Un mes más tarde
Hotel Four Seasons, en el centro de San Francisco.
Paula se sentía como un trozo de carne, más de lo habitual, pero hizo de tripas corazón y esbozó una sonrisa profesional mientras la puja continuaba. El incesante parloteo del conocido actor de cine que estaba dirigiendo la subasta la estaba poniendo nerviosa. A pesar de tener años de experiencia como modelo, se sentía tremendamente incómoda con todas las miradas fijas en ella.
–Veinticinco mil. Veinticinco mil dólares ofrece este caballero sentado aquí delante –estaba diciendo el actor en ese momento–. ¿Alguna puja más alta?
Paula contuvo el aliento al ver la sonrisa repulsiva del hombre al que iluminó el foco: Jorge Stephanides, un conocido magnate griego, dueño de una compañía naviera. Era bajo, calvo, gordo y viejo, y sus ojos ratoniles la devoraban. Solo le faltaba relamerse los labios. Por un instante, se sintió horriblemente vulnerable y sola, allí de pie bajo los focos, y un escalofrío la recorrió. Si no pujaba alguien más…
–¡Ah! Parece que tenemos a otro caballero interesado al fondo, y ofrece nada menos que treinta mil dólares.
Un profundo alivio inundó a Paula, que guiñó los ojos para intentar ver, a pesar de que las luces la deslumbraban, a quien fuera que acababa de subir la puja. Parecía que los técnicos de iluminación también estaban intentando encontrarlo. El haz de luz del foco móvil iba de un hombre a otro entre el público, pero todos se reían y agitaban la mano para dar a entender que no había sido ninguno de ellos. Parecía que el nuevo postor estaba decidido a permanecer en el anonimato. Bueno, fuera quien fuera no podría ser peor que tener que ser besada, delante de toda esa gente, por Jorge Stephanides.
–¡Vaya!, y ahora el seños Stephanides ofrece cuarenta y cinco mil dólares… ¡Las cosas se están poniendo interesantes! Vamos, amigos, veamos si hay alguien más dispuesto a rascarse un poco más el bolsillo. No pueden dejar pasar la oportunidad de besar a una señorita tan encantadora y a la vez donar para una causa benéfica tan noble.
A Paula volvió a darle un vuelco el estómago ante la determinación del magnate griego, pero el actor vió movimiento al fondo, entre las sombras.
–¡Cincuenta mil dólares ofrece nuestro postor misterioso! Señor, ¿Por qué no viene usted aquí delante para que podamos verle?
Nadie se movió y, sin saber por qué, a Paula se le erizó el vello de la nuca. El rostro de Stephanides, que se había vuelto para intentar ver a su oponente, se contrajo en una mueca casi cómica de indignación. Luego, cuando un hombre se acercó por el pasillo y se inclinó para susurrarle algo al oído, su rostro se ensombreció. Era evidente que acababan de ponerle al corriente de la identidad del misterioso postor. Stephanides gruñó y volvió a subir la puja. A cien mil dólares. A ella se le cortó el aliento al oír la exorbitante cifra y la sonrisa forzada en sus labios flaqueó. De pronto, la gente empezó a cuchichear al fondo de la sala, y el misterioso postor, con una calma abrumadora, subió la puja a doscientos mil dólares. Parecía que su calvario estaba lejos de terminar.
A Pedro Alfonso no le gustaba ser el centro de atención. De hecho, era la discreción personificada en todos los aspectos de su vida, tanto en lo que se refería a su fortuna, como a su trabajo, y por supuesto a sus asuntos personales. Tenía una hija de diez años, y aunque nunca había llevado la vida de un monje, tampoco exhibía a sus conquistas, cuidadosamente escogidas, en las revistas de papel cuché, como gustaban hacer otros multimillonarios divorciados. Y ninguna de las mujeres que habían pasado por su cama había ido por ahí contando sus intimidades. Compraba generosamente su silencio para que no se sintieran tentadas de traicionar su confianza, siempre las dejaba antes de que las cosas se complicasen, y se aseguraba de que su vida privada siguiese siéndolo. Precisamente por eso ninguna de esas mujeres había conocido a su hija, Catalina, porque no tenía intención de volver a casarse. Presentárselas a Cata sería darles unas confianzas que reservaba solo para su familia. Y, sin embargo, allí estaba, pujando en una subasta benéfica por un beso de Paula Chaves, una de las modelos con más caché del mundo. Era la primera vez en mucho tiempo que había decidido mandar a paseo la discreción. Deseaba a aquella mujer como jamás había deseado a ninguna, y aunque aquel deseo había estado forjándose durante años, solo en ese momento se había permitido reconocerlo y creer que podría saciarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario