martes, 30 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 48

Paula tragó saliva e hizo acopio de valor para no echarse atrás.


–Lo que te dije en Madrid iba en serio, Pedro. Esto se ha acabado y lo que acaba de pasar… –lanzó una mirada acusadora a la puerta– no debería haber pasado.


–Pero ha pasado –replicó él–. Y he pagado esta suite para la noche.


Paula miró la cama enfadada consigo misma, porque una parte de ella estaba sintiéndose tentada de claudicar, de mandar su amor propio a paseo y darse el capricho de una noche más con Pedro. Pero si hacía eso… ¿Cuándo pondría el punto final? Tenía que ser fuerte. Tenía que poner fin a aquello de una vez por todas. Sacudió la cabeza y se mantuvo firme.


–No, Pedro. No voy a quedarme a pasar la noche contigo. Por más que me tiente, no va a ocurrir.


Pedro la miró, irritado y lleno de frustración. Estaba acostumbrado a conseguir siempre lo que quería cuando lo quería, y no pudo evitar que una nota de impaciencia tiñese su voz.


–Mira, Paula, tú me deseas… Y yo te deseo. Nos compenetramos bien en la cama. ¿Cuál es el problema?


Ella quería gritar. ¿Tan simple era todo para los hombres? Sí, si para ellos no había sentimientos de por medio, se respondió a sí misma. Pedro se levantó para ir hacia ella, y el pánico a no poder resistirse a él la hizo retroceder.


–¡Para! No te me acerques –le dijo levantando una mano.


Pedro se detuvo y frunció el ceño.


–No quiero ser uno más de tus ligues, Pedro.


–Bueno, yo no llamaría así a lo nuestro. Nos conocemos, somos amigos… Para mí eres algo más que un ligue.


¿Que era algo más que un ligue para él? ¡Si no se fiaba siquiera de dejarla a solas con su hija porque creía que pretendía manipularla! Al recordar eso, Kate sintió una punzada de tristeza y de dolor.


–No es verdad. Tú no te fías de mí, Pedro. Pero eso da igual, porque antes o después lo nuestro estaba destinado a terminar, ¿No?


Pedro no entendía muy bien a dónde quería llegar.


–Bueno, sí… En algún momento, claro. Pero ¿Tiene que ser esta noche? ¿Ahora mismo?


Paula asintió y reprimió un sollozo.


–No puedo seguir con esto.


Se dirigió hacia la puerta, pero antes de que pudiera poner la mano en el picaporte, Pedro, que había ido tras ella, la agarró por el hombro y la hizo girarse.


–Por favor, Pedro… Deja que me marche –le suplicó.


Él apretó la mandíbula y escrutó su rostro, visiblemente confundido.


–Dime por qué. Lo único que quiero es que me digas al menos por qué no quieres esto.


Paula lo miró largo rato, y supo que no habría otra manera de que la dejara ir. Tendría que desnudarle su alma.


–¿De verdad quieres saberlo?


Él asintió muy serio. Paula se apartó de él para poner espacio entre ambos y, armándose de valor, lo miró a los ojos y comenzó a hablar.


–No quiero esto porque lo que pasó aquella noche, hace diez años, no fue como tú crees que fue –le dijo. Pedro frunció el ceño, pero Paula continuó–: Aquella noche… Yo no tenía ninguna intención de seducirte. Yo… –vaciló y apartó la vista antes de volver a mirarlo a los ojos–. Yo era una adolescente impresionable, y tú me tenías fascinada. Eras alto, guapo, interesante, mayor que yo… Esa noche por primera vez me habías mirado de un modo distinto; no como a una chiquilla, sino como a una mujer. No sé cómo, me lancé y te besé… Y tú respondiste a aquel beso. Supuse que creíste que tenía más experiencia de la que tenía en realidad. Y luego, cuando me rechazaste, me sentí humillada. No soportaba la idea de que pudieras darte cuenta de cuánto me había dolido, y por eso hice como que no me había afectado en absoluto.


A Pedro le había parecido intuir esa vulnerabilidad, pero como ella se había mostrado tan segura, tan madura, tan indiferente, había dudado de su percepción. No debería haberlo hecho. Era la misma vulnerabilidad que le había parecido advertir en la Martinica, y luego en el aeropuerto de Madrid, cuando se había visto obligado a dejarla marchar.


–Pero ¿Qué tiene que ver eso ahora? –inquirió.


–¿Que qué tiene que ver? –exclamó Paula, lanzando los brazos al aire.


Sus mejillas estaban teñidas por el enfado, sus ojos chispeaban, y su pecho subía y bajaba de lo agitada que estaba.


–Durante estos diez años no he podido olvidar lo humillante que fue para mí aquella noche. Cada vez que coincidíamos volvía a recordarlo cuando te miraba. Y te tenía tan idealizado, tenía tan idealizado cómo sería hacerlo contigo, que ninguno de los pocos hombres con los que he estado desde entonces ha estado a la altura –se le quebró la voz–. Es patético, ¿No? En todos estos años no he sido capaz de mantener una relación duradera por esa sombra que proyectabas en mi mente –esbozó una sonrisa amarga–. No quería que supieras que no conseguía superar lo de aquella noche, y por eso durante todos estos años he intentado mostrarme distante contigo. Pero ha habido momentos, como el día del bautizo de Martina, o después de la subasta benéfica en San Francisco, en que sentí que ya no podía seguir ocultándotelo –se encogió de hombros–. Si accedí a acompañaros a la Martinica fue porque pensé que a lo mejor me ayudaría… Pensé que, si me acostaba contigo y veía que no era para tanto, a lo mejor conseguiría hacerte caer del pedestal en el que te había puesto. Pero no ha sido así; lo único que ha hecho ha sido empeorar las cosas –concluyó–. Y sería incapaz de utilizar a Cata para manipularte; no te imaginas cómo me duele que me creas capaz de algo así –sacudió la cabeza y se dirigió de nuevo hacia la puerta.


Una sensación de pánico se apoderó de Pedro, que la agarró por los hombros y la hizo volverse hacia él. Le levantó la barbilla para que lo mirara, pero Paula cerró los ojos con fuerza. La tomó de las manos y se las apretó.


–Paula… Mírame.


Ella sacudió la cabeza y apretó los labios, como si estuviese luchando desesperadamente por no llorar, pero una lágrima rodó por su mejilla. Pedro se sintió como un gusano.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 47

Pedro no vaciló ni un momento, como si supiera que, de hacerlo, Paula podría abandonar esa docilidad y huir de él. Entraron en el ascensor y, mientras subían, no apartaron la vista del número que indicaba el panel electrónico sobre la puerta. Finalmente se detuvo, y la puerta se abrió silenciosamente. Él la condujo por el pasillo hasta su suite. Ella apenas se fijó en la decoración, ni en la espectacular vista nocturna de Central Park que se divisaba por los ventanales. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en Pedro, y en que se moriría si no la hacía suya ya. Como si le estuviese leyendo la mente, él lanzó su chaqueta sobre un sofá, y de inmediato la rodeó con sus brazos y comenzó a devorar sus labios. Paula se descalzó mientras él le subía el vestido, y gimió contra su boca cuando encontró sus braguitas. Dejó que se las bajara, sacó los pies de ellas con torpeza por lo impaciente que estaba, y las arrojó a un lado con el talón. Luego le quitó la pajarita a Pedro, le abrió la camisa y le desabrochó el cinturón y los pantalones. Mientras, las bocas de ambos permanecían fusionadas, como si no pudiesen soportar la idea de separar sus labios ni siquiera un solo segundo.


Pedro le quitó el pasador que le sujetaba el recogido, y el cabello le cayó sobre los hombros. Deslizó sus dedos entre los mechones dorados, y le masajeó el cuero cabelludo con una ternura que contrastaba con el ansia y la pasión que le transmitían sus besos. Paula consiguió bajarle finalmente los pantalones y liberar su miembro en erección. Él le levantó el vestido, y ella profirió un intenso gemido cuando la levantó, empujándola contra la puerta, y la penetró de una certera embestida. Durante un instante, como si estuvieran saboreando el momento, contuvieron el aliento y permanecieron quietos. Luego Paula le rodeó el cuello con los brazos y, en medio de los jadeos de ambos, Pedro comenzó a entrar y salir de ella, escalando nuevas cumbres de placer. Cuando llegaron al orgasmo se esforzaron juntos por prolongarlo, hasta que ya no pudieron más y se abandonaron a las gloriosas sensaciones que estaban explotando dentro de ellos. Jadeante, Pedro hundió el rostro en el cuello de Paula. Había sido rápido, frenético… Devastador.


A Paula le temblaban las piernas como si fuesen de gelatina cuando Pedro la depositó en el suelo. Murmuró algo incoherente, recogió su pasador, las braguitas y sus zapatos del suelo y se fue al cuarto de baño. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en un taburete, aliviada de poder tener un momento a solas para recobrar la compostura. Apenas podía pensar con claridad. Tenía que salir de allí, alejarse de Pedro. Al cabo de unos minutos se levantó, se miró en el espejo, y se alegró de haberse maquillado más de lo habitual. Con manos temblorosas volvió a ponerse las braguitas y los zapatos, y se recogió el cabello lo mejor que pudo. Luego, inspiró profundamente, y salió del baño. Pedro estaba sentado en la cama quitándose los gemelos, con la camisa y los pantalones desabrochados y una sonrisa sexy y pretenciosa en los labios.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 46

Paula se disculpó con Guillermo cuando volvió a pisarle… Otra vez. Había perdido la cuenta de cuántos pisotones le había dado ya.


–No hay nadie que baile peor que ella, ¿Verdad? –murmuró una voz profunda a sus espaldas.


Paula se detuvo, sobresaltada, y al girar la cabeza vió que era quien se temía. ¿Qué estaba haciendo Pedro allí?, se preguntó con el corazón desbocado.


–Estoy seguro de que no le importará que se la robe un rato –le dijo Pedro a Guillermo–; así podrá darles un descanso a sus pies.


Desconcertado, Guillermo soltó a Paula y balbuceó algo incomprensible que sonó a protesta, pero Pedro lo ignoró, tomó de la mano a Paula, y se alejó girando con ella.


Paula no sabía si sentirse aliviada o irritada. Se había quedado sin habla por la inesperada aparición de Pedro, y una ráfaga de calor la sacudió. Había sido muy duro para ella decirle adiós dos semanas atrás, y resultaba humillante ver que el poder de atracción que ejercía sobre ella no había disminuido ni un ápice. Furiosa consigo misma, se recordó cómo la había despachado, acusándola de haber utilizado a Catalina. Y era tan tonta que, en realidad, lo que más le había dolido había sido que, cuando le había dicho que no iba a quedarse con él en Madrid, no hubiese intentado convencerla y la hubiese dejado marchar.


–¿Qué crees que estás haciendo? –lo increpó–. Ese hombre me había invitado a esta fiesta y he venido con él –recalcó, pisando sin querer a Pedro, que apenas se inmutó.


–¿Qué querías, machacarle los pies? Parece un blandengue; no aguantaría ni dos bailes –la pinchó con una media sonrisa, seductora y pícara.


–No puedes mandarle que se vaya como si fuera un perro –le espetó ella, irritada.


Pedro apretó los labios.


–Acabo de hacerlo. Ese tipo no te llega ni a las suelas de los zapatos, y lo sabes. Seguro que cuando acabase el baile habrías fingido un dolor de cabeza y le habrías dicho que tenías que irte a casa.


Paula gimió espantada. Eso era precisamente lo que había estado pensando hacer. Se puso colorada, y Pedro la miró con aire jactancioso.


–En ese caso –le dijo ella con una sonrisa afectada–, supongo que podrás ahorrarme tener que decirte eso mismo a tí.


Pedro no respondió. Se había quedado mirando sus labios, como traspuesto, y Paula volvió a sonrojarse al sentir un cosquilleo entre los muslos.


–¿Qué estás haciendo aquí? –insistió, empezando a desesperarse–. Espero que esta no haya sido otra de tus tretas. ¿No le habrás pedido a Guillermo que me invitara para que este pareciera un encuentro casual?


–No, estoy aquí por negocios. Pero eso pasó a un segundo plano en cuanto te ví –inclinó la cabeza y le susurró–: No he podido dejar de pensar en tí en estas dos semanas.


Paula se echó hacia atrás y lo miró con los ojos como platos. Estaba temblando por dentro, y se hallaba tan dividida entre el deseo y la ira que estaba al borde de las lágrimas. Pedro la besó junto a la comisura de los labios, rozándolos apenas con la punta de la lengua. Aquel beso desató tal oleada de calor en su cuerpo que, cuando tiró de su mano para sacarla de allí, abriéndose paso entre la gente, no intentó ni siquiera revolverse, sino que lo siguió.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 45

Dos semanas después. El Hotel Ritz, Central Park, Nueva York


–Perdona, Guillermo, me temo que lo de bailar no se me da muy bien –se disculpó Paula con una sonrisa forzada.


El brazo del hombre con el que estaba bailando, Guillermo Fortwin, el hijo de un conocido magnate de la prensa, le ceñía con demasiada fuerza la cintura mientras giraban por el salón de baile.


–No te creo. Es imposible que una chica tan bonita como tú no baile bien –replicó él.


«Pues yo te he advertido, así que luego no te quejes», le respondió ella mentalmente. Guillermo la había invitado a aquella exclusiva fiesta benéfica, y si había accedido a ir había sido porque le parecía mal no darle siquiera una oportunidad. Sin embargo, estaba empezando a arrepentirse y, si pudiera elegir, en ese momento preferiría estar en cualquier lugar excepto allí. Le dolían los pies de haber estado trabajando todo el día, y el vestido que se había puesto le quedaba demasiado estrecho. Probablemente la culpa la tenía la deliciosa cocina de Mamá Sara, se dijo, pero de inmediato apartó ese pensamiento de su mente porque le recordaba a Pedro. Pero el caso era que también se notaba los senos sensibles, y se sentía hinchada. Tenía que ser por la regla, que se le estaba atrasando… Y el que el vestido le quedara ajustado no la irritaba solo porque estaba incómoda, sino también porque la hacía sentirse desnuda, y Guillermo no dejaba de mirarle el escote. La mano de su pareja de baile bajó por enésima vez a su trasero. Paula suspiró pesadamente, y le obligó a ponerla otra vez en su cintura. ¡Qué ganas tenía de irse a casa!



Cuando Pedro, que tenía los puños apretados, vió a Paula apartar la mano de aquel tipo de su trasero, los relajó un poco. Sin embargo, por dentro seguía igual de tenso. No había esperado encontrarla allí aquella noche. Con todos los eventos que había en Nueva York, en todos esos años nunca habían coincidido en ninguno. Y como en esas dos semanas no había podido dejar de pensar en ella, al verla había pensado que debía de estar teniendo alucinaciones. Había creído que el volver a la Martinica con Catalina lo calmaría, pero no había sido así. Era como si todo se hubiese tornado gris, como si hubiese un enorme vacío. Ni siquiera había logrado animarlo el que las cosas hubiesen vuelto a la normalidad con Cata. Además, durante esos días en la isla, fuera donde fuera, la gente le preguntaba por Paula y querían saber cuándo volvería. Solo había estado allí unos días, pero era innegable que había dejado una profunda huella en los corazones de todas aquellas personas. Y si al separarse de ella en el aeropuerto se había quedado con la sensación de que la había juzgado mal, esa sensación no había hecho sino reforzarse cuando Cata le confesó finalmente de qué habían hablado cuando Paula fue a darle las buenas noches. En ese momento comprendía que su hija había necesitado desesperadamente a alguien con quien desahogarse, en quien poder confiar, y, por lo que le había contado, Paula no había hecho otra cosa más que tranquilizarla, con dulzura y buen tino. Esa noche estaba deslumbrante con un sensual vestido de color champán. Su piel aún retenía algo del bronceado que se había llevado de la Martinica, y el recogido por el que se había decantado dejaba al descubierto su elegante cuello. La mano de su pareja volvió a descender a su trasero, justo cuando por la abertura lateral del vestido asomaba su pierna, larga y torneada, y Pedro decidió que ya no podía más. Conteniéndose para no abrirse paso a codazos entre la gente y pegarle un puñetazo a aquel baboso, salió al vestíbulo y fue al mostrador para hablar con la recepcionista. Luego volvió a entrar en el salón de baile, y zigzagueó entre la multitud hacia Paula con un objetivo en mente.



jueves, 25 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 44

El avión aterrizó en Madrid tras un vuelo sin incidentes, y bajaron del jet privado de Tiarnan. Paula vió aliviada a lo lejos el taxi que había pedido antes de salir de la Martinica, y sintió un alivio inmenso. El chófer de Pedro había ido a recogerlos, y él le indicó con un ademán que le diera su maleta, pero Paula se aferró a ella. Pedro, a quien no le gustaba que lo hicieran esperar, frunció el ceño y alargó la mano hacia ella.


–Tu maleta, Paula.


Ella sacudió la cabeza y dió un paso atrás.


–He pedido un taxi –le dijo, señalando en esa dirección con la cabeza–. Va a llevarme a la terminal 4. Antes de salir saqué un billete para un vuelo a Nueva York desde aquí.


Pedro clavó su mirada en ella, haciéndola estremecer por dentro, y la llevó aparte.


–No seas ridícula. No tienes que irte a Nueva York; puedes quedarte conmigo hasta que vuelva a la Martinica.


Paula esbozó una sonrisa amarga.


–¿Era eso lo que esperabas que pasara? ¿Que ahora que estoy lejos de Cata podamos seguir acostándonos sin que tengas que preocuparte por que la manipule?


Pedro volvió a fruncir el ceño. No estaba acostumbrado a que le leyeran la mente, y no podía negar que precisamente eso era lo que tenía pensado. Tendió la mano de nuevo, incómodo con la sensación de desesperación que lo invadió de repente.


–Vamos, Paula, no me hagas perder el tiempo.


Ella sacudió la cabeza con vehemencia.


–No. Acordamos que esto terminaría cuando acabasen estas vacaciones, y han acabado –se obligó a decir. Las palabras eran cristales rotos que le cortasen la lengua al pronunciarlas–. Gracias por invitarme.


Pedro apretó la mandíbula.


–Déjate de juegos, Paula. No voy a perseguirte por medio mundo, y no vas a conseguir nada más de mí por más que te hagas de rogar.


–No se trata de ningún juego –le respondió ella dolida–. Estoy hablando muy en serio; esto se ha terminado.


El tono quedo pero firme de Paula hizo que Pedro se preguntara de pronto si no estaría diciéndole la verdad, y lo asaltó también la incómoda y terrible sospecha de que tal vez había juzgado erróneamente su comportamiento con Catalina. De repente, toda una serie de cosas empezaron a encajar, y la expresión de Paula le recordó cómo lo había mirado aquella noche de diez años atrás, cuando él se había dado cuenta de que era virgen y la había increpado por intentar seducirlo. Esa mirada se había quedado grabada a fuego en su mente, pero entonces no había sabido interpretarla. En ese momento, mirando a Paula, sabía lo que significaba: vulnerabilidad. Dió un paso atrás, contrariado por las emociones encontradas que se agitaban en su interior. ¿Podía ser que se hubiese equivocado de parte a parte con ella?


–Comprendo –murmuró aturdido, sin saber muy bien qué estaba diciendo–. Gracias por acompañarnos, Paula. Seguro que nos veremos pronto.


Paula palideció, y lo miró confundida, como si hubiese esperado más insistencia por su parte; casi como si la hubiese decepcionado.


–Claro –musitó–. Y, Pedro…


Él la miró aturdido.


–Por favor, no pienses que me debes nada por estos días –le dijo Paula–. Si se te ocurre mandarme cualquier cosa como muestra de agradecimiento, te lo devolveré.


Pedro la siguió con la mirada mientras se alejaba. El taxista, que se había bajado de su vehículo al verla acercarse, tomó su maleta y le abrió la puerta para que se sentara. Luego metió la maleta en el maletero, se puso al volante, y se perdieron en la distancia mientras él seguía allí plantado, como si lo hubiese golpeado un rayo.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 43

Paula se despertó, y se dio cuenta de que Pedro no estaba en la cama. Se incorporó, desorientada, y lo vió apoyado en el marco de la puerta del balcón, con la luz de la luna recortando su silueta.


–¿Pedro? –lo llamó.


Él se volvió, y se quedó mirándola con una expresión inescrutable antes de ir hacia ella. Paula se puso tensa; volvía a  tener la misma sensación de inquietud que esa mañana, en el desayuno. Pedro se detuvo a unos pasos de la cama y se cruzó de brazos.


–Nos vamos mañana.


Sus palabras sonaron cortantes, como los bordes afilados de un cristal roto. Paula se quedó aturdida, igual que si la hubiese abofeteado; no entendía nada.


–Pero… Creí que no nos íbamos hasta dentro de cuatro días – murmuró adormilada–. ¿Ha pasado algo?


Él soltó una risa áspera.


–Lo que ha pasado es que me he dado cuenta de que cometí un craso error al traerte aquí.


Paula sintió una terrible punzada de dolor en el pecho, como si le hubiesen clavado un puñal.


–¿Qué quieres decir?


Pedro fue hasta la cama.


–No debería haberme fiado de tí. Has utilizado a Catalina para introducirte de manera sibilina en nuestras vidas, en mi vida, para intentar echarme el lazo. Pero al fin he abierto los ojos y me he dado cuenta de que has estado manipulándonos.


Paula se despertó del todo al oírle decir esas cosas horribles. Se bajó de la cama, con el corazón martilleándole contra las costillas, y le espetó:


–¿De qué diablos estás hablando? –estaba temblando de indignación, de lo insultada que se sentía–. ¡Yo jamás utilizaría a Cata! ¿Cómo puedes pensar una cosa así?


Nunca había visto tan rígidas las facciones de Pedro.


–No sé qué le dijiste la otra noche, pero es evidente que siente una devoción por tí que no es normal, y que sin duda tú has propiciado, congraciándote con ella para tus propios fines.


A Paula le dolía en el corazón que pudiera pensar de ella algo así. Pero sabía que no podía, ni quería, traicionar la confianza que la pequeña había depositado en ella.


–Siento un gran cariño por Cata, y me halaga que se sienta a gusto conmigo porque es una niña encantadora. Pero jamás intentaría ganármela para cazarte y llevarte al altar, como estás sugiriendo.


–¡Basta! –la increpó él, cortando el aire con un brusco ademán–. Hay una buena razón por la que jamás he permitido que ninguna mujer se metiera en el terreno de mi vida privada. Contigo hice una excepción porque nos conocemos desde hace muchos años y no eres una extraña para Cata, pero fue un grave error. Un error que voy a rectificar de inmediato, antes de que la niña se encariñe más contigo. Y asumo toda la culpa. Para empezar, jamás debí permitir que te quedaras en Madrid a cuidarla, ni tampoco debí invitarte a venir aquí.


Paula se cruzó de brazos, y trató de disimular su dolor cuando le espetó:


–¿Y qué pasa con Cata? ¿Qué pensará de que me destierres así, de repente, de sus vidas?


–Le he dicho que tienes que regresar por motivos de trabajo. Ya te despedirás de ella por la mañana. Te acompañaré de vuelta a Madrid. Tengo unos asuntos urgentes de los que debo ocuparme, y luego volveré para pasar con Cata el resto de sus días de vacaciones.


Sus maneras despóticas enfurecieron a Paula.


–No hace falta que me acompañes. No voy a robarles la plata para llevármela escondida en la maleta, si es lo que piensas. ¿O hace falta que te recuerde que yo no quería venir?


Pedro frunció el ceño.


–Te acompañaré porque, como he dicho, tengo unos asuntos de los que debo ocuparme. ¿Y hace falta que te recuerde yo a tí que la pantomima que hiciste de negarte a venir solo duró una noche, y que claudicaste a la mañana siguiente?


Paula sintió que la embargaba la vergüenza. Tenía razón, pero no había sido una pantomima.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 42

Paula sacudió la cabeza. El tono de Pedro la confundía. A pesar del cambio que se había producido en Catalina, no parecía muy contento. Sin embargo, se sentía en la obligación de mantener en secreto lo que la pequeña le había dicho a modo de confidencia.


–Solo hablamos, Pedro –le dijo–. Le gusta que le cuente historias de cuando Luciana y yo íbamos al colegio juntas. Deja de buscarle tres pies al gato y vete y disfruta del día con tu hija – esbozó una sonrisa forzada. No había hecho nada malo; no tenía por qué sentirse incómoda–. Yo voy a poner en marcha un plan para sobornar a Mamá Sara y que me dé algunas de sus recetas secretas.


Aunque Pedro seguía sin sonreír, pareció aliviado al oír su respuesta, y a ella le bastó con eso. Se alegraba de corazón por él, por que Catalina hubiese decidido darle otra oportunidad, pero ese sentimiento también la asustaba. Estaba empezando a darse cuenta de que estaba tan enamorada de él, y de que se sentía tan ligada a Catalina y a él, que estaba segura de que, fuera lo que fuera lo que le deparara el futuro, no la llenaría ni la cuarta parte que el estar con ellos.


Pedro no conseguía conciliar el sueño. Miró a Paula, que seguía dormida, se bajó de la cama y fue hasta el balcón. La alegría que había sentido con el cambio de actitud de Catalina se había visto empañada cuando se había dado cuenta de lo ingenuo que había sido con Paula. Había puesto a Catalina en una posición muy vulnerable, y era algo que jamás se perdonaría. Desde la otra noche, cuando le había pedido a Paula que fuera a darle las buenas noches, había notado que su hija estaba más callada, y tampoco se le había escapado la fuerte dependencia que había desarrollado hacia la niña. Al principio le había parecido una suerte que Catalina se llevara tan bien con ella, pero lo que había ocurrido esa mañana le había puesto la mosca detrás de la oreja, y el haber pasado el día lejos de la embriagadora presencia de Paula le había permitido tomar distancia y verlo todo con claridad. En un primer momento se había dicho que tenía que estar equivocándose, que lo que estaba pensando era ridículo, pero todo el tiempo lo asaltaban recuerdos de instantes de ternura entre Paula y su hija, de lo deprisa que se había ido afianzando la amistad entre ellas, y llegó un punto en el que ya no podía seguir negando la evidencia, ni a lo que apuntaba. No se podía creer que hubiera desoído a su instinto y aquella sensación incómoda que había tenido tantas veces. Después de haberle dado muchas vueltas a lo largo del día, había llegado a la firme convicción de que Paula había estado jugando con él, y de un modo magistral. Su fingida reticencia a acompañarlos en ese viaje, su falsa preocupación por Catalina…


Pensó en la excursión que había hecho ese día con su hija. Su alegre cháchara, que tanto había echado de menos, había estado salpicada de incontables menciones a Paula. Igual que una enredadera, había invadido sigilosamente sus mentes, y en especial la de Catalina. Era evidente que la pequeña la idolatraba como si fuera una heroína. Sí, Paula estaba jugando con ellos, y aunque Catalina era inocente y no sabía nada de la vida, él se había dejado engañar como un tonto, porque el deseo lo había cegado, enturbiándole la razón. Pero eso no volvería a pasar.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 41

Un par de días después estaban desayunando en el porche de atrás. Papá Luis estaba hablando de las plantas del jardín con Pedro, y Mamá Sara iba y venía, atareada en sus quehaceres, cuando de repente apareció Catalina, que había salido a dar una vuelta, tirando de su bicicleta.


–Papá, ¿Puedes echarle un vistazo a la cadena? –dijo–. Está saliéndose otra vez.


Paula se quedó de piedra, y se preguntó si Pedro se habría dado cuenta de que lo había llamado «Papá» en vez de por su nombre, como había estado haciendo últimamente. Pedro y Papá Luis interrumpieron su conversación, y Papá Luis, los dejó a solas discretamente, guiñándole un ojo a Paula. Ella iba a seguir su ejemplo, pero Pedro le lanzó una mirada, como pidiéndole que se quedara. Cruzó los dedos mentalmente mientras él iba con la pequeña. Lo oyó hablar con ella, aparentando la mayor normalidad posible, y lo vió revisar la cadena de la bicicleta, aunque no parecía que le pasara nada. Y entonces, Catalina, como quien no quiere la cosa, dijo:


–Papá, ¿Podemos ir de excursión a la montaña?


Pedro miró a su hija, que estaba rehuyendo su mirada.


–Creía que me habías dicho ya eras un poco mayor para eso – contestó Pedro en un tono suave.


Paula contuvo el aliento, y respiró aliviada cuando Catalina respondió:


–Bueno, sí, pero pensé que a lo mejor no te importaría… Es que… Como Alma está en el colegio, no tengo a nadie con quien jugar –añadió, con las manos entrelazadas a la espalda–. ¡Y Pau también puede venir! –exclamó de repente, corriendo a sentarse en su regazo y dándole un gran abrazo–. Podemos enseñarle los nidos de las arañas y todo eso.


Paula se estremeció y puso una cara de asco que hizo reír a Catalina.


–¡Puaj! No, muchas gracias. Creo que puedo pasar sin ver dónde ponen las arañas sus huevos. No me van nada los bichos. Pero puedes hacerles fotos y enseñármelas luego.


Catalina se bajó de su regazo de un salto.


–¡Mira que eres boba, Pau! –exclamó riéndose–. No sabes lo que te pierdes. Pero si no quieres iré yo sola con papá. Y si cambias de idea puedes venir la próxima vez.


Y, dicho eso, corrió dentro de la casa, llamando a gritos a Mamá Sara para que la ayudara a preparar una mochila con comida. Pedro, que se había quedado anonadado, fue a sentarse junto a ella.


–Todavía no me lo puedo creer –murmuró, con la mirada fija en la mesa, aturdido–. No me llamaba «Papá» desde que se enteró de que era adoptada…


–Los niños antes o después acaban perdonando –dijo ella, encogiéndose de hombros.


Pedro levantó la cabeza y la miró de un modo extraño, escrutándola con los ojos entornados.


–¿Por qué será que tengo la sospecha de que has tenido algo que ver en esto? La otra noche tardaste mucho en volver cuando fuiste a darle las buenas noches; y estos dos últimos días ha estado más callada que de costumbre…

martes, 23 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 40

Paula le remetió un mechón de pelo tras la oreja.


–Lo sé porque habla de tí a todas horas, porque se preocupa por tí, porque presume de lo lista y lo buena que eres –le dijo. Y luego, permitiéndose una mentirita, añadió–: Además, está muy orgulloso de lo bien que te estás adaptando a tu nuevo colegio, y lo valiente que estás siendo.


Catalina hizo una mueca.


–Fue él quien me obligó a cambiarme de colegio; y ahora no tengo amigos.


Paula se fingió sorprendida.


–¿Cómo? ¿Me estás diciendo que una niña tan simpática como tú no tiene amigos? Eso es imposible –hizo que la pequeña volviera a echarse, apoyó el brazo en la almohada, y se inclinó para decirle– : ¿Sabes qué? Cuando era solo un poco mayor que tú, yo también tuve que cambiar de colegio.


Eso captó de inmediato la atención de Catalina.


–¿Ah, sí?


Paula asintió.


–Y no solo eso; también nos fuimos a otro país. Vivíamos en Inglaterra, y después de que mi padre muriera, mi madre decidió que volviéramos a Irlanda… ¿Y sabes qué? Que en la casa de al lado vivía tu tía Luciana, y así fue como nos hicimos amigas. Si no nos hubiésemos ido de Inglaterra, y no me hubiese cambiado de colegio, nunca la habría conocido… Y tampoco te habría conocido a tí, ni estaría aquí ahora mismo.


–Vaya… –murmuró Catalina sorprendida.


–Es difícil aceptar los cambios, pero a veces son cambios para mejor. Seguro que acabarás teniendo tan buenos amigos en tu nuevo colegio como los que tenías en el de antes. Ya lo verás.


Catalina bajó la vista y se quedó callada un momento antes de volver a hablar.


–Mi madre no quiere que vaya a verla.


A Paula volvió a encogérsele el corazón al oírle decir eso.


–Cata, estoy segura de que tu madre te quiere. Pero a veces los mayores se comportan de un modo que confunde un poco. No siempre es fácil entender por qué hacen ciertas cosas –tomó la mano de la niña–. Pero tú tienes mucha suerte de tener el padre que tienes.


Catalina alzó la vista.


–¿Por qué dices eso? –inquirió, mirándola contrariada.


–Porque ni siquiera dejó de quererte cuando descubrió que no era tu padre de verdad. Te quiere tanto que nada más enterarse decidió adoptarte para que nadie pudiera apartarte nunca de él.  Quería que todo el mundo supiera que para él eras su hija. Y sé que tú sigues queriéndolo, aunque ahora estés enfadada con él.


Catalina se puso roja y volvió a bajar la vista.


–No pasa nada, cariño –le aseguró Paula, acariciándole el cabello–. Le digas lo que le digas, o hagas lo que hagas, él nunca dejará de quererte y seguirá a tu lado, como lo ha estado siempre, porque eso es lo que hacen los padres de verdad, los que lo son de corazón –miró a la niña y le dijo enarcando una ceja–: Porque no te ha enviado a un internado horrible en medio de ninguna parte, ¿A que no?


Catalina soltó una risita y sacudió la cabeza.


–No. Pau, cuéntame otra vez esa historia de cuando ibas al colegio con mi tía Luciana, lo de esa fiesta secreta que celebraron un día a medianoche.


Paula la besó en la frente y le dió un fuerte abrazo.


–Está bien, pero luego a dormir, ¿Eh?


Catalina asintió, dejó escapar un gran bostezo, y a mitad de la historia ya se había quedado dormida. Un rato después, cuando Paula entró en la habitación de Pedro, se encontró con que él también se había dormido. Estaba tendido en la cama, con el torso desnudo y la sábana tapándole apenas las caderas. Sabía que debería volver a su habitación y dormir en su cama, pero aún la embargaba la emoción por la conversación que había tenido con Catalina. Dejó el chal sobre una silla y se acurrucó junto a Pedro. Como impulsado por un resorte, el brazo de él la rodeó y la atrajo hacia sí. Fue en ese momento cuando ella supo que cualquier intento por resistirse a él sería en vano. Por más que intentaba mantener las distancias con él y protegerse para que no le rompiera el corazón, tenía la terrible sospecha de que estaba fracasando estrepitosamente.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 39

Esa noche, cuando regresaron a la villa, Paula se sentía como si algo hubiese cambiado entre Pedro y ella. Era una sensación inquietante, a la vez que embriagadora. Acababa de salir del cuarto de baño, después de haberse lavado los dientes y de haberse puesto el pijama, cuando él se asomó a la puerta abierta de su dormitorio. A ella se le cortó el aliento y sintió que los pezones se le endurecían de deseo. Azorada por la reacción de su cuerpo, aunque sabía que era ridículo sentir vergüenza con Pedro después de haberse acostado con él, alcanzó un chal y se lo echó sobre los hombros.


–Cata quiere que vayas a darle las buenas noches.


–Claro. Voy ahora mismo.


Iba a salir por la puerta cuando Pedro le bloqueó el paso. Enmarcó su rostro con ambas manos, y le peinó el cabello con los dedos. A Paula le palpitó el corazón con fuerza.


–Lo he pasado muy bien hoy –le dijo Pedro, mirándola a los ojos.


–Yo también –murmuró ella.


Pedro la besó en los labios.


–Te estaré esperando –le dijo, y luego dió un paso atrás, y la dejó ir.


A Paula le temblaban las piernas mientras iba hacia la habitación de Catalina, pero cuando llegó hizo un esfuerzo por que la pequeña no notara su agitación. La niña, que ya estaba metida en la cama, le contó entusiasmada todo lo que había visto y hecho enla ciudad con Papá Luis, y Paula se sintió aliviada al ver que no se molestó cuando le preguntó qué habían hecho ellos, y le dijo que habían ido a Saint-Pierre.


–Ah, yo he estado allí montones de veces –contestó Catalina.


–Gracias por dejarme compartir estas vacaciones con tu padre y contigo –le dijo Paula, inclinándose para darle el beso de buenas noches–. Este sitio es muy especial; entiendo por qué te gusta tanto –añadió, y se levantó para marcharse.


Iba a salir ya del dormitorio cuando oyó a la pequeña preguntarle en un tono quedo:


–Pau, ¿Tu padre te quería?


Ella se paró en seco y se giró lentamente. Al ver la carita preocupada de Catalina, volvió junto a ella y se sentó en el borde de la cama.


–¿Por qué me preguntas eso?


La niña se encogió de hombros.


–Es que mi pa… –se quedó callada y empezó de nuevo–. Es que Pedro no me quiere. No es mi padre de verdad; solo me adoptó.


Paula sabía que estaba pisando arenas movedizas, y que tenía que medir sus palabras.


–Pues… Verás, mi padre murió hace mucho, cariño. Yo creo que sí me quería. Estoy segura de que me quería… Aunque no me lo demostrara.


Catalina se incorporó y la miró con suspicacia.


–¿Qué quieres decir?


–Bueno, siempre estaba muy ocupado, y solía llegar tarde a casa, cuando yo ya estaba durmiendo –le explicó Paula–. Y le preocupaban mucho el trabajo, el dinero… Cosas así.


Catalina se quedó pensativa un momento.


–Pedro también está siempre muy ocupado, pero todas las noches viene a arroparme, y me lleva al colegio, y si está fuera me llama todos los días –empezó a temblarle el labio inferior–. Pero eso no significa que me quiera. Y mi madre tampoco me quiere… No como la madre de Alma la quiere a ella –se le escapó un sollozo, y rompió a llorar amargamente.


Paula la abrazó, con el corazón en un puño por el dolor y la confusión de la pequeña. La acunó, frotándole la espalda con la mano, y dejó que se desahogara. Tenía la impresión de que hacía mucho que lo necesitaba. Cuando el llanto de la niña amainó, se echó hacia atrás y le apartó el cabello del rostro. Sacó un pañuelo de papel de la caja que había sobre la mesilla, le secó las lágrimas, y le dió otro para que se sonara la nariz.


–Cariño, no pienses eso. Tu padre te quiere muchísimo.


–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Catalina con voz entrecortada.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 38

 –No lo sabía. Pero aun así, en nuestra sociedad se juzga a los hombres por unos parámetros mucho menos exigentes que a las mujeres, y más aún si han triunfado, independientemente de que hayan estudiado o no una carrera.


Pedro tomó un sorbo de vino.


–Tienes razón. Por desgracia. Pero, si tanto significa para ti el tener una carrera, ¿Por qué no lo hiciste cuando tuviste ocasión?


–¿Quieres decir como Luciana?


La hermana de Pedro y ella habían empezado a trabajar como modelos al mismo tiempo, pero Luciana había hecho el esfuerzo de compaginarlo con sus estudios para conseguir el diploma de educación secundaria, y luego se había licenciado en Psicología en Nueva York. Pedro asintió, y Paula volvió a encogerse de hombros. No sabía cómo podría confesarle algo que le causaba aún más vergüenza: Como su madre le había repetido durante años que su belleza era lo único que importaba y que con su cara y su cuerpo no necesitaba estudios, que lo que tenía que hacer era buscarse un buen partido. Tomó un sorbo de su copa, para reunir fuerzas, y lo miró.


–¿Te acuerdas de mi madre?


Él asintió. La recordaba muy bien: una mujer descarada que lo había crispado con su actitud; una mujer a la que le importaban más su aspecto y su estatus social que ninguna otra cosa.


–Claro. ¿Cómo está? –preguntó, solo por cortesía.


Paula esbozó una sonrisa forzada.


–Seguro que está estupendamente. Está de crucero con su marido rico, el cuarto ya, y no me cabe la menor duda de que es de lo más feliz.


Pedro frunció el ceño.


–O sea que… ¿No se ven mucho?


Paula sacudió la cabeza.


–Muy de cuando en cuando: A lo mejor si viene unos días de compras a Nueva York, o si viene a uno de mis desfiles… Pero no, en general no le gusta verme porque recordarle que tiene una hija es recordarle que ya no es tan joven.


Pedro contrajo el rostro. No le sorprendía en absoluto.


–Mi madre tiene la firme convicción de que una mujer guapa debe aprovechar lo que le ha dado la naturaleza para sobrevivir. Después de que Luciana y yo empezáramos a trabajar como modelos, le pareció que no tenía sentido que siguiera con el instituto. Y tampoco es que fuera una estudiante brillante –le explicó, bajando la vista a la mesa–. Por eso, aunque en algún momento sí me he planteado volver a estudiar y conseguir una titulación universitaria, me da un poco de miedo acabar fracasando.


Pedro la tomó de la barbilla para que lo mirara. Paula se sentía como si le hubiera desnudado su alma. Nunca le había confesado aquellas cosas a nadie. ¿Por qué, precisamente, había tenido que contárselas a él?


–Paula, si lo que temes es que piensen de tí que, por ser modelo, tienes la cabeza hueca, los que piensen así es que no te conocen –le dijo Pedro con vehemencia, frunciendo el ceño–. Además, algunas de las personas más influyentes del mundo tampoco tienen un título universitario, y eso no les ha impedido triunfar.


Paula, que se había puesto roja, tragó saliva. Pedro parecía casi enfadado. Y entonces, como si se hubiese dado cuenta de que se estaba pasando un poco, dejó caer la mano y murmuró:


–Perdona. Es que me da rabia verte tirarte por tierra así a tí misma –sacudió la cabeza–. Los padres pueden llegar a ser tan crueles, y hacerles a sus hijos tanto daño…


Paula sintió que se le hacía un nudo en la garganta, y tuvo que parpadear para contener las lágrimas. Puso su mano sobre la de él, y le dijo en un tono quedo:


–Gracias, Pedro. Sé que lo que dices es verdad, y tienes mucha razón en lo de los padres… –esbozó una sonrisa temblorosa–. Catalina tiene mucha suerte de tener un padre como tú.


Pedro hizo una mueca.


–Pues ahora mismo cualquiera lo diría… Sigue enfadada conmigo.


Paula le apretó la mano.


–Se le pasará; ya lo verás.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 37

 –¡Con lo feliz que estaba, tricotando tan tranquila! –murmuró Paula con fingido fastidio mientras se alejaban de la villa–. Se suponía que esto iban a ser unas vacaciones…


–No, si se veía que te lo estabas pasando bomba… –contestó él riéndose.


Paula frunció los labios.


–Bueno, ¿Y dónde me llevas exactamente?


–No puedo contártelo; es una sorpresa –Pedro lanzó una mirada a la cámara que tenía en el regazo–. Parece una cámara profesional –observó.


Paula levantó la cámara y la miró.


–Un fotógrafo con el que trabajé en una sesión de fotos me aconsejó cuál debía comprarme si de verdad estaba interesada en aprender fotografía –le explicó algo vergonzosa.


–¿Y lo estás?


Paula encogió un hombro.


–He estudiado fotografía. Como viajo por todo el mundo por mi trabajo, y veo tantas cosas interesantes, me apetecía plasmarlas de algún modo. Supongo que podríamos decir que es una afición que tengo.


Pedro estaba seguro de que se le daba bien. Daba la sensación de ser la clase de persona que trataría con un respeto absoluto aquello que quisiera fotografiar. Poco después llegaban al lugar que él le quería enseñar: Saint-Pierre, una preciosa ciudad costera a los pies del monte Pelée, un volcán dormido. Mientras paseaban por sus calles, a Paula le sorprendió el contraste entre los edificios antiguos con otros modernos, y él le relató un triste suceso en la historia de la ciudad, antaño la más grande de la isla, y su capital. En 1902 había quedado prácticamente destruida por una erupción del volcán, que había causado la muerte de más de treinta mil de sus habitantes. Sin embargo, la ciudad había sido reconstruida, y en esos momentos bullía de vida. Fue una tarde muy agradable, y Kate disfrutó inmensamente haciendo fotos, curioseando con Pedro los productos que se vendían en el mercado, y comprando algún que otro recuerdo típico de la zona. Cuando regresaban, Pedro tomó otro camino, una carretera serpenteante que bajaba hacia la costa, y estacionó frente a una vieja casa de estilo colonial medio oculta por buganvilla magenta e hibiscos de brillantes colores. Resultó que era una vivienda que había sido transformada en restaurante, y cuando entraron a Paula no la sorprendió que el maître saludara a Pedro como si fuese un viejo amigo. Los sentaron en la terraza, con vistas al mar y a la hermosa puesta de sol.


–Cuéntame más de tu afición por la fotografía –le pidió Pedro mientras cenaban–. Lo que me has contado antes de que habías estudiado fotografía… ¿Te referías a la universidad?


Paula bajó la vista a su plato y se remetió un mechón de pelo tras la oreja.


–No, solo fueron unos cursos en una academia; no pude ir a la universidad porque no llegué a terminar el instituto –le confesó avergonzada, encogiendo un hombro y rehuyendo su mirada–. Empecé a trabajar, a ganar dinero… Y llegó un punto en que me pareció que se me había pasado el momento.


Paula lo oyó soltar los cubiertos, y a pesar de que no quería hacerlo, alzó la vista hacia él. Pedro estaba mirándola muy serio.


–Paula, no tienes por qué avergonzarte. Yo tampoco fui a la universidad.


Ella parpadeó sorprendida.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 36

Dos días después, Paula estaba sentada a la sombra en el jardín, tricotando. Ningún ruido la advirtió de que no estaba sola y por eso, cuando oyó a alguien murmurar: «Vengo en son de paz; no estoy armado», dió tal respingo que casi se cayó del sillón de mimbre en el que estaba sentada. Pedro estaba frente a ella, con las manos levantadas en un cómico gesto de rendición y la vista fija en sus agujas de tricotar. La había pillado desprevenida, y no solo porque no lo hubiera oído llegar, sino también porque había estado, cómo no, pensando en él. O, para ser más exactos, recordando la noche anterior, y los momentos de éxtasis que habían compartido. Temerosa de que pudiera leerle el pensamiento, bajó la vista y dejó a un lado su labor.


–No tienes por qué preocuparte –respondió, siguiéndole la broma–; no te clavaría una aguja a plena luz del día.


Pedro se sentó en el sillón de mimbre que había al lado del suyo y se quedó callado, mirando el jardín.


–Creía que estarías con Cata –dijo Paula para romper el silencio.


Pedro echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas del árbol bajo el que estaban, arrojando sobre su figura retazos de luz. Al oír su comentario abrió los ojos, la miró, y dobló los brazos por detrás de la nuca para apoyar la cabeza.


–No, se ha ido de compras al pueblo con Papá Luis.


–¿Y su amiga Alma?, ¿No ha ido con ella?


–Está en el colegio; no está de vacaciones como Cata –le recordó Pedro.


–Ah, es verdad. Lo había olvidado.


Paula se sentía extrañamente vergonzosa. Aún no se había acostumbrado a tratar con Pedro durante el día, después de una noche cargada de pasión. Además, tenía miedo de pasar demasiado tiempo con él, de encariñarse con él, o que su fascinación por él fuera en aumento. Pedro se incorporó de repente y le tendió la mano.


–Ven a dar una vuelta conmigo; quiero enseñarte algo.


Ella se quedó mirando su mano con suspicacia y él, cuando lo advirtió, no pudo evitar fruncir el ceño. En los últimos dos días había estado guardando las distancias con él, y lo irritaba. Durante la noche se entregaba a él con más pasión que ninguna otra mujer que hubiera conocido, pero durante el día… Era como si hubiese dos Paulas distintas. Por un lado lo trataba con la indiferencia a la que lo tenía acostumbrado pero, al contrario que otras mujeres de su clase, no buscaba continuamente su atención, y tampoco se quejaba de lo provinciano que era aquel lugar, ni de la falta de distracciones cosmopolitas. En vez de eso estaba allí, tricotando a solas en el jardín. Y aunque lo irritaba la curiosidad que sentía por conocerla mejor, le resultaba muy difícil resistirse.


–¿Y qué pasa con Cata? –le preguntó Paula–. ¿Y si vuelve y no nos encuentra aquí?


–Papá Luis la ha llevado a la otra punta de la isla. Me dijo que se quedarían a comer allí y que volverían tarde –le explicó él–. Además, Cata ya ha estado cientos de veces en el sitio al que quiero llevarte. Vamos, Paula, ¿No irás a decirme que te parece más emocionante quedarte aquí haciendo punto que una excursión sorpresa? –la instó, enarcando una ceja y esbozando una media sonrisa.


Paula se derritió por dentro. ¿Cómo podría resistirse a esa sonrisa? Fingió estar sopesando seriamente si prefería quedarse allí y pasarse el día tricotando, y dió un gritito cuando Pedro la levantó en volandas y se la echó sobre el hombro, como si no pesase más que un saco de azúcar. Llevaba un vestido relativamente corto, y la cálida mano de Pedro estaba demasiado cerca de sus nalgas.


–¡Pedro Alfonso! ¡Bájame ahora mismo! ¿Qué pasaría si alguien nos viera? Mamá Sara…


Pedro le dió una guantada juguetona en el trasero y dijo en voz alta mientras entraba en la casa:


–Mamá Sara ha visto de todo en su vida; ¿A que sí, Mamá? Me llevo a Paula a pasar la tarde por ahí; no te preocupes por hacernos nada de cenar.


Paula se puso roja como un tomate cuando oyó la risa de Mamá Sara y vió sus pies pasar junto a ellos. Y entonces, por el rabillo del ojo, vió algo y levantó una mano para detener a Pedro.


–¡Espera! ¡Mi cámara de fotos! –exclamó, señalando una mesita del pasillo.


Obediente, Pedro volvió sobre sus pasos y recogió la cámara antes de salir por la puerta principal. Cuando llegaron al todoterreno, depositó a Paula con delicadeza en el asiento, y le dió la cámara antes de ir a sentarse al volante.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 35

No le había sido fácil pronunciar esas palabras vacías, cuando lo que en realidad habría querido decirle era que la noche pasada había sido la más hermosa de toda su vida, y que permanecería para siempre en sus recuerdos. Pero no podía olvidar con quién estaba tratando, o él la destruiría. Pedro tomó su mano y le besó la cara interna de la muñeca, haciendo que una ráfaga de calor aflorara en su vientre y que se le cortara el aliento.


–Sí, estuvo bien –respondió–. Estoy impaciente por que llegue esta noche.


Paula hizo un esfuerzo por no apartar la vista. La aterraba que se diese cuenta de que solo estaba fingiendo. Esbozó una sonrisa.


–Yo también.


En ese momento se oyó un ruido de pasos y se apartaron el uno del otro justo en el momento en que Catalina entraba corriendo.


–¡Venga! –los increpó–, ¡llegaremos tarde!


Pedro se agachó para recoger del suelo una cesta enorme que parecía que fuera a reventar.


–¿Dónde vamos? –le preguntó Paula, mientras Catalina saltaba a su alrededor, impaciente por marcharse.


Mamá Sara apareció en ese momento, secándose las manos en el delantal, y atrapó a Catalina para darle un gran abrazo y un beso.


–De picnic a la playa –contestó Pedro–, con Alma y su familia.


Salieron, y Paula los siguió hasta el todoterreno, que estaba cargado hasta los topes. Parecía que aquello del picnic era una especie de ritual, por todos los preparativos, y entonces cayó en la cuenta de que era domingo. Debía de ser una tradición de la gente del lugar, ir de picnic a la playa en familia. Mamá Sara la sorprendió al despedirse también de ella con un abrazo, y se pusieron en camino. Fueron a una playa que debía de ser un rincón secreto, conocido solo por los lugareños, porque estaba completamente desierta. Los únicos que estaban allí eran ellos, Alma, y toda la familia de ésta: Sus padres y hermanos, y los demás hijos, sobrinos y nietos de Mamá Sara y Papá Luis. Tal y como Pedro le había dicho, saltaba a la vista que Catalina se sentía como una más de la familia, y le pareció que la pequeña estaba empezando a mostrar menos hostilidad hacia Pedro. Esperaba que aquellas vacaciones lo ayudaran a recuperar la confianza de la niña.


En cuanto llegaron, Pedro le presentó a los demás, y la madre de Alma, Romina, se hizo cargo de ella y se preocupó en todo momento de que se sintiera cómoda. Fue un día muy divertido, en el que pudo ver el lado más amable y familiar de Pedro, que jugó al fútbol con los demás hombres, hizo las delicias de los más pequeños, persiguiéndolos por la playa como si fuera un monstruo, y mientras comían arrancó risas a todos con sus bromas y sus anécdotas. ¡Qué distinto del hombre de negocios al que estaba acostumbrada! También hubo un momento extraño en el día, en que tuvo una conversación con Romina mientras Pedro jugaba con Catalina y los demás niños en el agua. Charlaron de todo y de nada, se hicieron confidencias y hasta hablaron de Pedro. Romina le dijo que era la primera vez que llevaba a una acompañante a uno de sus picnics. Ella le aseguró con las mejillas encendidas que solo eran amigos, y añadió que él no quería una relación seria, pero Romina sonrió con picardía y replicó que ningún hombre era una isla. Paula fue pensando en esa conversación durante todo el camino de vuelta, mientras lanzaba miradas a hurtadillas a Pedro, que iba al volante. Estaba segura de que Romina se equivocaba. Pedro era una isla, y en su vida no había sitio para ella. Y cuanto antes lo aceptase, mejor. No servía de nada soñar con imposibles.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 34

Paula no se había sentido tan deliciosamente soñolienta en toda su vida. Ni siquiera podía abrir los ojos. Vagos recuerdos acudieron a su mente, como fogonazos: su vestido cayendo al suelo, apasionados besos que la habían dejado sin aliento, el cuerpo sudoroso de Pedro moviéndose sobre ella… De pronto oyó el ruido de una puerta abriéndose, y luego pisadas, como de niños correteando.


–¡Paula, Paula! ¡Vamos, dormilona, levántate! –exclamó una vocecita, mientras alguien la zarandeaba.


Eso acabó de despertarla. Abrió los ojos y parpadeó. Estaba en su cama, en su habitación, vestida con el pijama que había guardado bajo la almohada. Catalina y su amiga Alma estaban a su lado, mirándola. Se incorporó. Pedro debía de haberla llevado a su cama y debía de haber sido él quien le había puesto el pijama, porque ella no recordaba habérselo puesto. ¿Tan cansada había estado como para no haber sido consciente siquiera de ello? Notó que se le subían los colores a la cara, pero intentó disimularlo echando la sábana a un lado y bajándose de la cama. Sonrió a las niñas, con la esperanza de que no advirtieran su agitación.


–¿Qué hora es?


Catalina miró a su amiga y puso los ojos en blanco. Alma se rió con timidez. Las dos iban vestidas con pantalones cortos, camisas sin mangas, y bambas.


–Es muy tarde, Pau; ¡Casi mediodía! –la informó Catalina–. ¡Venga, vístete ya! Nos vamos a la playa.


Las dos niñas salieron corriendo de la habitación, con Catalina diciéndole que la esperaban abajo, que no tardara. Paula se sentó en la cama y se pasó una mano por el cabello. La idea de ver a Pedro después de la noche pasada hizo que le diese un vuelco el estómago. Mientras se duchaba, unos minutos después, se quedó paralizada al recordar algo que adormilada como estaba, había permanecido también adormecido en su mente hasta ese momento. La última vez que lo habían hecho, al rayar el alba, en el balcón, no habían utilizado preservativo. No le había pasado desapercibida la cara de espanto de Pedro al darse cuenta de su olvido, ni tampoco cómo se había enfadado consigo mismo por ese fallo. Se había apresurado a asegurarle que no tenía que preocuparse, que estaba en los días no fértiles de su ciclo menstrual. Y así era, aunque todavía no podía creerse que hubieran sido tan descuidados. Ella tampoco tenía el menor deseo de quedarse embarazada por un momento de pasión. Por no mencionar lo que podría suponer quedarse embarazada precisamente de él.


–Buenos días. ¿O debería decir «Buenas tardes»?


Un cosquilleo recorrió a Paula al oír aquella voz profunda y sexy mientras se abrochaba las sandalias, sentada en un escalón al pie de la escalera. Inspiró para intentar calmarse antes de alzar la vista, pero no pudo controlar los latidos de su corazón desbocado. Se sentía horriblemente avergonzada por lo que había pasado. Se había comportado como una chica fácil. Le había demostrado a bombo y platillo hasta qué punto lo había deseado durante todos esos años. Debería tratar al menos de ocultarle el poder que tenía sobre ella. Tenía que hacerle creer que para ella solo era uno más en una larga lista de compañeros de cama. Tenía que protegerse de él. Por eso, se colocó la armadura de mujer fría y dura que había estado forjándose durante años, y alzó la vista. Pedro estaba apoyado en el marco de la puerta del salón con aire despreocupado y una sonrisa seductora en los labios. Iba vestido con una camiseta blanca que resaltaba sus músculos, unas bermudas de color caqui, y unas viejas zapatillas de deporte. Paula tragó saliva y se levantó vergonzosa. Se sentía desnuda a pesar de que llevaba un atuendo similar, perfectamente decoroso. Se acercó a él y, tratando de no mostrar vacilación alguna, levantó la barbilla para mirarlo, y le dijo en voz baja:


–Gracias por lo de anoche; estuvo bien.


La sonrisa se borró de los labios de Pedro, y el cambio que se produjo en su mirada hizo que a Paula le diese un vuelco el corazón.


Curaste Mi Corazón: Capítulo 33

Paula se arqueó, atrayéndolo aún más dentro de sí, y él, haciendo uso de todo su poder de autocontrol, empezó a mover las caderas. Las mejillas de ella estaban teñidas de rubor y de sus labios, hinchados por sus besos, escapaba un gemido tras otro.  Al verla así, Pedro sentía que estaba a punto de explotar. La piel de ambos estaba resbalosa por el sudor, y los latidos de su corazón se habían tornado fuertes y rápidos. Pedro empujó las caderas más deprisa, y ella le rodeó la cintura con las piernas, urgiéndolo para que la penetrara aún más y con más fuerza. Cuando finalmente llegaron al clímax, el placer que experimentaron fue tan intenso que por un instante se les cortó la respiración, y fue como si aquel momento se hubiese quedado suspendido en el tiempo. Él se derrumbó sobre ella, y se quedaron abrazados, paladeando los últimos acordes del orgasmo.



Pedro se despertó y sintió un vacío en la cama, junto a él. Una sensación de pánico que no le gustó se apoderó de él. Levantó la cabeza y vió que estaba amaneciendo. Paula estaba fuera, en el balcón, apoyada en la barandilla, mirando el mar. Un profundo alivio lo invadió… Y eso tampoco le gustó. Llevaba puesta su camisa, y nada más, y su silueta se insinuaba de un modo tentador bajo la tela blanca. Se bajó de la cama. Como si estuviese unida a él por un hilo invisible, Paula se irguió y se dió la vuelta. No se había abrochado la camisa, y la mantenía cerrada con una mano. El cabello le caía sobre los hombros, y brillaba con los primeros rayos del amanecer. Pedro avanzó hacia ella como un depredador. Paula era lo único que ocupaba su mente, y en ese momento no tenía ojos más que para ella. Verla vestida de esa guisa, cubierta únicamente con la camisa que él había llevado la noche anterior, debería haberle parecido un cliché, pero no lo era. Muchas mujeres se habían vestido así para él, como si fuera lo que se esperaba de ellas para tener un aspecto más sexy, pero a él aquel truco solo conseguía irritarlo. En ese momento, sin embargo, no se sentía en absoluto irritado. De hecho, lo que estaba experimentando era más bien un arranque posesivo. Mientras se acercaba, Paula apoyó las manos en la barandilla detrás de sí y la camisa se abrió, dejándole entrever sus gloriosos senos y, un poco más abajo, la suave curva de su vientre y la unión entre sus muslos, donde una maraña de rizos dorados ocultaba el paraíso. Se detuvo ante ella y la atrajo hacia sí, rodeándole la espalda desnuda con los brazos, por debajo de la camisa. Aunque apenas habían dormido en toda la noche, ya se sentía preparado para hacerla suya de nuevo. Paula levantó una pierna para engancharla en su cadera, y por lo húmeda que estaba supo que ella también estaba dispuesta. Saber que ella también lo deseaba fue como un potente afrodisíaco. Ni siquiera se molestaron en volver a la cama. Él la penetró allí mismo. Y allí, con el sol asomándose por el este y tiñendo de un color rosado el cielo, ella y él se adentraron de nuevo en el reino de los sentidos.

martes, 16 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 32

Le rodeó el cuello con los brazos y sus senos quedaron aplastados contra el pecho de él. Los dos se estremecieron, y Paula le dijo con una voz algo trémula:


–Lo haré, te desvestiré. Pero primero… Dame un beso.


Pedro no se hizo de rogar. Deslizó las manos por los gráciles brazos de Paula, la curva de sus caderas, y la asió por las nalgas para atraerla más hacia sí. En cuanto apretó sus labios contra los de ella fue como si se produjera una combustión espontánea. Las lenguas de ambos danzaban con frenesí. Ella bajó las manos a los pantalones de él. Los desabrochó, y tiró impaciente de ellos. Las manos de él, que se habían colado dentro de sus braguitas, estaban masajeándole las nalgas y obstaculizando sus intentos de quitarle los pantalones.


–Pedro… –casi gimoteó con frustración.


Él subió las manos a sus brazos y la apartó un poco para mirarla. Paula se sentía mareada, y los dos jadeaban, como si hubieran estado corriendo un maratón.


–¿Cómo he podido esperar tanto para esto…? –se preguntó él con voz ronca, entre sorprendido y desconcertado.


Se llevó las manos a los pantalones para terminar lo que Paula no había podido acabar, y finalmente quedó ante ella completamente desnudo, exudando virilidad por cada poro de su cuerpo. Ella lo recorrió con la mirada, y de inmediato se le secó la garganta. Pedro la tomó de la mano y la condujo a la cama. El dosel de muselina, que estaba echado para protegerlos de las picaduras de los mosquitos, hacía que la cama pareciera el capullo de una crisálida, o un oasis de placer. Paula se recostó y observó a Pedro mientras se colocaba sobre ella. Le apartó un mechón de pelo del rostro con un ademán increíblemente tierno, y recorrió su cuerpo desnudo con los ojos, como ella había hecho antes con él. Y allí donde se posaba su mirada, sentía como si le ardiera la piel. Pedro cerró la palma de su mano sobre uno de sus senos, y Paula arqueó la espalda en una muda súplica. Lo oyó reírse suavemente, y sintió la caricia de su aliento antes de que tomara en su boca el endurecido pezón y lo succionara sin piedad. Ella gemía, aferrada a sus hombros, mientras la boca de él pasaba de un pecho al otro, torturándola. Y luego comenzó a descender por su cuerpo. La brisa de la noche, que entraba por las puertas abiertas de la terraza, rozó sus senos húmedos y su estómago, por donde la lengua de él se había deslizado. Le quitó las braguitas y las arrojó a un lado. Le separó las piernas. Paula contuvo el aliento mientras él la miraba, y volvió a arquear las caderas.


–Por favor… –le suplicó, aunque no estaba segura de qué estaba pidiéndole.


Las manos de Pedro subieron lentamente por sus piernas y sus pulgares masajearon la cara interna de sus muslos. Solo se detuvieron al alcanzar su pubis.


–Pedro…


–Dime qué quieres que haga.


Paula tragó saliva.


–Quiero… Quiero que me toques… Te quiero dentro de mí.


Los largos dedos de Pedro se insinuaron entre los rizos húmedos y comenzaron a explorarla mientras ella gemía y jadeaba, sin poder dejar de moverse. Luego esos mismos dedos empezaron a entrar y salir, mientras con el pulgar le masajeó el clítoris hasta que la vió aferrarse a las sábanas, con los nudillos blancos. Se sentía a la vez indefensa, desenfrenada e insaciable. Él se inclinó hacia ella. Su pecho rozó sus sensibles senos y le dió un profundo y erótico beso con lengua mientras sus dedos continuaban estimulando la parte más íntima de su cuerpo. Y entonces, de pronto, interrumpió el beso y apartó su mano.


–Ahora te toca a tí… –le dijo en un susurro, tumbándose a su lado.


Tomó su mano y la colocó sobre su miembro. Paula puso los ojos como platos, pero cerró los dedos en torno a él, empezó a frotárselo, y fue entonces Pedro quien se movió inquieto, y se deshizo en gruñidos y jadeos. Cuando apartó su mano, él la miró con los ojos brillantes de deseo y la mandíbula tensa.


–Y ahora… Te quiero dentro de mí… –le dijo, y le dió un largo beso con lengua.


Pedro se colocó sobre ella y Paula abrió las piernas. Antes de que el deseo le robara por completo la razón, él deslizó una mano debajo de la almohada y sacó un preservativo. Se lo puso con la impaciencia de un adolescente y deslizó su miembro erecto, tan tirante que le dolía, entre los pliegues calientes y húmedos de ella. La sensación fue tan exquisita que se sintió como si hubiese muerto y subido al cielo. 


Curaste Mi Corazón: Capítulo 31

Por eso, cuando Pedro se detuvo en el rellano, y comenzó a decirle que aunque la deseaba estaba dispuesto a esperar si ella no se sentía preparada, le puso un dedo en los labios para interrumpirle.


–Pues si me deseas… Soy tuya.


Pedro emitió un gruñido de satisfacción y la atrajo hacia sí. Inclinó la cabeza, y su boca permaneció a unos milímetros de la de ella, como saboreando el momento, hasta que, de improviso, le asió la nuca con la mano, de un modo posesivo, y sus labios descendieron en picado, como un halcón, sobre los suyos. Sin saber cómo habían llegado allí, Paula se dió cuenta, cuando se separaron sus labios y abrió los ojos, de que estaban en la habitación de él. Se miraron jadeantes. Tampoco estaba segura de en qué momento le había desabrochado el vestido. Con un suspiro tembloroso dio un paso atrás, lo dejó caer al suelo y se descalzó, quedando ante él vestida únicamente con sus braguitas de encaje.


–Ven aquí… –la llamó él con voz ronca.


Paula volvió a su lado y, tras abrirle la camisa, rozó con las yemas de los dedos su piel aceitunada, deleitándose en la ligera capa de vello que la cubría. Era tan viril… Su vientre se estremeció. Él aún no la había tocado, pero eso no hacía sino intensificar el erotismo del momento. Se notaba los pechos tirantes, pesados, y sentía un hormigueo casi insoportable en los pezones. Le quitó la camisa, empujándola por sus hombros, y cayó al suelo junto a su vestido. Las manos de ella descendieron por sus definidos pectorales, y oyó a Pedro aspirar bruscamente entre dientes cuando sus dedos fueron más hacia el sur. Paula bajó la vista, y sus ojos se posaron en la pequeña herida que se había hecho con su aguja de tricotar unas noches atrás. La acarició, y luego se inclinó para depositar sobre ella un suave beso. Pedro volvió a aspirar entre dientes al sentir en su piel sus labios y su aliento, y cuando Kate se irguió devoró ansioso con la mirada su exuberante figura: sus senos, sorprendentemente voluptuosos, la estrecha cintura, las femeninas caderas, las piernas interminables… Se moría por tocarla, pero la tortura de esperar al momento adecuado era demasiado exquisita como para sucumbir tan rápido a ella. Con una voz tan cargada de deseo que apenas la reconoció como suya, le pidió:


–Acaba de desvestirme, por favor.


Paula alzó la vista hacia él. Era evidente que estaba dándole tiempo, dejando que fuera ella quien marcase el ritmo. Pero, si la hubiera arrojado sobre la cama en ese momento y la hubiera hecho suya sin más preámbulos, tampoco le habría importado, porque estaba más que dispuesta. Casi se sentía indecente por lo húmeda que estaba. Con otros hombres siempre se había sentido vergonzosa, incómoda, pero en ese momento, la idea de estar a punto de hacerlo con él no se le hacía raro, sino completamente natural, como si fuera lo correcto, y eso le dio confianza en sí misma. ¡Si pudiese borrar sus anteriores experiencias, y que aquella fuera su primera vez…!

Curaste Mi Corazón: Capítulo 30

 –Fascinante… –murmuró Pedro, sacudiendo la cabeza y acariciándole la mejilla con el pulgar–. Creo que nunca había visto a ninguna mujer sonrojarse con tanta facilidad.


Sus ojos permanecieron fijos en los suyos tanto rato que Paula empezó a sentir como si se estuviera derritiendo por dentro. Y entonces, cuando ya estaba a punto de suplicar que la liberara del hechizo de su intensa mirada, de pronto él apartó la vista, sumiéndola en una maraña de sentimientos encontrados. El barman volvió con las bebidas, y antes de marcharse le dedicó a Pedro una sonrisa cómplice y una mirada traviesa que a ella no le pasaron desapercibidas. Tomó un sorbo de ron, y de inmediato le escocieron los ojos y le dió tos. Pedro enarcó una ceja y sonrió.


–Esto está fortísimo –protestó Paula, tomando un buen trago de agua–. Podrías haberme avisado.


En ese momento, los músicos empezaron a tocar una melodía con un ritmo contagioso, y Pedro se puso de pie y le tendió la mano.


–Venga, vamos a bailar.


Paula se echó hacia atrás en su asiento, presa del pánico, y sacudió la cabeza.


–Yo… No sé bailar, Pedro.


La mano de él no se movió de donde estaba.


–En serio –insistió ella en un tono suplicante–, de verdad que bailo fatal. Lo único que conseguiría es hacerte pasar vergüenza.


Pedro se puso a su lado y la tomó de la mano para levantarla. Paula volvió a resistirse.


–De verdad, baila con otra; seguro que no te cuesta nada encontrar a alguna otra chica que quiera bailar contigo.


Pedro no estaba escuchándola. Mientras la arrastraba a la pista, Paula recordó con horror las risas de Luciana un día que la había obligado a bailar en un club nocturno, y los pisotones a los hombres con los que había bailado en cierto baile benéfico.


–Pedro, tú no lo entiendes –iba diciéndole, al tiempo que trataba de soltarse–. Soy un pato mareado, igual que lo era mi padre. Nunca he sabido…


Pedro se giró y atrajo hacia sí a Paula, que se quedó muda al sentirlo pegado a ella, con una mano en el hueco de su espalda, y la otra sosteniendo la suya en alto. Él comenzó a bailar, moviendo sinuosamente sus caderas contra las de ella y marcando el paso.


–Solo tienes que sentir el ritmo –le dijo al oído, haciéndola estremecer–. Deja que pase a través de tí.


Lo único que Paula sentía en ese momento era que todo su cuerpo parecía haberse vuelto de gelatina. Pedro se apartó un poco de ella y le puso las manos en las caderas.


–¿Ves? Mira mis pies; haz lo mismo que yo.


Paula estaba completamente aturullada. El ancho tórax de Pedro y el movimiento de sus estrechas caderas la tenían hipnotizada, y, cuando la puso de espaldas a él y la atrajo hacia sí, pasándole un brazo por el estómago, dejó de preocuparse por no saber bailar. Cerró los ojos y reprimió un gemido de placer. La melodía terminó, pero dio paso a otra lenta y sensual, y él la giró de nuevo y le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.


–¿Lo ves? –le dijo–, cualquiera puede bailar.


–Yo no lo tengo tan claro –respondió ella, y sin querer dió un traspié y lo pisó. Cuando Pedro contrajo el rostro, sonrió con dulzura, y lo remedó diciéndole–: ¿Lo ves?


–Sí, pero en cambio haría falta algo más que un pisotón para sofocar este calor… –murmuró, apretándola contra sí.


Paula puso unos ojos como platos al notar la erección de Pedro. La seda de su vestido apenas actuaba de barrera entre los dos, y un calor húmedo se condensó entre sus piernas. Se aferró a su hombro con la mano libre, como si temiera perder el equilibrio.


–¿Lo ves? –la picó él entonces, con una sonrisa cargada de sensualidad.


La mano de Pedro subió a su nuca y la masajeó suavemente antes de deshacer la coleta para soltarle el pelo. Paula se estremeció de deseo, y al mover las caderas contra las de él logró arrancarle un gruñido. Giró el rostro hacia su cuello, y deslizó los dedos por entre los mechones de su corto cabello. Sus labios estaban tan cerca de la cálida piel de Pedro que no pudo resistir la tentación de darle un lametón, y aquello pareció ser demasiado para él, que se paró en seco en mitad de la pista y atrayéndola aún más hacia sí le dijo con voz ronca:


–Vámonos de aquí.


Paula no pudo hacer otra cosa más que asentir en silencio. Estaba preparada; ya no podía esperar más. Todo ocurrió muy deprisa. Volvieron a la casa en el todoterreno y subieron las escaleras. Embriagada como estaba por la idea de que iban a consumar lo que se había quedado en un simple beso años atrás, no podía pensar en otra cosa.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 29

Se obligó a esbozar una sonrisa y le dijo:


–Pues entonces podemos estar tranquilos, ¿No? Gracias a nuestras convicciones, como no esperamos nada de nadie, no nos llevaremos una decepción.


Pronunciar esas palabras, que iban frontalmente en contra de su propia filosofía, fue para ella como aserrarse el corazón, pero tuvieron el efecto que buscaba, porque Pedro sonrió y, entornando los ojos, murmuró:


–Un espíritu afín… Ni yo mismo lo habría expresado mejor.


Aunque Pedro y Paula seguían sentados en el porche, la mesa ya estaba recogida, Fiorella hacía rato que se había ido, y Mamá Sara acababa de darles las buenas noches. Cuando ella le había agradecido la cena con un afectuoso beso en la mejilla, la buena mujer se había mostrado algo azorada por el cumplido, pero contenta de que le hubiese gustado su comida. Papá Luis, su marido, había ido a recogerla, y se habían marchado del brazo, riéndose y charlando en el dialecto del francés que se hablaba en la isla. Mientras veía alejarse al matrimonio, que parecía tan enamorado como una pareja de recién casados, no pudo sino recordar con amargura la conversación que había tenido con Pedro durante la cena y, cuando él puso su mano sobre la de ella, se tensó de inmediato.


–No se te ve muy relajada –comentó él.


Paula se encogió de hombros y reprimió los sentimientos contradictorios que la agitaban por dentro.


–Al contrario de lo que puedas creer, no estoy acostumbrada a que un hombre rico me arrastre a través de medio mundo para convertirme en su amante por unos días.


Pedro apretó la mandíbula. Con lo que Paula le había dicho durante la cena, dándole a entender que pensaba como él, debería sentirse cómodo, tranquilo, pero no era así. No del todo. No se fiaba de ella, y no sabía por qué, pero eso lo exasperaba. ¿Acaso había alguna mujer de la que se fiara? No, no tenía por costumbre confiar en ninguna. Dejó a un lado sus dudas. No tenía necesidad alguna de empezar a cuestionarse nada. Paula estaba allí, con él, y eso era lo único que importaba. Y estaban perdiendo un tiempo precioso cuando podían estar disfrutando. La miró, que estaba abstraída en sus pensamientos, observando la luna, que se alzaba ya sobre el mar. Su cabello rubio brillaba con la luz de las velas que había encendidas en el suelo, a lo largo del borde del porche, igual que la piel de satén de sus brazos desnudos. De pronto se le ocurrió algo que podría eliminar la tensión que se palpaba entre ambos.


–Me parece que sé justo lo que necesitamos –anunció, poniéndose de pie.


Paula lo miró, pero, antes de que pudiera decir nada, Pedro la tomó de la mano y la hizo levantarse también. Cuando la llevó dentro de la casa le flaqueaban las piernas y el pánico empezó a apoderarse de ella. Tenía que decírselo, tenía que saber que no era la clase de mujer que él pensaba que era…


–Pedro, yo…


Él se volvió y le puso un dedo en los labios.


–Vamos a salir.


El pánico de Paula se tornó en confusión, y la imagen mental de ambos, desnudos en la cama de Pedro, en una amalgama de miembros sudorosos, se disipó al instante.


–¿Qué? ¿A dónde?


–Voy a llevarte a bailar.


Cuando Paula entró de la mano de Pedro en el concurrido bar del pueblo al que llegaron en el todoterreno, la música los envolvió al instante, igual que el calor humano y el runrún de las conversaciones. El barman pareció reconocer a Pedro nada más verlo, y lo saludó con una enorme sonrisa.


–¡Pedro, amigo! Me alegra verte –le dijo, lanzándole a ella una mirada entre curiosa y pícara–. Y también a esta acompañante tan bonita que traes…


Por primera vez en su vida, Pedro sintió el aguijón de los celos al ver a su amigo devorando a Paula con los ojos. Claro que era lo mismo que había hecho el resto de los hombres cuando habían entrado en el local. Ella destacaba como si fuese un pájaro tropical de magníficos colores. Resistiendo el impulso de dar media vuelta y sacarla de allí, se obligó a mostrarse civilizado y respondió:


–Hola, Gustavo. Yo también me alegro de verte. Ron para los dos.


Miró a Paula, y le sorprendió ver que parecía casi… Cohibida.


–¿Te parece bien? –le preguntó.


Paula alzó la vista hacia él aturdida.


–¿El qué?


–Lo del ron. Lo hacen aquí, en una destilería del pueblo; es muy bueno. He pensado que deberías probarlo.


Ella se limitó a asentir, y una camarera los llevó a un reservado con vistas a la calle, con el puerto al fondo. El bar, abarrotado de lugareños, estaba en la planta baja de un viejo edificio de estilo colonial. La pieza de salsa que estaba interpretando una pequeña banda en un rincón terminó en ese momento, y empezaron a tocar una pieza más lenta y sensual. Y por cómo se movían algunas de las parejas en la pista de baile, cualquiera diría que estaban en un tris de buscar un sitio más discreto para… Paula sintió que se le subían los colores a la cara, y Pedro tuvo que escoger justo ese momento para reclamar su atención, tomándola de la barbilla para que lo mirara.

martes, 9 de diciembre de 2025

Curaste Mi Corazón: Capítulo 28

Lo había dicho en un tono indiferente, pero su mente traicionera conjuró una vívida imagen de sí misma con un bebé en brazos, y a su lado a Pedro, inclinándose para besarlo en la cabecita. Irritada por ese golpe bajo de su imaginación caprichosa, alzó la vista y le lanzó una mirada casi desafiante.


–Pero aún no me siento preparada para atarme y tener hijos – añadió–. Aunque estoy segura de que algún día sí los tendré, cuando encuentre al hombre adecuado.


Pedro se echó hacia atrás, con aire relajado, y eso la hizo sentirse aún más tensa.


–Ya. Y supongo que eso significa que todavía no lo has encontrado.


–Si lo hubiera encontrado no estaría aquí, ¿No crees? –le espetó ella.


Era una tonta. ¿Por qué respondía a sus provocaciones? Pedro la escrutó en silencio y se encogió de hombros.


–Pues no lo sé. A decir verdad, no me sorprendería nada que fuera así. Solo diré que, por mi experiencia, sé que las mujeres siempre estáis insatisfechas, ya sea con vosotras mismas o con sus vidas, y que serían capaces de hacer cualquier cosa para poner remedio a su aburrimiento.


–Esa es una visión muy cínica –le dijo ella ofendida.


Él volvió a encogerse de hombros y tomó un sorbo de vino.


–Es lo que pasa cuando creces viendo como hace agua la relación de las dos personas que son tu principal referente en la vida. Tiendes a volverte algo cínico.


La beligerancia de Paula se disipó al instante.


–Perdona. Sé que tus padres no se… Llevaban bien.


Pedro apretó los labios.


–Por decirlo suavemente –asintió–. Claro que, si hubiesen sido un matrimonio perfecto, no habría nacido mi hermana.


–Pues yo creo que fue un gesto altruista por parte de tu madre aceptar criar a Luciana como si también fuera hija suya –opinó Paula en un tono quedo.


Él hizo un ademán desdeñoso.


–Mi madre es una devota católica; si aceptó hacerse cargo de Luciana fue porque lo veía como un deber moral más que otra cosa.


Paula se quedó callada un momento, pero se sintió impelida a añadir:


–De todos modos, yo creo que la felicidad en el matrimonio sí es posible. En fin, no hay más que ver a Luciana y a Daniel…


–Sí, es verdad que se les ve felices –concedió él titubeante, y casi sorprendido. Sin embargo, a continuación sus facciones se endurecieron y añadió–: Pero yo hace mucho tiempo que me caí del guindo: Al descubrir lo manipuladoras que pueden llegar a ser las mujeres, y hasta dónde son capaces de llegar para conseguir lo que quieren.


A Paula se le encogió el corazón porque era evidente que estaba hablando de Estefanía, pero no le parecía justo que juzgase a todas las mujeres por el mismo rasero.



Pedro estaba increpándose para sus adentros por haber acabado hablando de lo que no quería hablar. Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de Paula. La veía como una mujer de mundo, una mujer con éxito y con confianza en sí misma, que sabía lo que quería. Era como él. Alargó el brazo y tomó su mano, deleitándose en la suavidad y la calidez de su piel.


–Claro que para las personas como nosotros las cosas son diferentes –le dijo–. Somos pragmáticos, y jamás nos dejaríamos embaucar por sentimentalismos.


A Paula le dolió que pensara que era como él. ¡Si supiera que Luciana siempre estaba pinchándola porque era una romántica sin remedio y por su instinto maternal! Quería preguntarle por su ex, si en algún momento, por muy breve que hubiese sido, Estefanía había logrado atravesar su coraza de cinismo y hacerle creer en el amor. Claro que, aunque así hubiera sido, teniendo en cuenta que lo había engañado con respecto a la paternidad de Catalina, únicamente se habría reafirmado en su mala opinión sobre las mujeres. Sería mejor no hacerle ninguna pregunta y seguir comiendo, pensó, aunque parecía haber perdido el apetito con aquella conversación. 


Curaste Mi Corazón: Capítulo 27

A la hora de la cena Paula bajó al comedor, pero se encontró con que no había nadie ni estaba puesta la mesa. Confundida, salió al pasillo, y oyó a lo lejos la profunda voz de Pedro y la risa contagiosa de Mamá Sara. Parecía que estaban en el porche de atrás. Cuando salió, el modo en que la miró Pedro al verla aparecer, la hizo sentirse repentinamente vergonzosa. No debería haberse recogido el cabello en una coleta; si se lo hubiese dejado suelto, al menos le taparía un poco la cara, y él no vería que se estaba poniendo colorada. Si se había decantado, tras mucho dudar, por el vestido que llevaba puesto, azul marino y con tirantes, había sido porque era sencillo y recatado. De hecho, apenas tenía escote y le llegaba a los tobillos. Sin embargo, de pronto se sentía desnuda. Tal vez fuera porque la seda, con cada paso que daba, acariciaba su cuerpo, o porque los ojos azules de Pedro, que recorrían hambrientos su figura, parecían dejar en su piel, a su paso, un reguero de fuego.


Pedro se había quedado obnubilado mirando a Paula, y, si no hubiese sido por el insistente carraspeo de Mamá Sara, habría seguido babeando como un tonto. Se levantó y le apartó la silla como un caballero. Paula saludó con una sonrisa a Mamá Sara y a Fiorella, que también estaba allí, y tomó asiento.


–¿Y Catalina? –le preguntó a Pedro mientras las dos mujeres los dejaban para empezar a servir la cena.


–Vino antes, con Alma, y cenaron con Mamá Sara en la cocina, y acaban de irse con Romina, que ha venido a recogerlas. Cata se queda a dormir en su casa esta noche. Ya es casi como una tradición; estará de vuelta por la mañana.


Paula bajó la vista, con el corazón martilleándole en el pecho. ¿Iban a estar solos toda la noche? Tragó saliva.


–Seguro que se lo está pasando bomba.


Pedro asintió.


–Sí, aquí está rodeada de gente que la quiere como si fuese parte de su familia, y para ella, sobre todo ahora que parece decidida a odiarme, es algo muy importante tener en quien apoyarse.


A Paula la conmovió que le preocupara que Catalina se sintiera querida, aunque estuviese enfadada con él.


–Eres un buen padre –murmuró.


Mamá Sara regresó en ese momento seguida de Fiorella, y fueron y vinieron varias veces, llevando una impresionante variedad de platos con pescado y marisco, verduras a la brasa, arroz, patatas y ensalada. El sol, que estaba empezando a ponerse, teñía ya el cielo de tonos rosados y malvas. La brisa era cálida, y de fondo se oían las olas del mar. Era un escenario idílico.


–Pensé que sería más agradable comer aquí fuera; espero que no te importe –le dijo Pedro.


Paula sacudió la cabeza.


–No, es perfecto. Me encanta.


–Buen provecho –dijo él levantando su copa de vino.


–Buen provecho –respondió ella, brindando con él.


En cuanto empezaron a comer, Paula no podía creerse lo bueno que estaba todo. Cada bocado era una explosión de sabor.


–Ummm… Está todo delicioso –murmuró.


Pedro sonrió y asintió.


–La cocina de Mamá Sara es legendaria. En infinidad de ocasiones ha recibido ofertas, tanto de particulares como de los mejores restaurantes de la isla, para contratarla como cocinera, pero las ha rechazado todas.


Paula tomó un sorbo de vino.


–Y sin duda tú la compensarás por esa fidelidad como se merece –observó con una sonrisa.


–Por supuesto. Siempre cuido de las personas a las que quiero.


Paula sintió una punzada en el pecho, y bajó la vista al plato para ocultar su expresión. ¿Se estaría refiriendo también a las mujeres que habían pasado por su cama? ¿Sentiría algo por ellas, aunque solo fuera de un modo superficial? ¿O sería capaz de amar de verdad?


–¿Y qué me dices de tí? –le preguntó de improviso Pedro–. Parece que se te dan bien los niños. ¿Te gustaría tener hijos algún día?


A Paula, que estaba bebiendo en ese momento, le faltó poco para atragantarse. Dejó la copa con cuidado en la mesa, haciendo tiempo antes de contestar. Si fuera otra persona quien le hiciera esa pregunta, le habría respondido con sinceridad que no había nada que desease tanto como tener hijos, pero con Pedro era distinto. Encogió un hombro y volvió a bajar la vista al plato.


–Bueno, lo he pensado, desde luego –comenzó a decir–. Es algo que cualquier mujer a mi edad se plantea.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 26

 –¿Dónde crees tú que está? –le respondió–. Tenía que parar a ver a su compinche, tu nieta Alma. Seguro que ya están volviendo loca a Romina–dijo refiriéndose a la madre de la pequeña.


Mamá Sara se rió y sacudió la cabeza antes de girarse hacia Paula, que se había acercado a ellos con timidez.


–¿Y qué es esta visión que tengo ante mí? –le preguntó a Pedro con un brillo travieso en sus ojos negros–. ¿Un ángel que ha venido a salvarnos?


Antes de que Pedro pudiera contestar, Paula dió un paso adelante y sonrió.


–Me temo que no; solo soy una vieja amiga de Pedro y de Luciana; me llamo Paula –dijo tendiéndole la mano.


Su humildad siempre había agradado a Pedro. Era una de las modelos más famosas del mundo, pero no se le había subido a la cabeza, como a otras, y nunca parecía esperar que la gente supiera quién era. En vez de estrecharle la mano, Mamá Sara, dejándose llevar por la impulsividad que la caracterizaba, la atrajo hacia sí y la envolvió con un cálido abrazo. Cuando se echó hacia atrás, la miró de arriba abajo con ojos críticos.


–¿No serás modelo, como Luciana?


Paula asintió.


–Ya me parecía a mí… Estás tan flacucha como ella, pero no te preocupes, preciosa: Con unos cuantos días de mi comida pondremos un poco de grasa en esas caderas…


Paula se rió al imaginarse la cara de espanto que pondría su agente si la viese regresar con unos cuantos kilos de más. ¡Cómo le gustaría poder no tener que estar siempre pendiente de su aspecto y de su peso! Mamá Sara los dejó para volver a la cocina, y apareció una chica de sonrisa tímida que Pedro presentó a Paula. Se llamaba Fiorella, era nieta de Mamá Sara, y la ayudaba con las tareas de la casa. La chica estrechó la mano de Paula, y fue a ayudar a Benjamín con las maletas. Cuando se quedaron a solas, Pedro la tomó de la mano.


–Vamos –le dijo–, te enseñaré la casa.


La casa no podría ser más bonita, iba pensando Paula mientras Pedro la conducía escaleras arriba. Los suelos de madera oscura, los viejos muebles, las cortinas de muselina que agitaba la brisa que entraba por las ventanas abiertas…


–¿También viven aquí Mamá Sara y Papá Luis? –preguntó.


Aunque estaba intentando no mirar el trasero de Pedro, que iba delante, cuando él giró la cabeza hacia ella se sonrojó, sintiéndose culpable sin motivo.


–No, y no será porque no haya intentado convencerlos durante años para que se muden aquí. Viven en una casita en el otro extremo de la propiedad. Mamá Sara dice que lo prefiere, porque como no es muy grande sus familiares no pueden quedarse cuando vienen de visita y así no les dan la lata –le explicó Pedro riéndose.


Por el tono cálido de su voz era evidente que le gustaba aquel lugar y su gente tanto como a Catalina. Al llegar al rellano superior había un amplio pasillo con puertas a ambos lados, y al final del mismo un ventanal con asiento que ofrecía una espectacular vista del jardín. Pedro se detuvo junto a una puerta abierta.


–Ésta es tu habitación –le dijo.


Paula lo miró recelosa antes de entrar. Su maleta ya estaba allí. Como en el resto de la casa, el suelo era de madera pulida, y los muebles, incluida la cama con dosel, también eran antiguos. De las paredes colgaban fotografías de paisajes en blanco y negro, y por una puerta lateral se accedía al cuarto de baño, que era enorme y tan elegante como la habitación. Y finalmente había otra puerta, de doble hoja, por la que se salía al balcón. Por las paredes encaladas trepaban unas enredaderas con unas flores de un fucsia intenso, y en la distancia brillaban las azules y claras aguas del Caribe. Verdaderamente aquello era el paraíso.


–Esto es precioso –dijo volviéndose hacia Pedro.


Él avanzó hacia ella con los andares gráciles y amenazantes de una pantera. La tomó de la mano y la llevó fuera, al balcón, y luego hacia la izquierda, donde había otra puerta de doble hoja, abierta también. Era otra habitación, un poco más grande que la de ella, y decorada con un aire más masculino. Era la habitación de Pedro… Paula lo supo sin que él tuviera que decirlo, y sintió que una oleada de calor la invadía.


–Tu habitación era donde dormía Catalina cuando era más pequeña –le explicó–. Así podía oírla si se despertaba de noche. Ahora duerme en una habitación que está en el otro extremo de la casa –le besó la mano, sin apartar sus ojos de los de ella, y añadió en un tono sugerente–: Y, como ves, tu habitación y la mía están conectadas por este balcón…


Paula tragó saliva.


–Pedro, yo… –no terminó la frase. ¿De qué le serviría luchar contra lo inevitable, contra su propio deseo?–. No importa; es igual –murmuró, dándose por vencida.


Y entonces, al claudicar, un repentino nerviosismo la asaltó. Pedro debía de dar por hecho que en esos diez años habría adquirido mucha experiencia en la cama, pero, aunque no había llevado la vida de una monja, tampoco era una experta. Y sin duda él esperaría que fuera como esas mujeres seductoras y sofisticadas con las que salía…


–¿Por qué no deshaces la maleta y descansas un poco? –le dijo Pedro–. Mamá Sara tendrá lista la cena en un par de horas.


Paula admiró su silueta recortada contra el sol, e hizo un esfuerzo para no dejarle entrever su agitación antes de asentir y volver dentro. Se sentía como un junco a merced del viento.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 25

 –Catalina está castigándome por haberle ocultado la verdad todos estos años –murmuró Pedro.


Paula alargó el brazo y le apretó suavemente la mano.


–Pero lo hace porque no tiene otra manera de expresar su ira. Sabe lo mucho que la quieres, y si está arremetiendo contra tí es porque no puede hacerlo contra su madre, que es con quien está dolida, por rechazarla. Lo único que ansía es que su madre la quiera; eso es todo.


Pedro apretó los labios.


–Espero que tengas razón, y que antes o después se dé cuenta de que no soy el enemigo –murmuró. Giró la cabeza hacia la ventanilla–. ¡Ah!, mira, ahí está –dijo señalando.


Paula miró hacia abajo, y vió una isla cuajada de bosques en medio del mar, que era de un increíble azul verdoso. En ese momento se abrió la puerta del camarote y salió Catalina, que fue hacia ellos.


–Le estaba enseñando «Nuestra» isla a Paula –le dijo Pedro–. Pronto aterrizaremos.


Catalina lo ignoró, se sentó en el regazo de Paula, y se puso a señalarle por la ventanilla y a contarle cosas de la isla. Pedro no dejó que su actitud hiciera mella en él. Sabía que Paula tenía razón en lo que le había dicho. No podía culpar a la pequeña por la reacción que estaba teniendo. Le había quedado un cosquilleo en la mano después de que Kate se la apretase para mostrarle su apoyo. Era algo que nunca antes había experimentado, compartir con alguien una preocupación. Lo hacía sentirse… No quería pensar en cómo lo hacía sentirse. Y tampoco en los sentimientos que afloraban en su corazón al ver a Catalina tan confiada y relajada en el regazo de Paula, charlando con ella. Con la diferencia horaria, pasaban de las tres de la tarde cuando llegaron. El sol pegaba, y debía de haber llovido hacía poco, porque había mucha humedad. Cuando bajaron del avión, junto a un todoterreno descubierto estaba esperándolos un joven de color que Pedro le presentó a Paula. Era Benjamín, uno de los hijos de los guardeses, y trabajaba para él, como sus padres. Los saludó sonriente y, después de que metieran las maletas en el vehículo y subieran todos a él, se pusieron en camino por una estrecha carretera que discurría paralela a la costa. Paula iba sentada detrás con Catalina, admirando el paisaje y escuchando la charla incesante de la niña. La alegraba verla tan animada. No tardaron mucho en llegar a un encantador pueblo pesquero, Anse D’Arlet. Tenía un pequeño puerto donde había amarrados pequeños barcos y barcas de colores que se balanceaban sobre el agua, una iglesia blanca, y una calle principal salpicada de tiendas. Algunos edificios evocaban ecos del esplendor de la época colonial, añadiendo una nota de especial atractivo al conjunto. Catalina señaló con el dedo y dijo entusiasmada:


–¡Mira, Paula, esa es la casa de Alma! Pedro, ¿Puedo bajar a verla?


Paula vió a Pedro apretar la mandíbula, dolido sin duda por que lo llamara por su nombre, en vez de «Papá». Por un momento pareció que iba a decirle que no, pero le pidió a Benjamín que parara frente a la casa para que la pequeña se bajara. De la vivienda salió una niña de color, y las dos corrieron, entre chillidos de emoción, la una hacia la otra. Pedro saludó con la mano a la mujer que se asomó a la puerta, y Paula supuso que sería la madre de la otra chiquilla. Él se volvió para mirar a Paula y sacudió la cabeza antes de decirle:


–Ya ves cómo se pone cuando llega aquí. No sé yo si contaremos siquiera con ella para la cena. Aunque supongo que querrá ver a Mamá Sara…


Pedro continuó conduciendo hasta que salieron del pueblo, y unos minutos después salió de la carretera para tomar un camino de tierra. Cruzaron las puertas abiertas de una verja, y entraron en el patio delantero de una idílica villa, con altísimos y frondosos árboles, exóticas flores, y una gran casa encalada. Era de estilo colonial, y tenía un porche de madera a todo alrededor, y un balcón en el piso superior con una barandilla de hierro forjado. Las contraventanas estaban pintadas de un azul brillante, y todo parecía limpio y amorosamente cuidado. Cuando se hubieron bajado del todoterreno, una mujer negra, oronda y con los dientes más blancos que Paula había visto en su vida, salió a recibirlos.


–Paula, te presento a la única e inigualable Mamá Sara –dijo Pedro, señalándola con un ademán, mientras ayudaba a Benjamín a sacar las maletas.


La mujer, que se había quedado en lo alto de los escalones del porche, puso las manos en las caderas.


–Déjate de bobadas y ven a darme un abrazo –dijo–. ¿Y dónde está mi niña? –inquirió mirando a un lado y a otro.


Pedro dejó a Benjamín con el equipaje y fue junto a Mamá Sara, a quien dió un fuerte abrazo.