Madrid, una semana después
–Señorita Chaves, tiene una llamada –le informó la voz de la recepcionista del hotel cuando Paula descolgó el teléfono.
Casi se le escurrió el teléfono de la mano. Estaba segura de que era Pedro, y le subió una oleada de calor desde el vientre, como si estuviese en la habitación con ella.
–Gracias –murmuró sentándose en la cama.
Oyó un «Clic» en la línea, y a continuación la voz profunda y autoritaria de Pedro, que la hizo estremecerse por dentro.
–Hola, Paula.
Ella juntó las piernas y apretó el teléfono en su mano.
–Pedro… ¡Qué sorpresa! –murmuró con fastidio.
–¿A quién intentas engañar? Sabes que vivo a diez minutos de tu hotel, y Luciana me ha dicho que recibiste los mensajes que te mandé al móvil. Pero me imagino que has estado demasiado ocupada como para ponerte en contacto conmigo.
–Sí, hablé con ella esta mañana. Y sí, he estado muy ocupada.
–Ya. Bueno, he pensado que podríamos vernos ya que estás aquí.
Paula no se había esperado aquel trabajo de última hora en Madrid, donde Pedro tenía su residencia habitual, ni se había imaginado que sus caminos fueran a cruzarse de nuevo tan pronto. Pero lo había evitado todo el día, ignorando sus llamadas y sus mensajes, y por suerte pronto se iría de allí.
–Me temo que no va a ser posible. Mañana regreso a Nueva York.
–Lo sé. Mañana por la tarde, según me ha dicho Luciana – apuntó Pedro con retintín–. Así que tienes tiempo de sobra para que te invitemos a almorzar mañana.
–Mira, de verdad que lo siento, pero… –Paula se quedó callada al darse cuenta de que Pedro había hablado en plural.
–Cata me ha dicho que le gustaría verte.
La pobre excusa inventada que Paula iba a darle murió en sus labios. Aunque detestaba encontrarse entre la espada y la pared, sabía que Pedro nunca utilizaría a su hija para hacerle chantaje ni para manipularla. Ella había tenido bastante trato con la pequeña por su amistad con Luciana, aunque probablemente él no sabía cuánto. Su hermana y ella habían compartido departamento en Nueva York antes de que Luciana se casara, y Pedro, que iba con frecuencia a la ciudad porque su compañía tenía oficinas allí, le dejaba a la niña a su cuidado. Como tía, Luciana había sido un poco desastre, no se le había despertado el instinto maternal hasta el nacimiento de su hija, así que en esas ocasiones siempre había sido Paula quien se había ocupado de que Catalina comiera bien, de que estuviera abrigada, de arroparla y leerle cuentos antes de dormir… Luciana y ella la habían llevado muchas veces a Central Park, al cine, a tomar un helado…, Y Paula siempre había sentido una afinidad especial con la chiquilla de cabello castaño y expresión seria, a quien su madre prácticamente había abandonado tras divorciarse de Pedro.
–A mí también me encantaría volver a ver a Cata. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la ví –contestó finalmente.
Tampoco iba a pasar nada por que almorzase con Pedro, se dijo. No iba a tratar de seducirla delante de Catalina. Y ella volvería a Nueva York solo unas horas después.
–Estupendo –murmuró él–. Pues pasaré a recogerte; quedamos en el vestíbulo del hotel sobre las doce. Hasta mañana.
Luego colgó, y aunque Paula estaba tratando de convencerse de que todo iría bien, tuvo el presentimiento de que no sería así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario