Aquellas palabras aplastaron la poca dignidad que le quedaba a Paula, que alzó la vista hacia él y mirándolo suplicante le pidió:
–Por favor, Pedro, apártate.
Él sacudió la cabeza.
–Te acompañaré a tu habitación. Yo también me alojo en este hotel.
Paula no se esperaba eso.
–Puedo ir yo sola; no necesito que me acompañes.
La voz de él se tornó dura como el acero.
–Te acompañaré –insistió–. ¿O vas a obligarme a que te saque de aquí en volandas y monte un espectáculo? –añadió enarcando una ceja.
Paula no dudó ni por un instante de que sería capaz de hacerlo. A Pedro nunca le había importado un comino lo que pudiera pensar la gente.
–No será necesario –masculló–. Puedes acompañarme a mi habitación, si insistes.
Por fin, Pedro se hizo a un lado para dejarla pasar, y, mientras él pagaba, Paula se dirigió a la salida del bar, tan tensa como la cuerda de un arco. Se reunió poco después con ella, que se había quedado esperándolo fuera, junto al ascensor. Cuando entraron en él y las puertas se cerraron, ella sintió como si el espacio se contrajera. Apretó el botón de su planta, y al ver que él no hacía lo mismo, lo miró irritada.
–¿A qué planta vas tú?
Pedro bajó la vista hacia Paula, que estaba mirándolo con el ceño fruncido. Era preciosa, toda fuego y lava bajo aquella fachada de mujer de hielo. Sus ojos relampagueaban, sus mejillas estaban sonrosadas, y su pecho subía y bajaba. Era evidente que estaba enfadada; muy enfadada. Él también lo estaba. Paula se le estaba resistiendo, y él era incapaz de pensar con claridad. Lo único que quería era parar el ascensor, rodearla con sus brazos y devorar su dulce boca. El beso que había conseguido gracias a la subasta había sido demasiado casto y demasiado breve. Pero no podía dejarse llevar por los impulsos. Tenía que ir despacio, con cuidado, o perdería para siempre la oportunidad de satisfacer su deseo. Paula se volvió y se cruzó de brazos, ofreciéndole sin querer una vista aún más tentadora de su escote. Estaba lanzándole un mensaje desesperado en silencio: «¡Aléjate de mí!». Por eso, mientras el ascensor subía, con una lentitud insoportable, eso fue exactamente lo que hizo: apartarse de ella. Se apoyó en la pared, y, cuando ella lo miró suspicaz, se metió las manos en los bolsillos, alzó la vista hacia el techo, y se puso a silbar.
Finalmente, el ascensor se detuvo, y Paula prácticamente salió corriendo cuando se abrió la puerta. Sacó del bolso la llave de su habitación mientras avanzaba por el pasillo, segura de que Pedro iba detrás de ella. Esa noche se había dado cuenta de hasta qué punto podía ser implacable cuando quería algo, y aunque eso la intimidaba, también lo encontraba excitante. Llegó a la puerta y metió la llave en la cerradura con dedos temblorosos. Si pensaba que iba a invitarlo a pasar, estaba muy equivocado, se dijo, pero, cuando abrió la puerta y se giró, se encontró con que el pasillo estaba vacío. Por un instante tuvo la impresión, aterradora e irreal, de que todo lo que había ocurrido esa noche había sido producto de su imaginación. Pero entonces lo vió. Estaba apoyado en la puerta abierta del ascensor con aire despreocupado, mientras la bloqueaba con el pie para que no se cerrara.
–Buenas noches, Paula –le dijo con una breve inclinación de cabeza–. Me ha alegrado volver a verte. Que tengas dulces sueños.
Y dicho eso, se metió en el ascensor y la puerta se cerró. Paula se quedó boquiabierta, y su ira se desvaneció, dejándola desinflada como un globo. Entró en la habitación, cerró la puerta tras de sí, y se quedó con la espalda apoyada contra ella, en la oscuridad, durante un buen rato. El corazón le palpitaba deprisa y sentía un cosquilleo en la piel. Pero peor que eso era el deseo que la atormentaba, como una vieja herida que se hubiese vuelto a abrir. Maldito Pedro… Estaba jugando con ella, y se negaba a creer que fuese a alejarse de ella así, sin más, igual que ella no le habría dejado pasar a su habitación. Le había hecho daño en el pasado, y durante mucho tiempo había intentado hacerse creer a sí misma que no sentía nada por él, y no solo le había ocultado sus sentimientos a él, sino también a Luciana. No, tenía la sensación de que Pedro no iba a darse por vencido así como así, y ella cometería el peor error de su vida si dejara que la sedujese. Porque, si aún le quedaba algo de dignidad, era porque aquella noche, diez años atrás, no había llegado a acostarse con él.
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