Pedro tomó asiento frente a ella, se quitó la pajarita y se desabrochó el primer botón de la camisa. En sus labios se dibujó una sonrisa. Paula se esforzó por calmarse y mostrarse educada. Al fin y al cabo, era el hermano de su mejor amiga, y sin duda aquel encuentro no era más que fruto de la casualidad. No iba a ponerse a pensar en el pasado. Sonrió nerviosa, y le preguntó en un tono casual:
–¿Qué te trae por San Francisco?
Pedro entornó los ojos. Era evidente que Paula estaba intentando encerrarse de nuevo en su caparazón, poner distancia entre ambos, como había hecho durante años para desviar su atención y hacerle creer que no lo deseaba. Pero en ese momento sabía que no era así; podía notar su nerviosismo tras aquella máscara de mujer fría y distante. Reprimió el impulso de responderle: «Tú», y en vez de eso contestó encogiendo un hombro:
–Negocios. Esta mañana hablé con Luciana por teléfono, y mencionó que estabas aquí, por la subasta benéfica para la lucha contra el cáncer de la Fundación Buchanen –decidió que sería mejor no decirle que, al enterarse, había reservado habitación en el hotel, como ella–. En fin, el caso es que como estaba en la ciudad se me ocurrió pasar a saludarte. Y parece que llegué justo a tiempo.
A Paula le dió repelús solo de imaginarse que, en vez de él, hubiese ganado la puja Jorge Stephanides y la hubiese besado y manoseado. Giró la cabeza hacia el ventanal y, cuando, al hacerlo, se deslizó un mechón en su hombro desnudo, deseó haber subido directamente a su habitación. ¿Por qué habría tenido que ir allí? Se sentía vulnerable delante de Pedro con el vestido que llevaba. Sin embargo, puesto que no podía escapar, se obligó a volver de nuevo la cabeza hacia él para mirarlo.
–Sí, y no te he dado las gracias por eso –dijo. Y luego, dejándose llevar por la curiosidad que sentía, le preguntó–: ¿Cuánto has pagado al final?
–¿No lo recuerdas?
A Paula le ardían las mejillas cuando sacudió la cabeza, porque sabía muy bien por qué no lo recordaba.
–Setecientos cincuenta mil dólares –le contestó Pedro lentamente, como si estuviera saboreando las palabras–. Y cada centavo ha merecido la pena.
Pedro observó la reacción de Paula, que estaba mirándolo entre atónita y azorada. La luz de la vela que había sobre la mesa hacía brillar su piel de satén, y sus ojos acariciaron sus hombros desnudos y la curva superior de sus senos, que insinuaba el escote del vestido. Sintió que se excitaba, y se movió incómodo en su asiento. No estaba acostumbrado a que las mujeres tuvieran un efecto tan inmediato en él. Le gustaba ser quien tuviera el control, y con Paula parecía como si lo perdiera por completo. Había pagado más de medio millón de dólares, así, como si nada. A ella le parecía una cifra astronómica, pero sabía que para él no era más que calderilla, tan solo una fracción de lo que donaba cada año a la beneficencia.
–Al menos ha sido por una buena causa –murmuró con voz algo trémula.
La camarera reapareció en ese momento con lo que habían pedido, y después de servirles se retiró. Pedro tomó su vaso de whisky y lo levantó a modo de brindis.
–Ya lo creo; una muy buena causa –dijo.
Aunque tenía la inquietante impresión de que no estaban hablando de lo mismo, Paula le siguió la corriente y brindó con él. Cuando chocaron sus vasos, los dedos de ambos se rozaron, y de pronto los recuerdos de aquella noche, de diez años atrás, se arremolinaron en su mente. Sus brazos alrededor del cuello de Pedro, las lenguas de ambos enroscándose, las manos de él descendiendo hacia sus nalgas, apretándola contra sí para que pudiera sentir su erección… Acalorada, apartó la mano tan deprisa que un poco de su bebida se derramó. No se podía creer que estuviera pasando aquello; era algo a medio camino entre un sueño erótico y una pesadilla. Tomó un sorbo de whisky bajo la intensa mirada de Pedro, mientras rogaba por que no fuese capaz de entrever lo agitada que estaba. Él se echó hacia atrás en su asiento, y bebió con parsimonia antes de preguntarle:
–Bueno, ¿Y cómo te van las cosas?
Paula inspiró. No tenía por qué estar nerviosa, se dijo. Charlaría con él sobre cosas intrascendentes, y luego, cuando terminase su copa, se inventaría una excusa y se marcharía. Y no volvería a verlo hasta dentro de unos meses o, con un poco de suerte, quizás un año. Se obligó a sonreír, y, poniendo un tono despreocupado, contestó:
–Bien, ¡Estupendamente! ¿Verdad que fue precioso el bautizo de Martina? No me puedo creer lo grande que está ya. Y a Luciana y Daniel se los ve tan felices… ¿Has vuelto a verlos después? Yo he estado liadísima. Tuve que irme a Sudamérica justo después del bautizo. Volví hace solo unos días, y tomé otro vuelo para venir aquí esta noche, a la subasta benéfica, y…
Tuvo que hacer una pausa porque se estaba quedando sin aliento, y estaba pensando a toda prisa qué más podía decir, cuando Pedro se inclinó hacia delante y la interrumpió cuando iba a continuar.
–Paula… Para.
Aturdida, Paula abrió la boca y volvió a cerrarla. Era evidente que no podía engañarlo. Reprimió como pudo las lágrimas. Estaba jugando con ella, riéndose de ella porque sabía lo débil que era, como si siempre lo hubiese sabido. Quería gritarle que la dejara tranquila, que dejase que siguiese con su vida para hacer realidad su sueño de encontrar a alguien a quien amar, de formar una familia, de olvidarle por fin.
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