jueves, 31 de julio de 2025

Chantaje: Epílogo

 Lima, Perú. Dos meses después…



Paula había soñado que estaba cubierta de joyas. Adormecida, deslizó los dedos por el brazo desnudo del hombre que dormía a su lado. Había soñado que su marido la cubría de esmeraldas, rubíes y perlas mientras hacían el amor. Se tumbó de espaldas y extendió el brazo para mirar la sortija de diamantes que llevaba junto a su anillo de casada, la luz de la mañana entraba a raudales por las ventanas de la casa que Pedro había alquilado para el verano. ¿Qué tenía aquel hombre que la dejaba sin aliento sólo con mirarlo? Cuando Pedro alzó una mano y la apoyó en su cadera, sonrió. Sabía exactamente lo que la atraía de él: Todo. Gruñendo con suavidad, él la estrechó contra su costado.


—Rubíes. Definitivamente, rubíes —dijo a la vez que entreabría un ojo. Al parecer, no estaba tan dormido como había imaginado Paula. Alzó una mano para tocar los pendientes que colgaban de sus orejas—. Llevo más de un año soñando en cubrirle de joyas.


—Pues anoche hiciste realidad tu fantasía —Paual deslizó una mano bajo su cuerpo y sacó un brazalete de zafiros que se le estaba clavando en la espalda.


Qué encantadoramente irónico resultaba que fuera Pedro el que le estuviera regalando joyas y castillos. Aunque ella no necesitaba nada de aquello. Ya tenía paz, excitación, estabilidad y aventura con el hombre al que amaba.


—Trajiste contigo el rescate de un rey en joyas.


—Porque eres una Alfonso, querida, y eso te convierte en parte de la realeza norteamericana —dijo Pedro.


Realeza. Aquella palabra ya no sobresaltaba a Paula cada vez que la escuchaba. Por fin había llegado a asimilar aquella parte de sí misma. Había vuelto a visitar a su padre. Cada vez estaba más grave y ella iba a tener que enfrentarse a aquella realidad. Afortunadamente, tendría a Jonah a su lado para cuando llegara lo peor. Pedro la besó con delicadeza en los labios, como si hubiera leído sus pensamientos, algo que parecía hacer más y más a menudo aquellos días. Delfina y Luca estaban a punto de abrir un negocio de catering en Maine. Miguel planeaba unirse a ellos y ocuparse de la contabilidad, siempre pensando en el futuro financiero de su hija. La familia de Paula estaba creciendo rápidamente, con los Alfonso a punto de llegar para pasar un largo fin de semana con ellos. Ana había decidido que todos debían conocer mejor a su nueva nuera. Paula apreciaba el gesto. Los Alfonso sabían hacerle sentirse especial y bienvenida.  Parte de su familia. Pedro jugueteó con las perlas entrelazadas con el pelo de ella.


—¿Has pensado ya dónde te gustaría vivir?


—Supongo que lo sabremos cuando llegué el proyecto de restauración adecuado para nuestra casa —contestó Paula.


Pedro tiró con juguetona delicadeza de su pelo.


—¿No podrías reducir las posibilidades a uno o dos países para mí?


—No —Paula deslizó los dedos por el pelo de Pedro y lo besó en los labios—. No pienso volver a limitar mis opciones con ideas preconcebidas —lo rodeó por las caderas con las piernas y volvió a besarlo—. A partir de ahora pienso estar abierta a todas las posibilidades que me ofrezca la vida.










FIN

Chantaje: Capítulo 49

Paula apretó los puños con una fuerza recién encontrada en su interior. No pensaba volver a ocultarse en su biblioteca y en sus temores. Amaba a Pedro Alfonso y quería una vida con él, los llevara adonde los llevase. Él estaba dolido y enfadado ahora, y no podía culparlo, y ella había sido demasiado cautelosa. Pero pensaba remediarlo. No pensaba echarse atrás así como así. Lucharía por Pedro con tal fuera que ni siquiera sabría lo que se le había venido encima. Se puso en pie y tomó el rostro de Enrique entre sus manos.


—No hay duda de que eres un viejo zorro, pero creo que me gustas.


Enrique rió mientras Paula le dedicaba una sonrisa seguida de una reverencia.


—Ahora tengo que irme, pero volveré —añadió—. Antes tengo que aclarar algunas cosas con Pedro.


Su padre alzó una mano y giró un dedo en el aire.


—Date la vuelta.


Paula miró por encima de su hombro… Y el corazón se le subió a la garganta. Pedro estaba en el umbral de la puerta con un ramo de flores en la mano. Él apenas tuvo tiempo de asentir al padre de Paula antes de que el viejo rey lo dejara a solas con ella. Estaba en deuda con Ezequiel y con Enrique por haber organizado aquella reunión. Y pensaba devolverles el favor manteniendo a Paula feliz y a salvo durante el resto de su vida. Avanzó hacia ella con el ramo por delante.


—No sabía qué elegir para traerte y finalmente me he decidido por unos tulipanes blancos, como los de esa foto que tienes en tu cuarto de estar. He supuesto que te gustaban.


—¡Son perfectos! Gracias —Paula tomó las flores en una mano y apoyó los dedos de la otra en los labios de Pedro—. Estaba muy equivocada cuando te he dicho que no nos conocíamos —dijo antes de aspirar por un momento el aroma de los tulipanes—. Las flores son preciosas, pero ya me has hecho los regalos que de verdad importan. Me has dado piscinas infinitas, paseos por castillos cargados de historia, me has alentado a salir de mi oscura oficina e incluso me has hecho cumplidos por mi brillo de labios favorito. Lo sabes todo sobre mí… Excepto lo profundamente que te amo.


Pedro la rodeó con los brazos por la cintura y la atrajo hacia sí, oprimiendo ligeramente las flores.


—Yo también lo sé ahora, y estoy deseando demostrarte cuanto te amo en cada país del mundo. Si estás dispuesta a esa aventura… 


—Me gustan tus ideas para fundir nuestras vidas. Creo que estoy más que lista para sacar mi mundo de investigación bibliotecario a la luz… Mientras tú estés conmigo.


—Deberíamos hablar con tu padre —dijo Pedro.


—Pronto —dijo Paula, poniéndose repentinamente seria—. Pero antes quiero que sepas cuánto lamento no haberte contado lo del bebé cuando sucedió, ni después, cuando nos hemos vuelto a ver. No debí ocultártelo. Merecías saberlo.


—Gracias. No hacia falta que lo hicieras, pero aprecio escucharlo —el conocimiento de aquella pérdida aún dolía y Pedro sospechaba que no se le pasaría fácilmente. 


Pero entendía que a Paula le costara tanto confiar, y sabía que aún le quedaban por derribar algunas de las barreras que se había pasado la vida alzando a su alrededor. Pero a él se le daban especialmente bien las restauraciones.


—He traído algo más además de las flores —dijo.


—No tenías porqué traerme nada. El hecho de que estés aquí significa más de lo que puedo expresar.


—Debería haberte seguido antes. Deberías haber podido contar conmigo…


Paula tomó el rostro de Pedro entre sus manos, interrumpiéndolo.


—Estamos mirando hacia delante, ¿Recuerdas? —dijo antes de besarlo en los labios—. Y ahora… ¿Qué es lo que has traído?


Pedro metió la mano en el bolsillo y sacó dos anillos de oro. Los había conservado todo el año. Paula sonrió y extendió una mano hacia él con los ojos llenos de lágrimas. Él le puso el anillo a ella y ella se lo puso a él. Luego enlazaron sus manos con fuerza y, en aquella ocasión, supo con certeza que no iban a quitárselos. Sacó una de las flores del ramo y la colocó tras la oreja de Paula.


—¿Estás lista para pasar al interior, señora Alfonso?


Ella enlazó su brazo con el de él mientras sostenía el ramo en el otro, como una auténtica novia.


—Estoy lista para ir a cualquier sitio… Mientras sea contigo. 

Chantaje: Capítulo 48

Perder una foto no era lo mismo que perder a una persona, desde luego, pero haber perdido incluso aquellos recuerdos, aquel pequeño consuelo…


—Entonces tendremos que aseguramos de que tengas una foto mía para recordarla —dijo.


—Gracias, pero supongo que no voy a tardar en reunirme con ella —Enrique habló de su propia muerte con tal naturalidad que Paula se quedó conmocionada—. Lo que me lleva al motivo por el que te he llamado. Hay algunas cosas que necesitas saber y apenas tenemos tiempo. Ya sea porque me muera, o porque alguien me encuentre finalmente, nuestro secreto saldrá a la luz algún día.


Aquellas palabras inquietaron de inmediato a Paula.


—¿Dónde te esconderás entonces?


Enrique alzó la barbilla.


—Soy un rey. No me escondo. Permanezco aquí por la gente que amo. 


—No estoy segura de entender a qué le refieres.


—Permaneciendo aquí se mantiene la ilusión de que mis hijos y yo estamos en Argentina. Nadie se molesta en buscarlos. Nadie puede hacerles daño… Como hicieron con mi Beatríz.


Beatríz, su esposa, que fue asesinada durante la huida.


—Debió ser terrible para tí.


Enrique apartó un momento la mirada, sin parpadear. Luego volvió a fijar sus intensos ojos negros en Paula.


—Fue difícil conocer a tu madre tan pronto tras el asesinato de Beatriz. Yo amaba a tu madre tanto como podía en aquellos momentos. Ella me dijo que si no podía tener todo mi corazón no quería nada.


Paula siempre había pensado que su madre permaneció alejada del rey por motivos de seguridad. Nunca consideró la posibilidad de que hubiera actuado así por motivos emocionales. Era posible que Miguel Chaves no fuera precisamente un príncipe azul, pero había adorado a su madre.


—No sabes cuánto lamento no haberte visto crecer —continuó Enrique—. Nada de lo que pueda hacer o decir compensará que no haya sido para tí el padre que merecías.


La humilde sinceridad de aquellas palabras significaron más para Paula que cualquier cantidad de dinero. Llevaba toda la vida esperando a que Enrique Medina admitiera que debería haber sido un padre para ella. Y aunque aquello no borraba el pasado, era un primer paso hacia la sanación. Acarició la mano de su padre.


—Finalmente decidí pedirle a tu madre que se casara conmigo —dijo Enrique.


—¿Y que pasó?


—Que llegué demasiado tarde.


Paula asintió lentamente.


—Se acababa de casar con Miguel —dijo.


—Decidí luchar por ella demasiado tarde —dijo con sencillez—. No esperes tú tanto para luchar por lo tuyo, querida.


Pero la oportunidad de Paula se había esfumado. En aquella ocasión había sido Pedro el que la había dejado, no al revés. Estaba a punto de contarle lo sucedido a Enrique cuando vió algo en su mirada que le hizo interrumpirse, una profunda sabiduría que procedía de experiencias que ella no podía comprender. Aquel hombre sabía lo que significaba luchar. Y su sangre corría por sus venas.


Chantaje: Capítulo 47

Paula estaba sentada en un banco del jardín de su padre, esperando. En unos minutos volvería a ver a Enrique Medina. La situación resultaba confusa y surrealista, y no tenía nada que ver con el feliz reencuentro con el que solía soñar de niña. Se volvió hacia Ezequiel, que estaba de pie a su lado con expresión sombría.


—Gracias por haber organizado tan rápidamente nuestro encuentro —dijo Paula.


—No me des las gracias —replicó Ezequiel sin ninguna calidez—. Si fuera por mí, todos viviríamos nuestras vidas por separado. Pero así es como él lo quiere.


Su brusquedad alteró a Paula más de lo que ya lo estaba. Buscó algo que decir para aliviar la tensión. Señaló en dirección al Atlántico.


—Los acantilados son exactamente como los recordaba de mi única visita anterior… Magníficos. A menudo me he preguntado si mi memoria me estaría engañando.


—Aparentemente no.


Y, aparentemente, Ezequiel necesitaba más estímulos para animarse a hablar.


—Qué entraño pensar que nuestro padre ha estado tan cerca todo este tiempo, incluso en el mismo estado.


Su padre se había establecido en una pequeña isla privada junto a la costa de San Agustin, Florida. Una sola llamada a Ezequiel había bastado para poner el mecanismo en marcha. Eloisa había volado en un jet privado, alejándose de Pedro y del catastrófico lío que ella había hecho de su segundo reencuentro. Sintió que las lágrimas atenazaban su garganta. Tragó con esfuerzo y trató de pensar en otra cosa. Ezequiel le tocó el hombro, haciéndola volver al presente.


—Aquí está, Paula.


La puerta de la casa se abrió, pero no para dar paso a un imponente rey de otros tiempos. El sonido del motor de una silla de ruedas eléctrica fue el único aviso previo de la salida de Enrique. Dos enormes perros lo siguieron en perfecta sincronización. Confinado en su silla, Enrique Medina parecía especialmente delgado, gris y cansado. Ezequiel no había mentido. Su padre parecía cercano a la muerte. Paula se levantó pero no alargó los brazos hacia él. Un abrazo habría resultado extraño, afectado. No sabía lo que sentía por él. Su padre la había necesitado y ella había acudido a su lado. Era difícil no recordar todas las ocasiones en que ella lo había necesitado a él. Era cierto que su padre había estado en contacto con ella a lo largo de los años por medio de su abogado, pero de forma infrecuente e impersonal. No pudo evitar pensar en lo distinta que era aquella familia a la de los Alfonso. 


—Hola, señor. Tendrá que disculparme si no sé muy bien cómo dirigirme a usted.


—Llámame Enrique —era posible que el cuerpo del viejo rey fuera débil, pero su voz aún poseía una fuerza sorprendente—. No quiero formalidades y no merezco títulos, ni el de rey ni el de padre. Y ahora siéntate, por favor. Me siento como un anciano grosero por no levantarme estando presente una señorita tan encantadora.


Paula se sentó y él movió la silla para situarse frente a ella. Los dos perros se tumbaron a su lado. El viejo rey señaló la puerta.


—Ya puedes dejarnos, Ezequiel. Quiero hablar a solas con Paula.


Ezequiel asintió y salió sin decir nada.


—Siento que estés enfermo —dijo Paula cuando ve quedaron a solas.


—Yo también.


Enrique no dijo nada más y Eloisa se preguntó si habría empezado a perder sus facultades mentales. Volvió la mirada hacia el enfermero que aguardaba pacientemente en el umbral. No obtuvo respuestas. Miró de nuevo a Enrique.


—¿Has pedido verme? Enviaste a Ezequiel.


—Claro que sí. Aún no he perdido la cabeza. Disculpa mi grosería, pero me ha asombrado comprobar lo mucho que te pareces a mi madre. Ella también era encantadora.


—Gracias, ¿Tienes fotos suyas?


—Se perdieron todas cuando se incendió mi casa.


Paula parpadeó. Sabía que su padre había escapado milagrosamente con vida del golpe de estado en San Rinaldo. Su esposa no lo logró. Él y sus hijos tuvieron que esconderse. No había pensado hasta esos momentos en todo lo que habían perdido. 

Chantaje: Capítulo 46

 —Hmm… —el general acercó una silla a la mesa y aceptó el vaso que le ofreció Juan Pablo—. Bueno, a tu madre le gusta que…


—¡Un momento, general! —las protestas de todos los hermanos se amontonaron.


Pedro estaba totalmente de acuerdo en que aquello debía permanecer en secreto.


—Estás hablando de nuestra madre. Aprecio tu oferta de ayuda, pero hay cosas que un hijo no necesita saber.


Marcos terminó su whisky de un trago.


—La vez que casi los pillamos estuvo a punto de darme un infarto —dijo.


—De acuerdo, de acuerdo —el general sonrió—. Ya lo he captado —añadió a la vez que señalaba la puerta con el pulgar—. Y ahora, ¿Qué tal si salís de aquí y me dejan a solas con Pedro?


Los hermanos se levantaron obedientemente y salieron de la sala de estar. El sonido de sus voces y sus bromas se fue diluyendo mientras se alejaban por el pasillo. El general rellenó el vaso de Pedro.


—Tu padre era mi mejor amigo —alzó su vaso para brindar—. Sé que estaría orgulloso de tí.


—Gracias. Eso significa mucho para mí —aunque no lo suficiente como para eliminar la frustración que sentía por haber fallado en lo más importante, pensó Pedro. Por haber fallado con Paula.


¿Por qué le había ocultado ella lo sucedido? Necesitaba comprender aquello si quería romper el circulo vicioso en que parecían encerrados. No esperaba que el general fuera a darle una solución mágica, pero apreciaba su apoyo de todos modos. El general había permanecido a su lado y al de sus hermanos cuando su padre murió. Él siempre juró que sólo trataba de ayudar a su madre, tal y como ella lo ayudó tras la muerte de su mujer. Pero todos se preguntaban cuánto tardarían en…


—Se tarda lo que haga falta, pero uno no se rinde.


Pedro se quedó asombrado ante la perspicacia de su padrastro.


—¿Has añadido una medalla que lee el pensamiento a tu ya impresionante colección?


—Deja de mortificarte pensando en el pasado y mira hacía delante —dijo el general con firmeza—. No te encojas y admitas la derrota. Aún tienes una oportunidad. Aprovéchala.


—Paula se ha ido —Jonah sacó del bolsillo la tarjeta de Ezequiel y se quedó mirándola—. No quiere hablar conmigo ni volver a verme.


—¿Y vas a aceptarlo así como así? ¿Vas a renunciar a tu matrimonio? ¿A ella? 


Pedro frunció el ceño mientras seguía mirando la tarjeta. No pensaba volver a permitir que Paula se fuera así como así. Había una forma de romper aquel círculo vicioso. Debía demostrarle cómo se apoyaban los miembros de una verdadera familia entre sí, en lugar de la soledad en que ella había vivido, siempre dando, nunca recibiendo. No era de extrañar que no hubiera acudido a él cuando estaba sufriendo. Nadie le había dado nunca motivo para pensar que su petición de ayuda sería atendida. En esta ocasión pensaba demostrarle que alguien la amaba, que él la amaba lo suficiente como para seguirla y permanecer a su lado.


—Tienes razón, general —dijo a la vez que volvía a guardar la tarjeta—. Afortunadamente sé exactamente cómo encontrarla. 

Chantaje: Capítulo 45

Pedro temió emborracharse sí sus hermanos no dejaban de servirle bebidas. Pero para eso había ido a Hilton Head, para estar con su familia. Aún no había asimilado las revelaciones que le había hecho Paula sobre su embarazo. Estaba enfadado con ella por habérselo ocultado y también estaba triste por el hijo que podía haber tenido con ella y que había perdido. Lo sucedido le había hecho comprender lo importante que era arreglar las cosas bien con Paula en aquella ocasión. Tras su pelea, había conducido un rato por la costa hasta que se sintió lo suficientemente calmado como para volver a hablar con ella. Pero cuando regresó, se había ido. No estaba su coche, ni sus maletas. Había vuelto a huir. Él había tomado el primer avión para ir al único lugar al que podía ir en aquellos momentos: A casa con sus hermanos.


—Tienes que averiguar qué es lo que conmueve su corazón —dijo Federico tras tomar un trago de whisky.


Juan Pablo lo miró con expresión socarrona. 


—¿Eugenia te ha hecho entrar en una secta o algo parecido?


—¿Por qué dices eso?

—¿Tienes que averiguar que conmueve su «Corazón» —repitió Juan Pablo burlonamente—. ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué has suplantado a mi hermano?


Marcos palmeó el hombro de Juan Pablo.


—No seas tan destructivo. Te aseguro que aprender a hablar el lenguaje de las mujeres tiene sus ventajas. Los beneficios son asombrosos.


Federico manifestó su acuerdo asintiendo exageradamente. Pedro miró a sus hermanos, preguntándose cómo era posible que aquellos Neandertal hubieran conseguido las magníficas esposas que tenían. ¿Qué sabían que él no sabía?


—Van a tener que hablar más claro si quieren que los entienda —refunfuñó.


Federico adoptó su mejor actitud de abogado a punto de presentar un caso.


—Las rosas rojas y las cajas de bombones están muy bien, desde luego, pero si puedes pensar en algo más personal, algo que revele que la conoces… Ganarás muchos puntos.


—Les encanta saber que estás pensando en ellas cuando no estás con ellas — añadió Juan Pablo.


Pedro miró a sus hermanos como si se hubieran vuelto locos.


—Es muy sencillo —explicó Federico pacientemente—. Eugenia adora a nuestros perros. Un día de San Valentín compré un collar especial y una correa para cada uno e hice una donación a la sociedad protectora de animales local. Le encantó.


—Yo regalé en una ocasión a Constanza un ordenador portátil y casi se vuelve loca de alegría —explicó Juan Pablo—. Yo le había ofrecido otras alternativas para que pudiera seguir trabajando, pero el portátil fue lo que le permitió organizarse para poder trabajar desde casa y ocuparse también de Nina.


—Hay que saber mezclar lo extravagante con lo práctico —dijo Marcos.


—¿Y cuál es la extravagancia de Agustina? —preguntó Juan Pablo mientras rellenaba su vaso.


La boca de Marcos se curvó en una enigmática sonrisa.


—Me temo que eso no puedo compartirlo contigo, hermanito.


—Comprendo —dijo Juan Pablo, también sonriente.


El sonido de alguien carraspeando tras ellos les hizo volverse. El segundo marido de su madre, el general Carlos Renshaw, estaba en el umbral de la puerta.


—Espero que al menos hayan dejado lo suficiente para que me sirva una copa.


—Claro que sí —dijo Juan Pablo mientras servía un vaso—. Tal vez tú puedas dar algún consejo a Pedro sobre cómo recuperar a su esposa. 

martes, 29 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 44

La impasible expresión de Pedro adquirió un matiz de incredulidad.


—¿Ni siquiera se lo dijiste a tu hermana?


—Delfina acababa de comprometerse con Luca. No quise estropear una época tan especial de su vida.


—No —dijo Pedro. Su cuerpo se había tensado, había dejado de ser un refugio para Paula. Algo había cambiado entre ellos en un instante—. No me creo las excusas.


Paula lo comprendía, pero esperaba algo de… ¿Comprensión? ¿Compasión? ¿Consuelo?


—¿Te cuento mi secreto más doloroso y te limitas a decir «No»? ¿Qué te sucede?


Paula no pudo soportar seguir entre los brazos de Pedro, que se habían vuelto fríos como la piedra. Se puso en pie y se apartó de la tumbona. Él se levantó y metió las manos en los bolsillos.


—Creo que no se lo dijiste a tu hermana porque entonces habrías tenido que permitir que alguien se acercara a tí, que formara parte de tu vida. ¿No crees que a Delfina le dolería saber que no sentiste que podías contar con ella?


Paula no había pensado en aquello desde aquel punto de vista. ¿Habría resultado todo menos doloroso teniendo a su hermana a su lado? Recordando el sufrimiento que experimentó, no creía que nada lo hubiera aliviado. ¿Pero por qué no había pensado más en cómo afectaría aquello a Pedro? Se obligó a mirarlo a los ojos, a enfrentarse al dolor… Y al enfado que vió en ellos.


—Debí decírtelo entonces.


—Desde luego —espetó Pedro—. Pero no lo hiciste. Porque hacerlo habría implicado que yo formara parte de tu vida y de tu familia, cuando lo más fácil para tí era esconderte en tu biblioteca con tus libros.


Paula sintió sus palabras como dardos.


—Estás siendo cruel.


—Estoy siendo realista por primera vez, Paula —Pedro se puso a caminar de un lado a otro del patio. La frustración que sentía se hizo evidente en su tono—. Hablas de un futuro juntos, pero has sido capaz de ocultarme esto todo el tiempo, incluso cuando hemos hecho el amor.


—Te estoy contando la verdad ahora. Hace sólo cinco minutos has dicho que nada podría separarnos.


—¿Me lo habrías dicho de todos modos si no hubieras temido que lo averiguara ahora que todos tus secretos están saliendo a la luz?


Paula no supo qué contestar y Pedro asintió con aspereza.


—Me he pasado todo este tiempo preguntándome si podías confiar en mí y ahora no sé si yo puedo fiarme de tí. No sé si voy a poder estar contigo preguntándome todo el tiempo cuándo vas a volver a huir —dejó de caminar y se pasó una mano por el pelo—. Esto es demasiado. En estos momentos soy incapaz de pensar. Necesito salir un rato —añadió y, sin más, se fue.


La puerta de la calle se cerró silenciosa pero firmemente tras él. Una solitaria lágrima se deslizó por la mejilla de Paula, dando paso al raudal que la siguió. Apenas capaz de ver, volvió a entrar en la casa. Se había pasado el año anterior inmersa en su dolor, en sus temores, sin pensar ni una sola vez en cuánto debía haberle dolido a Pedro que lo dejara. Ahora, a solas en su casa, con el eco de la puerta al cerrarse aún resonando en sus oídos, comprendió hasta qué punto metió la pata al dejarlo. Estaba completamente sola por primera vez en su vida. Miguel estaba enfadado porque no había convencido a Delfina para que se quedara. Su hermana estaba disfrutando de su recién estrenado matrimonio. Y Pedro la había dejado. No tenía a nadie a quien recurrir. Bajó la mirada hacia el pisapapeles que contenía la flor seca y las caracolas que conservaba como recuerdo de la brevísima vida de su bebé. ¿Por qué no había compartido aquel dolor con Pedro? Y ahora, por cómo había hecho las cosas, él también estaba sufriendo la pérdida a solas. Tomó el pisapapeles en la mano y al alzarlo vio que debajo había una tarjeta con un número de teléfono. Era la tarjeta de Ezequiel. Tal vez, había al menos una cosa que podía arreglar en su desastrosa vida. Tal vez aún podía hacer feliz a alguien. 

Chantaje: Capítulo 43

 —Siento no haber tenido en cuenta tu trabajo ni tu necesidad de seguridad. Comprendo por qué no te parece un gran plan seguirme de trabajo en trabajo. Tendremos que buscar juntos una solución.


Paula quería creer que las cosas podían ser tan sencillas.


—¿Es de eso de lo que estamos hablando? ¿De vivir juntos?


—Creo que vamos claramente en esa dirección —Pedro apoyó la barbilla en la cabeza de Paula—. Seria un error pretender lo contrario.


—De acuerdo —Paula suspiró profundamente antes de continuar—. Si vamos a ser totalmente sinceros el uno con el otro, hay algo que tienes que saber, algo que me va a costar decirte y que te va a costar escuchar.


Pedro se tensó, pero mantuvo la barbilla sobre el pelo de Paula.


—¿Vas a volver a irte?


—No, a menos que me pidas que lo haga.


—Eso nunca sucederá. 


—Pareces muy seguro de ello. Siempre pareces muy seguro de tí mismo. Ojalá me sucediera a mí lo mismo.


—Tengo una visión de nuestro futuro y es perfecta —Pedro hizo que Paula alzara el rostro para mirarlo—. Eres perfecta. Vamos a ser perfectos juntos.


—No puedes creer de verdad que soy perfecta, y aunque lo creas en ciertos aspectos, ¿Qué vas a hacer cuando veas mis defectos? ¿Y si no encajo en el mundo maravilloso y sin límites que has pensado para nosotros?


—Ya lo resolveremos. Piensa en tus estudios en España. Disfrutaste contribuyendo con tu investigación. Puede que ése sea un camino para fundir nuestros dos mundos. También podemos llegar a acuerdos y dividirnos el tiempo.


Pedro le estaba ofreciendo tanto que Paula aún no estaba preparada para pensar en ello. No hasta que hubiera dejado zanjado aquel doloroso asunto.


—No es de eso de lo que estoy hablando. Es algo distinto, más importante. Se trata de un error que cometí.


—Admiro la forma en que te preocupas de los sentimientos de quienes te rodean, pero yo ya soy mayorcito, así que ve al grano.


—No he sido completamente sincera contigo —el corazón de Paula latía con tal fuerza que temió que fuera a estallar—. No sólo respecto al tema de mi padre.


—¿Tienes algún novio oculto por ahí?


—Claro que no, Pedro. Me he pasado todo el año echándote de menos. No hay sitio para ningún otro en mi corazón.


—En ese caso, no hay nada de que preocuparse —dijo Pedro con un guiño.


—No bromees, por favor. Ahora no —tras un momento de silencio, Paula habló tan rápidamente como pudo—. Después de dejarte descubrí que estaba embarazada de tí.


Pedro se quedó muy quieto y de su rostro desapareció toda expresión.


—Tuviste un bebé —dijo lentamente, en tono neutro—. Nuestro bebé.


Paula asintió mientras en su interior se avivaba el triste recuerdo del pesar, la soledad y el arrepentimiento que experimentó al perder al bebé. Debería haber llamado a Pedro entonces, pero no lo hizo, y había llegado el momento de enfrentarse a las consecuencias de su decisión.


—Sufrí un aborto espontáneo.


—¿Cuándo?


—¿Eso importa?


—Creo que merezco saber cuándo.


Paula sintió una punzada de culpabilidad. Pedro tenía razón.


—Cuando estaba embarazada de cuatro meses y medio. No se enteró nadie, excepto mi médico. 

Chantaje: Capítulo 42

Miró hacia el palio, donde Pedro y Luca seguían hablando como viejos amigos. Pedro se relacionaba con gran facilidad con la gente, y sabía cómo conquistarla. No había duda de que a ella la había conquistado un año atrás… Y la noche anterior. Se había introducido bajo sus defensas como no lo había hecho ningún otro hombre. Delfina dedicó a su recién estrenado marido una amorosa mirada.


—Ojalá hubiera seguido antes mis instintos. Me habría ahorrado mucho tiempo y trabajo —suspiró—. Aún no sé dónde vamos a vivir. Luca dice que eso forma parte de la aventura. Puede que utilicemos un mapa y un dardo para decidirlo.


Paula volvió a mirar a Pedro. Ella también quería aquella clase de felicidad.  Quería creer en que podían encontrar una forma de encajar sus vidas.


—Te veo realmente emocionada ante tu nueva aventura.


Delfina estrechó la mano de su hermana.


—¿Te parece demasiado egoísta por mi parte? Yo siempre he podido contar contigo y ahora voy a dejarte.


—Vas a vivir tu propia vida. Es lo que debes hacer y lo que mereces. No dejaremos de ser hermanas aunque vivas en la otra punta del país. Iré a verte… Pero elige algún lugar interesante, ¿De acuerdo?


Delfina asintió, sonriente, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas cuando abrazó a su hermana.


Un momento después, Pedro se asomó a la puerta del cuarto de estar. Paula miró sus intensos ojos azules y supo la verdad. No había acudido allí a vengarse de ella. Había acudido allí a por ella. La estaba apoyando en aquella crisis familiar, había mantenido firmemente guardado su secreto, había ido a por ella… Además, era un gran tipo y confiaba lo suficiente en él como para dar el siguiente paso. No quería que se fuera a Perú. Quería más tiempo para asegurarse de lo que había entre ellos antes de que fuera demasiado tarde. Merecía un futuro propio con Pedro y había llegado el momento de reclamarlo. Y tenía que empezar contándole lo de su bebé.  Paula cerró la puerta tras despedirse de Delfina y de Luca. Tras ella, Pedro apartó su pelo a un lado y la besó en la curva del cuello. Paula echó atrás la cabeza para permitirle mejor acceso. Después de todo lo sucedido, lo que más deseaba era perderse en sus brazos, encontrar entre ellos el olvido que tanto anhelaba. Luego se acurrucaría a su lado en la cama y dormirían como una pareja normal y corriente… Pero eso sería esconderse. Eso sería utilizar el sexo para ocultarse de dar el paso que debía dar: Abrirse por completo a Pedro, permitir que la amara realmente. Y permitirse amarlo. Se volvió hacía el.


—Gracias por haber sido tan comprensivo y no haber puesto objeciones para regresar. Siento haberte estropeado la risita de tu familia.


—Han sido ellos los que se han presentado sin avisar —Pedro la rodeó con los brazos por la cintura—. Si quieres, pronto podremos pasar más tiempo con ellos.


—Quiero.


Pedro sonrió, complacido.


—Bien, bien —dijo mientras se encaminaba con Paula hacía el patio, donde ocupó una tumbona y la sentó en su regazo.


Paula apoyó la cabeza en su hombro y suspiró. Pedro le acarició el pelo. 

Chantaje: Capítulo 41

Se volvió hacia Pedro, llamó su atención y señaló disimuladamente su reloj. «Tenemos que irnos», le dijo con la mirada. No sólo por Delfina. Necesitaba distanciarse para pensar, porque estando allí sentada con los Alfonso sentía tantos deseos de formar parte del mundo de Pedro que casi le dolía. Aquélla no era una familia que huía de las responsabilidades y los compromisos. Él era un hombre del que se podía depender. Y en aquellos momentos no estaba segura de ser la mujer que él se merecía.


A la mañana siguiente, Paula estaba en la cocina de su casa, con una taza de té en las manos y sentada junto a su hermana. Su hermana recién casada. Un fino anillo de plata adornaba el dedo de Delfina. Paula y Pedro habían llegado al amanecer. Ella esperaba poder hablar con él durante el trayecto, pero había recibido una llamada de los constructores con los que iba a trabajar en Perú para hablar del proyecto al que iba a dedicarse cuando se fuera de allí. Cuando la dejara. Al llegar a casa, había encontrado a su hermana esperándola. Con Luca, que en aquellos momentos estaba hablando en el patio con Pedro. Apoyó la mano en la de Audrey.


—Siento no haber estado aquí cuando me necesitabas.


—Ya soy mayor de edad, a pesar de lo que piense nuestro padre. Tomé la decisión sola. Luca quería fugarse y dejar el pueblo desde el principio. Nunca debería haber permitido que papá me convenciera para organizar una gran boda.


—No seas demasiado dura contigo misma. Todos queremos complacer a aquéllos a quienes queremos.


Delfina bajó la mirada.


—Yo soy tan culpable como él. El dinero siempre nos ha importado demasiado. Papá siempre estaba obsesionado con no tener suficiente para mamá. Recuerdo la ocasión en que le compró un collar de diamantes y zafiros. A ella le encantó, pero él no dejaba de disculparse porque no era lo suficientemente grande. Dijo que quería que se sintiera como una reina.


¿Cómo una reina? Paula se quedó momentáneamente paralizada. ¿Sabría su padre más de lo que ella creía? Si era así, su secreto empezaba a ser el peor guardado del planeta.


—Mamá quería a papá.


—Lo sé. Y quiero lo mismo para mi matrimonio —Delfina tomó una mano de su hermana en las suyas—. Pero me ha llevado tiempo darme cuenta de que lo importante no son las ceremonias y las celebraciones. Sé que probablemente piensas que estoy loca por haberme escapado.


—Puede que te entienda mucho mejor de lo que crees —dijo Paula, que no pudo evitar una punzada de culpabilidad. 

jueves, 24 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 40

 —Claro que sí. Somos tres contra uno, hermanito.


El mundo de los hermanos era algo bastante desconocido para Paula. Sólo había estado con los suyos en una ocasión, veinte años atrás. Federico, el abogado, extendió un brazo por el respaldo del sofá.


—Evitó que mamá descubriera nuestros túneles.


—¿Túneles?


Juan Pablo, el hermano que había estado en el ejército, se inclinó hacia delante y apoyó los codos en sus rodillas.


—Cuando Federico, Pedro y yo éramos niños, durante las vacaciones de verano solíamos llevarnos algo de comida y bebida en nuestras mochilas para pasar el día fuera. Solíamos ir a una zona boscosa cercana a la playa. Federico y yo cavábamos túneles mientras Pedro hacia guardia para avisarnos si se acercaba algún adulto.


La solemne expresión de Federico se animó al instante.


—Cavábamos el agujero, tapábamos el agujero con unas tablas y las cubríamos de tierra.


—¿Y su hermano mayor? —Paula asintió en dirección a Marcos.


Juan Pablo dió un codazo al famoso senador.


—Le gustaba mucho seguir las reglas y no lo invitábamos a nuestras aventuras. Aunque me temo que ahora nuestro secreto ha quedado desvelado.


—¿Secreto? —Marcos extendió sus largas piernas ante sí—. ¿No se han preguntado nunca por qué no se hundieron esos túneles sobre sus cabezas.


Juan Pablo frunció el ceño.


—Nuestros túneles estaban perfectamente construidos.


—De acuerdo —Marcos extendió expresivamente los brazos—. Si eso es lo que quieres creer…


—Es lo que sucedió —Juan Pablo frunció aún más el ceño—. ¿O no?


El contemplativo Federico se movió incómodo en su asiento hasta que Marcos agitó la cabeza, riendo.


—Cuando ustedes volvían a casa, Pedro volvía para asegurar sus túneles. Yo solía hacer guardia.


Las expresiones de asombro de Juan Pablo y Federico fueron para morirse de risa.


—Pedro ya era un arquitecto en ciernes —añadió Marcos.


—Nos están tomando el pelo —dijo Juan Pablo.


—¿Los dos colaboraron contra nosotros? —preguntó Federico.


—Colaboramos «Con» ustedes. Y si no nos hubieran excluido de sus aventuras en los túneles probablemente les habríamos enseñado desde el principio cómo cavarlos bien en lugar de reírnos a sus espaldas.


Juan Pablo dió una palmada a su hermano en el brazo, lo que inició una ligera pelea fraternal mezclada con un montón de risas. Paula se preguntó si sus hermanos Medina compararían también recuerdos y momentos como aquél. ¿Tendría el coraje de averiguarlo? En realidad, lo único que la relacionaba con ellos era su sangre. ¿Y su hermana Delfina? Era posible que no tuvieran un círculo familiar perfecto, como el de los Alfonso, pero se querían. Tenía que acudir a su lado, como Pedro había hecho con sus hermanos, protegiendo su secreto y asegurándose a la vez de que estuvieran a salvo. Incluso de niño, y siendo el más joven de todos, había sido un guardián, un protector… Y saberlo hizo que se sintiera aún más colada por él. Sintió que las lágrimas atenazaban su garganta. No sabía si iba a poder soportar más emociones en un solo día. 

Chantaje: Capítulo 39

Medía hora después, Paula esperaba en la sala de estar con su equipaje y la numerosa familia de Pedro. Estaba nerviosa, e incluso sentía unas ligeras náuseas a causa del giro de los acontecimientos. Pedro y ella apenas habían tenido tiempo de hablar cuando él había regresado al dormitorio. Éste se había limitado a disculparse por la inesperada visita de su familia y había prometido llevarla con Delfina antes de que regresara de Las Vegas. Le había asegurado que se ocuparía de todo y luego le había dado un beso breve pero intenso antes de acompañarla abajo. Unos minutos después se encontraba sentada en medio de una atípica reunión familiar. Se esforzó por no juguetear nerviosamente con el asa de su bolso. Él le había asegurado que tan sólo su madre y su hermano abogado estaban al tanto de su matrimonio y de la verdad sobre sus orígenes. Al parecer, los demás hermanos pensaban que era simplemente una amiga. Le asustaba mucho pensar que la gente conocía la verdad… Pero al menos no la sabían todos. Todavía. Contempló a los cuatro hombres Alfonso que ocupaban los sofás de cuero del salón. Todos compartían los ojos azules de su madre. Su pelo tenía distintos matices de castaño. Pedro lo llevaba más largo que los demás. Pero la fuerte mandíbula familiar era inconfundible. Aquéllos eran hombres poderosos, tenaces. Paula sospechaba que también habían heredado aquellos rasgos de su madre. Ana Alfonso Renshaw estaba fuera del salón, atendiendo una llamada de trabajo, y podía verla a través de las cristaleras. Recordaba haber leído que tenía poco más de cincuenta años, pero los llevaba muy bien. Afortunadamente, al conocerla en persona le había parecido menos intimidante de lo que había imaginado por la prensa. Sabía que era una mujer muy preparada e inteligente, capaz de sacar a relucir una determinación de acero cuando hacía falta. Todo el grupo familiar resultaba muy atractivo en conjunto, y casi se podía palpar su unidad, la felicidad que les producía su reencuentro. ¿Cómo se las habría arreglado Ana Alfonso para tener una familia tan unida? Paula volvió de nuevo la mirada hacia Ana, como si su figura pudiera responder a sus preguntas. Entonces uno de los hermanos se puso ante el ventanal, bloqueándole la vista. Buscó en la memoria de qué hermano se trataba… El mayor, Marcos Alfonso, era senador en Carolina del Sur y un consumado político.


—A nuestro hermanito Pedro siempre se le ha dado bien ser discreto, mantenerse vigilante sin que se le note, pero ni siquiera nosotros hemos visto venir esto —Marcos se volvió hacia Pedro—. ¿Dónde has tenido escondida a esta encantadora mujer?


Pedro apoyó una mano en el brazo de Paula.


—Nos conocimos en España el pasado verano —fue su respuesta, sencilla, sin complicaciones.


Para Paula resultó irreal estar tranquilamente sentada allí mientras su mundo estallaba en torno a ella. La vida de Delfina en pleno caos… Sus secretos prácticamente expuestos… Ningún lugar en que esconderse del hecho de que se estaba enamorando perdidamente de Pedro Alfonso… Unió sus temblorosas manos en su regazo y trató de simular una calma que estaba lejos de sentir. Podía aprovechar aquella oportunidad para averiguar algo más sobre Pedro a través de sus hermanos.


—¿Cómo se mantenía vigilante? —preguntó.


—No entremos en eso —dijo Pedro.


Juan Pablo sonrió. 

Chantaje: Capítulo 38

Asombrado, Pedro miró a su madre mientras digería la noticia, junto con todas las repercusiones que podía tener para Paula. ¿Cómo había averiguado su madre aquello…?


—Federico —murmuró.


Ana asintió lentamente.


—Acudía a él con algunas preguntas cuando empecé a indagar sobre los Medina. Pensó que ya lo sabía.


Pedro asintió lentamente.


—Comprendo tu impaciencia, mamá, pero necesito que esperes un poco mas, ¿Qué has podido averiguar sobre los Medina? ¿Qué sabes del viejo rey? ¿Y de Paula?


—Sé quién es su verdadero padre, un secreto celosamente guardado durante más de veinticinco años pero que peligra desde que se casaron. De lo contrario no habría podido descubrir la identidad de Paula.


Pedro se quedó helado por dentro. Nunca se le había ocurrido pensar que había puesto en peligro a Pala al casarse con ella. Pero entonces no estaba al tanto de su secreto.


—No pienso permitir que nadie le toque un solo pelo de la cabeza.


—Veo que estás realmente colado por ella —Ana sonrió—. Felicidades, Pedro.


—Me casé con ella, ¿No?


—Si, pero es obvio que hay problemas, o de lo contrario no habrían pasado un año separados —Ana alzó un dedo perfectamente manicurado—. No trato de entrometerme. Sólo comento lo obvio. No conozco a Paula, pero supongo que tiene motivos para ser cautelosa.


—No le gusta nada ser el centro de atención —Pedro miró la puerta cerrada del ascensor y pensó en ella esperándolo con su maleta lista—. Cuando llegue el momento, habrá que sacar una nota de prensa cuidadosamente elaborada.


—Eso está muy bien, pero me refería a que Paula es cautelosa a la hora de formar parte de una familia. No la conozco personalmente, pero lo que he averiguado me entristece por ella, y también me da qué pensar sobre el hecho de que no hayan disfrutado de su matrimonio durante este año.


—No nos iba mal hasta que nuestras respectivas familias han empezado a llamar y a presentarse de improviso.


Ana ignoró el comentario de su hijo.


—Tú tienes la suerte de contar con tradiciones familiares, y por eso te parece algo sencillo. Pero no a todo el mundo le sucede igual. Como a Paula, tal vez. 


—Lo sé, mamá, y no lo doy por sentado.


—No sé sí estoy de acuerdo contigo en eso, pero tampoco os estoy condenando a tus hermanos y a tí por ello. Los niños deberían disfrutar de esas tradiciones para poder contar con ellas a lo largo de los años. Eso les da raíces para ser fuertes cuando llegan las tormentas de la vida. Como cuando tu padre murió. Llevas una parte de él contigo en nuestras tradiciones.


—¿Qué tratas de decir, mamá? —Pedro se pasó una mano por el pelo, exasperado—. No entiendo nada. Ten en cuenta que soy un hombre.


—Si quieres conservar a Paula, tienes que ayudarla a sentirse segura —Ana volvió a pulsar el botón del ascensor y se puso de puntillas para besara su hijo en la mejilla—. Ahora ve a ocuparte de tu esposa. Estoy deseando hablar con ella abajo en cuanto estén listos. Tus hermanos y yo estaremos esperando. 

Chantaje: Capítulo 37

 —Estoy con alguien, mamá. No es un momento muy oportuno.


—Lo sé. ¿Por qué crees que he venido? Quiero conocer a Paula personalmente en lugar de esperar a que te decidas a presentármela.


No había forma de engañar a Ana. Pero, ¿Cuánto sabía? Al parecer, mucho, si ya había averiguado el nombre de Paula. La puerta de la suite se abrió.


—Pedro —dijo Paula con suavidad—. Ya he hecho el equipaje y estoy lista para salir, pero si estás ocupado con tu trabajo puedo llamar a un taxi —al ver a la famosa madre de Pedro, se quedó paralizada—. Disculpe, señora.


—Esta es mi madre, Paula —dijo Pedro—. Ana Alfonso Renshaw.


Su madre pasó junto a él sin apartar su penetrante y cálida mirada de Eloisa.


—Llámame Ana, por favor. Todos esos nombres son demasiado. Es un placer conocerte, Paula.


—Lo mismo digo, Ana —dijo Paula a la vez que aceptaba su mano.


Pedro constató que no parecía asustada. Parecía estar manteniendo su terreno silenciosamente mientras Ana rellenaba el silencio con un rápido monólogo sobre su viaje. Paula poseía una elegancia especial, una forma de estar muy natural en cualquier circunstancia. Era fácil comprender porqué era la roca de su familia, por qué su padre y su padrastro la necesitaban a su lado en aquellos momentos. Resultaba hipnótico mirarla.


—¿Pedro? ¡Pedro!—repitió Ana.


—¿Eh? —brillante respuesta. Pedro apartó los ojos de Paula—. ¿Qué has dicho, mamá?


Ana sonrió ante de responder.


—Estaba diciéndole a tu encantadora amiga que he ido a visitar a un amigo congresista que vive cerca de aquí. Ya que estaba en los Estados Unidos he llamado a tus hermanos para que nos reunamos todos aquí a pasar un par de días juntos.


—¿Mis hermanos están aquí? —preguntó Pedro, asombrado.


—Están abajo, echando un vistazo a tu último trabajo. Es magnífico, querido.


Al parecer, las cosas siempre podían empeorar. Paula se volvió hacia Pedro.


—Parece que tú y tu madre tienen mucho de qué hablar. Voy a llamar a mi padre mientras le reúnes con tu familia —asintió con la cabeza en dirección a Ana—. Ha sido un placer conocerte —añadió antes de volver a la suite.


Pedro decidió aprovechar la oportunidad para averiguar qué se traía su madre entre manos.


—¿Qué haces realmente aquí, mamá? Dudo que Marcos, Federico, Juan Pablo y tú estuvieran casualmente por la zona.


Ana lo tomó del brazo y tiró de él hacia el ascensor.


—Aquí tendremos más intimidad para hablar.


—¿Ha venido también el general?


—Carlos no ha podido volver de su reunión en Alemania a tiempo. Te envía sus saludos —las puertas del ascensor se cerraron.


—Esto es una locura, mamá.


—Sólo estoy haciendo lo que haría cualquier madre. Percibo en tu voz cuándo algo va mal. Es un instinto maternal, un don que tengo para todos mis hijos —Ana pulsó el botón de parada—. Me preguntaste por los Medina y me puse a investigar. Averigüé muchas cosas, especialmente sobre Paula y sobre tí.


Aquello captó definitivamente el interés de Paula.


—¿Qué has averiguado?


—Que estás casado. Y he decidido que, ya que llevas un año casado, si quería conocer alguna vez a mi nuera mas me valía tomar el asunto en mis manos. 

martes, 22 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 36

Al parecer, Delfina se estaba espabilando, pensó Paula. Tras la conmoción inicial de la noticia, supo que su hermana estaba mejor así. Pedro le dedicó una mirada interrogante. Paula alzó una mano para indicarle que esperara y siguió hablando.


—Es mejor que Delfina ponga ahora en orden su vida y no arriesgarse a un complicado divorcio más adelante.


Harry bufó al otro lado del teléfono.


—¿Dónde estás, Paula? Necesito tu ayuda cuanto antes.


—He salido a dar un paseo en coche. No te preocupes, Miguel. Volveré en cuanto pueda.


A continuación colgó. Al parecer, hasta el infinito llegaba a su final. Pedro se puso los vaqueros y se pasó una mano por el pelo, aún húmedo. Las cosas se estaban complicando con Paula. Su familia sólo tenía que chasquear los dedos para que acudiera corriendo a su lado. Por otro lado, aquel podía ser un rasgo admirable de su carácter. Como un Alfonso, él habría hecho exactamente lo mismo en una situación de crisis familiar. Entonces, ¿Por qué le irritaba tanto aquello? Porque Paula no podía contar con nadie y sin embargo ellos esperaban que lo dejara todo por una pequeña crisis. La observó mientras se ponía un vestido de tirantes y lamentó no haber podido disfrutar más de momento. Pero Paula estaba haciendo el equipaje. Estaba decidida a volver de inmediato para hacer no se sabía qué. Su hermana se había ido. Era un hecho consumado. A pesar de todo. Paula estaba haciendo el equipaje para regresar con mucha más celeridad de lo que lo había hecho para marcharse. ¿Qué estaba pasando allí? De pronto, se quedó muy quieta.


—Pensé que habías dicho que estábamos solos.


Pedro dejó de abrocharse la camisa y escuchó atentamente. El sonido del ascensor llegó con claridad hasta sus oídos. Estaba subiendo.


—Los decoradores están abajo, pero no hay motivo para que suban aquí. Además, no tienen la llave de ese ascensor.


En aquel momento sonó una campanilla fuera de la suite. Pedro se encaminó rápidamente hacia la puerta.


—He dicho que nadie iba a molestarnos, pero parece que estaba equivocado — dijo, molesto por la interrupción. 


Acababa de abrir la puerta cuando una mujer cuidadosamente acicalada salió del ascensor privado de la mansión. Su madre. De todas las personas posibles, tenía que ser precisamente su madre la que se presentara allí cuando estaba con Paula. Su llegada no podía ser casual. Debía saber algo, o al menos lo había intuido. Pedro estaba convencido de que su madre tenía una especie de radar materno instalado en el cerebro. ¿Podía estropearse el día aún más rápido? Pedro cerró cuidadosamente la puerta y masculló una maldición mientras se encaminaba al ascensor.


—¿Qué pasa, mamá?


Ana Alfonso Renshaw palmeó la espalda de su hijo mientras lo abrazaba.


—¿Esa es forma de dar la bienvenida a tu madre? Puede que ya fueras más alto que yo a los trece años, pero aún tienes que cuidar tus modales, jovencito.


Su madre era todo protocolo en el mundo de la política, pero con su familia mantenía una actitud más real, a pesar de que en la actualidad ejercía de embajadora en un pequeño país sudamericano. Pedro miró por encima del hombro la puerta cerrada del dormitorio. No iba a poder mantener a Paula protegida mucho tiempo. Esperaba poder distraer a su madre el tiempo suficiente como para poder volver a la suite a avisarle para que se preparara para el encuentro. La mayoría de las mujeres con que había salido se quedaban paralizadas… O se esfumaban. Estaba seguro de que no era de las que se irían, pero le preocupaba la primera posibilidad. Se consoló pensando que al menos sus hermanos no estaban allí. 

Chantaje: Capítulo 35

Paula reprimió una sonrisa. Al parecer Pedro pensaba que podía arreglar cualquier cosa, incluso el estado de sus músculos… Y de pronto se dió cuenta de que, efectivamente, se había relajado.


—Así está mejor —murmuro él mientras le acariciaba la espalda.


—Debe ser el sonido del agua y la cercanía de la naturaleza. ¿Cómo podría estar uno tenso en este entorno?


—Así que te gusta hacer el amor al aire libre. Comparto totalmente tu gusto. Podríamos hacer esto en diversos países mientras me dedico a mis proyectos de restauración. Las posibilidades son tan ilimitadas como el horizonte.


Paula sintió que se le encogía el estómago.


—No podría vivir mi vida así, siguiéndote por todo el mundo —alzó una mano y apoyó un dedo sobre los labios de Pedro—. Ni se te ocurra decirlo.


—¿Decir qué?


—Algo petulante como… —Paula puso la voz más grave para imitar la de Pedro—… disfrutar del sexo en diferentes países del mundo es una meta fabulosa. 


Pedro frunció ligeramente el ceño.


—Ya empezamos otra vez con tus suposiciones negativas sobre mí. No puedo evitar preguntarme si estás utilizando esa excusa porque estás nerviosa por lo que ha pasado ahí fuera entre nosotros. Sabes muy bien que tengo un trabajo, una meta — suspiró y se pasó una mano por el pelo—. Cada vez que empiezo a alabar tu fuerza y tu apasionada naturaleza, te retraes. ¿Por qué?


Paula sabía que Jonah tenía razón, aunque le costara reconocerlo. A pesar de todo, insistió.


—Tú tienes un trabajo, ¿Pero cómo encajaría yo en tus planes? Necesito una meta propia.


Aquello silenció a Pedro por primera vez. Paula estaba a punto de ceder, de disculparse para que el ambiente volviera a ser el de antes, cuando sonó el móvil en su bolso. Pedro debía haberlo dejado en la habitación junto a la comida fría que no habían llegado a probar. En cualquier caso, agradeció la distracción. Se cubrió con la colcha para levantarse y fue hasta el baúl que estaba al pie de la cama a por su bolso. Lo abrió y tomó el teléfono.


—¿Hola?


—¿Paula? Soy tu padre.


El estómago de Paula se encogió de nuevo al escuchar la palabra «padre» aunque reconoció la voz. Era Miguel Chaves, su padrastro.


—¿Qué sucede, Miguel? —pronunció el nombre en respuesta a la inquisitiva mirada de Pedro.


—Te llamo por Delfina —dijo Miguel en un tono de evidente frustración.


Paula se tensó al instante. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué había permitido que Jonah la persuadiera para irse? No debería haberse marchado estando su hermana en aquellas circunstancias.


—¿Está bien? ¿Ha sufrido un accidente o algo parecido?


—Delfina se ha fugado con Luca.


Paula se quedó boquiabierta. Aquello era lo último que esperaba oír de su hermana.


—Oh…


—No puedo creer que haya actuado de un modo tan irracional y desconsiderado después de todo lo que me he esforzado para organizarle una boda perfecta, para darle la entrada a la alta sociedad que siempre ha querido.


Paula reprimió el impulso de decir que era él el que más había buscado aquello.


—Siento que hayas perdido dinero en todo esto.


—No lo entiendes —dijo Miguel, irritado—, Delfina dice que Luca y ella se van. Quieren empezar de cero, cortando los lazos que unen a Luca con su familia. Quieren tirar por la borda toda la influencia del nombre de su familia. 

Chantaje: Capítulo 34

Los pechos y los pezones mojados de Paula se tensaron al ser acariciados por la brisa y notó la mirada, de evidente aprecio que les dedicó Pedro. La nueva comodidad que compartían el uno con el otro era tan excitante como sentir sus manos acariciándola, pero también le asustaba un poco. Trató de centrarse en el momento, en aquellos pocos días que se había prometido a sí misma. Pedro entró en la casa y se encaminó directamente al dormitorio.  Ella apenas tuvo tiempo de fijarse en los detalles de la decoración, pero, por lo poco que vio, pensó que se parecía un poco al estilo de la casa que había alquilado Pedro en Madrid un año atrás. Tras dejarla en la enorme cama que dominaba el dormitorio, él entró en el baño y salió con dos toallas. Entregó una a Paula y empezó a secarse el pelo con la otra, ella sabía que tardaría mucho en secarse y decidió utilizar la toalla a modo de turbante. Tras frotarse el pelo con energía, Pedro agitó la cabeza antes de tumbarse junto a ella en la cama. Paula apoyó la cabeza en su hombro y deslizó un dedo por su pecho desnudo mientras contemplaba la vista del cañón.


—Es increíble la sensación de intimidad que produce este lugar.


—Eso es algo que trato de conseguir en cada uno de mis proyectos —dijo Pedro mientras apoyaba una mano en la cadera de Paula.


—Supongo que al crecer bajo la atenta mirada del ojo público aprendiste a apreciar el valor de la intimidad. 


—Hasta cierto punto —Pedro deslizó un brazo tras su cabeza y centró la mirada en la lejanía—. Mis padres se esforzaron mucho en protegernos, en asegurarse de que no nos sintiéramos ricos o diferentes.


—Eso suena bien. Tienes suerte de haber contado con unos padres así.


—Lo sé —Pedro se movió incómodo en la cama y enseguida sonrió como para aligerar el ambiente—. Y si alguna vez lo olvido, mi madre se ocupa de recordármelo.


—Debiste ser un niño muy aventurero, siempre buscando territorios que explorar.


—Sí que dí un par de buenos sustos a mis padres, desde luego.


—Sin duda, hoy me he beneficiado de tu espíritu aventurero. Gracias —Paula se irguió para dar un ligero beso a Pedro en los labios—. Jamás había soñado con hacer el amor en una playa, y mucho menos en un sitio como éste. El temor de que alguien pudiera presentarse de pronto, a robarnos, o algo peor…


Paula sintió un estremecimiento que le hubiera gustado poder achacar al hecho de que estaba anocheciendo y el viento parecía haber arreciado. Pedro tomó una manta que había a los pies de la cama y tiró de ella hasta sus cinturas.


—Nunca se me ocurriría ponerte en una situación en que pudieras correr peligro.


Paula se acurrucó contra él.


—No intencionadamente, al menos.


—Nunca —Pedro le acarició los hombros—. Estás volviendo a tensarte. Relájate. 

Chantaje: Capítulo 33

Paula echó atrás la cabeza y su larga melena flotó en el agua. Pedro inclinó la cabeza para tomar en la boca la cima de su pezón. La acarició con la lengua, la mordisqueó, utilizando su boca de todos los modos que habrían utilizado sus manos si las hubiera tenido libres. El agua se arremolinó entre ellos mientras él empezaba a establecer un movimiento más rítmico a sus penetraciones. Quería que aquello durara. Se negaba a perder a Paula. Aunque habían hecho muchos progresos aquel día, aún sentía sus reservas. Fuera lo que fuese lo que causaba aquella actitud en ella, necesitaba asegurarse de dejarle claro que no tenía que tener miedo, que él podía cuidarla y ocuparse de ella como era debido. Pensaba ocuparse de ella sensual, físicamente y en todos los aspectos que necesitara. El primitivo impulso de hacerla suya se adueñó por completo de él, acentuado por el entorno natural que los rodeaba. Había acudido en busca de Paula y había descubierto en su propio interior algo que no había anticipado. Algo básico e innegable. Imprimió un ritmo más firme a sus movimientos mientras Paula se aferraba a él. Jadeante, echó la cabeza atrás, arqueó la espalda y cerró los ojos, Pedro contempló y saboreó cada momento de su dulce liberación en su rostro, reflejada en cómo se contrajo en torno a él, hasta que ya no pudo contenerse más. Mientras liberaba su simiente en el cálido y palpitante interior de ella, sintió que era suya. Ya se habían terminado las barreras, los límites, los secretos…  Paula se rindió al lánguido placer de flotar en el agua y observar las estrellas que cuajaban el cielo. Qué liberador resultaba olvidarse por unos momentos del mundo y sus preocupaciones… Aquella noche no era una esposa, una hermana, una hija… Aquella noche tan sólo era una mujer con su amante. Después de hacer el amor con Pedro habían permanecido largo rato abrazados en el agua, sin hablar. La maravillosa sensación de estar juntos de aquel modo había superado cualquier cosa que hubiera podido imaginar. El sonido del movimiento de los brazos de Pedro en el agua anunció la presencia de éste un segundo antes de que pasara a su lado. Paula alargó una mano para acariciarlo. Pedro dejó de nadar y se puso en pie junto a ella.


—¿Estás lista para entrar? Nos espera una cena fría en la nevera.


Paula lo rodeó con un brazo por el cuello.


—Se está haciendo tarde. No quiero que este día termine.


—Aún no ha terminado —dijo Pedro, que a continuación la tomó en brazos, salió con ella del agua y se encaminó hacia la casa. 

jueves, 17 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 32

El infinito. Para siempre. Podían tenerlo todo. Paula podía tener tiempo para decirle lo que tenía que decirle. Las posibilidades parecían tan ilimitadas como el perpetuo ciclo del agua de aquella piscina. Entonces Pedro la besó y ella se permitió tener esperanzas. Él estrechó con fuerza a Paula, sintiendo que algo se moría en su interior, que la tensión la abandonaba poco a poco. No sabía qué había provocado aquel cambio, pero no pensaba protestar.


—Vamos dentro, a tu suite —susurró Paula.


—Aquí —contestó él—. Estoy seguro de que nadie puede vernos. Diseñé este patio pensando en una intimidad total.


A lo largo de los pasados meses se había torturado fantaseando sobre la posibilidad de llevarla allí y desnudar su cuerpo al sol.


—¿Confías en mi?


—No se me ocurre nada más excitante que hacer el amor al aire libre contigo — dijo Paula mientras lo rodeaba por el cuello con los brazos—. Quiero confiar en tí.


Pedro pensó que confiar en él no era lo mismo que confiarse a él, pero, dadas las circunstancias, no pensaba ponerse a discutir por cuestiones semánticas. Paula le retiró la chaqueta de los hombros a la vez que lo iba empujando hacia una tumbona que había junto a la piscina. Luego le desabrochó los botones de la camisa hasta que flotó tras él, agitada por la brisa. Sonriendo, movió la cabeza y volvió a llevarla hacia la piscina. Paula pareció desconcertada hasta que le devolvió la sonrisa. Se quitó las sandalias y tanteó el agua con los dedos del pie. Su suspiró de placer hizo que la cremallera del pantalón de Pedro se tensara visiblemente. Jugueteó con el lazo que sujetaba a la espalda el ligero vestido que llevaba Paula. Un simple tirón bastó para que cayera a sus pies, dejando expuestos sus pechos al sol. Unos momentos después ambos estaban desnudos junto a la piscina. Los pechos de Paula rozaron el de Pedro cuando lo tomó en su mano y empezó a acariciarlo. Pero él tenía otros planes. La tomó por la muñeca y le hizo colocar la mano de nuevo encima de su hombro antes de rodearla con los brazos por la cintura y alzarla para entrar en el agua. Cuando ésta le llegaba por la cintura, volvió a dejar a Paula en el suelo. Deslizó una mano entre sus piernas, donde la esencia de su excitación se mezclaba con el agua, dejándola dispuesta para sus caricias. Introdujo dos dedos en su cálido interior y la acarició por dentro mientras hacia lo mismo por fuera con el pulgar. Con un tembloroso suspiro, Paula presionó contra él como había hecho en la biblioteca, tan ardiente, tan receptiva… Tan perfecta que Pedro estuvo a punto de perder por completo el control sólo por tocarla. Paula dejó un rastro de frenéticos besos en su rostro.


—Te quiero dentro de mí, totalmente… lo quiero todo aquí, ahora —exigió.


—Estoy más que dispuesto a complacerte —murmuró Pedro con voz ronca a la vez que la tomaba con ambas manos por el trasero y la alzaba.


Ella lo rodeó con las piernas por la cintura, apoyó el centro de su deseo contra el palpitante miembro de Pedro y se dejó caer lentamente.


—Control de natalidad —murmuró Pedro junto a su oído. 


Hasta ese momento no se había dado cuenta de su olvido y quiso abofetearse por ello. Él nunca olvidaba aquel detalle. Paula lo rodeó con más fuerza con sus brazos. 


—Estoy tomando la píldora.


—No mencionaste ese detalle la vez anterior.


—No tengo las ideas muy claras cuando estoy contigo… Especialmente cuando estamos desnudos. Y ahora, ¿Podemos dejar de hablar y pasar a la parte divertida? Quiero hacer esto… Te deseo. En realidad resulta muy práctico que sigas siendo mi marido.


Pero Paula no se había enterado de aquello hasta hacía unos días, pensó Pedro. No quería saber por qué estaba tomando la píldora. En lugar de ello, se alegró de poder librarse de aquella preocupación para poder… Sumergirse en ella.


Chantaje: Capítulo 31

 —Yo no he dicho que haya nada malo en tu profesión. Simplemente te estoy ofreciendo la oportunidad de «Experimentar» los libros. Puedes tenerlo todo.


La idea resultaba tentadora, pero la realidad se impuso de todos modos, los recuerdos de su madre, de si misma, incluso algún destello de la mirada desolada de su padre. Las consecuencias que podía acarrear salirse de la zona de seguridad podían ser enormes.


—Mataron a la esposa de mi padre. La asesinaron mientras trataba de llegar hasta él —Paula miró a los ojos de Pedro en busca de respuestas, de comprensión—. ¿No se preocupa tu familia por ese tipo de amenazas? Puede que tu padre muriera en un accidente de tráfico, pero tuviste que ser consciente de los peligros que corrían.


Pedro asintió lentamente.


—Es cierto que mi familia ha tenido que convivir con la realidad de posibles secuestros y amenazas debido a motivos políticos. No es justo, pero así seguirían siendo las cosas incluso si regaláramos todo nuestro dinero y abandonáramos mañana la escena pública. Nadie creería que no teníamos algo oculto en algún sitio. Conservamos nuestra influencia y tenemos la responsabilidad de utilizarla adecuadamente —tomó el rostro de Paula entre sus manos y la miró a los ojos—. No puedes vivir tu vida mediatizada por el miedo.


Paula se apartó de su lado. Apoyarse en él habría sido demasiado fácil.


—Dile eso a Enrique Medina —dijo, y sintió que se le encogía el corazón. ¿Cuánto tiempo le quedaría a su padre?—. Ha pasado casi tres décadas ocultándose del mundo.


—Si supiera donde está, se lo diría cara a cara.


—Supuse que lo habías averiguado cuando me encontraste —dijo Paula. 


Tal vez había esperado que él lo supiera para no tener que decidir ponerse a buscar a su padre. De hecho, había alimentado la esperanza de que fuera allí donde iba a llevarla ese día. No había duda de que era una cobarde.


—Medina mantiene muy bien sus secretos.


—Supongo que sí —como yo, pensó Paula mientras experimentaba una inevitable punzada de culpabilidad.


Pedro volvió a estrecharla contra su costado.


—¿De qué crees que quiere hablarte?


—No tengo ni idea. Lo más probable es que sólo quiera despedirse de mí, algo a lo que supongo que debería acceder. Pero intuyo que entrar en su mundo podría suponer un cambio irrevocable para mí —Paula parpadeó para alejar unas lágrimas que acabaron filtrándose a su alma. Ladeó la cabeza para mirar a Pedro—. Deberíamos hablar.


Pedro alzó una mano para acariciarle una mejilla.


—Creo que ya hemos hablado suficiente por un día. 


Paula tuvo que recordar su decisión de esperar a estar segura de que Pedro iba a quedarse antes de experimentar el dolor que inevitablemente surgiría cuando le explicara lo sucedido. A pesar de todo, su conciencia le hizo susurrar:


—En serio, Pedro. Necesito decirte…


—Deja de discutir. Podemos hablar de lo que quieras luego —Pedro pasó el otro brazo por la cintura de Paula y la estrechó contra sí, reavivando el deseo que había permanecido latente entre ellos toda la tarde—. Ahora mismo quiero hacerte el amor en esta piscina mientras miramos hacia el infinito.


Chantaje: Capítulo 30

 —Abre los ojos.


Paula apartó las manos de Pedro de su rostro y se quedó boquiabierta. Estaba en lo alto de un edificio que daba a un impresionante cañón que se extendía ante sus ojos en un rocoso paisaje de variados tonos naranjas y marrones. El viento agitaba su ropa con fuerza. Se acercó al borde, aferró la barandilla con ambas manos y comprobó que se hallaba en lo alto de una hacienda construida en el borde de un precipicio. Aquella mañana, al salir de Pensacola, Pedro había mantenido las ventanas del avión y de la limusina cubiertas. Cuando ya llevaban cuatro horas de viaje Paula estuvo a punto de perder la paciencia, pero ahora comprendía que había merecido la pena esperar. La propiedad estaba desierta. Aún había un andamio adosado a uno de los laterales de la casa, pero no había trabajadores a la vista. La hacienda parecía haber sido recientemente reconstruida y el olor a pintura fresca se mezclaba con el de la vegetación circundante.


—Este lugar es increíble. ¿Dónde estamos? —preguntó.


—¿Importa dónde estemos? —Pedro señaló a su alrededor—. ¿No puede ser un lugar bello sólo porque sí, y no debido a su historia?


Paula rió.


—Has hablado como un inversor capaz de ver las posibilidades de una propiedad previamente despreciada.


Pedro se llevó una mano al pecho con expresión de pesar.


—Me duele que me consideres tan calculador.


—Eres práctico, y eso es algo que admiro de tí. No te pareces en nada al irresponsable playboy por el que te tomé el año pasado.


—Pero tampoco me tomes por un romántico. Simplemente he buscado un trabajo adecuado para mis inquietos pies y mi deseo de crear lugares especiales.


—Creo que es algo más.


—Tal vez. Pero soy un hombre y no analizo tanto las cosas como vosotras las mujeres. Sólo sé que me gusta transformar cosas que otros han pasado por alto — Pedro sonrió distraídamente—. Por cierto, estamos en Texas. He supuesto que no podría llevarte más lejos sin que empezaras a preocuparte por llegar a tiempo a la fiesta de tu hermana.


—Has supuesto bien. Y me alegra haber aceptado venir contigo.


Afortunadamente, Delfina no se había disgustado ante la perspectiva de su marcha. De hecho, y para sorpresa de Paula, había insistido en que se fuera.  Pero todo aquello parecía haber quedado en un mundo lejano. Ella había preparado cuidadosamente su equipaje para aquel viaje y había elegido su ropa interior más sedosa y su brillo de labios favorito… En el que tanto se había fijado Pedro en la biblioteca. Tenía muchas esperanzas puestas en aquel viaje. Quería asegurarse de que tenían alguna perspectiva de futuro juntos antes de abrirse totalmente a él. Deslizó los dedos por la barandilla.


—Así que este lugar es tu trabajo. Estoy realmente impresionada.


—No se inaugurará hasta dentro de un mes, cuando los decoradores terminen el interior. Gracias a este trabajo he conseguido un contrato en Perú para hacer algo parecido con unas ruinas del siglo diecinueve —Pedro movió la cabeza—. Pero ya basta de hablar de trabajo. Hemos venido aquí a relajarnos, donde nadie puede vernos y nadie vendrá a interrumpimos. Y ahora quiero que veas algo.


Pedro hizo que Paula se volviera hacia su derecha. Lo que vió fue una piscina sobre la azotea, pero distinta a todas las que había visto hasta entonces. Se prolongaba hasta el final del edificio y parecía fundirse con el horizonte.


—Es lo que llaman una piscina infinita —explicó Pedro.


—¿Cómo es posible que no se acabe al llegar al borde de la azotea? —preguntó Paula.


Pedro la tomó de la mano.


—Está diseñada con el extremo rebajado para que parezca que se funde con el horizonte. Algunos lo llaman borde negativo. Un lado de la piscina está ligeramente más bajo que el otro y tiene un sistema que hace volver el agua constantemente.


—Parece muy complicado.


—Todo es cuestión de técnica. Un hotel de Hong Kong llene la piscina infinita más asombrosa que he visto —Pedro estrechó cálidamente la mano de Paula—, ¿Quieres ir a verla?


—¿Ahora? —preguntó ella, asombrada por la sugerencia—. Acabamos de llegar a Texas y aún me estoy adaptando.


—Pero quieres ir.


Paula reconoció en su fuero interno que le gustaría ir, pero, ¿Sería capaz de dejarlo todo para ver el mundo con Pedro?


—Tal vez —contestó—. Por un periodo de tiempo, tal vez, pero después…


—Deja de pensar en lo que sucederá luego. Disfruta del momento, aquí, al borde de este impresionante cañón. Arriésgate, señorita bibliotecaria.


Paula se puso instintivamente a la defensiva.


—¿Qué tiene de malo trabajar de bibliotecaria en Pensacola, Florida?


Pedro pasó una mano por su cintura y la estrechó contra su costado. 

Chantaje: Capítulo 29

Dejó el mechón de pelo sobre el pecho de Paula y acarició con un dedo su pezón, que revivió al instante bajo su contacto.


—Te he echado mucho de menos este año —dijo con voz ronca.


—Apenas nos conocíamos entonces y ahora las cosas están volviendo a ir demasiado deprisa —Paula acarició con una mano el pecho de Pedro—. ¿Por qué no nos limitamos a disfrutar del momento?


—Piensa en cuánto hemos averiguado el uno del otro hablando un solo día. Hablemos un poco más —Pedro siguió acariciando con delicadeza el pezón de Paula—. He echado de menos verte, estar contigo, sentir cómo te movías debajo de mí mientras susurrabas cuánto me necesitabas, cuánto necesitabas lo que puedo darte…


Paula rió y le cubrió la boca con la mano.


—De acuerdo, de acuerdo. Ya lo capto.


—No irás a decirme que nunca has pensado en los días que pasamos juntos.


—Claro que he pensado en ellos —Paula se sentó en la cama y se rodeó las rodillas con los brazos—. Tienes una forma de impresionar a las personas que no es fácil de olvidar. Alejarme fue la única opción que tenía para conservar la cordura.


—¿Te vuelvo loca? Eso está bien —Pedro apartó el pelo del hombro de Paula y deslizó un dedo por su espalda—. Veamos si puedo volver a hacerlo.


—Sabes que sí, a muchos niveles.


—En ese caso, hablemos un poco más.


—Preferiría seguir con lo que estábamos… 


Pedro sonrió.


—Veo que sólo eres capaz de pensar en una cosa.


Paula también sonrió, aunque no lo miró a los ojos.


—¿Qué tiene de malo que una pareja casada tenga sexo? Mucho sexo. En todas las habitaciones y vehículos a nuestra disposición. Podemos hablar todo el tiempo. De hecho, yo también tengo unas cuantas cosas que decirle.


Pedro la tomó de la mano.


—Estoy hablando en serio, Paula. Acabamos de compartir algo especial. Sería una estupidez por nuestra parte tirarlo de nuevo por la borda. Pero para que las cosas funcionen necesito que esta vez seas sincera conmigo.


Paula se aferró con más fuerza a sus rodillas y Pedro vió el destello de dolor que cruzó su mirada. ¿Qué podía haberle hecho tanto daño? Estaba a punto de preguntárselo cuando ella lo silencio apoyando un dedo sobre sus labios.


—Aunque bromeo sobre nuestro matrimonio y el sexo, lo cierto es que en mi mente estamos divorciados. Ya hace tiempo que lo estamos. Me va a llevar un tiempo adaptarme a todos estos cambios. Están pasando tantas cosas, y tan rápido… Quiero confiar, confiar en d…


—En ese caso, hazlo.


—Eso es fácil de decir para tí, que eres de tipo aventurero por naturaleza. Pero el mero hecho de estar juntos ya es un riesgo para mí.


—Eso no me lo creo. No después de conocer a la mujer que conocí hace un año… —Pedro se interrumpió al notar que Paula parecía realmente asustada. Había una parte de su carácter que no había conocido en España. 


En realidad apenas conocía a la mujer con que se había casado, y si quería tener alguna oportunidad con ella ahora, debía esmerarse más que antes. Debía llegar a comprender a Paula para poder conservarla.


—¿Te ha disgustado la visita de tu hermano? Supongo que no es agradable escuchar que tu padre está enfermo. ¿Vas a ir a verlo? ¿Es eso lo que te pasa?


Paula bajó la mirada.


—Aun no he decidido si ir a verlo o no. Ni siquiera sé qué pensar de la visita de Ezequiel. Ha sido tan inesperada que voy a tener que meditar un poco en ella.


—Pero le has creído cuando ha dicho que tu padre estaba enfermo, ¿No?


—Mi abogado me mantiene informada hasta cierto punto. Sé el aspecto que tienen mis hermanos… Aunque no sepa dónde viven —Paula rió sin humor—. Y lo cierto es que no quiero saberlo. No me gustaría ser responsable de su seguridad.


A Pedro no le gustaba que la familia de Paula la dejara allí sola, sin protección. Al pensar aquello comprendió que no podía dejarla ir. No podía dejarla allí sin protección. No había muchas personas que pudieran protegerla al nivel que necesitaba. Pero él era un Alfonso. Y aunque había habido épocas en que había renegado de las convenciones familiares, en aquellos momentos agradeció todo el poder que podía aportarle la influencia Alfonso para evitar que alguien hiciera daño a Paula a causa de sus lazos con los Medina.


—Necesitas algo con que distraerte.


—Ya has hecho un buen trabajo distrayéndome esta noche —Paula pasó un brazo por los hombros de Pedro y le dió un beso cargado de promesas.


El pulso de Pedro se aceleró al instante, impulsándolo a actuar. Pero debía mantenerse firme. Debía ceñirse al plan. Pasar más tiempo con ella. Demostrarle lo bien que podía encajar en su mundo, la facilidad con que podía dejar atrás su vida actual.


—¿Hay alguna posibilidad de que puedas faltar al trabajo un par de días?


Un destello de interés brilló en los ojos de Paula, seguido de otro de cautela.


—Tengo que ayudar a Delfina.


—¿Cuándo tiene su próxima fiesta?


—El próximo fin de semana. La organiza la familia de Luca.


—En ese caso, supongo que no hay problema mientras llegues a tiempo. ¿Puede ocuparse Delfina de los planes durante un par de días?


—Yo podría ocuparme de todo por teléfono. Los accesorios de las damas de honor ya están preparados.


—De manera que el único problema es tu trabajo en la biblioteca. ¿Puedes conseguir tiempo libre?


—Me deben un par de favores —la lenta y seductora sonrisa de Paula captó de inmediato la atención de Pedro—. Todo depende de lo que tengas en oferta.


—Confía en mí —dijo Pedro, decidido a lograr que sucediera aquello a todos los niveles—. No te sentirás decepcionada. 

martes, 15 de julio de 2025

Chantaje: Capítulo 28

Finalmente, Pedro la penetró. Apoyado sobre sus codos, la contempló con sus intensos ojos azules. Su mandíbula, tensa a causa de la contención, reveló a Paula que la deseaba tanto como ella a él. La primera vez que se acostaron juntos estaba un poco bebida, pero en esta ocasión estaba totalmente sobria, consciente de cada momento, de cada sensación. Y era aún mejor. Se movió sobre ella. Era tan grande, tan delicado, y estaba tan centrado en ella… ¡Qué sensación tan embriagadora después de haber pasado tanto tiempo en las sombras! Quería seguir allí, disfrutando de los destellos de placer que estaban recorriendo su cuerpo, pero sabía que aquello no podía durar. Tal vez la próxima vez… Tenía que haber una próxima vez…


—Paula… —murmuró Pedro y repitió su nombre una y otra vez, revelándole cuanto había pensado en ella.


Paula trató de contestar, pero no pudo. Lo único que surgió de entre sus labios fue un delicioso gemido de creciente necesidad a la vez que arqueaba la espalda hacia arriba, aceptándolo aun más profundamente en su interior. Sus uñas dejaron un afilado rastro por la espalda de Pedro mientras la intensidad de sus sensaciones crecía en su interior, buscando una liberación. Aquello no podía durar mucho más… Ella no trató de reprimir el grito de placer que surgió de su garganta. Empujó con más fuerza. Se aferró a su espalda. Con un último y prolongado empujón, Pedro se enterró profundamente en ella y permaneció allí, con el rostro en su pelo, jadeando, hasta que se tumbo de espaldas y la retuvo contra su costado. Deslizó una mano por su estómago y trazó un círculo en torno a su ombligo.


—Definitivamente, vamos a tener que ir pronto a por un anillo de diamantes…


Por un momento, Paula se quedó desconcertada… Hasta que comprendió que no se había referido a un anillo de compromiso, sino a un anillo para su ombligo. Técnicamente, ya estaban casados… ¿Pero durante cuánto tiempo? Pedro siguió acariciando su estómago. Ella sintió una punzada de inquietud al pensar en el bebé que, desgraciadamente, había llevado allí tan poco tiempo. Debía decírselo, y lo haría, pero no en aquel momento. Había dejado claro que estaba enfadado con ella por haberlo dejado como lo hizo, y no pudo evitar preguntarse si habría vuelto a buscarla para vengarse. ¿Era posible que fuera tan calculador? En realidad no lo conocía lo suficiente como para estar segura de nada. Lo mejor sería esperar un par de días a que las cosas se asentaran. Entonces le hablaría del bebé que había perdido. Mientras los latidos de su corazón se iban calmando, se preguntó cuánto tiempo podría disfrutar egoístamente de Pedro antes de que la verdad pusiera su frágil relación a prueba. 


Pedro tomó un mechón del largo y suave pelo de Paula entre sus dedos. Su plan era poseerla y marcharse. Esperaba poner fin a su inconclusa relación acostándose con ella una vez más… Pero ya no era capaz de pensar en dejar que se fuera. Si no hubieran estado casados le habría pedido que viajara con él. ¿Por qué no pedírselo de todos modos? Sin duda, no iban a poder resolver nada estando en distintos continentes. Sólo estando con ella podría protegerla de los problemas que pudieran surgir a causa de sus orígenes. Él era el hombre que podía mantenerla a salvo. Tenía que persuadirla para que lo acompañara a Perú tras la boda de su hermana. ¿Y no supondría un placer despertar junto a ella a diario? Pero no esperaba que aceptara de inmediato, desde luego. Era una mujer testaruda y manifestaba una frustrante lealtad hacia su hermana y su padrastro. Tenía que demostrarle que sus vidas podían fundirse, que merecía más de la gente. Se preocupaba por ella de un modo que nunca lo había hecho su egoísta familia.


Chantaje: Capítulo 27

Paula bloqueó el dolor que le había producido la inesperada visita de su hermano y se centró en Pedro. Sólo en él, con ella y, a ser posible, ambos desnudos muy pronto. Lo rodeó con los brazos por el cuello y se pegó a él. Pedro se tambaleó ligeramente.


—Guau —tomó a Paula por las caderas para conservar el equilibrio—. Vamos a tomárnoslo con calma y a pensar cinco minutos. Sé que estás disgustada…


—Claro que lo estoy. Estoy enfadada, dolida y confusa, y quiero que se me pase, y tú puedes arreglarlo, así que pongámonos en marcha.


Presionó sus labios contra los de Pedro y los abrió, exigente. La atracción que había entre ellos resurgió al instante. Paula dió la bienvenida a la agradable sensación que empezó a recorrer su cuerpo y a alejar todas las demás. Placer total.


—Me encantaría complacerte hasta el punto de que fueras incapaz de pensar o hablar, pero necesito saber que esta vez no vas a salir corriendo de aquí antes de que me de tiempo a ponerme los calzoncillos.


Paula mordisqueó sensualmente la oreja de Pedro.


—Estamos en mi casa. Seria mucho más difícil que me fuera de aquí.


—Pero no imposible —insistió el mientras deslizaba una mano hasta el trasero de Paula y la presionaba contra sí para hacerle sentir la evidencia de su excitación—. Estamos aquí para resolver cosas, no para complicarlas más entre…


—Mira a tu alrededor, Pedro —interrumpió ella—. Piensa. ¿Qué he traído cuando he llegado? La cena. Vino. Planeaba una cena romántica porque después de lo que hemos hecho… —Paula hizo una pausa mientras apoyaba una mano en la entrepierna de Pedro—… después de lo que me has hecho sentir, no he parado de pensar en terminarlo. He planeado lo que quiero hacerte, como lograr volverte tan loco como tú me vuelves a mí.


—Ya me vuelves loco caminando por mi mente, así que imagínate cómo me afectas en persona.


—En ese caso, ha llegado la hora de hacer algo al respecto.


Paula tiró del polo negro que vestía Pedro y se lo sacó por encima de la cabeza. ¿Era la noche anterior cuando se había presentado en la fiesta de su hermana? Parecía que hubiera pasado toda una vida, como si el año anterior no hubiera existido. Pero había existido, y no quería pensar en ello. Sólo quería centrarse en Pedro… Aunque éste tenía razón. Necesitaban un tiempo juntos para resolver sus sentimientos, o se pasarían la vida preguntándose, anhelando… Al menos ella.  Con un ronco gruñido, Pedro deslizó las manos bajo el vestido de Paula y se lo quitó por encima, dejándola tan sólo con un sujetador de encaje azul y unas braguitas a juego.


—¿Tienes idea de lo atractiva que estás en estos momentos? —preguntó mientras deslizaba una mano tras su cabeza para soltarle la coleta—. He perdido muchas horas de sueño este último año pensando en tí así.


—Espero que no vayas a perder ni un minuto más…


Pedro no necesitó que lo alentaran más. Volvió a besar a Paula, llevándola hacia atrás mientras él avanzaba, hasta que las escaleras interrumpieron su marcha. Pero no por mucho tiempo. Pedro se echó a Paula al hombro y comenzó a subir las escaleras. Ella gritó, pero no protestó porque vió que él se dirigía rápidamente al dormitorio. Una vez en éste la dejó sobre la cama y se tumbó a su lado. Deslizó un dedo por su clavícula.


—Cuando te ví dormir la primera noche fantaseé sobre las joyas que mejor te sentarían aquí —deslizó los labios por donde había deslizado antes el dedo—. Y aquí —añadió mientras mordisqueaba sus orejas.


—No recordaba haber dormido más de un minuto aquella noche —susurró Paula.


—No necesité más de un minuto para imaginarte en mi mundo.


Paula se quedó sin aliento mientras asimilaba las palabras de Pedro. Cuando lo miró a los ojos vió en ellos una expresión momentáneamente sombría, pero enseguida sonrió y perdió la oportunidad de descifrar lo que había visto.


—Además, tengo una imaginación muy activa —añadió Pedro en tono desenfadado. Se inclinó hacia el ombligo de Paula y mordisqueó con delicadeza el sencillo anillo de plata que llevaba él—. Lo que mejor iría aquí sería un diamante.


Tras besarla en la cadera, se irguió un momento para terminar de desvestirse. Luego hizo lo mismo con Paula, que anhelaba acariciar su espalda, sus firmes glúteos, su pecho… ¿Cómo podía desearlo tanto si sólo hacía unas horas que Pedro se había ocupado de sus necesidades en el despacho de la biblioteca? Aquello debería haberla sosegado un poco, pero sólo parecía haber estimulado aún más su deseo. Deslizó el arco de su pie desnudo por la pierna de Pedro, abriéndose para él, deseándolo, dando la bienvenida a cada centímetro cuadrado de su piel.


—Shhh… —susurró Pedro junto a su oreja—. Paciencia. Ya llegaremos ahí…


Incapaz de esperar, Paula deslizó una mano entre ellos y tomó a Pedro en ella, lo acarició, persuasiva, hasta que las manos le temblaron. Él alargó una mano hacia el suelo, hacia sus pantalones, cuando la alzó de nuevo tenía un preservativo en ella. Lo abrió y se lo puso antes de que Paula tuviera tiempo de hacer algo más que sentirse agradecida por el hecho de que al menos uno de los dos conservara la suficiente cordura como para ocuparse de aquello. 

Chantaje: Capítulo 26

—Eres igual que tu padre.


Ezequiel parpadeó, desconcertado.


—La última vez que lo viste tenías sólo siete años.


—Enrique también era más joven entonces, y mi madre conservaba una foto de cuando se conocieron. A veces me dejaba guardarla en el cajón de los calcetines, mezclada con otras cosas para que nadie la viera —Paula guardó las gambas en la nevera y luego se volvió de nuevo hacia su hermano—. ¿Por qué has venido? — preguntó, y se quedó paralizada al pensar en una terrible posibilidad—. ¿Enrique ha muerto?


—Está vivo —dijo Ezequiel rápidamente, aunque con expresión seria—. He venido porque te has puesto en contacto con el abogado, aunque me habría puesto en contado contigo de todos modos. Nuestro padre está muy enfermo. Quiere ver a sus hijos.


—¿Y cuantos hijos tiene? —¿De dónde había surgido aquella cruel respuesta?, se preguntó Paula. Sin duda, de las muchas noches de miedos y lágrimas de su infancia.


Pedro apoyó una consoladora mano en su espalda mientras cerraba la puerta de la nevera con un pie. Ezequiel metió las manos en sus bolsillos.


—Tú, nuestros dos hermanos y yo.


—Disculpa si no me siento demasiado segura de eso —Paula respiró profundamente—. Siento que Enrique esté enfermo, pero no creo que tengamos nada que decimos. No después de tantos años.


Esperaba que Ezequiel discutiera, que tratara de persuadirla, pero se limitó a encogerse de hombros.


—De acuerdo. En ese caso le haré saber que te he transmitido el mensaje y que has declinado la oferta. Sí no tienes más preguntas que hacerme, ya he completado mi misión.


¿Eso era todo? ¿Ya iba a irse? Ezequiel dejó una tarjeta en la mesa de la cocina y la aseguró con un pisapapeles.


—Puedes ponerte en contacto conmigo cuando decidas ir a verlo.


¿Cuándo? ¿En una o dos décadas más? Ezequiel se había presentado de pronto en su casa, la había desconcertado por completo y ahora se iba. Obviamente no había ido a verla, sino a informarla. Paula se recriminó por ser tan tonta; estaba claro que en el fondo de su corazón aún conservaba esperanzas, como esas fotos de su familia biológica ocultas entre sus calcetines. Quería llorar, pero sus ojos estaban secos después de tantos años.  Pedro pasó a su lado.


—Te acompaño a la puerta.


—No es necesario —Ezequiel se volvió a mirara Paula mientras se encaminaba hacia el vestíbulo—. Le diré a nuestro padre que irás a verlo pronto.


Paula reprimió el deseo de gritar su frustración. ¿Por qué se consideraban los Medina con derecho a entrometerse en su vida y desbaratarla una vez cada diez años?


—Estás asumiendo demasiado.


Ezequiel se detuvo y se volvió hacia ella.


—Ha habido muchas ocasiones en que mi vida ha dependido de mi habilidad para comprender a la gente —dijo, y a continuación salió de la casa tan sigilosamente como había entrado.


Pedro apoyó de nuevo la mano en la espalda de Paula.


—¿Estás bien?


—Sí. Totalmente. ¿Por qué no iba a estarlo? Sólo han sido cinco minutos de mi vida. Ahora mi hermano se ha ido y todo ha vuelto a la normalidad —Paula se apartó de Pedro y abrió la nevera—. Voy a preparar la cena.


Pedro apoyó las manos en sus hombros y presionó estos con una compasión y un cariño que desmoronaron las defensas de Paula. Estaba harta de repetirse que le daba igual que su padre no hubiera luchado nunca por ella, y que sus hermanos no se hubieran molestado en ponerse en contacto con ella ni siquiera cuando se independizaron. Los años que había pasado siendo el apoyo de todo el mundo y la princesa de nadie cayeron sobre ella hasta que el dolor se hizo tan intenso que no pudo encontrar ningún rincón de su alma en el que ocultarse y escapar. No tenía ningún lugar en el que refugiarse… Excepto los brazos de Pedro. 

Chantaje: Capítulo 25

 —Aunque pudiera parecerme que es lo más conveniente para ella ¿Por qué iba a visitar Paula a una familia que no ve desde los siete años? —Pedro esperó a que Ezequiel respondiera, pero éste permaneció en silencio—. ¿Qué? No pareces estar en desacuerdo.


—¿Por qué discutir contigo si tienes razón? Pero creo que, a la larga, a Paula le pesaría no hacer ahora lo correcto. 


Pedro miró su reloj. ¿Dónde diablos estaba?


—¿Tu familia está exenta de la reglas pero ella no? ¿Se supone que ella sí debe hacer lo correcto cuando ustedes no lo han hecho?


—Es parte de nuestra familia.


—Eso dices tú. Yo aún no sé muy bien de qué estás hablando.


—Fue elección suya vivir como vive en lugar de reclamar sus derechos de nacimiento —Ezequiel ladeó la cabeza—. ¿No lo sabías? Su madre y ella decidieron hace tiempo no aceptar nada de mi padre. Él les ha aportado su ayuda como ha podido. Premios sorpresa, bonos en el trabajo, incluso una beca para viajar a Europa.


Pedro estaba seguro de que Paula echaría pestes si averiguara que aquel viaje había estado preparado.


—A la mayoría de las mujeres que conozco no les gustaría ser manipuladas de ese modo.


—En ese caso, no se lo cuentes.


—¿Y por qué me lo estás contando tú? —pregunto Pedro. 


Aquello lo ponía en una situación incómoda, obligándolo a guardar secretos. Odiaba las mentiras. Siempre las había odiado. Su padre le había metido aquello en la cabeza desde niño. Siempre solía decir que la medida de un hombre la daba su comportamiento cuando estaba a solas.


—Espero que puedas convencerla de que vaya a ver a su padre. Es una mujer muy testaruda.


—Un momento. Has dicho que prácticamente no se han visto, y sin embargo pareces conocerla bien. ¿Cómo es posible?


Ezequiel se encogió de hombros.


—No he dicho que no nos hayamos mantenido informados sobre ella.


Pedro estaba seguro de que a Paula no le haría ninguna gracia enterarse de aquello. Aunque aquel tipo parecía tenerlo todo muy claro, aún existía la posibilidad de que se trajera algo feo entre manos.


—Es hora de que tú y yo nos vayamos.


—¿Tú y yo?


—No pienso perderte de vista hasta asegurarme por completo de que eres quien dices ser. Yo también tengo contactos.


—Me parece justo. Pero deja que antes te haga una pregunta —Ezequiel entrecerró los ojos, como disponiéndose a saltar sobre su presa—. ¿Quién has creído que era cuando has entrado?


El sonido de la llave en la cerradura impidió que Pedro contestara. Cuando se volvió vió a Paula en el umbral de la puerta que daba al patio, con una bolsa de la compra en cada mano y una expresión de total perplejidad.


—¿Ezequiel? 


La conmoción la dejó paralizada. Parpadeó un par de veces, incapaz de creer lo que estaba viendo. No podía ser uno de sus hermanos… Pero había visto algunas fotos a lo largo de los años y nunca olvidaría el rostro de sus hermanos. El verano que fue a verlos Ezequiel le contó que soñaba con cambiarse de nombre y salir al mundo para labrarse un porvenir por su cuenta. A pesar de que entonces sólo tenía siete años, Paula comprendió su afán de «Salir de una vez por todas de aquella isla». Y, por su aspecto, no parecía haberle ido mal. Se alegraba por él si había conseguido hacer realidad su sueño de vivir su propia vida. Aunque también había conseguido mandar al garete sus planes para la tarde… Pedro y Ezequiel se acercaron a ella a la vez para tomar de sus manos las bolsas de la compra… Compra en la que se había esmerado para preparar una buena cena. Estaba tan nerviosa que las manos le temblaban. Era una tontería estar tan nerviosa ante la perspectiva de preparar la cena para un hombre. Para su marido. Sintió que sonreía antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Ver a Pedro le hacía feliz. ¡Guau! ¡Qué pensamiento tan increíble… y aterrador! Pero antes de nada necesitaba averiguar qué hacía allí su hermano. Resultaba extraña la idea de abrazar a un hombre prácticamente desconocido con el que sólo había hablado una vez, aunque compartieran el mismo ADN. Reprimió una punzada de inquietud.


—Vamos dentro antes de que se estropeen tus compras con el calor.


Paula dedicó una sonrisa agradecida a Pedro y luego tocó el brazo de su hermano.


—Bienvenido, Ezequiel. Espero que te quedes a cenar… A no ser que tengas otros planes.


—Tu hermano ha dicho que necesita hablar contigo —dijo Pedro mientras iban a la cocina.


—Por supuesto. Seguro que tenemos que ponernos al día sobre muchas cosas — dijo Paula mientras empezaba a guardar automáticamente las cosas en los armarios.


Cuando se volvió para meter unas gambas en la nevera, estuvo a punto de darse de bruces con su hermano.


—Oh, lo siento. No hay mucho sitio.


—¿Cómo me has reconocido? —preguntó Ezequiel sin preámbulos.


Paula miró sus oscuros ojos, prácticamente idénticos a los de ella.