Pedro se había sonrojado, y había bajado la vista a su vaso antes de volver a mirarlo.
–Quiero muchísimo a Luciana; es como una hermana para mí y haría cualquier cosa por ella.
Él, que ya había apurado su vaso de whisky y lo había dejado a un lado, le había sonreído, y se habían quedado mirándose a los ojos, como hipnotizados. El aire parecía haberse cargado de electricidad; casi se palpaba la fuerte tensión sexual que había entre ellos. Pedro intentó negarlo, recobrar la cordura, pero el fuego le daba un brillo especial a la tersa piel de Paula, y no podía apartar la mirada de su curvilínea figura.
–Lo sé, y creo que tú sabes que yo siempre te he considerado también como una hermana –le había dicho con voz ronca.
Sabía que debía mantener las distancias con ella, pero lo único que quería hacer en ese momento era besarla hasta olvidarse de todo lo demás. Paula depositó con cuidado su vaso en la repisa de la estantería que tenía más cerca, y se acercó a él con los ojos brillantes.
–Pues yo no te veo como un hermano, y no quiero que tú me veas como una hermana.
Su excitación se disparó como un cohete. No podía creerse que Paula estuviera ahí de pie, frente a él, seduciéndolo. Ella dió un paso más hacia él, tomó su rostro entre ambas manos, se puso de puntillas, y apretó sus labios contra los suyos. Él le puso las manos en la cintura para apartarla, pero al sentir sus blandos senos aplastarse contra su pecho supo que era una batalla perdida. Nunca antes el deseo se había apoderado así de él, y aunque no comprendía lo que estaba pasando, se dejó llevar, haciendo el beso más profundo y saboreándola con la lengua. En cuestión de segundos la temperatura había subido varios grados en la biblioteca, y, si en ese momento ella no lo hubiese mirado nerviosa cuando empezó a levantarle el vestido, la noche habría acabado de un modo muy diferente a como acabó. Fue el ver esa expresión titubeante en sus ojos lo que le devolvió la cordura, lo que le hizo comprender que aún era virgen, y por eso la había rechazado.
Pedro volvió al presente. Le sorprendía lo vívidos que eran esos recuerdos a pesar de que habían pasado ya diez años. Si alguien le hubiese preguntado por su última noche de pasión, no habría sido capaz de recordarla con tanta claridad. Se apartó del ventanal y optó por hacer lo único que podría asegurarle que lograría dormir un mínimo de horas esa noche: Se dió una ducha fría y se juró que muy pronto tendría a Paula en su cama. Y, cuando eso hubiese ocurrido, aquellos recuerdos provocadores volverían donde debían estar: En el pasado.
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