martes, 26 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 28

 —¿Lo ha visto? ¿Por qué? —preguntó Vanina, tomándose uno de los pequeños pretzels que había preparado su amiga Nancy.


—En nuestra primera cita, yo había ido a recoger las cosas de mis padres a casa de mi madrastra. Estaba ahí y me lo puse.


A Paula se le había pasado hacía mucho el enfado porque le hubieran mentido acerca de que estaban casados cuando había salido del coma.


—Me encanta esto. Entonces, ¿Tenían citas a mis espaldas?


Elle se sonrojó.


—Sí. Yo estaba intentando ser profesional y ayudarte a recuperar los recuerdos.


Paula le dió un abrazo a su amiga.


—Sí, ya lo sé, pero también había algo entre ustedes. Algo que yo ví antes de que ustedes se dieran cuenta.


—Bueno, pues me alegro de que lo vieras —dijo Melisa, devolviéndole el abrazo—. Pero ya está bien de hablar de mí. ¿Qué pasa con Pedro y contigo?


Paula se ruborizó al instante, al acordarse de cómo había sido hacer el amor con él en su sofá. Desde entonces, se sentía diferente. Despierta, pero de un modo distinto al de antes.


—Vaya… ¿Tan bueno? —le preguntó Vanina, con una sonrisa—. Los he visto pasar por delante de la tienda en coche hoy.


—Sí, me llevó a dar una clase de conducir.


—¿Eso es todo? —bromeó Vanina—. Te estás ruborizando demasiado para ser alguien que solo ha aprendido a meter las marchas.


—No, no solo ha sido conducir —dijo ella—. Creo que me estoy enamorando de él.


—¿De verdad? —le preguntó Melisa, abriendo los ojos.


Paula percibió un tono de preocupación en la voz de su amiga.


—¿Por qué? ¿Es demasiado pronto?


—Las emociones no tienen reloj —dijo Vanina. 


—Pero la atracción física no es lo mismo que enamorarse —dijo Melisa—. ¿Es solo lujuria, Paula? No estás tomando la píldora…


—Melisa, sé mi hermana, no mi doctora —le pidió Paula—. Y, sí, es lujuria, pero es mucho más. Él me ve como soy ahora, no como a alguien que ha estado diez años en coma, como Gonzalo, Rodrigo y ustedes dos. O como la rara de la chica Chaves, que es lo que dicen en el pueblo. Y, a través de sus ojos, estoy empezando a ver quién quiero ser.


—Lo siento, Pau, solo estaba intentando cuidar de tí. Me alegro de que él te vea así. Pero cerciórate de que sigues siendo Paula, y no la versión que Pedro haga de Paula —murmuró Melisa.


Paula sonrió. Sabía que sus amigas solo querían lo mejor para ella.


—Lo tendré en cuenta —dijo. Después, se giró hacia Vanina—. ¿Cómo está Rodrigo?


Vanina se mordió el labio y puso los ojos en blanco.


—Tan divo como siempre. Desde que decidió compartir estudio y lo construyó aquí en Chaves Corners, he estado viendo otra faceta de este hombre.


Paula dejó que la conversación fluyera suavemente a su alrededor, mientras sus amigas hablaban de su hermano y su primo, dos hombres que habían tenido tanta importancia en su vida. Sin embargo, solo estaba escuchando a medias. Sabía que Melisa era muy protectora, como Gonzalo, pero le había creado ciertas preocupaciones. Llevaba luchando por encontrarse a sí misma desde que había despertado del coma, e irse a vivir sola había sido el primer paso. Si el acompañante que había contratado para que la ayudara con su vida hubiera aparecido… ¿Habría conocido a Pedro? ¿Se habría convertido en lo que él quería con tal de no estar sola? Esperaba que no, pero ¿Cómo podía saberlo con certeza? Siguieron charlando un poco más y, al cabo de unos minutos, les llegó una notificación automática de la Cámara de Comercio de Chaves Corners en la que se daban las pistas para llegar al bar clandestino de aquella noche. Sería una fiesta gótica porque Halloween estaba a la vuelta de la esquina, e iba a tocar una banda tributo a My Chemical Romance, que era uno de sus grupos favoritos. Le envió un mensaje a Pedro para recordarle que habían quedado para aquella noche. Él respondió diciendo que estaba impaciente.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 27

Estaba empezando a pensar que tendría que confesarles la verdad a Gonzalo y a ella. Gonzalo era el único que podía darle las respuestas que necesitaba. Estuvo trabajando durante el resto del día y llegó a casa de su tía casi a las ocho de la tarde. Tomó una cerveza de la nevera y fue directamente a la biblioteca, donde ella guardaba los diarios y registros de su padre. Se sentó en el gran escritorio de madera, que estaba en una esquina de la estancia, y comenzó a abrir los archivos. Sacó algunos diarios y cuadernos, además de gran cantidad de registros comerciales. Al hojear las páginas, encontró algunas escritas a mano por Javier. Pasó la mano por la escritura. Tenía tantas preguntas para él… 


Recordó que los dos jugaban juntos en Chaves Corners, los sábados, en la fábrica, mientras su padre estaba trabajando. Subían y bajaban las escaleras del despacho de su padre. Sonrió al recordar a su padre poniéndoles los brazos sobre los hombros y diciéndoles que, algún día, ellos dirigirían aquella fábrica. Eran buenos tiempos, antes de que su madre enfermara y muriera, antes de que Javier se hubiera marchado a la universidad y su padre hubiera empezado a beber. Se frotó la nuca, sin saber con certeza si quería seguir indagando. Entonces, vió el logotipo de Chaves International en una de las cartas. La sacó de la pila y vió que estaba dirigida a su padre y a su hermano. "Queridos Horacio y Javier: Lamento empezar con malas noticias, pero la fábrica de Chaves Corners ya no es viable. Llevamos muchos meses perdiendo dinero allí y muchos de los trabajadores de la zona, de los que dependíamos, están marchándose del pueblo. Hemos tomado la decisión de cerrar la fábrica el treinta y uno de diciembre. Los puestos que se les ofrecieron para comprar una participación mayoritaria de la empresa ya no son una opción, por lo que me gustaría ofrecerles nuevos puestos en nuestras oficinas de Boston. Sus salarios tendrán un incremento del quince por ciento y nosotros cubriremos todos los gastos del traslado. Sé que estas no son las noticias que esperaban, pero me parece que será una buena oportunidad para los dos. Espero verlos en la gala de invierno. Atentamente, Alfredo Chaves" Dejó caer la carta a la mesa, se apoyó en el respaldo de la silla y entrelazó los dedos detrás de la cabeza. Se quedó mirando fijamente al techo mientras se preguntaba qué demonios era aquello. ¿Lo sabía su tía Liliana? Supuso que no, puesto que ella era quien lo había alentado a vengarse de los Chaves. Pero su padre sí lo sabía. ¿Por qué no lo había mencionado nunca? La carta demostraba que su padre y su hermano sabían que no iban a dirigir la fábrica, pero, aun así, iban a tener trabajo y su familia no se iba a quedar en la ruina, como le habían hecho creer a él. ¿Qué más cosas había ocultado su padre?




Paula se estaba divirtiendo, bebiendo un vino blanco, sentada en uno de los rincones de Vanina's Treasures. Elle se estaba preparando para su boda con Gonzalo, así que les había estado enseñando fotografías de posibles vestidos de novia. Tenía el velo de su madre e iba a utilizarlo.


—Aunque Gonzalo ya lo ha visto —dijo Melisa. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 26

 —Vaya, no lo había pensado de ese modo. Solo veía las cosas que no podía hacer o que no sabía. Pero, contigo, parece que eso no importa, Pedro.


Ella le puso la mano en la mandíbula y sonrió. Aquella sonrisa fue directamente a una parte de su alma que había muerto la misma noche que su hermano, o eso pensaba él. Sentía cariño, y eso le asustaba. Al ir allí con la idea de utilizar a Paula para vengarse, había empezado una cosa que tenía algo de maldad; o, quizá, la verdadera maldad había empezado la noche del accidente en el que había muerto Javier y a causa del cual Paula había quedado en coma. Él no sabía lo que significaba, pero sí sabía que acabar con la familia Chaves ya no era lo más importante. Lo más importante estaba empezando a ser aquella mujer. Sin embargo, uno de los Chaves había perjudicado terriblemente a su familia en el pasado y, si él se equivocaba en aquello, volvería a suceder. Paula iba a salir por la noche con Vanina y Melisa, las prometidas de Rodrigo y Gonzalo, así que Pedro la dejó en la librería de Vanina. Estaba hecho un lío. Normalmente tenía mucha facilidad para concentrarse, pero, en aquel momento, no. Volvió a Boston con una misión: averiguar qué había ocurrido exactamente la noche del baile. ¿Javier había agredido a Paula? ¿O lo había hecho otro hombre? Sabía que ella no había mentido sobre lo sucedido. Siempre había sido sincera con él y, además, no iba a ganar nada mintiendo, puesto que no sabía que él era familia de Javier. Mientras iba conduciendo, llamó a su tía Liiana.


—Hola, Pedro. ¿Qué ocurre?


—¿Tú sabes si Javier fue al baile de invierno con Paula Chaves? — le preguntó él.


—Creo que sí. ¿Por qué lo preguntas?


—Bueno, ella recuerda que su acompañante la agredió y estuvo a punto de violarla. ¿Crees que pudo ser Javier?


Hubo un silencio y, después, él oyó que su tía exhalaba un suspiro.


—Espero que no.


Eso no era una negativa.


—¿Era violento con las mujeres?


—Que yo sepa, no. Pero tu padre y él estaban furiosos por el cierre de la fábrica, tanto, que tu padre decidió que no iba a ir a la fiesta y yo lo invité a que viniera aquí esa noche. Pero no sé si fue Javier quien agredió a la chica. Tu padre nunca me dijo nada de eso, pero ya sabes cómo se quedó después del accidente. 


Nada de aquello era información nueva. Solo había una persona que podría responder aquella pregunta, y era su difunto hermano.


—¿Vas a estar en casa esta noche? —le preguntó Pedro a su tía—. Quiero mirar algunos documentos antiguos de papá.


—Voy a jugar al bridge con mis amigas, pero le diré a la asistenta que te abra. Pedro, ¿Crees que los Chaves se han inventado esa historia sobre Javier para sentirse mejor por haber provocado el accidente en el que murió?


Él no sabía qué pensar.


—No estoy seguro. Solo quiero saber si entre las pertenencias de papá hay algo que se me ha escapado.


—Tiene sentido. Espero… Bueno, espero que Javier no le hiciera eso a esa chica.


—Yo, también.


Se despidió de su tía y colgó. No estaba seguro de si iba a saber alguna vez lo que había ocurrido aquella noche, pero necesitaba más información. Paula se merecía que él le dijera la verdad. No podía decirle algo como «Ese tipo que te agredió era mi hermano, siento no habértelo dicho antes». Tenía que saber lo que había pasado para no hacerle daño. Ella se disgustaría mucho al enterarse de que él le había… Mentido, y quería minimizar su trauma. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 25

Pero, entonces, Pedro volvió enseguida. Él se había quitado la camisa y, mientras se bajaba el pantalón y se colocaba el preservativo, no dejó de mirarla.


—Eres la mujer más preciosa que he visto en mi vida.


Ver a Paula desnuda en su sofá le ponía muy difícil poder pensar en otra cosa que no fuese estar dentro de su cuerpo. La trenza rubia le caía por el hombro hasta los pechos. Tenía algunas cicatrices descoloridas en las rodillas y, en la cadera izquierda, una cicatriz más grande y abultada. Aquella herida debía de haber sido grave. También había notado que tenía una cicatriz en la parte trasera de la cabeza al besarla. Al haberla sentido tan viva entre sus brazos hacía pocos momentos, sintió un enorme agradecimiento por el hecho de que estuviese allí en aquel momento. Pero aquellas emociones no eran fáciles de procesar en aquel momento. Paula estaba desnuda en su sofá, esperándolo. Ella le había dado a entender que era virgen, y él no sabía si era necesario que hiciese algo diferente… Quería que aquella primera vez fuera muy emocionante para ella, algo que no olvidara nunca. Sin embargo, al ver que ella abría los brazos hacia él, supo que estaba dándole demasiadas vueltas a la cabeza. Sabía que tenía que resolver algunas cosas, pero eso podía esperar. En aquel momento solo quería sentirse envuelto entre los brazos suaves de Paula y olvidarse de todo lo demás. Se acercó al sofá y, con cuidado, se tendió sobre ella. Sus pezones eran dos pinchos diminutos contra su torso. Él posó el sexo entre sus muslos y apoyó el peso del cuerpo en las rodillas y los brazos. Ella empezó a acariciarle la espalda y él se estremeció cuando tomó sus nalgas para estrecharlo contra su cuerpo. Arqueó la espalda y separó los muslos, y se frotó contra la dureza de su erección. Él dió un gruñido. Necesitaba entrar en ella.  Cuando movió las caderas, ella lo miró a los ojos.


—¿Va a doler?


—No lo sé —respondió él—. Nunca había sido el primero para nadie.


Ella se estremeció ligeramente. Subió las piernas y le rodeó la cintura.


—Me alegro.


—Yo, también.


Él la besó con lentitud para aumentar el deseo y la pasión, de modo que, cuando penetrara en su cuerpo, Paula sintiera más placer que dolor. Entonces, se hundió en ella profundamente y oyó que jadeaba. Paula lo apretó contra sí con los pies. Él empezó a moverse hacia atrás y hacia delante, entrando y saliendo de su cuerpo, y ella gimió. Entonces, él ya no pudo pensar en nada más, solo pudo sentir el cuerpo de Paula. Ella se retorció bajo él y emitió ruidos de pasión que lo excitaron más y más hasta llevarlo al clímax. Pero no habían terminado todavía: Pedro siguió embistiéndola hasta que notó su sexo contrayéndose a su alrededor y supo que ella también había llegado al orgasmo. Después, apoyó la cabeza en su frente mientras recuperaba el aliento. Ella le acarició la espalda y las piernas mientras se deleitaban, todavía unidos, en aquellos momentos. Al final, él rodó y se tendió de costado. La abrazó para adaptarse a las curvas de su cuerpo y la miró.


—¿Estás bien?


—Mejor que bien —dijo Paula—. No tenía ni idea de que podía sentir esto… No sabes lo frustrada que me he sentido por lo mucho que me costaba aprenderlo todo de nuevo. Pero hoy… Esto me va a ayudar a creer que todo ha merecido la pena.


Él le besó la barbilla.


—Me alegro. Me encanta tu cuerpo. Deberías sentirte orgullosa de la fuerza que has recuperado.


—Lo sé —respondió ella, y arrugó la nariz—. Pero todos los demás…


—No son tú. De lo cual me alegro mucho. Alégrate tú de no ser como los demás. 

jueves, 21 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 24

Él había reformado y modernizado por completo la casa y destacaba entre las demás. Había comprado otras tres y también iba a reformarlas con idea de ofrecer alojamiento asequibles a sus empleados cuando encontrara una parcela lo suficientemente grande como para construir el nuevo centro de trabajo de Alfonso Industries. Abrió la puerta y le indicó a Paula que pasara.


—Hay una alfombra, así que ten cuidado.


—Gracias —dijo ella con una sonrisa. Entró y se detuvo después de que él cerrara la puerta. Se quitó el abrigo y se lo dió, y se miró los pies—. ¿Quieres que me quite los zapatos?


—Como quieras. Tengo un servicio de limpieza y van a venir mañana.


Él abrió el armario de la entrada para colgar los abrigos. Al girarse, vió que ella se había sentado en el banco de madera para quitarse los zapatos y se sentó a su lado para hacer lo mismo, pero ella le puso la mano sobre el muslo y se inclinó hacia él. Le rozó el costado del brazo con un pecho y él notó una descarga de deseo. Sintió su respiración en la mejilla, el olor a sidra de manzana y, después, su mano suave, que le giraba la cara para besarlo. Él la rodeó con un brazo por la cintura y la estrechó contra sí mientras el beso se hacía más profundo. La deseaba más de lo que nunca hubiera deseado nada, salvo la venganza. Y ya no podía pensar en vengarse de Gonzalo Chaves. Lo único que podía ver en aquel momento era a Paula, y aquel beso estaba intensificando toda su necesidad. «Deja de pensar», se dijo. La sentó en su regazo y siguieron besándose, y él tuvo una erección bajo su cadera. Entonces, ella separó las piernas y él le acarició los muslos. Se echó ligeramente hacia atrás para poder mirar su maravilloso rostro. Ella tenía los ojos medio cerrados, los labios abiertos e hinchados por sus besos y las mejillas, sonrosadas. Se estremeció delicadamente entre sus brazos y arqueó la espalda, y él miró sus pechos. Sabía que, si la acariciaba, todo iría más allá de unos besos apasionados.


—No pares ahora —susurró ella, y le puso una de las manos en el pecho.


Y aquellas palabras despertaron en él un deseo tan intenso, que supo que tenía que dominarse para no asustarla. Todavía no sabía lo que iba a hacer para resolver sus emociones contradictorias con respecto a la familia Chaves, pero, con Paula entre sus brazos volviéndolo loco de pasión, se dió cuenta de que ella se estaba convirtiendo en algo mucho más importante que el pasado.



Pasar aquella tarde con Kit había sido divertido, pero Paula sabía que quería más, así que, cuando él se sentó a su lado en el banco, lo besó sin pensarlo. Ya había pasado demasiado tiempo esperando. Y había sido… Vaya. No solo lo que esperaba, sino mucho más. Sentía que todo su cuerpo estaba vivo, más vivo que nunca. Le encantaba sentir su barba incipiente y la suave piel de su cuello bajo las yemas de los dedos, y sus labios eran firmes y sedosos al besarlos. Y al notar el roce de su lengua, sentía los pechos muy llenos y el cuerpo dolorido de deseo. Notaba su erección bajo las caderas, y se dio cuenta de que él cada vez subía más y más por sus muslos. Y supo qué era lo que quería que sucediera después: poder sentir sus caricias en la piel desnuda. Le rodeó los hombros y se aferró a él mientras él recorría su cuerpo. Pedro deslizó una mano por debajo de su blusa y le desabrochó el sujetador. Suavemente, le subió la camisa y le acarició uno de los pechos. Ella, sin poder contenerse, se movió en su regazo y le frotó la erección. Entonces, Pedro bajó la cabeza y tomó el pezón con la boca, y ella notó un arco de electricidad directamente hasta el centro de su cuerpo. Dirigió las caderas hacia su otra mano y sintió que sus dedos empezaban a acariciarla entre las piernas. Mientras, él se daba un festín con sus pechos y la llevaba cada vez más y más alto. Su cuerpo se dirigía hacia algo, hacia un clímax alucinante. Y, cuando terminó, ella tembló en brazos de Pedro. Casi delirando de deseo, hizo que apartara la boca de su pecho y empezó a besarlo, succionándole la lengua mientras su cuerpo se deshacía en espasmos de placer. Entonces, él se levantó y la llevó por el pasillo hacia el salón. La depositó en un sofá grande y se quedó mirándola un segundo. 


—¿Quieres más, o prefieres que pare? —le preguntó, con la voz ronca.


—Más. 


—Bien. ¿Tomas la píldora?


—No…


—Voy a buscar un preservativo. Ahora mismo vuelvo.


Ella se quedó quieta un momento, observando su espalda mientras él se alejaba. Después, se incorporó y se quitó toda la ropa. Por un momento, le preocupó el aspecto de su cuerpo. Tenía cicatrices de las operaciones, aunque no muchas, y no tenía ningún tono muscular.


No Esperaba Enamorarme: Capítulo 23

 —Bueno, a mí tampoco me gustan los mentirosos, pero, algunas veces, es necesario decir alguna mentira piadosa.


—¿Por qué?


—Para no hacer daño a los demás o, algunas veces, porque tú no puedes contar un secreto que pertenece a otro —dijo Pedro.


Ella se dió cuenta de que él había pensado mucho en aquello. ¿Debería preocuparse?


—Si yo te pidiera que me dijeses la verdad, ¿Serías sincero?


Él respiró profundamente y la miró.


—Sí.


—Pues eso es lo importante —dijo ella. 


Sentía confianza en él. Fueron a la tienda, que olía a manzanas y a canela. Tomaron un café y Pedro pidió también donuts de sidra y sidra caliente. Cuando terminaron, él le enseñó a conducir por el estacionamiento. Las piernas no le causaron ningún problema y, aunque solo llegó a los treinta kilómetros por hora, se sintió triunfante cuando estacionó. Miró a Pedro.


—¡Sabía que ibas a poder hacerlo! —exclamó él.


Con una sensación de éxito, ella le tomó la cara con ambas manos y el dió un beso, tal y como había querido hacer desde que había abierto la puerta de casa y lo había visto en el porche. Podía sentir inseguridad sobre muchas cosas de su vida, pero Pedro no era una de ellas. Cuando volvieron a casa de Paula, ella lo invitó a pasar.


—Claro —dijo Pedro—. ¿Hay algo que hacer?


—Siempre. A propósito, ¿Qué tal va tu casa?


—Está bastante bien. Contraté a una empresa para que la reformara por completo antes de mudarme. ¿Quieres verla?


Aquella casa no iba a ser su hogar permanente. Iba a ser su base en Chaves Corners para poder adelantarse a Gonzalo a la hora de comprar propiedades y averiguar qué tramaba la familia Chaves. En aquel momento, eso le revolvía el estómago. Cuanto más se acercaba a Paula y a su familia y cuanto más averiguaba sobre la suya, más le parecía que tomarse la venganza era una exageración. Había dedicado su vida a vengar algo que quizá fuera una mentira de su padre.


—Me encantaría —dijo ella—. Tengo curiosidad por saber más cosas sobre tí.


—¿Qué, por ejemplo? —preguntó él, mientras aparcaba en la entrada y se giraba hacia ella.


—Bueno, cuando hablamos por vídeo, parecía que tienes un sofá muy cómodo. Chaves Manor estaba decorado para impresionar y yo quiero que, ahora, mi casa sea hogareña, pero no sé cómo crear ese ambiente. A lo mejor la tuya me da algunas ideas.


—Es una especie de departamento de soltero. No creo que encuentres la inspiración aquí…


Salió del coche, le abrió la puerta a Paula y le ofreció la mano para ayudarla a bajar.


—Nunca se sabe —respondió ella.


—De hecho, yo estaba pensando en comprar algunas macetas grandes como las que has puesto tú. Para embellecer un poco la entrada. 


No Esperaba Enamorarme: Capítulo 22

Aquel era un día fresco de otoño, pero el frío se le pasó rápidamente al verla. Paula se había puesto una camisa a rayas blancas y negras, una minifalda y unos leotardos también de rayas. Llevaba unos zapatos planos. Estaba preciosa, casi preparada para Halloween, y él se quedó asombrado al ver lo sexy que resultaba con aquel atuendo. No podía evitar sentir deseo por ella, anhelar algo más que una amistad. No importaba que fuera la hermana de su enemigo.


—¿Quieres entrar un segundo? —le preguntó ella.


Sí, por supuesto que quería entrar en su casa. Quería tomarla entre sus brazos y seducirla hasta que se volviera suave y dócil y, después…


—No sé si es buena idea.


—¿Por qué no? —preguntó Paula, mientras tomaba la chaqueta del perchero y se la ponía.


—Porque te deseo, Paula —gruñó él—. Tú me has invitado como amigo y como profesor, y sé que no estás preparada para que yo intente seducirte.


—¡Oh! Bueno, yo también te deseo a tí. No estoy segura de… En realidad, nunca he tenido relaciones sexuales. Bueno, una vez, la noche del baile, me besé con mi acompañante, pero él se comportó de un modo brutal y me rompió el vestido, aunque no llegó a…


—Basta. No tienes que contarme nada de eso —dijo él.


Al oír aquella historia, sintió dolor por ella. Y eso le confundió mucho, porque no era eso lo que había oído contar a su tía sobre la noche del baile. Sin embargo, su hermano había muerto antes de que nadie pudiera hablar con él. ¿Acaso Javier había agredido a Paula? No tenía ni la más mínima idea de cómo era su hermano con las mujeres. Pedro sabía que Javier se había puesto furioso al enterarse de que la fábrica iba a cerrar. Se había puesto agresivo físicamente con él cuando eran pequeños y se peleaban por algo, pero él siempre lo había achacado a la rivalidad entre hermanos. Abrió los ojos y la miró. Se dió cuenta de que ella se había encogido y de que necesitaba saber que todo iba bien entre ellos. Abrió los brazos.


—Eso no importa. Tú y yo aprenderemos poco a poco.


Ella se acercó y él la abrazó. Después, echó hacia atrás la cabeza y la miró. 


—Bueno, ahora, vamos a conducir y pasemos el día juntos. Yo no voy a presionarte para que hagas nada.


—Oh, Pedro, eso ya lo sé. Pero no quiero que te sientas decepcionado conmigo, ni por cómo conduzco ni por cómo beso.


—Tus besos son los mejores del mundo. No lo dudes nunca —le dijo él.


Ella asintió. Cerró la puerta y se dirigieron al coche. Él se puso al volante y salieron de Chaves Corners cruzando el puente en el que había ocurrido el accidente. Una vez más, él se preguntó qué habría ocurrido aquella noche. Había cambiado la vida de muchas personas, incluso la suya, aunque él no estuviera en el pueblo. Y le había puesto en el camino hacia aquel momento, hacia unas preguntas que sabía que tenía que responder. Salieron a la interestatal. A aquellas horas del día no había demasiado tráfico. Las hojas de los árboles que había a ambos lados de la carretera estaban empezando a cambiar de color. Paula no recordaba que antes le gustara especialmente el otoño, pero, en el presente, sí. Después de unos minutos, Pedro tomó una salida en la que había un letrero que anunciaba la venta de sidra, manzanas y donuts. Entró en el estacionamiento y dejó el coche algo apartado de los demás vehículos.


—Vamos —dijo—. ¿Te gusta la sidra?


—No estoy completamente segura. Creo que sí. Sé que nunca he probado los donuts de sidra de manzana.


Él salió del coche, lo rodeó y le ofreció la mano para que bajara. Ella dejó el bastón en el coche, porque no sentía demasiado cansancio en las piernas y estaba con Pedro… Y se dió cuenta de que cada día era más fuerte y podía hacer más cosas sola. Sin embargo, sabía que no quería estar sola todo el tiempo. Anhelaba aquel tipo de interacción. Quizá, él también… Estaba claro que Pedro, como ella, tenía sus propios problemas.


—¿Te importa que tenga que ir agarrada a tu brazo? Puedo sacar el bastón…


—No, no me importa —dijo él—. Siento lo que me has contado antes. Me siento muy mal sabiendo que alguien quiso hacerte daño.


—No es culpa tuya. Pero no quiero hablar de eso. Solo quería que supieras en lo que te estás metiendo conmigo. Detesto las mentiras. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 21

Entró en el grupo de mensajes de texto que tenía con Melisa y Vanina e hizo una videollamada. Vió a Melisa sentada en su despacho del trabajo y, un momento después, Vanina también respondió. Estaba detrás del mostrador de su librería.


—¡Necesito ayuda! —les dijo Paula—. Necesito saber más cosas sobre sexo.


—¿Es que Pedro te está presionando? —le preguntó Melisa.


—No, no. Ojalá. Es solo que no tengo ninguna experiencia y quisiera saber algo más.


—Tengo algunos libros. Ven a la librería —le sugirió Vanina—. Pero ¿Ha sucedido algo con Pedro?


Paula se encogió de hombros, respiró profundamente y les contó que se habían besado, pero que él había desaparecido del mapa durante dos días después de que Gonzalo hubiera llegado a su casa.


—Vaya, parece que Gonzalo se pasó de protector —dijo Melisa—. Hablaré con él de eso.


Paula se echó a reír. 


—No, no, estuvo bien. Gonza y yo estamos resolviendo eso. Pedro me llamó anoche y hablamos. Me dijo que había estado ocupado con el trabajo, pero me pregunto si sabe que no tengo experiencia y eso le frena.


Vanina hizo un gesto negativo.


—Si no se lo preguntas, nunca lo sabrás. Pero, si te llamó y se disculpó, me parece que puedes creer lo que te dice.


—Yo, también —dijo Melisa—. Si no hubiera querido, no se habría puesto en contacto contigo otra vez.


—Eso no lo había pensado. Bueno, entonces, ¿Creen que debo decirle que no tengo ninguna experiencia?


—Yo dejaría que las cosas siguieran su curso —sugirió Vanina.


—Estoy de acuerdo —dijo Melisa—. Si Pedro es tu hombre, lo sabrás. Paula…


—¿Sí?


—¿Tienes algún recuerdo sobre lo que sucedió la noche del baile?


—No. Ninguno. Y con Pedro es totalmente distinto. Quiero que me desee.


—Bien —dijo Melisa—. Estoy segura de que te desea. ¿Va a quedar contigo más veces?


—Dentro de un rato va a venir a darme una clase de conducir.


—Pues creo que sí le gustas. Enseñar a conducir a alguien no es fácil —dijo Vanina—. Mi madre me gritaba cada vez que iba a conducir con ella.


—Pedro no es así —dijo Paula.


—Bien.


Alguien llamó a la puerta, y ella sonrió a sus amigas.


—Seguramente, es él. Hablamos después.


—Sí. Si nos necesitas para algo, escríbenos un mensaje —le dijo Vanina.


—Lo haré, muchas gracias —dijo ella.


Después, se despidió, colgó el teléfono y se levantó.


—Hola —dijo Paula al abrir la puerta.


—Hola —respondió Pedro. 

martes, 19 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 20

 —De acuerdo, voy a ver qué averiguo —dijo la tía Liliana—. ¿Vas a quedarte a cenar?


—En realidad, me encantaría invitarte a cenar fuera —dijo él.


Ella sonrió.


—Buen chico. ¿Vamos al Club a las siete?


—Perfecto. Yo vuelvo a la oficina hasta entonces. Si averiguas algo más sobre aquella noche, avísame.


—Por supuesto, aunque no estoy segura de qué más podemos necesitar —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Sabemos que hubo una pelea en la casona de los Chaves y que todos los primos se metieron a un coche que chocó con el de tu hermano. Tu hermano murió y ellos quedaron heridos. Salvo Gonzalo, que arruinó a tu padre y nos dejó sin nada.


Aquel resumen de su tía no era desacertado, y él tenía que encajar todas las piezas de lo que había ocurrido aquella noche.




Paula había decidido no preocuparse por haber besado a Pedro, pero dos días después, estaba en la cama, acostada, haciendo eso exactamente. En el momento del beso, le había parecido algo natural y pensaba que lo estaba haciendo bien, pero él no la había llamado ni enviado ningún mensaje desde entonces. Por supuesto, ella sabía que podía escribirle. Vanina y Melisa querían saber más cosas sobre él, pero ella no había sabido qué decirles. ¿Habría sido ella del tipo de mujeres que hablaban de sus sentimientos antes del coma? ¿Quién podía saberlo? Claramente, en aquel momento, no… Pero quería hablar con Pedro. Iba a enviarle un mensaje. Vanina le había dicho que iban a celebrar la noche gótica en el bar del pueblo la semana siguiente. Parecía algo divertido y nunca había hecho algo similar, así que iba a ir. Cuando se lo propuso a Pedro, él aceptó enseguida y, además, le dijo que iría al día siguiente a su casa para ayudarla a seguir renovando los armarios de la cocina. Después, la llamó por vídeo. Ella respondió a la llamada y sonrió al ver a Pedro sentado en un sofá con una camiseta descolorida, unos vaqueros y barba incipiente. Estaba mucho más guapo de lo que esperaba. 


—Espero que no te importe —le dijo él—. Quería verte. Siento no haberme puesto en contacto contigo estos días, he estado fuera por trabajo.


—No pasa nada. Sé que tienes una vida. ¿A qué te dedicas?


—Dirijo un conglomerado global.


—Ah, galimatías empresarial.


—Ja, ja. Solo significa que dirijo una empresa que es propietaria de otras muchas empresas pequeñas. Y lo de global significa que tenemos compañías por todo el mundo. Bueno, ¿y tú? ¿Estás trabajando?


Ella hizo un gesto negativo.


—Mi intención es conseguir un trabajo, pero, por el momento, no puedo estar de pie durante largos periodos. Bueno, y, además, estoy arreglando la casa. Vanina me ofreció que su equipo de grabación filmara el trabajo, pero no estoy lista para eso. Estoy concentrada en recuperarme por completo. Tampoco sé exactamente qué tipo de trabajo se me daría bien.


—A mí me parece que se te daría muy bien trabajar con la gente — dijo él.


—Es una idea —dijo ella—. Lo añadiré a mi lista.


—Hablando de esa lista, ¿Qué es lo siguiente que quieres hacer?


—Conducir.


—¿Tienes el permiso de aprendizaje?


—Sí. Hice el test escrito hace unos meses. Pero Gonzalo no conduce después del accidente y Rodrigo… Me dijo que no tiene paciencia para enseñar a nadie.


—Bueno, pues yo, sí. Mañana te daré tu primera clase —le dijo él—. Y, ahora, deberíamos colgar. Buenas noches, Paula.


—Buenas noches, Pedro —respondió ella.



A la mañana siguiente, mientras se preparaba para la clase de conducir, Paula trató de despejar las dudas que tenía sobre Pedro. Se miró al espejo mientras se hacía una trenza y pensó que quería algo más que los besos que se habían dado, por muy excitantes que fueran. Sin embargo, no sabía cómo decírselo. Las películas y los libros no la estaban ayudando mucho. Sería maravilloso que hubiera artículos sobre lo que había que hacer cuando una entraba en coma a los dieciocho años y se despertaba siendo una mujer adulta, con consejos sobre la seducción e información sobre lo que les gustaba a los hombres diez años después. 


No Esperaba Enamorarme: Capítulo 19

 —Eso es lo que quiero para tí —dijo Gonzalo, y miró la hora en su reloj—. No he venido solo a meterme en tu vida. Rodrigo quiere empezar con las comidas de domingo en la casona. Puedes traer a un amigo. El domingo a las dos.


—¿Y tenías que venir para decírmelo?


—Sí. No quería solo que me contestaras con el emoticono del dedo pulgar estirado. Quería ver qué tal estabas.


Ella puso los dos pulgares hacia arriba para hacer el gesto doble, y él se echó a reír. Ella, también. Gonzalo la ayudó a quitar las puertas de los armarios de la cocina antes de irse y la dejó limpiándolas y arreglándolas. 




Aquella tarde, se dió cuenta de que, poco a poco, estaba averiguando quién era Paula Chaves. La tía Lili vivía en un barrio antiguo de las afueras de Boston. Había comprado la casa con las ganancias que habían obtenido en su primer gran año. Era una de las mansiones que estaban de moda en los años dos mil, y su tía la había decorado al estilo de mediados de siglo. Era elegante y tenía un aspecto moderno al estilo del siglo anterior. Su mayordomo, Mario, abrió la puerta cuando él llegó. No tenía pensado hacerle una visita a su tía, pero, después de ver juntos a Paula y a Gonzalo, se dió cuenta de que había piezas del rompecabezas de la familia Chaves que él no tenía. Las cosas no cuadraban como él esperaba. Y, si había alguien que pudiera saber lo que había sucedido la noche de la fiesta, era su tía.


—No te esperaba hoy. ¿Has averiguado algo que nos pueda ser útil? —le preguntó Liliana cuando llegaron al salón.


Era alta y delgada, y siempre llevaba el pelo negro y liso recogido en un moño apretado en la nuca. En verano solía usar kaftanes, pero, en otoño, llevaba faldas largas y jerséis amplios. El atuendo de aquel día era una falda de color violeta con un jersey negro. Estaba sentada en uno de los sofás de la estancia.


—Todavía no estoy seguro. Hoy he estado con Gonzalo y con Paula, y tengo unas cuantas preguntas.


Ella enarcó una ceja.


—¿De qué tipo? ¿Dijeron algo sobre Javier o sobre tu padre?


—No, no. Es solo que… Tía Lili, ¿Qué ocurrió exactamente la noche del baile? Algunas de las cosas que mencionaron no tienen sentido. 


—Lógico —respondió ella—. Son mentirosos. Lo sabemos. Mentirosos. 


No, Paula no lo era. De hecho, era muy sincera. Gonzalo… Bueno, era más difícil de descifrar. Después de pasar una década observando cada uno de sus movimientos en el mundo de los negocios, Pedro pensaba que conocía al otro hombre, pero la verdad era más complicada. Había muchas cosas que no sabía sobre Gonzalo. Desde que Rodrigo había vuelto a Chaves Corners, él había notado un cambio en la forma en que Gonzalo dirigía la empresa. Y, después de que Paula hubiera despertado del coma, había habido aún más cambios. Le prestaba más atención a la gente. Y devolvía más cosas a la comunidad. El hombre al que había conocido aquel día era sincero de un modo que no le sorprendió, porque, en el mundo de los negocios, era conocido por ser implacable pero, también, justo. Lo que sí le había sorprendido era el amor que demostraba por su hermana. Le daba una imagen muy diferente de Gonzalo en sus relaciones personas. Sería el tipo de relación que su hermano y su padre habrían tenido con Alfredo Chaves. Así pues… ¿Se habían equivocado al juzgar a Alfredo, o quien era distinto era Gonzalo? Aunque Pedro recordaba bien que su tía Lili lo había llamado entre sollozos para decirle que Gonzalo conducía el coche que había matado a su hermano.


—¿Sabes lo que ocurrió durante la fiesta? —repitió.


—No. Tu padre dijo que los herederos de Chaves habían empezado una pelea con Javier y que Alfredo estaba furioso —respondió la tía Lili—. ¿Te han dicho ellos algo más?


—No. No les he preguntado nada y no les he dicho que tengo parentesco con Javier.


Él estaba haciendo aquello por su hermano, para vengar su muerte en el accidente de tráfico. Pero le había resultado más fácil antes de conocer a Gonzalo. Habían sido competidores en algunos negocios y él había ganado en unas pocas ocasiones, pero aquello era distinto.


—¿Qué te pasa? —le preguntó su tía Liliana con recelo—. ¿Es por la chica?


—No me pasa nada. Ya sabes que me gusta conocer bien todos los hechos antes de hacer algún movimiento. Tengo la sensación de que en el incidente entre Javier y los herederos Chaves pasaron más cosas de las que sabemos —le dijo Pedro—. Necesito más información.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 18

Paula llevaba mucho tiempo sin disfrutar de su hermano de aquella manera. Irse a vivir sola le causaba temor, pero sabía que era lo que debía hacer.


—Bueno, yo me marcho ya —dijo Pedro.


Ella lo miró y se dio cuenta de que había cambiado algo desde que se habían besado y había aparecido Gonzalo. Tomó su bastón y se levantó al tiempo Pedro.


—Te acompaño a la puerta —dijo.


—No es necesario —protestó Pedro.


—Sí, quiero hacerlo —respondió ella.


Quería despedirse de él, y sabía que iba a dolerle la pierna si seguía sentada. Moverse siempre le aliviaba la presión de los músculos.


—De acuerdo.


Pedro dejó su plato y su taza en el fregadero y ella lo siguió hacia la puerta. Él se sentó en el suelo para ponerse las botas.


—Siento que mi hermano haya llegado justo en ese momento —le dijo ella, con sinceridad.


—Yo, también. Pero me doy cuenta de que su preocupación nace de un buen lugar.


—Sí, por supuesto. Aunque a veces me resulta un poco asfixiante. Bueno, acerca del beso… No quiero asumir nada y no se me da bien adivinar los sentimientos de la gente. ¿Te gustó?


Pedro sonrió y se acercó a ella.


—Sí. Quiero repetirlo. Pero tu hermano está aquí, así que…


—Me alegro. A mí también me gustó. 


—Lo sé —dijo, y le rozó la boca con los labios. 


Después, alzó la cabeza, le guiñó un ojo y le dijo adiós con la mano mientras salía por la puerta. Paula se quedó observándolo mientras subía al coche y, al final, él volvió a despedirse con la mano cuando se alejaba. Entonces, ella cerró la puerta y se giró, y vió a su hermano al final del pasillo. Los dos volvieron a la cocina.


—¿Te gusta este chico?


—Pedro. Sí, me gusta Pedro.


—Sí, Pedro. Tu viejo amigo. Pero es que tú no tienes viejos amigos.


—Estoy segura de que tenía amigos, Gonza, no seas bobo.


—No soy bobo. O, si lo soy, es porque estoy preocupado por tí.


—Vaya, gracias, pero soy una mujer adulta. Puedo cuidarme.


—Eso ya lo sé, Pau, pero para mí es difícil dejar de ser tu hermano mayor —dijo él, y dió un suspiro—. Sinceramente, algunas veces no puedo creer que te hayas levantado de la cama del hospital.


—Gonza —dijo ella, mientras se acercaba a él y lo abrazaba—. Ahora ya estoy bien.


—Sí.


—Y sabes que te quiero, pero no puedo dejar que me des órdenes — le dijo a su hermano.


—No, supongo que no. Pero, acerca de Pedro…


—No, no vamos a hablar de esto. Me cae bien, y creo que yo a él, también. Y voy a ver hacia dónde va todo esto. Ya sabes que mi psicóloga me ha dicho que pruebe cosas nuevas.


—A mí me dijo que no me metiera en tu vida.


—¿Y no la despediste?


—Ja. Como si pudiera. Dejaste bien claro que trabajaba para tí —le recordó Gonzalo—. Y me alegro de que lo hicieras. Verte bajo la lluvia ha sido algo muy especial.


—Me he sentido tan viva… —murmuró ella. 


Y, al hacerlo, se dió cuenta de que no solo había sido la lluvia lo que había hecho que se sintiera así, sino, también, el beso de Pedro. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 17

 —Gracias —dijo Gonzalo—. Sé que Paula necesita este tipo de actividades, pero me aterra que se caiga y tenga que volver al hospital.


No había duda de que hablaba con total sinceridad.


—Tiene más capacidad de la que piensas. 


—Sin duda. ¿Te apetece un café? —le preguntó Gonzalo, cambiando de tema con habilidad.


—Claro —dijo Pedro.


Gonzalo empezó a moverse por la cocina para hacer el café en una cafetera que había en la encimera.


—Bueno, y ¿A qué te dedicas exactamente?


—Dirijo el negocio de mi familia —respondió él—. ¿Y tú?


Gonzalo enarcó una ceja al mirarlo.


—Dirijo el negocio de mi familia. Me parece raro que no nos hayamos conocido. Aunque sé que no debería fisgar, no recuerdo que Paula y tú fueran amigos.


—Es lógico. Creo que éramos más conocidos que amigos. Pero siempre disfrutamos de la compañía del otro.


—¿Sí? ¿Tú eres de Chaves Corners?


—Viví aquí mientras estaba en la escuela elemental y, después, cuando la fábrica cerró, nos fuimos —le dijo Pedro.


Gonzalo suspiró.


—Lo hicieron muchas familias. No sé en qué estaba pensando mi abuelo… Bueno, estaba preocupado por las finanzas, pero el impacto que tuvo en el pueblo fue mucho peor de lo que él había pensado.


—Sí.


Él no quería hablar del cierre de la fábrica con Gonzalo. Deseaba encontrar la manera de reconciliarse con él debido al tiempo que estaba pasando con Paula, pero aún no estaba preparado para perdonarle. No era su momento.


—¿Leche o azúcar?


—Leche —dijo él. Le resultaba extraño sentirse tan enfadado y mantener una conversación tan trivial acerca del café.


—Espero que no fuera un gran golpe para tu familia, también, aunque supongo que les fue bien, si ahora tú diriges el negocio familiar.


—Sí. Al principio no fue fácil, pero creo que el hecho de tener que irnos nos obligó a buscar algo propio —dijo Pedro.


—Me alegro de saber que las cosas les van bien. Bueno, ¿Sabes de dónde ha sacado Paula las moras? 


—Espero que del supermercado.


—No —dijo Pedro—. La ayudé a bajar al paseo del río y las recogimos allí.


Gonzalo soltó una maldición en voz baja.


—De verdad, me va a matar. ¿Cómo le fue?


Pedro aceptó la taza que le tendía el hermano de Paula. Los dos dieron un sorbo a su café.


—Bien —dijo—. Le costó volver por el camino de subida y hubo algún momento en que pensé que me iba a pedir que la tomara en brazos, pero no lo hizo. Apretó los dientes y siguió subiendo.


—Es terca.


—¿Están hablando de mí? —preguntó Paula al entrar en la cocina.


Pedro se fijó en que había tomado el bastón para caminar. Se había puesto unas mallas y un jersey largo y se había hecho una trenza.


—Sí —dijo él.


—¿Y? —preguntó ella, mirando a Gonzalo con elocuencia.


—Y nada. Me alegro de no haberme enterado de que fuiste a caminar junto al río hasta después de haberte visto sana y salva en casa. ¿Te apetece un café?


—Sí, por favor —respondió ella.


Mientras ponían la mesa entre los tres y Gonzalo y Paula hablaban de las tartas que habían comido y de lo obsesionado que estaba su padre con ellas, Pedro se dió cuenta de que aquella era otra de las cosas que le había arrebatado Gonzalo, el hecho de tener a una persona con la que compartiera tantos recuerdos. Aunque, en realidad, Javier y él nunca habían estado muy unidos. Tal vez, si su hermano viviera, ellos no tendrían el mismo vínculo que Paula y Gonzalo. De hecho, sabía que no habría sido así, porque él siempre había tenido intención de vivir en la Costa Oeste.


—¿Qué te parece? —le preguntó Paula cuando tomó un pedazo de tarta.


El sabor de las moras calientes y dulces y de la masa quebrada era delicioso. Abrió los ojos y la miró.


—Deliciosa.


Ella se ruborizó.


—Me alegro de que te guste.


—Podría hacerme adicto a esta tarta —confesó él. 


—Está muy rica —dijo Gonzalo—. De hecho, me parece mejor que la de Rodri… Pero no se lo digas a él.


Paula miró a su hermano y, después, volvió a mirar a Pedro.


—Por supuesto que se lo voy a decir —respondió, con una sonrisa de picardía.

jueves, 14 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 16

Él alzó la cabeza y la miró fijamente. A ella se le cortó la respiración porque no sabía qué le iba a decir.


—Yo…


—¿Paula? ¿Dónde estás? —preguntó Gonzalo, desde el interior de la casa.


—Aquí fuera.


—¿Dónde?


—Creo que deberíamos volver ya —le susurró Kit al oído.


—Sí, supongo que sí. Estoy empezando a tener frío, pero me gustaría quedarme aquí para fastidiar a Gonzalo —dijo ella, y vió que él estaba a punto de sonreír.


—Eso sería interesante, pero no quiero que te enfríes, porque solo serviría para demostrar que él tiene razón.


—Es verdad.


—¡Por el amor de Dios, Paula! ¿Qué estás haciendo? Y tú, Pedro, deberías tener más sentido común…


—Ya está bien —dijo Paula con firmeza—. Estamos perfectamente. Sal con nosotros a disfrutar de la lluvia o ve a esperarnos a la cocina.


Pedro no dijo nada, pero notó que ella se ponía tensa. Después, se sorprendió, porque Gonzalo salió y se acercó a ellos a pesar de la lluvia.


—¿Por qué estás haciendo esto?


—Hace muchos años que no sentía la lluvia.


Gonzalo asintió. Su expresión se suavizó. Ladeó la cabeza y dijo:


—Cuando eras pequeña bailábamos bajo la lluvia, ¿Te acuerdas?


—No… Te lo estás inventando —respondió ella.


—No. A mamá le encantaba. Algunas veces convencía a papá para que viniera con nosotros.


Paula se giró hacia su hermano y vió en su semblante la mezcla de amor y preocupación de siempre, pero, también, tristeza. Casi no se acordaba de sus padres porque habían muerto en un accidente de avión cuando ella tenía seis años, pero él sí tenía más recuerdos. 


—Ojalá me acordara de ellos.


—Sí, ojalá pudieras —dijo él. Después, se volvió hacia Pedro—. Gracias por ayudar a Paula en esto.


—De nada —dijo Pedro—. Para eso estoy aquí.


—¿De veras? Yo creía que eras un viejo amigo.


—Y lo es. Se refería a que para eso están los amigos. Me está ayudando a hacer las cosas de las que no me acuerdo y quiero hacer —le explicó Paula.


—¿Qué cosas?


—Todo tipo de cosas.


—¿Te encuentras bien? —le preguntó Pedro.


—Sí. Creo que la tarta ya se habrá enfriado, así que podemos entrar en la cocina para tomar un poco.


—Estoy deseando probarla —dijo él.


—Tiene una pinta buenísima —comentó Gonzalo, al ver la tarta sobre la encimera.


—Voy a cambiarme rápidamente —dijo ella—. ¿Van a estar bien?


—Por supuesto —dijo Gonzalo—. Así tendremos la oportunidad de conocernos.


Ella miró a Pedro y él le guiñó un ojo. Seguramente, era su forma de tranquilizarla y transmitirle que sí iba a estar bien. Ella no quería que Gonzalo le dijera nada que pudiera ahuyentarlo, pero, entonces, se dio cuenta de que era una boba. Pedro no era del tipo de hombre que hiciese nada que no quería hacer.



Pedro no había vuelto a estar en la misma habitación que Gonzalo Chaves desde que eran niños, antes de que su familia hubiera empezado a ascender en la fábrica y mucho antes de la noche en que murió su hermano. Había pasado muchos años odiando a Gonzalo porque era la cara visible de la empresa que había provocado todas las penurias de su familia. Pero aquel hombre no le parecía malvado. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 15

Aunque la lluvia era suave, hacía un poco de frío. En otras circunstancias, Pedro habría entrado rápidamente en casa para no mojarse, pero estaba disfrutando de aquel lento paseo con Paula. No quería que acabara. Y ella también estaba disfrutando. Caminaba con ligereza, casi como si se deslizara. Echaba la cabeza hacia atrás con frecuencia, y él tuvo la impresión de que había echado mucho de menos aquello. Estaba luchando por olvidar que habían estado a punto de besarse y mantener la distancia con ella. No porque no quisiera besarla, sino porque ella se había apartado de él en aquel momento para sacar la tarta del horno. Eso podía haber esperado, pero Paula había decidido alejarse, y él iba a respetarlo.


—Bueno, y ¿Cómo es que has elegido este sitio para vivir? No es precisamente donde yo me imaginaría viviendo a un Chaves de Chaves Corners.


—Quería vivir en un sitio donde pudiera conocerme y averiguar quién soy en realidad —dijo ella—. Quería hacerlo por mí misma, así que hablé con mi asesor financiero y él encontró esta casa.


—¿Tu asesor financiero es Gonzalo?


—No. Mi herencia proviene de mi parte materna, así que Gonzalo la vigiló mientras yo estaba en coma, pero no la unió a la suya.


—¿Por qué?


—Porque sabía que yo iba a despertar —respondió ella—. Por lo menos, eso es lo que me dijo.


Él creía que Gonzalo quería a su hermana, pero siempre había pensado que el sentimiento de culpabilidad guiaba sus actos. En aquellos momentos, estaba empezando a darse cuenta de que quizá no todo fuera blanco o negro.


—¿Y eres feliz aquí?


—Sí. Mi familia quería que estuviera cerca de ellos y yo accedí siempre y cuando me dieran espacio. Tengo una casa en el norte de California, pero hace mucho que no voy. Incluso antes del accidente.


—A mí me gusta este sitio —dijo él.


—A mí, también. ¿Por qué nos detenemos? —preguntó Paula, cuando él se paró un segundo para mirar los arbustos y las flores.


—Creo que no debemos ir más allá. Es hora de volver a la casa.


—¿Podemos quedarnos aquí un minuto?


—Por supuesto.


Paula se movió para situarse frente a él y sus ojos se encontraron. Entonces, él le quitó una gota de agua de la nariz y notó que ella se estremecía. La deseaba con todas las moléculas de su cuerpo. Tenía que probar el sabor de su lengua para entenderla aún más. Se giró para no ceder a la tentación y se resbaló en la hierba. Entonces fue ella quien lo sujetó, rodeándolo con los dos brazos para que no perdiera el equilibrio. Paula echó la cabeza hacia atrás y se rió con ganas. Su carcajada fluyó dentro de Pedro cuando la besó. Ella abrió la boca y él notó el roce tímido de su lengua. Le rodeó la cintura con un brazo y la estrechó contra sí. La deseaba con toda su alma, pero sabía que hacía diez años que ella no besaba a nadie, así que la conciencia le exigió que permitiera que fuese ella quien estableciera el ritmo. Le acarició la cara con delicadeza, pero ella succionó su lengua y se movió frotando su cuerpo. Él notó la dureza de sus pezones en el pecho y se deleitó al notar que Paula movía las caderas contra su erección mientras se aferraba a él con fuerza. Él le acarició la lengua y saboreó su dulzura. Le pareció que la pasión que estaba naciendo entre ellos era mágica mientras la abrazaba bajo la lluvia y se deleitaba con aquel primer beso.


Besar a Pedro era mejor que pasear bajo la lluvia. Sabía a café y a menta. Sus lenguas se acariciaban mientras él la abrazaba con delicadeza e inundaba de sensaciones su cuerpo. No recordaba haber tenido nunca un amante, pero había muchas cosas ocurridas antes del accidente y del coma que no recordaba. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 14

 —No, pero sí estoy preocupado por tí. No quiero que te hagas daño, aunque necesites probar cosas nuevas.


—Ah, gracias. Estaba bromeando —dijo ella al oír su firme negativa—. Se me olvida que no eres de aquí. Pero en el pueblo, todo el mundo tiene un sentimiento extraño hacia mi familia. Es como si el sustento de la gente estuviera ligado a nosotros. Bueno, eso es lo que quería decir. Además, está lo de la maldición.


—¿Qué maldición?


¡Demonios! ¿Por qué lo había sacado a relucir?


—La gente cree que los Chaves estamos malditos desde que el abuelo cerró la fábrica. Fue la noche que tuvimos el accidente y, después, la economía del pueblo empezó a ir mal… Pero, después, volvió Rodrigo, yo me desperté del coma y Gonzalo ha vuelto a vivir aquí…


—Entonces, ¿Se ha roto la maldición?


—No estoy segura de que existiera una maldición, pero yo he estado fuera de juego durante una buena temporada… Y echo de menos caminar bajo la lluvia.


—Eso vamos a remediarlo —dijo él con una sonrisa—. Voy a revisar el jardín. Ahora vuelvo.


Pedro se quitó los calcetines, abrió la puerta trasera y salió a la losa de cemento que habían vertido hacía poco tiempo. Ella había contratado a la empresa que le había recomendado Vanina para que limpiara los escombros del jardín. Los arbustos y las flores no estaban podados, pero sí habían cortado el césped recientemente. Se tomó su tiempo caminando por el jardín, comprobando que el suelo fuera estable. Después, se giró hacia ella. La lluvia le empapó la camiseta, que se le pegó al pecho y a los hombros. Ella sintió una pulsación que le recorrió el cuerpo hasta su núcleo femenino, y se quedó allí, mirándolo y deseándolo. Sabía que estaba jugando a un juego peligroso, porque no estaba segura de si iba a tener valor suficiente para tomar lo que quería.


—¿Estás preparada?


Ella vaciló. Él le había tendido la mano y ella lo observó.


—Tú decides si quieres salir.


Podía quedarse en la cocina, mirando el mundo por la ventana, o tomar la mano de Pedro… Y lo hizo. Agarró su mano con firmeza y dio un paso hacia el jardín. La lluvia le cayó encima y ella inclinó la cabeza hacia atrás para sentir las gotas en las mejillas y el pelo. Se emocionó tanto que tuvo ganas de gritar, pero se contuvo y solo emitió un sonido gutural.


—¿Estás bien?


Ella lo miró y asintió.


—Mejor que bien.


—¿Te apetece pasear o estás bien aquí?


—Vamos a pasear, por favor.


Bajaron de la losa de cemento y caminaron por el césped. La hierba húmeda le hizo cosquillas en la piel y ella estiró los dedos y sintió las hojas entre los dedos. Permaneció inmóvil un momento y se sintió feliz al notar su cuerpo. El cuerpo que estaba tardando tanto en recuperarse y permitir que hiciera lo que quería. Sin embargo, en aquel momento era feliz, sí, por estar bajo la lluvia y al lado de Pedro.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 13

Javier era muy impulsivo y la pérdida de la fábrica lo habría  alterado, seguramente. ¿Su hermano, intentando defender a la familia? ¿O acaso se había dejado llevar por la ira y había cometido una imprudencia? Temía que nunca fueran a saber la verdad. Seguramente, había muerto con su hermano en el accidente. Abrió la puerta del aseo, dejó las botas cerca de la entrada y colgó la chaqueta en un perchero antes de dirigirse a la cocina. Allí, Paula estaba cantando Helena, de My Chemical Romance. Pedro movió la cabeza y empezó a cantar con ella. Ya había decidido que no iba a hacer nada que pudiera perjudicarla. No podía alejarse de ella y no iba a fingir lo contrario. Paula abrió los ojos como platos.


—¿Conocías esta canción?


—Me encanta el grupo —dijo él. 


Le tendió la mano y la tomó entre sus brazos. Ella se apoyó en él durante un segundo y lo miró. Cuando sus ojos se encontraron, toda su masculinidad se disparó. No había ninguna parte de ella que no deseara. Tenía la nariz respingona y las mejillas rosadas, y una boca dulce en la que había pensado durante horas y horas. Empezó a inclinarse hacia delante y ella se puso de puntillas y cerró los ojos. Él notó la caricia de su respiración contra los labios justo cuando se tocaban. De repente, sonó el temporizador del horno y ella dió un respingo y se tambaleó. Él la sujetó y ella mencionó algo sobre la tarta. Se acercó lentamente al horno y lo abrió. El olor de la tarta recién hecha llenó toda la cocina.


—Hecha —dijo Paula.


—Tiene muy buena pinta —dijo él. 


Fue lo único que se le ocurrió, porque su mente estaba concentrada en cómo habría sido poder ponerle las manos en la cintura y presionar su cuerpo contra el de ella. Aquel no era el mejor momento para tener aquellos pensamientos carnales. Ella permaneció en silencio mientras ponía la tarta en un plato. Estaba cohibida, y él sabía que debería decir algo para que se sintiera mejor, pero ¿Qué? Reprimió su lujuria y se giró hacia la ventana. Estaba lloviendo. 


—Hace mucho tiempo que no salgo cuando llueve —dijo ella en voz baja—. Recuerdo que antes me cantaba pasear bajo la lluvia.


Oír aquellas palabras fue algo que calmó la bestia que había en él. Antes. Para recuperarse de lo que le había ocurrido, aquella mujer necesitaba más fuerzas de las que él podía llegar a entender.


—¿Te gustaría dar un paseo conmigo ahora?


Paula se maldijo por no haberse quedado entre los brazos de Pedro. Casi había conseguido aquel beso que tanto anhelaba. Sin embargo, cuando había sonado el temporizador del horno, se había puesto nerviosa y había empezado a tener dudas. Se preguntó si él no se sentía atraído por ella, no tanto como para seguir su ritmo. Sabía que aquellos sentimientos no siempre eran mutuos. Sin embargo, después de ver cómo la miraba antes de que ella se alejase, estaba bastante segura de que la atracción sí era mutua.


—¿Paula?


—¿Umm? —murmuró ella, sin poder apartar los ojos de su boca.


—¿Tienes un buen calzado para la lluvia?


Ella se obligó a desviar la mirada y respondió:


—Sí, pero… Um… Bueno es que a Gonzalo le da miedo que me caiga porque el suelo está resbaladizo, y Juan, mi fisioterapeuta, también me dijo que debía tener cuidado.


—Pero… ¿Qué tiene que ver eso con el calzado? Sé que tienes que tomarte las cosas con calma, pero hemos podido subir y bajar por ese terraplén. ¿Confías en mí?


Sí, confiaba en él. Quería creer que él iba a ayudarla a ser la mujer que quería ser.


—Sí, tengo calzado, pero a veces me siento más segura descalza.


—Vamos al jardín. Allí podemos quedarnos bajo la lluvia, si quieres.


—¿Y pasear?


—Sí, pero no demasiado lejos. Si te pasara algo, tu hermano me mataría.


Ella se echó a reír.


—¿Le tienes miedo? 

martes, 12 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 12

Paula no dejó de pensar en aquella posibilidad de un beso durante los siguientes días. No era capaz de olvidarlo, y lo que sentía cuando estaba con Pedro era lo opuesto a los recuerdos que tenía de aquella noche de hacía diez años. Javier, el hombre con el que había estado bailando toda la noche, la había besado a la fuerza en el pasillo de la planta de arriba. Le había rasgado el vestido y estaba a punto de quitarle las bragas cuando ella se había puesto a gritar. Por suerte, Gonzalo y Rodrigo la habían oído. Rodrigo había sido el primero en llegar, aunque no estaba segura de todos los detalles de aquel momento. Había oído a su primo gritando y dándole puñetazos a Javier. Ella se acurrucó contra la pared tratando de sujetarse el corpiño del vestido contra el pecho. Después, todo se volvía borroso. Lo siguiente que recordaba era que su abuelo les había reprendido a Gonzalo, a Rodrigo y a ella y les había exigido que se comportaran con más decoro. Rodrigo le había dicho que se fuera al diablo. Luego habían subido al coche y, después… Nada. Todo era oscuridad. Aquellos recuerdos todavía eran muy vagos. Ojalá no se acordara de la cara ni del nombre de la persona que la había agredido, pero eso sí lo recordaba. Mientras estaba allí, en la cocina, esperando a que terminara de hacerse en el horno la tarta de moras que había preparado, se preguntó si los detalles que había olvidado, los detalles que explicaban por qué su acompañante había hecho lo que había hecho, eran importantes. Si el hecho de desbloquear aquella información la acercaría más a la curación. El teléfono la avisó de que tenía un mensaje y, al ver que era de Pedro, se le aceleró el corazón. Él le decía que había vuelto al pueblo, después de aquellos dos días, y le preguntaba si tenía pensada alguna nueva aventura. Y ella le respondió que le invitaba a tomar un trozo de tarta de moras que acababa de preparar.  Fue a su habitación a cambiarse y, cuando abrió la puerta, llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta de Hello Kitty. Pedro estaba en el umbral, con el pelo mojado por la lluvia. Llevaba una cazadora y unos pantalones negros, y tenía una sonrisa tímida.


—Estoy muy mojado. Lo siento, debería haber tomado un paraguas —dijo.


—No pasa nada —respondió ella, y le hizo un gesto para indicarle que pasara.


—No quiero estropearte el suelo de madera —protestó él.


—No se va a estropear. Hay toallas en el aseo, por si quieres secarte, y la cocina está al fondo. Yo estoy allí, te espero.


Paula se agarró las manos y se dio la vuelta para no tocarlo. Ojalá le hubiera acariciado la cara cuando estuvieron tan cerca, el otro día, pero no lo había hecho. En aquel momento, con la lluvia en la cara, tenía un aspecto muy masculino, y ella tuvo ganas de tomar su rostro con ambas manos y besarlo. De sentir aquella boca fuerte contra la suya. Sin embargo, no estaba segura de lo que sentía él. Tal vez ese fuera el motivo por el que no dejaban de darle vueltas en la cabeza los recuerdos. Ella nunca querría forzar a nadie a nada.


Después de pasar dos días lejos de Paula, Pedro se dijo que debía volver para hacer el reconocimiento que necesitaban su tía Lili y él y, también, para mantener la perspectiva de las cosas. Aquellos días le habían ayudado a aclararse la cabeza. No era posible que Rory fuese tan encantadora como aparentaba, y él había vuelto para averiguar más secretos sobre la familia Chaves. Eso era todo. Salvo que no era la verdad. No había podido dejar de pensar en ella ni de arrepentirse de no haberla besado cuando habían terminado de recoger moras. Así que, allí estaba, en el aseo de su casa, mirándose al espejo después de haberse secado lo mejor posible, intentando convencerse de que podía dejar a un lado su necesidad de venganza para no hacerle daño. El problema era que no se lo creía. Podía justificar ir por Chaves International. Después de todo, Alfredo Chaves le había hecho promesas a Javier y, después, al vender la fábrica, las había incumplido. Él sabía que había habido una pelea en el baile de invierno entre su hermano, Gonzalo, Rodrigo y Alfredo. Pero los detalles no los conocía nadie, aparte de la familia. La tía Lili y él suponían que había tenido algo que ver con el cierre de la fábrica.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 11

 —Yo no lo recuerdo, pero Gonza y Rodri dicen que hacíamos esto en nuestra finca cuando éramos pequeños.


—¿Por eso querías hacerlo otra vez?


—Sí. Pero, cuando lo pedí, hace poco tiempo, Gonzalo dijo que no.


—¿Dice muchas veces que no?


—Sí. Pero la verdad es que estuvo solo tanto tiempo después del accidente, que creo que ahora no sabe cómo manejarnos a Rodri y a mí sanos y en funcionamiento —dijo ella, mientras seguía recolectando moras.


—¿Qué le pasó a Rodrigo? —preguntó. 


Su tía Lili le había contado que había resultado herido, pero no sabía nada más de él.


—Salió disparado del coche porque no llevaba el cinturón de seguridad. Se le rompieron todos los huesos del cuerpo y se le clavaron todos los cristales rotos. Tuvieron que operarlo varias veces y tardó meses en recuperarse.


Pedro se dió la vuelta. Se había quedado horrorizado al conocer la gravedad de las heridas de Rodrigo. ¿Por qué no se lo habían contado nunca? Él había ido a casa desde Berkeley para asistir al funeral de Javier y, después, había vuelto rápidamente a la universidad para aislarse. Cuando volvió a casa, su padre ya había empezado a beber mucho y vivía con la tía Lili. Gonzalo y su abuelo, Alfredo, habían destruido todas las posibilidades de la familia.


—No sabía que la Bestia había pasado por todo eso —dijo Pedro, refiriéndose a Rodrigo por el su apodo de chef famoso.


—Ahora está mejor. De hecho, él dijo que yo sí podía ir a recoger moras, pero Gonzalo se negó y yo lo dejé.


—¿Por qué?


—Porque no me gusta verlos pelearse. Solo nos tenemos a nosotros tres. Además, yo sabía que iba a mudarme y que podría venir en algún momento.


Él sintió miedo al pensarlo.


—Prométeme que no vas a venir aquí sola hasta que hayan puesto la barandilla.


—No. Para eso te tengo a tí, Pedro. 


—De acuerdo. Paula, estoy dispuesto a ayudarte en todo lo que quieras hacer, si está en mi mano.


—¿Cualquier cosa?


—Sí. Bueno… Nada ilegal.


Ella se echó a reír, pero volvió a ponerse seria.


—¿Y peligroso?


—¿Más peligroso que bajar aquí?


Ella asintió lentamente.


—Bien —dijo él—. Quiero verte esforzándote. Me encanta ver la alegría reflejada en tu cara. Es como si cobraras vida cada vez que intentas algo nuevo. Me encanta poder experimentar eso contigo.


Él pensaba que ella iba a pedirle algo peligroso, pero Paula se limitó a mover la cabeza y a seguir recolectando moras. Cuando terminaron, volvieron al camino. Él se mantuvo a su espalda y le puso las manos en la cintura, con delicadeza, para ayudarla a mantener el equilibrio mientras subía. Paula se movía lentamente y, en un momento dado, comenzaron a temblarle las piernas, así que él tuvo la tentación de ofrecerse a llevarla en brazos. Sin embargo, cuando hizo ademán, ella lo fulminó con la mirada.


—Quiero hacerlo yo sola.


—No hay prisa —dijo él.


Sin embargo, le preocupaba. Ella dió cuatro pasos más y tuvo que descansar. Y él comenzó a ver las cosas desde la perspectiva de Gonzalo. Parecía que Paula no quería admitir sus limitaciones. Pero, cuando por fin llegaron a la parte superior del camino, ella sonrió y él se dió cuenta de que todo merecía la pena. Ella lo abrazó y él la sujetó entre sus brazos, desesperado por besarla. Pero no lo hizo. Sabía que, antes, necesitaba averiguar algunas cosas.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 10

 —¿Se te ocurre cómo puedo hacer esto? —le preguntó a Pedro—. Tengo la pierna izquierda más débil que la derecha.


—Espera aquí mientras compruebo si está muy empinado —le dijo él.


Pedro bajó con agilidad por la ladera y comprobó si el camino de tierra era firme. Después, volvió a su lado.


—Bueno, para bajar, creo que deberías agarrarte a mi hombro y yo iré delante —le dijo—. Vamos a bajar despacio, tú vas a marcar el ritmo. Abajo el camino está nivelado y bordeado con adoquines. Claramente, alguien ha hecho mantenimiento. Pero, cuando volvamos, puede que sea más difícil subir.


Ella ya se había dado cuenta al ver que Pedro tenía que dar zancadas fuertes, casi clavando los pies en el suelo, para regresar, y no estaba segura de si iba a poder hacer lo mismo. En las sesiones de fisioterapia solo había logrado dar esos pasos dos veces con cada pie y, después, las piernas comenzaban a temblarle.


—¿Hay que cruzar ese puente?


—Podemos hacerlo. Pero yo te ayudaré, si te parece bien.


—Sí. ¿Y a tí? ¿Te parece bien? —le preguntó ella con una sonrisa.


Él le metió un mechón de pelo detrás de la oreja y le devolvió la sonrisa.


—Sí. Me gusta ser tu caballero andante.


—El caballero Pedro. Me gusta, pero no quiero ser tu damisela en apuros.


—No vas a serlo. ¿Lista?


Ella respiró profundamente y asintió. Entonces, él empezó a moverse lentamente, como había prometido, y ella, apoyando la mano en su hombro, dio los pasos sin demasiada dificultad. De hecho, le pareció que él iba demasiado lento, pero sabía que era necesario tener cuidado. Cuando llegaron al camino de la parte de abajo, tuvo ganas de echarse a llorar. Sacó el teléfono e hizo una fotografía de la ladera que acababa de descender.


—¿Quieres que te fotografíe al lado? —le preguntó él.


—Sí, estaría muy bien —respondió ella, y le entregó su teléfono—. Estoy intentando documentar mis primeras veces para poder mirarlas durante los malos días.


—Buena idea.


Él le hizo la fotografía y, después, se acercó a ella, le puso una mano en el hombro y sacó un autorretrato de los dos. Luego giró la cabeza y la miró. Sus ojos se encontraron y entre ellos pasó algo como una corriente eléctrica. Ella no tenía ni idea de lo que haría si él bajaba la cabeza y la besaba. No sabía si estaba preparada para un beso… ¿Y si besaba como una adolescente en vez de como una mujer? O, peor aún… Justo antes de quedar en coma, un hombre la había agredido sexualmente. ¿Y si aquel beso hacía que recordara a ese agresor y le producía temor? Se mordió el labio y siguió mirándolo, siguió esperando a ver qué ocurría. Pero, entonces, Pedro carraspeó y le devolvió el teléfono.


—¿Dónde están esas moras de las que he oído hablar tanto?


—Por allí —respondió ella, señalando hacia la izquierda.


Se tomó su tiempo para guardar el teléfono para poder calmarse de la decepción que había sentido. Quería besarlo. Había estado a punto de ceder al impulso, pero se había contenido. Cada cosa a su tiempo. La sonrisa de Pedro, que estaba esperándola para caminar hacia las zarzamoras, hizo que se sintiera viva. Hizo que su cuerpo vibrara de anhelo. Había muchas cosas que, hasta aquel momento, no sabía que se estaba perdiendo. Hasta Pedro. 


Las cosas no estaban saliendo según lo planeado, y él sabía que, en cuanto llegara a casa, su tía Lili querría que le diera un informe. Sin embargo, se dió cuenta de que aquello no iba a contárselo. Hacía mucho tiempo que no se sentía como aquella tarde. Con Paula estaba experimentando algo que no había tenido nunca con nadie. La vió comerse una mora y cerrar los ojos de deleite.


—Perfecta. Dulce, pero con un toque ácido. Pruébala —le dijo ella, y le acercó una después de frotarla contra su falda.


Él la tomó y la masticó sin dejar de mirar a Paula.


—Dulce y ácida, como tú.


Ella se dió la vuelta lentamente y siguió recogiendo moras. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 9

 —¿Qué es lo que te preocupa?


—No estoy intentando dar excusas, pero no he tenido muchas conversaciones con nadie que no sea de mi familia desde que salí del coma. Siento usar ese motivo para todo, no quería que saliera a relucir otra vez…


—Para —dijo él, y le acarició la parte interior de la muñeca con un dedo—. No pasa nada. Creo que soy un poco sensible en lo referente a mi pasado.


—¿De verdad? ¿Por qué? Tú pareces muy seguro de tí mismo.


—Tengo inseguridades como todo el mundo —dijo él.


—Por supuesto que sí —respondió ella—. Una de las cosas que me dijo mi psicóloga es eso, precisamente: que yo no soy la única que se siente como si pendiera de un hilo. Vuelvo a disculparme.


Pedro se llevó su mano a los labios, porque quería tocarla, y le besó el dorso.


—Disculpa aceptada. Y, a partir de ahora, no tienes que disculparte por nada más —le dijo, con la voz enronquecida.


Ella se estremeció ligeramente al notar sus labios en la piel, y sonrió con inocencia. Él estaba seguro de que no era consciente de lo mucho que le afectaba aquella sonrisa. Sin embargo, sabía que tenía que dejar de ver a Paula como la mujer a la que deseaba. Tenía que… ¿Qué? Por primera vez en la vida, quería algo para sí mismo. Pero era la mujer equivocada.


—Tú tampoco tienes que disculparte —dijo ella.


Pedro asintió.


—Bueno, vamos a tu lista. Esta tarde tengo dos horas libres. ¿Hay algo pequeño por lo que podamos empezar?


Ella dió otro sorbo a su café y puso los ojos en blanco.


—Vaya, este café está buenísimo —dijo, e hizo una pausa, como si aquella fuera la pregunta más importante de su vida—. En realidad, no. Hoy era un día destinado a conocernos. ¿Qué se te ocurre a tí? Propongas lo que propongas, seguro que no lo he hecho todavía.


—Hace tiempo que no venía por aquí. ¿Damos un paseo por las tiendas de Main Street? 


—No. Eso ya lo he hecho. Pero ¿Y si en vez de Main Street vamos al paseo del río? —preguntó ella, y se le iluminó la mirada—. Me han dicho que hay bastantes zarzamoras. A lo mejor podemos recoger algunas moras y te puedo hacer una tarta.


—De acuerdo. ¿Has visto alguna?


—No. Nadie ha querido venir a caminar por allí conmigo. Según Gonzalo, es un camino empinado y difícil, pero la verdad es que él piensa que tienen que llevarme en brazos a todas partes.


Él se rió suavemente. No podía decirle que no iba a ayudarla en aquel objetivo, sobre todo, porque iba a molestar a su hermano. Pero sabía que tendrían que ser cuidadosos. Terminaron el café y se pusieron en camino. Aquel día, el río discurría con serenidad, y el paisaje era pintoresco. Habían renovado y limpiado toda la zona de la estación del tren, con sus comercios, y el pueblo estaba cobrando vida de nuevo. Se fijó en que había un equipo de grabación al otro lado de la calle. Por sus propias investigaciones, sabía que eran del canal Home Living TV. Vanina Belmont, la prometida de Rodrigo Chaves, estaba grabando un programa de rehabilitación de edificios. Ella se encargaba de reformar edificios de su pueblo. El camino pavimentado acababa cerca del puente y, después, había un sendero empinado que llevaba a otro camino de tierra paralelo al río. Miró el sendero y, después, miró a Paula. No quería que se hiciera daño.


—Alguien debería poner un pasamanos aquí.


—Se lo diré a Gonzalo.


—También podrías ir al ayuntamiento y decírselo tú misma —le sugirió él. Estaba tan conectada a Gonzalo que, si él iba a pasar tiempo con ella, quería verla ponerse en pie por sí misma.


Paula asintió.


—Tienes razón. Lo voy a hacer.


Paula no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba a alguien como Pedro hasta que él le había dicho que podía ir en persona al ayuntamiento. Le gustaba la idea, pero sabía que, cuando llegara el momento de ir a exponer sus ideas, se pondría nerviosa. Sin embargo, no tenía que pensar en eso todavía. Por el momento, miró la pendiente que había delante de ella y se preguntó cómo iba a sortearla. 

jueves, 7 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 8

Ella abrió unos ojos como platos. Se dió cuenta de que no sabía qué decir.


—Yo… yo…


Él le apretó la mano.


—¿Te apetece pasar tiempo conmigo, Paula?


Ella asintió.


—¿Te pongo nerviosa?


Ella hizo un gesto negativo.


—Deberías. Eres un hombre, y eres desconocido. Pero… No sé por qué motivo, no me pones nerviosa.


—Me alegro de oír eso. ¿Y si salimos juntos? Podemos hacer las cosas a tu ritmo. Te enseñaré a conducir y a hacer las demás cosas que tengas en la lista —le sugirió Pedro.


—Pero ¿Quieres hacer eso? —susurró ella.


—Una cosa sobre mí: Digo las cosas en serio.


—Vaya. De acuerdo, tomo nota. Y, una cosa sobre mí: Estoy intentando decir que sí a todo.


—Entonces, vamos a salir juntos, Paula Chaves.


—Sí, Pedro… —dijo ella, e hizo una pausa—. No sé cómo te apellidas.


¿Cuál era su verdadero apellido? Había decidido no mentir, pero, si le decía la verdad, cabía la posibilidad de que Paula no lo relacionara con su hermano, pero no estaba seguro de ello, porque un detalle tan pequeño podría activarle la memoria.


—Alfonso. Pedro Alfonso.


Mentiroso. Sin embargo, todavía no estaba seguro de qué papel había tenido Paula en la destrucción de su hermano aquella noche.


—Alfonso. Me gusta. ¿Y tu familia es de esta zona?


Él exhaló un suspiro de alivio.


—Estuvimos un tiempo aquí. Nos fuimos cuando cerró la fábrica. Yo estaba en la universidad, en la Costa Oeste, así que no tuve oportunidad de despedirme del pueblo.


—¿Qué estudiaste?


—Ciencias Empresariales.


Ella frunció el ceño.


—Soy consejero delegado de una empresa, así que me sirvió de mucho.


Ella cabeceó y le dió un sorbito a su café.


—Qué práctico —dijo, como si fuera el trabajo más aburrido del mundo.


—No todos nacemos en la familia Chaves —le recordó él.


—Es cierto. Ni siquiera lo había pensado. Lo siento —dijo ella.


Habló en tono de arrepentimiento y, cuando apartó la mirada, él se dió cuenta de que le había causado ansiedad. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 7

No le gustaba el hecho de que él la hubiera manejado tan fácilmente de acuerdo con su egoísmo, pero también recordaba que todos le tenían un poco de miedo.


—El café del día es una moca de fresa con nata —dijo él.


—Ah, muy bien. Ese no lo he probado. Pero Nancy ha contratado a un barista nuevo que está experimentando y todavía no me he llevado ninguna decepción.


Él sonrió.


—Me alegro de saberlo. He seguido tu ejemplo y he pedido lo mismo.


Los dos dieron un sorbo. Ella cerró los ojos al notar el café con sabor a frutas en la lengua. Dió otro sorbito y abrió los ojos. Kit la estaba observando. Oh. Tenía una mirada intensa y estaba un poco ruborizado.


—¿Te gusta? —le preguntó.


—Sí, mucho —dijo él—. Bueno, háblame de la persona que creías que era yo.


—Ah, sí. Resulta que esa persona canceló la cita, pero no me había llegado el mensaje. Siento haberte puesto en un brete a tí.


—No me importa —respondió él—, pero no me has dicho para qué lo contrataste.


Ella se quedó mirando el vaso de café.


—Contraté a alguien para que me ayudara a ponerme al día con… Eh… La vida.


—¿Por ejemplo? —preguntó él.


«Besarme», pensó ella. Tuvo ganas de besar a Pedro, pero sabía que iba a ser embarazoso.


—¿Que te enseñara a conducir? —preguntó él, al ver que ella no decía nada.


—Sí, y otras cosas —dijo ella—. Todo. Cuando me quedé en coma, tenía dieciocho años, así que no he hecho muchas de las cosas que debería haber hecho durante estos diez últimos años. No quiero esperar más para empezar mi vida. Necesito un impulso y pensé que la solución sería contratar a alguien que me ayudara.


—¿Pero se echaron atrás?


—Sí. O Gonzalo se enteró y los despidió —dijo ella, frunciendo los labios—. A él no le parecía buena idea. Por eso le dije que eres un amigo.


—Bueno, si sirve de ayuda, yo te conocí cuando éramos niños.


—¿De veras?


—Sí, nos conocimos en una fiesta de verano en Chaves Manor.


—No recuerdo muchos detalles del pasado, pero sí recuerdo que las fiestas de verano siempre eran divertidas —dijo ella.


—Sí, es cierto —respondió él, y le rozó el dorso de la mano con el dedo pulgar por encima de la mesa—. ¿Qué más cosas necesitas aprender?


El miedo estaba allí mismo, esperando a apoderarse de ella y conseguir que se retirara, pero, en vez de eso, giró la mano por debajo de la de Pedro y entrelazó sus dedos con los de él. Tuvo un escalofrío que le recorrió el cuerpo.


—Todo —dijo.


Él se inclinó hacia ella. Cuando sus ojos se encontraron, hubo algo parecido a una descarga eléctrica. Dios, qué guapo era. Tenía las pestañas espesas y su loción de afeitar olía muy bien, era sutil. Inhaló su esencia mientras él apoyaba el codo en la mesa. Fue como si pasara algo mágico entre ellos.


—¿Todo?


Ella asintió.


—Me he perdido muchas cosas.


—¿Y si te ayudara yo?


—¿A aprender a conducir?


—Y otras cosas —dijo él, en voz baja. 


A ella se le cortó la respiración.


—¿Qué otras cosas? —preguntó.


—Tengo que ser sincero contigo. Te deseo. 

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 6

A ellos les interesaba comprar la vieja fábrica que iba a dirigir Javier antes de que muriera, para implantar allí su propia actividad. Sin embargo, los dos sabían que tenían que ser cuidadosos a la hora de abordar aquel trato. Por ese motivo, él había ido al pueblo para descubrir cómo podía adquirir alguna influencia sobre Gonzalo Chaves. Su tía le envió otro mensaje de texto. "Llámame cuando salgas de Chaves Corners". "Puede que tarde un rato, respondió él. Voy a echar un vistazo por el pueblo a ver si encuentro alguna posibilidad de inversión. ¿Lo de la chica no va a funcionar? Todavía no estoy seguro". Su tía Lili se despidió y terminó con la conversación. Él se metió el teléfono al bolsillo. Se quedó allí sentado, en el coche, observando el pueblo. Era más alegre de lo que él recordaba de su infancia, y eso le recordó todo lo que había perdido. Por supuesto, Paula no era la culpable de lo ocurrido, pero era parte de su familia. Y, según su padre, ella había coqueteado con su hermano y, después, lo había acusado de malinterpretarla y lo había echado de la fiesta después de que su primo Rodrigo le hubiera dado un puñetazo. Pedro movió la cabeza. Cuando la había visto, había vuelto a aquel tiempo en que Paula era una niña. Tenía que acordarse de eso.


Ella se acercó caminando a la cafetería, con el bastón, y él salió del coche. Se quedó sin respiración al ver su pelo largo, rubio, agitado por el viento, volando alrededor de su cara y sus hombros. Ella inclinó la cara hacia la brisa y sonrió. Él recordó el contacto con sus curvas suaves y su aroma a flores. La deseaba. Era la hermana de su enemigo, sí, pero también era la chica de la que siempre había estado enamorado. Exhaló un suspiro de frustración y se pasó la mano por el pelo. Sabía que lo más inteligente que podía hacer era marcharse y decirle a su tía Lili que encontrara otra manera de vengarse de Gonzalo. Sin embargo, Paula lo vió y alzó una mano para saludarlo. Era demasiado tarde para recurrir a otro plan. Cerró el coche y se dirigió, atravesando el parque, hacia ella.  De nuevo, sintió ganas de ayudarla. Sabía que tenía que sincerarse y decirle su apellido. No quería engañarla como su familia había engañado a su hermano. Necesitaba saber que, cuando su tía Lili y él estuvieran, por fin, en una posición de poder con respecto a la familia Chaves, podían estar satisfechos de haberlo conseguido de una manera limpia y franca. Eso significaba que no podían ser mentirosos, como había sido Alfredo Chaves con ellos. Y, aunque sospechaba que antes se había dejado llevar por la lujuria y la nostalgia, ya no podía permitírselo más. Había llegado el momento de recordar quién era el responsable de toda la destrucción que se había desencadenado la noche del baile. Pedro sonrió mientras se acercaba a ella.


—Si hubiera sabido que venías caminando, te habría acompañado.


—Bueno, no te preocupes. Todavía no conduzco —dijo ella, sin especificar el motivo. Todavía le aterrorizaba subirse a un coche, pero no quería decírselo.


—¿No?


—Ya sabes que llevaba mucho tiempo en coma.


—Ah, sí. Creo que lo había olvidado —respondió él, con una mirada de timidez—. ¿Prefieres dentro o fuera?


—Prefiero aquí fuera, si no te importa…


—No, claro que no. ¿Te parece bien elegir una mesa mientras yo voy dentro a pedir las bebidas? —sugirió él.


Ella le pidió un café con hielo y, después, se dirigió hacia una mesa apartada, a la sombra. Mientras se sentaba, sonó su teléfono. Era un mensaje que había llegado al grupo que tenía con Vanina y Melisa. Vanina tenía buena vista de la terraza del café desde su librería.


-Vanina: ¿Quién es ese tipo tan guapo?


-Paula: Se llama Pedro. Es mi nuevo vecino.


-Melisa: Tengo un paciente dentro de cinco minutos. Pero quiero todos los detalles. ¿Nos tomamos una copa en la tienda de Vanina esta noche?


Paula envió el emoticono del pulgar hacia arriba y guardó el teléfono. No recordaba a ninguna buena amiga de antes del accidente, pero Vanina y Melisa le habían dado la bienvenida como si fuera su hermana. Cuantas más cosas recordaba, más se daba cuenta de que no tenía amigas en Chaves Corners. De que su abuelo los había tenido a Gonzalo, a Rodrigo y a él apartados de la gente del pueblo.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 5

Vanina Belmont iba a convertirse pronto en la cuñada de Paula. Además, había contribuido decisivamente en la revitalización de Chaves Corners desde que había ido a vivir allí hacía dos años para rodar su célebre programa de televisión, Hometown, Home Again. Cuando ella había decidido marcharse de Chaves Manor, Vanina y Melisa la habían apoyado. Vanina había sugerido que la familia comprara uno de los dúplex victorianos y lo rehabilitara para que ella pudiera adaptarse de nuevo al mundo real. Así que, como Vanina le había demostrado mucho amor y respeto, tenía la tentación de llamarla en cuanto se marcharan los encargados de la mudanza y se quedara a solas en su nuevo hogar. Quería que le diera consejo sobre Pedro. Pedro. Tenía unos preciosos ojos castaños y, cuando la había abrazado para calmarla, no le había provocado pánico… Ella había temido el momento en que un hombre la abrazara porque lo último que recordaba de la noche fatídica era que Javier Morales, el hombre que había muerto en el mismo accidente en el que ella había quedado en coma, la estaba besando a la fuerza e inmovilizándola contra la pared. Sin embargo, en brazos de Pedro no había sentido miedo. Tal vez, por su voz suave o el olor a madera de su loción de afeitado. O, quizá, por el sonido constante de su corazón, que latía bajo su mejilla. Fuera cual fuera el motivo, no podía dejar de pensar en él. ¿Qué iba a hacer? Tal vez aquella idea de quedar con Pedro para tomar café y hablar fuera una equivocación. Pero Melisa, que también era su médica, le había dicho que era probable que cometiera errores, y que tendría que aprender de ellos.  Empezó a vestirse. Tenía una cicatriz larga e irregular en la pierna. Estaba intentando aceptar el cuerpo con el que había despertado. Aunque las cicatrices eran de esperar, aún no las había asimilado por completo. Ella se recordaba a sí misma con unas piernas largas, esbeltas. Ahora, por el contrario, las tenía llenas de celulitis, aunque Vanina le había asegurado que a todo el mundo le pasaba lo mismo. Se miró al espejo con el vestido que acababa de ponerse, cuya falda terminaba a la altura de las rodillas. Vió sus imperfecciones pero agitó la cabeza y se apartó aquellos pensamientos de la mente. No podía odiar sus defectos porque la convertían en lo que era y, si Pedro los odiaba, entonces no era el hombre que ella esperaba. Tomó su bolso, se puso las gafas de sol y salió a la calle. Su nueva vida empezaba aquel mismo día, y estaba dispuesta a aprovechar todas las oportunidades que se le presentaran. Ya no iba a esconderse más en la cama por miedo al mundo real.



Pedro estacionó en el departamento público que había enfrente de la estación de tren, cercano a un parque tras el que estaban las tiendas de Main Street. Había pensado en no acudir a su cita con Paula, pero lo cierto era que tenía que hacerlo. Cualquier fantasía que hubiera tenido con ella durante aquellos años había palidecido en comparación con lo que había sentido al abrazarla. Era sexual, pero más que eso. Nunca se había permitido a sí mismo pensar en el futuro ni tener una relación duradera con nadie porque estaba completamente centrado en la venganza. Sin embargo, con pasar un momento en compañía de Paula, se lo estaba cuestionando todo. ¿Era solo porque recordaba los sentimientos de la niñez o por otra cosa? No podía negar que le emocionaba estar con ella… Su tía Lili, la hermana de su padre, le escribió un mensaje en aquel momento. Ellos dos eran los únicos que quedaban de la familia, y habían trabajado juntos para recuperar su fortuna, algo que habían logrado, aunque Gonzalo Chaves no les hubiera dejado mucho con lo que empezar. "¿Has encontrado a la hermana?" Él respondió afirmativamente, pero no le dijo que había cambiado de opinión y que no iba a usar a Paula. Su tía y él habían reformado la empresa y la habían rebautizado con su segundo apellido, Alfonso. Y Alfonso Industries era una empresa próspera. Su tía y él habían recuperado lo que les había quitado la familia Chaves cuando Chaves Corners había empezado a revitalizarse y había recuperado la actividad industrial.

martes, 5 de agosto de 2025

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 4

No, en realidad, era la clave para que él pudiera dejar atrás un pasado lleno de ira y de deseos de venganza. Sabía que lo que necesitaba su familia era la venganza, pero él siempre había sido el hermano más blando, el más parecido a su madre. El hecho de perder a su hermano y ver cómo su padre se hundía lentamente en el alcoholismo le había hecho cambiar. O le había obligado a dejar de ser el hijo que, a ojos de su padre, nunca había estado a la altura. No era como su hermano y su padre. Se había cambiado legalmente el apellido después de que Gonzalo los arruinara y había elegido Alfonso. No podía utilizar a otra persona para conseguir lo que quería. Ahora estaba seguro de ello.


—¿Estás bien? —le preguntó a Paula en voz baja.


—No, pero me encuentro mejor. Gracias —susurró ella—. No sé si sabías que te había contratado para esto, pero me da la sensación de que va a haber más momentos así.


—No pasa nada —dijo él—. Pero tengo que decirte que yo no soy la persona a la que has contratado.


Ella abrió mucho los ojos.


—¿No?


—No. Pero creo que podemos ayudarnos el uno al otro, y ese es el motivo por el que yo he venido hoy —dijo él.


—Bueno, la persona a la que contraté es un desconocido. Pensé que sería más fácil que con alguien que me conociera y conociera toda la historia de mi familia.


—Lo entiendo —dijo él.


Tenía remordimientos de conciencia, pero decidió que no iba a contarle que se conocían desde jóvenes ni que su hermano había estado involucrado en el accidente de tráfico por el que ella había quedado en coma. Si lo hacía, ella se alejaría de él. ¿Y haría bien? No tenía ni idea.


—La mudanza está a punto de terminar y se supone que yo tengo que intentar salir más de casa —dijo ella, titubeando, nerviosa de repente—. ¿Por qué no vamos a Java y tomamos un café y charlamos? Pero… Si tú no eres el hombre al que contraté, ¿Por qué estás aquí? 


—Voy a vivir en la cabaña que hay junto a la tuya —dijo el.


En parte, era cierto. Había planeado volver al hogar de su infancia, donde había sido feliz. Aunque tuviera motivos ocultos para hacerlo, ahora que se había reencontrado con Paula Chaves, sabía que iba a cambiar sus planes y tenía la esperanza de descubrir qué sería lo siguiente.


—¿De verdad? Vaya, entonces, somos vecinos. Me alegro —dijo ella, y arrugó la frente—. Bueno, ¿Te apetece un café?


—Sí, podemos tomar un café si quieres. ¿A qué te referías con lo de que se supone que tienes que salir de casa?


—Yo… He estado en coma diez años. Qué trágico, ¿verdad? — preguntó, tratando de reírse, pero su incomodidad era evidente—. Bueno, me dieron el alta hace seis meses, pero me veo incapaz de empezar a vivir otra vez. Al principio, necesitaba recuperar la fuerza física, pero, como acabas de ver… No estoy en mi mejor momento —dijo.


—Yo no he visto nada de eso. Te has manejado maravillosamente con tu hermano y has defendido tu postura. Después, cuando ha terminado, solo necesitabas un minuto para recuperarte.


Ella exhaló un suspiro y, después, sonrió ligeramente.


—Creo que me va a gustar tenerte de vecino, Pedro —dijo.


—Creo que a mí también me va a gustar que seamos vecinos —dijo él.


Quedaron para tomar un café aquella tarde y, mientras la veía alejarse caminando hacia los mozos de la mudanza, tuvo un sentimiento de agobio. Sabía que tendría que decirle quién era, pero sabía que eso no iba a ser de ayuda para ella en aquel momento. Y, por supuesto, para él, tampoco.

No Esperaba Enamorarme: Capítulo 3

Él iba a enseñarle todo lo que necesitaba saber sobre la manera moderna de salir con alguien y superar su miedo a que la tocaran. La ayudaría a hacer las cosas que le daban miedo, como ir a una cafetería llena de gente y pedir un café, o ir al centro de la ciudad a comer a un restaurante lujoso como Rodrigo's. Había intentado hacerlo sola, pero se había quedado paralizada, en parte porque tenía que llevar un bastón. Era difícil no darse cuenta de que todo el mundo la miraba. Era una Chaves y, en Chaves Corners, todo el mundo sabía que había estado diez años en coma. Era consciente de que el miedo la había dominado durante demasiado tiempo, así que cuando Gonzalo dejó claro que no estaba de acuerdo con sus planes con Pedro, Paula se irritó. Se soltó del brazo de él, se cuadró de hombros y miró a su hermano de frente.


—Gonzalo, sé que, a tus ojos, sigo siendo la hermana pequeña que ha estado dormida durante demasiado tiempo. Entiendo que lo que quieres es protegerme, pero me estás asfixiando poco a poco. Necesito a alguien que me ayude a hacer las cosas que me causan temor, pero que tengo que hacer de todos modos.


—¿Y crees que este hombre es el adecuado? —le preguntó Gonzalo con tirantez.


—Sí —dijo Paula—. No es un extraño. Como te dije, somos amigos.


Se giró hacia Pedro. Él tenía los labios apretados, pero, cuando lo miró, él asintió y le guiñó un ojo. Después, se dirigió a Gonzalo.


—Te doy mi palabra de que no voy a permitir que le ocurra nada malo —prometió.


—Eso no es necesario —dijo Paula.


Las mujeres no necesitaban que los hombres las respaldaran, aunque sería agradable tener a Pedro cerca en aquellos momentos de pánico que iban a surgir.


—Está bien, pero os estaré vigilando —les advirtió Gonzalo—. Y, Pedro, necesito que me digas tu apellido.


—¡No, claro que no! —protestó Paula—. No tiene nada que ver contigo.


Gonzalo sonrió a Pedro con tirantez mientras tomaba a su hermana del brazo y se la llevaba aparte. 


—Eres una Chaves y una mujer muy rica —le susurró—. Es una irresponsabilidad que pases tiempo con alguien a quien no conocemos. Deja que lo investigue.


—No, Gonza, te lo digo en serio. Sabes que quería venir a vivir al campo para verme obligada a arreglármelas yo sola. Sin embargo, me he quedado aquí, en Chaves Corners, porque te quiero y quiero que seamos la familia que recuerdo. Pero tienes que dejar que haga esto a mi manera.


—Odio esto —le dijo Gonzalo.


Ella le dió un abrazo a su hermano mayor. Sabía que, por mucho que no quisiera dejarla sola en medio de todo aquello, iba a hacerlo.


—Gracias.


Él dió un gruñido y correspondió a su abrazo. Cuando se alejaba, le dijo algo a Pedro, pero ella no lo oyó. Después, entró en su coche y se marchó. Y ella se quedó a solas con aquel extraño que, esperaba, la ayudaría a encontrarse a sí misma.


Pedro sonrió a Paula mientras Gonzalo pasaba entre ellos y se detenía un segundo para advertirle que, si le hacía daño a su hermana, iría por él. Después, Gonzalo se marchó. Y, ahora, ¿Qué? No sabía qué tenía que hacer la persona a la que había contratado Paula y, por mucho que quisiera destruir a Gonzalo, había empezado a parecerle mal el hecho de utilizarla. Ella dejó de sonreír en cuanto su hermano se marchó y comenzó a respirar agitadamente, como si tuviera un ataque de ansiedad. En aquel momento, supo con certeza que no iba a usar a Paula. A pesar de la desafortunada historia que había entre sus dos familias, ella le agradaba todavía. Además, tuvo ganas de ayudarla a recuperar su fuerza y convertirse de nuevo en la chica intrépida que había sido… Se le escapó un suspiro de frustración. Parecía que, cada vez que estaba decidido a vengarse de los Chaves por lo que habían hecho, había alguna clase de intervención universal que le demostraba que ellos mismos ya se habían destruido.


—Eh, tranquila —le dijo, y se acercó a ella.


La rodeó con un brazo y ella cerró los ojos, como si no sintiera su contacto. Entonces, él la estrechó aún más contra la curva de su cuerpo y trató de no pensar en su propia reacción. Al cabo de unos segundos, el ritmo de la respiración de Paula comenzó a bajar. Alzó la cabeza y abrió los ojos, azules y claros, pero con algunas sombras. Y él, que había ha pensado que ella era la clave para destruir a Gonzalo.