martes, 25 de noviembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 13

Cuando le preguntó a su padre, con una vocecita educada, si podía levantarse de la mesa, Pedro frunció el ceño y le espetó:


–Apenas le has dicho dos palabras a Paula.


Paula sonrió a la pequeña y salió en su defensa.


–No pasa nada. Por mí puede irse si quiere. Recuerdo lo aburrido que era para mí, cuando tenía su edad, tener que escuchar las conversaciones de los mayores.


Catalina se levantó como impulsada por un resorte, arrastrando la silla, y salió corriendo. Pedro hizo ademán de ir tras ella, pero Paula lo retuvo, asiéndolo por el brazo.


–De verdad que no importa, Pedro; déjala.


Él volvió a sentarse y suspiró pesadamente.


–Cuando dejamos la casa que teníamos en las afueras y nos mudamos aquí, la matriculé en otro colegio –le explicó–. El cambio no le está resultando fácil, y ahora mismo me considera el enemigo público número uno.


Paula volvió a pensar en Estefanía, la ex de Pedro. Luciana nunca le había hablado de los motivos por los que había terminado su matrimonio. Claro que el divorcio de Pedro y el nacimiento de Catalina habían coincidido con una época muy difícil en la vida de Luciana, y lógicamente ella, como amiga, se había centrado en estar a su lado y tampoco había querido entrometerse. De pronto se abrió la puerta del comedor y entró una mujer de mediana edad con el rostro pálido y las facciones tensas. Parecía como si hubiera estado llorando. Al verla, Pedro se puso de pie.


–Ah, Viviana… Ésta es Paula, una vieja amiga –dijo–. Paula, ella es Viviana, la niñera de Catalina.


Paula se levantó y le tendió la mano. La mujer se acercó para estrechársela, y acertó a esbozar apenas una sonrisa trémula. Pedro pareció darse cuenta por fin de la agitación de la mujer.


–¿Qué ocurre, Viviana? ¿Le pasa algo a Cata?


La niñera sacudió la cabeza y los ojos se le llenaron de lágrimas.


–No, no es Catalina; es mi hijo. Ha tenido un accidente y lo han llevado al hospital. Lo siento mucho, señor Alfonso, pero tengo que ir allí; necesito estar con él.


Paula rodeó con el brazo los hombros de la mujer, y Pedro se apresuró a tranquilizarla.


–Faltaría más; le diré a Juan que te lleve. No te preocupes por nada, Viviana; yo me ocuparé de todo.


Paula la ayudó a preparar una maleta mientras Pedro iba en busca del chófer, y una media hora después estaban fuera, en la escalinata de la entrada, viendo como se alejaba el Mercedes conducido por el chófer con Viviana en el asiento de atrás. Pedro se pasó una mano por el cabello y suspiró.


–Lo siento –le dijo a Paula–. Te invité a un almuerzo tranquilo y al final…


Paula encogió un hombro.


–No importa; estas cosas no se pueden prever.


De pronto, el rostro de Pedro se ensombreció, y él maldijo entre dientes.


–¿Qué pasa? –inquirió ella.


–Que acabo de acordarme de que esta tarde, a última hora, tengo que estar en Dublín, para la asamblea general del comité que lleva el programa de asistencia social de Luciana. Le prometí que asistiría a las reuniones del comité en su lugar durante el tiempo que tenga que darle el pecho a Martina. Pero no puedo dejar a Catalina sola.


–Ah…


La reacción instintiva de Paula habría sido preguntarle si podía ayudar de alguna manera, pero ella también tenía que tomar un vuelo esa misma noche. Sabía lo importante que era para Luciana ese programa de asistencia social a jóvenes, pero…


–¿Y no podría ocuparse de ella Esmeralda?


Pedro sacudió la cabeza.


–Es mucho mayor de lo que parece. Además, su marido no está muy bien de salud y también tiene que hacerse cargo de él; no puedo pedirle que se haga cargo también de Paula.


–¿Y tu madre?


Sabía por Luciana que la señora Alfonso había vuelto a establecerse en su Madrid natal poco después de que ella se independizara.


–Está en el sur, en casa de mi tía, y se va a quedar allí hasta la primavera.


–Vaya…


–Sí. Y eso no es todo. Mañana se supone que tengo que volar a Nueva York para asistir a otra reunión con un senador, el alcalde y el director de uno de los bancos más importantes de la ciudad. Aunque quisiera, no podría cancelarlo.


A Paula le remordía la conciencia. Debería decir algo; no tenía ningún compromiso de trabajo esperándole a su regreso a Nueva York. Le había dicho a su agente, Jimena Harriday, que quería bajar el ritmo que llevaba y empezar a aceptar menos trabajos, pero Jimena, con la aspereza que la caracterizaba, le había dicho que no podía ser tan blandengue, y que lo único que le hacía falta era tomarse unas vacaciones. Así que, por primera vez en mucho tiempo, tenía por delante varias semanas en las que no tenía en su agenda… Absolutamente nada.


–Bueno –comenzó a decirle a Pedro–, la verdad es que yo no tengo nada que hacer durante las próximas… –se quedó callada. Mejor no darle demasiada información–. En fin, que ahora mismo estoy libre. Podría quedarme aquí y cuidar de Cata… Si te parece bien.

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