecha: Pedro Alfonso. Era el hermano mayor de Luciana, y también había estado en la boda, ejerciendo de padrino.
Paula trató de acallar como pudo el dolor de su corazón. Detestaba que esos sentimientos tuvieran que aflorar precisamente en ese momento, estropeando una ocasión tan hermosa y especial. Pero ¿Cómo ignorar el dolor cuando aquel hombre era quien había aplastado sus ideales, esperanzas y sueños? Sin embargo, no podía culpar a nadie más que a ella misma. Si no se hubiese empeñado en… No, no iba a volver otra vez a entrar en ese bucle, se dijo atajando esos pensamientos. Hacía tanto de aquello que no podía creer que siguiese afectándole de ese modo, como si aún estuviese reciente. Normalmente, evitaba a Pedro por todos los medios, pero de allí no podía huir porque eran los padrinos de la pequeña. Resistiría. Si había sobrevivido al día de la boda también podría sobrevivir a aquello. Y luego se alejaría de él y confiaría en que algún día dejase de afectarle de esa manera. Claro que… ¿Cuánto tiempo llevaba esperando que eso ocurriera? Se notaba la mandíbula rígida de tenerla apretada, y la espalda tensa como las cuerdas de un violín. Intentó centrarse en Luciana y su marido, Daniel, que parecían ajenos a todo excepto a ellos mismos y a su hijita, Martina. Daniel la tomó con ternura de los brazos del sacerdote y, cuando Luciana y él se miraron con complicidad, Paula sintió celos de lo enamorados que se les veía. Encontrar el amor, formar una familia… Eso era lo que ella quería, lo que siempre había querido. Pedro se movió y su brazo rozó el suyo, haciéndola tensarse aún más. Contra su voluntad, alzó la vista hacia él; fue incapaz de contenerse. Se sentía atraída por él, como una polilla abocada a una muerte segura por el brillo irresistible de la llama de una vela.
Justo en ese momento, Pedro bajó la vista hacia ella, y a Paula le dió un vuelco el corazón y se le cortó el aliento. Él frunció ligeramente el ceño y la escrutó con la mirada, como si estuviera rebuscando en su alma, tratando de destapar sus secretos. La había mirado del mismo modo en la boda y le había costado un horror mantenerse serena e impasible. Sus ojos traidores descendieron a la boca de Pedro, delatándola. Se moría por que la besara, por que la estrechara entre sus brazos… Por que la mirara como Daniel miraba a Luciana. Nunca había deseado nada de todo aquello con otro hombre. Cuando levantó la vista se encontró con que aún estaba mirándola y supo que estaba perdida. Los sentimientos que despertaba en ella estaban alzándose como un tsunami y no podía disimularlos, atrapada como estaba por su mirada. Estaba segura de que podía leerlos en su rostro, y al ver oscurecerse sus ojos azules le flaquearon las piernas. Nunca la había mirado de un modo tan intenso, tan elocuente… Tenía que ser cosa de su imaginación. Lo que pasaba era que aquello la superaba y era tan patética que estaba proyectando sus anhelos en él.
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