martes, 4 de noviembre de 2025

Inevitable: Capítulo 46

¿La quería? No, no. Ya se habían dicho todo lo que tenían que decirse. No podía ser verdad. Iba a reunirse con Ignacio, se dirían adiós y ella volvería a su vida normal. Pero en un momento, dos palabras habían cambiado todo eso. Aquello era diferente. El amor era diferente. Y en su vida no había sitio para el amor.


—No puedes quererme, Pepe. Nos hemos conocido hace unas semanas. Sólo lo dices porque… Por la situación, por lo que ha pasado.


—No, no es eso.


Aquello no podía estar pasando. No podía quererla. Tenía que ser una bonita despedida, nada más.


—Pepe, no hagas esto… Yo no puedo quererte.


—Lo sé —él dio un paso adelante—. Es complicado, pero eso no cambia mis sentimientos. O que tuviera que decírtelo. 


Algo dentro de ella se rompió. Llevaba tanto tiempo diciéndose a sí misma que nadie volvería a quererla… Pero se había equivocado. Nate la quería. No serviría de nada, claro, pero saberlo la llenaba de una emoción que casi había olvidado.


—¿Qué es lo que quieres?


—Te quiero a tí. No sé cómo vamos a hacerlo, pero no puedo decirte adiós.


—Estás hablando de… De un futuro.


Era tan atractivo, un pilar de fuerza y energía. Era todo lo que una mujer podía desear… Entonces, ¿Por qué estaba tan decidida a correr hacia el otro lado? Porque Pedro tenía que enfrentarse con el riesgo de la muerte cada día, y ella no podría vivir teniendo que soportar eso otra vez.


—Cásate conmigo, Paula Chaves…


—Pepe… Tú sabes que no puedo.


—¿Por qué no?


—Para empezar, porque tengo un negocio y una hija aquí.


—Yo podría vender mi casa y compraríamos otra, más cerca de la playa.


Paula negó con la cabeza.


—Sofía va al colegio aquí.


—También hay colegios en Florida —sonrió Pedro—. O puede seguir estudiando en Edmonton e ir a vernos durante las vacaciones. La mayoría de los adolescentes darían un brazo y una pierna por pasar las vacaciones en Florida.


Paula lo miró asustada. Hablaba en serio. Ella había aprendido a vivir de cierta manera, y ahora… Ahora él le pedía que cambiara todo eso. No, no podía ser. Era una viuda de cuarenta y dos años con una hija adolescente, y Pedro tenía toda la vida por delante. No sería justo para ninguno de los dos.


—¿No quieres tener hijos, Pepe? Yo tengo cuarenta y dos años, y tú… Tú estás en la flor de la vida. Yo ya tengo a Sofía, y no quiero tener más hijos a mi edad.


—¡Ah, claro! Ahora te agarras a eso… —suspiró él—. Pero a mí me da igual la edad que tengas. Nunca me ha importado y lo sabes. Además, no quiero tener hijos. 

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