El día siguiente, a mediodía, Paula esperaba sentada a Pedro en el vestíbulo del hotel, hecha un manojo de nervios. Ya se había despedido de los miembros del equipo que habían trabajado con ella en la sesión de fotos. Todos tomaban un avión que salía esa misma mañana para Londres, donde les esperaba su próximo encargo. De pronto, como si hubiese tirado de ella un hilo invisible, levantó la cabeza y vió la silueta de Pedro en la puerta del hotel. Era una figura enorme, imponente. Se puso en pie torpemente mientras avanzaba hacia ella con aire orgulloso, seguro de sí mismo. Iba vestido con unos pantalones negros y una camisa blanca con el cuello abierto. Ella había dudado hasta el último minuto qué ponerse. Al final se había decidido por un sencillo vestido camisero de color azul oscuro, complementado con un pañuelo rojo anudado al cuello, y se había recogido el cabello en una coleta, para no dar la impresión de que tenía ningún interés por parecer atractiva. Al llegar junto a ella, él la tomó de ambas manos y se inclinó para besarla en las mejillas. El olor de su colonia la envolvió, y Paula sintió un cosquilleo en el vientre, el mismo que le quedó en las palmas de las manos cuando Pedro se las soltó.
–¿Dónde están tus maletas? –le preguntó, mirando a su alrededor.
Paula se esforzó por parecer calmada y distante.
–Solo tengo una; se la he dejado al conserje. Le he dicho que me pida un taxi para que me lleve luego al aeropuerto.
Pedro sacudió la cabeza y la tomó del codo para llevarla hasta la mesa de recepción.
–Eso no será necesario.
Desconcertada, Paula lo oyó dar órdenes al conserje para que no le pidiera ese taxi y fuera a por su maleta. Mientras el hombre iba a buscarla, Paula se giró furiosa hacia Pedro.
–¿Qué crees que estás haciendo?
Él se apoyó en la mesa de recepción con aire indiferente.
–Yo también tengo que tomar un vuelo esta tarde; puedo llevarte yo. Así podremos pasar más tiempo juntos.
De pronto, Paula se dió cuenta de algo. Se cruzó de brazos y lo miró suspicaz.
–¿Y Cata?, ¿Dónde está?
El conserje regresó con la maleta. Pedro le dió las gracias y la tomó, para luego asir de nuevo por el brazo a Paula, a quien no le quedó más remedio que seguirle.
–Aún no has contestado a mi pregunta –le recordó Paula ya fuera del edificio, mientras la llevaba hacia un todoterreno.
Al llegar al vehículo, Pedro la soltó para abrirle la puerta y se volvió hacia ella.
–Cata está en casa. Almorzaremos allí –respondió, en un tono que no admitía discusión.
A Paula le molestaba su comportamiento de macho dominante, y esa sensación de estar acorralada, pero subió al todoterreno y él, después de meter su equipaje en el maletero, se puso al volante y se alejaron de allí. No tardaron mucho en llegar a la casa de Pedro, en el barrio de Salamanca, uno de los más antiguos de la ciudad, con exclusivas tiendas y lujosas viviendas y hoteles. Él vivía cerca de un parque encantador, en un chalé de la calle Serrano, rodeado por una verja de hierro forjado. Durante el trayecto, había ido mirándolo todo impresionada. Madrid era una de sus ciudades favoritas; siempre lo había sido. Adoraba su historia, su energía, su cultura de cafés, y podía pasarse días enteros paseando por sus calles, perdiéndose por sus museos y sus galerías de arte. Incluso en ese momento, bien entrado el otoño, se veía a gente paseando al sol. Pedro dejó pasar a una mujer con un carrito de bebé y ella tuvo una visión repentina de lo que podría ser vivir allí, llevar esa vida, ser esa mujer. Le echó una mirada a Pedro mientras cruzaban las altas puertas de la entrada. Él jamás formaría parte de un sueño así. Luciana le había dicho que hacía mucho tiempo había dejado claro que no tenía el menor deseo de volver a casarse, y que, aunque nunca había querido tener niños, con Catalina ya había cubierto cualquier necesidad que hubiera podido sentir de ser padre.
–Bueno, pues ya estamos aquí –anunció.
Paula alzó la vista. La casa, rodeada de árboles y del cálido color de la arenisca, tenía una majestuosidad decadente, con sus contraventanas de madera y las jardineras de hierro forjado de los balcones, de las que asomaban flores de brillantes colores. Era una casa preciosa.
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