La tela de los pantalones de Pedro estaba estirada en torno a sus atléticos muslos, y un rastro de sedoso vello oscuro descendía desde el ombligo y se perdía bajo la hebilla del cinturón. Su torso también estaba cubierto de vello, y de pronto Kate sintió un impulso casi irresistible por saber cómo sería apretar contra su pecho sus senos desnudos. Con dedos algo temblorosos, abrió la caja de tiritas para sacar una, y rogó por que él no se diera cuenta de lo acalorada que estaba.
De lo que Pedro sí se había dado cuenta, era de la tentadora visión que le estaba ofreciendo, inclinada como estaba, de su escote. Por lo que podía entrever llevaba un sencillo sujetador blanco, y sus voluptuosos senos parecían increíblemente suaves y tenían una forma perfecta. El dulce perfume que llevaba lo asaltaba cada vez que se movía, y sus piernas parecían interminables con aquellos vaqueros. Cierta parte de su cuerpo estaba empezando a animarse. Si a Paula se le ocurriese bajar la vista… Apretó los dientes para intentar controlarse, y sintió como se tensaban los músculos de su mandíbula mientras las suaves manos de ella fijaban la tirita sobre la herida. Su cabello había caído hacia delante, y estaba haciéndole cosquillas en el estómago.
–Ya está –murmuró Paula, y a Pedro le pareció que le temblaba la voz.
La asió por los codos, atrayéndola un poco más hacia sí, y cerró un poco las piernas, para atraparla entre ellas. Paula abrió mucho los ojos, y el ver como se dilataban sus pupilas no hizo sino excitarlo más aún.
–Aún no… –le respondió con la voz ronca por el deseo–. Deberías besar la herida para que se cure pronto.
Paula se sentía como si estuviese ardiendo por dentro. No podía apartar sus ojos de los de Pedro; la atraían como un imán. El tiempo se detuvo. Estaba tan cerca de él… Si se moviese un poco hacia delante… No, tenía que parar aquella locura. Tenía que recordar que la había manejado como a una marioneta para que fuera a Madrid y seducirla. Tenía que recordar que se había prometido a sí misma que sería fuerte. No podía permitir que aquello ocurriera… Tragó saliva con dificultad.
–Pedro, ya no tienes cuatro años –le dijo, pero su voz sonó débil y patética.
–Me he clavado tu aguja –protestó él–. Es lo menos que puedes hacer por mí.
A Paula le latía el corazón tan deprisa que estaba segura de que él podría oírlo. Las manos que la asían por los codos permanecían firmes; no iba a soltarla. Y ella, que se notaba temblonas las piernas, temía perder el equilibrio si intentase apartarse de él. No recordaba haber vivido nunca un momento tan erótico. Con la garganta tan seca que parecía papel de lija, le dijo finalmente:
–Un beso… ¿Y me dejarás marchar?
Sin despegar sus ojos de los de ella, Pedro asintió. Paula bajó la vista a la tirita que acababa de colocarle. Entrelazó las manos a la espalda, como para no caer en la tentación de recorrer con sus manos los músculos de su firme estómago. Se inclinó, y vaciló cuando estaba solo a unos milímetros de la tirita. La piel aceitunada y tersa de Tiarnan parecía estar suplicando que la tocara, que la besara. Y seguro que sería cálida, muy cálida. Apretó los labios entreabiertos contra ella, justo encima de la tirita. Cuando oyó a Pedro aspirar por la boca, como excitado, no pudo contenerse y sacó la punta de la lengua para lamer su piel. Tenía un sabor algo salado, y una ráfaga de deseo se desató en su interior con la fuerza de una llamarada. Se moría por explorar el resto de su cuerpo… No, no podía hacer aquello. Sacando fuerzas de flaqueza logró erguirse, pero él la agarró por los brazos y, cuando tiró de ella hacia sí, la pilló desprevenida y perdió el equilibrio, precipitándose sobre él. Quedó a su merced, con el pecho aplastado contra su torso y, lo que era peor, con la erección más que evidente de Pedro contra su vientre.
–Dijiste que solo sería un beso –le recordó desesperada.
Pedro le rodeó la cintura con un brazo, atrayéndola aún más hacia sí, y le puso la mano libre en la nuca. Era su prisionera.
–Te mentí.
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