Dejó el vaso de whisky en la mesa, y se inclinó hacia delante para preguntarle con una mezcla de ira y desesperación:
–Pedro, ¿Vas a decirme a qué has venido? Los dos sabemos que…
–Los dos sabemos por qué estoy aquí –la cortó él en un tono acusador.
El pianista había terminado la pieza que estaba tocando, y las palabras de Pedro se quedaron como suspendidas en el silencio. El tiempo pareció detenerse un instante antes de que la música comenzara de nuevo. Paula trató de recobrar la compostura suficiente para fingir que no se había dado cuenta de que estaba refiriéndose a aquella noche de años atrás.
–No sé de qué me hablas.
Pedro apuró su vaso y lo dejó en la mesa con un golpe seco que hizo a Paula dar un respingo.
–Sabes perfectamente bien de lo que estoy hablando. Esa mirada tan explícita que me echaste en Francia, y lo que no ocurrió esa noche, hace diez años.
¡Ay, Dios…! Paula se sintió palidecer. Aquella era, oficialmente, su peor pesadilla. Tal y como se había temido, había intuido su debilidad en Francia, y, si por algo era conocido Pedro Alfonso, era por detectar los puntos débiles en los demás y aprovecharse de ellos sin piedad. Se obligó a mirarlo a la cara.
–De eso hace mucho tiempo, y tienes razón: No pasó nada.
¿Qué esperaba que le dijera?, pensó con amargura ¿«Si crees que aún te deseo, a pesar de lo humillante que fue que me rechazaras, estás en lo cierto»?
Pedro seguía inclinado hacia delante, intimidándola como un depredador.
–Yo no llamaría «Nada» a ese beso –murmuró con esa voz profunda que tenía–. Y esa mirada en la iglesia me dijo que eres tan consciente como yo de la tensión sexual que hay entre nosotros.
Paula sacudió la cabeza con vehemencia, como si con ello pudiese negar la realidad de los hechos. Sentía vergüenza por lo ingenua que había sido en su adolescencia, y la avergonzaba que incluso en ese momento, con la humillación pendiendo sobre ella como la espada de Damocles, tuviese mariposas en el estómago. ¿Por qué estaba sacando aquel tema después de tanto tiempo? ¿Acaso creía haber visto una invitación en sus ojos el día del bautizo? Irritada consigo misma, se apresuró a hablar para romper el silencio e intentar recobrar algo de dignidad.
–Como he dicho, Pedro, de eso hace mucho tiempo. Apenas lo recuerdo, y no tengo la menor intención de hablar de ello, ni de repetirlo. Yo era muy joven cuando pasó aquello.
«Y virgen», recordó Pedro. Por alguna razón, la idea de que, a diferencia de él, otros hombres sí la habían tocado y la habían poseído, hizo que se sintiera casi agresivo.
–Eres una mentirosa. ¿Y sabes qué te digo? Que es una lástima.
Paula se sintió como si le hubiese pegado un puñetazo en el estómago, dejándola sin aliento.
–Yo no miento –le espetó, y frunció el ceño al darse cuenta de lo que Pedro le había dicho–. ¿Y qué es una lástima?
Pedro volvió a recostarse en su asiento, poniéndola aún más nerviosa que si siguiera inclinado sobre la mesa.
–Digo que eres una mentirosa porque estoy seguro de que recuerdas cada segundo de aquel beso, igual que yo, y que es una lástima que no quieras que vuelva a ocurrir, porque a mí sí que me gustaría que volviera a ocurrir, y mucho.
Paula se irguió, y al hacerlo acudió a su mente el recuerdo de su madre, increpándola con voz estridente: «¡Paula, por el amor de Dios, siéntate derecha! No voy a consentir que me avergüences con tus malos modales. No te he educado para que te comportes así. Eres una señorita y no vas a dejarme en mal lugar delante de toda esta gente». Ya no tenía diez años; tenía veintiocho. Era una modelo de fama internacional, con éxito, independiente. Trató de centrarse en el momento actual, en lo que la rodeaba: La conocida melodía que estaba tocando el pianista, la penumbra del bar, las luces de la ciudad que parpadeaban a través del ventanal… La camarera pasó cerca de ellos, y Pedro le pidió otra ronda para los dos. Al poco rato volvió con las bebidas y se llevó los vasos vacíos. Cuando se hubo marchado, sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa amarga.
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