jueves, 27 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 18

Cuando los labios de Pedro tomaron los suyos, el efecto fue tan inmediato como acercar una cerilla encendida a un montón de yesca, y Paula se sintió húmeda de repente. Él había tomado su rostro entre ambas manos, y sus labios no le daban tregua, igual que su lengua, pero ella era tan insaciable como Pedro. Le rodeó el cuello con los brazos y enredó los dedos en su corto y sedoso cabello. El corazón le martilleaba contra las costillas cuando las manos de Pedro descendieron hasta sus nalgas para apretarla todavía más contra él. Poco después, esas mismas manos le desabrocharon la camisa, y pronto estuvieron rozando su piel, la curva de sus senos… No protestó. Impaciente por tocarlo a él también, le quitó la camisa, la arrojó a un lado y deslizó las manos por su torso desnudo. Los labios de Pedro abandonaron los suyos para dibujar a fuego un rastro de besos por su cuello. Kate se echó hacia atrás, apoyándose en el brazo de Pedro que le rodeaba la cintura, y la boca de él alcanzó la curva superior de uno de sus senos. Los pezones casi le dolían de lo excitada que estaba, y, cuando él tiró hacia abajo de una de las copas del sujetador para dejar el pecho al descubierto, se le cortó el aliento. Él lo tomó en su mano y frotó con el pulgar su pezón. Paula se mordió el labio inferior y bajó la vista.


–Precioso… –murmuró Pedro, devorando con los ojos el pecho desnudo con su sonrosada areola y el pezón endurecido.


Bajó la cabeza para tomar el pezón en su boca, y Paula profirió un largo gemido, a medio camino entre el tormento y el éxtasis, cuando empezó a succionarlo. Sin embargo, en medio de aquel delirio sensual su conciencia le recordó que aquello no debería estar pasando, que se había jurado que no iba a pasar. La mano de Pedro estaba ya a punto de desabrocharle los vaqueros, y tuvo que luchar contra el fiero deseo que la consumía.


–No… No, Pedro. Para –le dijo asiéndolo por los brazos para detenerlo.


Él la miró, jadeante, y con el fulgor del deseo en los ojos. Paula dejó caer las manos.


–No podemos hacer esto –le insistió, poniéndose de pie. Le temblaban las piernas y se sentía mareada–. ¿Y si Catalina llega a despertarse y nos pilla? –murmuró, dándole la espalda mientras se ponía bien el sujetador y se abrochaba la camisa.


–Eso no tendría por qué haber pasado. Si no me hubieses hecho parar, habríamos acabado enseguida –dijo Pedro–. Pero supongo que tienes razón; éste no es el momento ni el lugar.


Sus palabras no podrían haber sido más humillantes para Paula. ¿Eso era lo único en lo que había estado pensando?, ¿En un «Aquí te pillo, aquí te mato»?


–Sí, y no volverá a pasar –le espetó enfadada.


Pedro la agarró del brazo y la hizo girarse hacia él. Sus ojos relampagueaban.


–¿Cómo puedes decir eso después de lo que acaba de ocurrir?


Una expresión vulnerable asomó a los ojos de Paula, y esa mirada hizo que Pedro se diese cuenta de que aquello se le estaba yendo de las manos. Le soltó el brazo. La verdad era que, si no lo hubiese detenido, la habría hecho suya allí mismo, en el salón, como un adolescente que no podía esperar. ¿Qué había sido de Pedro, el seductor sofisticado?, ¿De su enfoque lógico y pragmático de tales asuntos? Había tenido que ser Paula quien le recordase que antes de nada debía pensar en su hija. Ella observó en silencio a Pedro, que estaba recogiendo su camisa del suelo para volver a ponérsela, y bajó la vista mientras se la abrochaba, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Se sentía tan agitada como si hubiese habido un terremoto. ¿Cómo podía ser tan débil, cómo podía ser que él tuviese el efecto que tenía sobre ella?


–Paula…


Trató de recobrar la compostura antes de alzar la vista, y rogó por que su expresión no le dejara entrever el torbellino de emociones que se revolvían en su interior.


–No pretendía saltar sobre tí en cuanto entré por la puerta ni nada de eso…, Pero ya has visto lo que pasa cuando estamos juntos…


–Yo…


Las facciones de Pedro se endurecieron.


–No lo niegues, Paula. Por lo menos no lo niegues.


Paula apretó los labios. No, no podía negar la atracción que había entre los dos.


Pedro le dió la espalda y dió unos pasos por el salón antes de volver sobre ellos y ponerse frente a ella con el ceño fruncido.


–Iba a preguntártelo mañana, pero supongo que da igual que lo haga ahora.


–¿Preguntarme qué? –inquirió ella nerviosa.

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