Cuando se bajaron del coche, al ver a Pedro sacar su maleta, Paula le preguntó con suspicacia:
–¿Por qué estás sacándola del maletero?
Pedro la miró divertido.
–Porque será Juan, mi chófer, quien nos llevará luego al aeropuerto.
–¿Y cómo sabes a qué hora tengo que estar yo allí?
Los labios de Pedro se arquearon en una sonrisa socarrona.
–Porque yo lo sé todo, Paula. Deja de preocuparte. No voy a abalanzarme sobre tí como un adolescente inmaduro. Puedes estar tranquila.
Justo entonces se abrió la puerta de la entrada, y al ver aparecer a una pequeña figura de cabello oscuro, Paula sintió que la embargaba la emoción y se olvidó de Pedro por un momento.
–¡Cata!
Avanzó hacia ella, ansiosa por darle un fuerte abrazo, pero vaciló al darse cuenta de que la niña no había salido corriendo a saludarla como solía hacer. Estaba allí de pie, con una expresión muy seria. Intuyendo que algo había cambiado para ella desde la última vez que se habían visto, comprendió que era mejor no agobiarla, y cuando llegó donde estaba se limitó a sonreírle e inclinarse para besarla en la mejilla. Se preguntaba qué le habría ocurrido para que se hubiera vuelto tan desconfiada.
–¡Cuánto has crecido desde la última vez que te ví, Cata! Estás hecha toda una señorita –le dijo, remetiendo un mechón del largo cabello de la niña tras su oreja–. Claro que ya tienes diez años.
Catalina se sonrojó. A Paula le pareció como si estuviera reprimiendo un impulso, no sabía muy bien de qué, pero finalmente solo balbuceó algo incoherente antes de darse media vuelta y entrar corriendo en la casa, sin duda para huir a su habitación. Se giró hacia Pedro, que tenía cara de circunstancias.
–Tienes que perdonarla; Cata está atravesando una fase difícil. Hace poco ha pasado una temporada con su madre, y eso siempre la deja descentrada.
Paula entendía qué quería decir. Estefanía Ríos, la ex de Pedro, nunca había sido una madre cariñosa.
–No pasa nada; no tienes que disculparte.
Cuando entraron en la casa, salió a recibirles al vestíbulo una mujer rolliza, que Pedro le presentó como Esmeralda, su empleada del hogar. Paula le estrechó la mano con una sonrisa y cruzó unas palabras amables con ella en su idioma. Él la miró sorprendido.
–Había olvidado que hablabas español.
Paula se encogió de hombros y se sonrojó ligeramente.
–Solo lo justo para entenderme con alguien.
Hacía unos años había pasado bastante tiempo trabajando allí, en España, y al regresar a Estados Unidos se había apuntado a clases de español para no perder lo que había aprendido. Pedro tuvo una breve charla con Esmeralda, y, cuando esta los dejó para volver a sus ocupaciones, se volvió hacia Paula y le dijo:
–Tenemos algo de tiempo antes del almuerzo; ven, te enseñaré la casa.
Dejaron el elegante vestíbulo, y pasaron a un inmenso comedor, con una mesa a la que podían sentarse veinte comensales. Cada vez estaba más deslumbrada, y hasta empezaba a sentirse algo intimidada, pero luego, cuando Pedro la condujo al salón, esa sensación disminuyó. Era una habitación muy confortable, con sofás que invitaban a sentarse, estanterías llenas de libros… Paula sintió una punzada en el pecho. Aquella habitación sí que daba la impresión de un verdadero hogar: Cálido y acogedor, con coloridas alfombras que vestían el suelo desnudo. En la parte de atrás de la casa había un idílico jardín donde el sol arrancaba destellos del agua de una piscina rodeada de árboles y arbustos. Era como un trozo del Paraíso en medio de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.
–Tienes una casa preciosa, Pedro.
Nada más pronunciar esas palabras, a Paula le pareció que debían de haber sonado como un cliché. ¿Cuántas mujeres habrían estado allí y le habrían dicho eso mismo? Pedro asintió distraído. Paula le lanzó una mirada, preguntándose qué estaría pensando, pero él ya había echado a andar de regreso a la casa, así que, después de admirar una última vez el deslumbrante y tranquilo jardín, fue tras él. Almorzaron en un comedor más pequeño y menos formal que estaba junto a la enorme cocina. Esmeralda iba y venía, sirviéndoles la comida, que estaba deliciosa, pero sus cálidas sonrisas no lograron disipar la tensión que había en el ambiente. Él estaba siendo encantador con ella, pero eso no hacía sino ponerla aún más nerviosa, y Catalina estaba muy callada, y respondía con monosílabos cuando intentaba sacarle conversación. Estaba empezando a darse cuenta de que no se trataba solo de una fase, como le había querido dar a entender Pedro; era algo más profundo. De hecho, casi no había comido nada.
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