Paula sabía que estaba soñando, pero no quería despertarse. Era un sueño demasiado maravilloso: Unos labios estaban moviéndose suavemente sobre los suyos, tentadores, como tratando de empujarla a responder a aquel beso. Se dejó llevar, imaginándose que era Pedro quien la besaba. Era tan agradable que se le escapó un suspiro y entreabrió los labios. Le pareció oír un profundo gemido de aprobación, que pareció recorrer todo su cuerpo, haciendo que los pezones se le endurecieran. Cuando la lengua de su amante onírico se insinuó dentro de su boca para explorarla, sonrió, e hizo una atrevida incursión con la suya, enroscándola sensualmente con la de él mientras se arqueaba, pidiendo más. En medio del sueño recordó que estaba en Madrid, en casa de Pedro, esperando a que volviera de Nueva York, y como si esos pensamientos la devolvieran al mundo de la consciencia, de pronto se dió cuenta de que no estaba soñando, de que lo que estaba pasando era real. Abrió los ojos, con el corazón desbocado y la respiración agitada. Los ojos azules de Pedro estaban mirándola. Despegó sus labios de los de ella y levantó la cabeza. Paula, que tenía las manos en sus hombros, intentó apartarlo, aunque sin éxito.
–¿Qué crees que estás haciendo? –lo increpó furiosa.
Volvió a empujarlo, pero Pedro era como una roca. Sus labios se curvaron en una sonrisa petulante.
–Despertarte con un beso.
A Paula le ardían las mejillas.
–El que estuviera dormida no te da derecho a aprovecharte de mí.
Pedro la miró divertido.
–Paula, te aseguro que no… –le dijo incorporándose, pero de pronto dió un respingo, como un gato escaldado, y su rostro se contrajo de dolor–. ¿Qué diablos…? –masculló bajando la vista a algo que sostenía en su mano izquierda.
Paula bajó la vista también, y, al ver lo que era, no pudo evitar sonreír con malévola satisfacción. Para que aprendiera…, se dijo. Se incorporó también y le quitó de la mano el objeto en cuestión.
–Es una aguja de hacer punto –le señaló el suelo, donde yacía un ovillo de lana y la labor que había estado haciendo antes de que llegara. Debía de habérsele caído del regazo al quedarse dormida–. Estoy tejiéndole una rebequita a Martina, para dársela a Luciana y a Daniel como regalo de Navidad.
Pedro no parecía estar escuchándola; estaba mirando hacia abajo y tenía la mano derecha en el costado. Paula bajó la vista, y se dio cuenta de que tenía un pequeño desgarrón en la camisa y una mancha oscura.
–Pedro… Estás sangrando…
Él apretó los labios.
–Me la he clavado.
Presa del pánico, Paula le abrió la parte de abajo de la camisa de un tirón que hizo que saltaran un par de botones. La herida era solo una pequeña punción, pero seguía saliendo sangre, y al alzar la vista vió que Pedro se había puesto pálido. Demasiado asustada como para burlarse de él por su aversión a la sangre, fue al cuarto de baño a por el botiquín de primeros auxilios.
–No sabes cómo lo siento, Pedro… No me había acordado de que la aguja estaba ahí –murmuró cuando volvió a sentarse a su lado, mientras le desabrochaba el resto de la camisa.
Se notaba temblando por dentro del susto. Él se limitó a contestar con un gruñido, y Paula se puso a curarle la herida. Mientras se la limpiaba con algodón humedecido en alcohol, lo miró a hurtadillas y vió que le había vuelto el color, y que sus ojos brillaban divertidos.
–O sea que… ¿Haces punto? –le preguntó enarcando una ceja, como con incredulidad.
Ella esbozó una sonrisa.
–No es más que un entretenimiento, algo con lo que pasar el tiempo mientras espero mi turno cuando participo en un desfile, o cosas así.
–Ya. Porque leer un libro sería demasiado aburrido, supongo – la picó él.
Paula sonrió de nuevo.
–No podría hacer eso –bromeó–. Sería tirar por tierra el estereotipo de que las modelos tenemos la cabeza hueca.
Los dos cruzaron una mirada divertida, y de pronto Paula fue consciente de que Pedro estaba recostado en el sofá, con la camisa abierta y ese impresionante torso al descubierto. Distraída por esos pensamientos, apretó más de lo que pretendía el algodón, y él contrajo el rostro.
–Perdona –murmuró, levantando el algodón para ver si la herida había parado de sangrar.
Para su alivio, así era, y no parecía que la aguja hubiese llegado muy adentro. Y ya que su preocupación se había disipado, en lo único en lo que podía pensar en ese momento era en que estaba de pie entre las piernas abiertas de Pedro, e inclinada sobre su torso desnudo.
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