martes, 5 de mayo de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 37

La cabalgata de los enormes SUV negros coronó la colina y la casa de Pedro apareció en la distancia. La arquitectura de piedra de Château Alfonso, en cuya renovación se había gastado una fortuna, dominaba la escena, una declaración del poder y la riqueza del hombre con el que acababa de casarse en una breve ceremonia civil en el ayuntamiento de Auxerre. Dejaron atrás la cancela de hierro que cerraba los altos muros de piedra, varios edificios de ladrillo y un delicioso jardín exquisitamente cuidado. La casa… Bueno, la mansión quedaba al final del camino, tres plantas con elegantes ventanas rematadas en arco con contraventanas verde pálido, con glicinia y hiedra trepando aquí y allá, en vivo contraste con los balcones de hierro forjado, el tejado rojo y las torretas que remataban las esquinas y que le conferían el aspecto de un castillo a la espera de su rey. A hurtadillas miró a su marido, que estaba ocupado hablando por el móvil en un rápido francés. Pedro no era rey por nacimiento, pero podía encajar en el papel a la perfección. ¿De verdad habían pasado solo diez días desde que había accedido a casarse con él?


 Los días se habían fundido en uno solo, una sucesión de reuniones: Con el equipo legal de Pedro para dar los toques finales al acuerdo prenupcial, escrupulosamente justo. Con un equipo de estilistas. Con una modista que le había preparado un nuevo y completo guardarropa en tiempo récord. Y con Diana para despedirse. Diana, que la había mirado con los ojos de par en par cuando le dijo con quién se casaba. Pero, por las noches, echaba terriblemente de menos a Pedro. Se sentía sola y confusa en aquella lujosa suite, en la que tenía tiempo de sobra para darle vueltas a todo lo ocurrido, en particular a su cara de angustia al ver al bebé en la ecografía. Sacó del bolsillo de su pantalón de lino –parte del hermoso vestuario que había llegado el día anterior– el nuevo teléfono que uno del montón de ayudantes de él le había entregado, y miró la hora para intentar situarse y deshacerse de la tensión que tenía en el pecho desde que se había bajado del jet privado de Pedro en el aeropuerto y lo había encontrado a él esperándola en la pista. Las dos de la tarde. Respiró hondo y miró por la ventanilla del coche cuando entraba a un patio que quedaba al lado del palacio. Pudo ver una enorme piscina sombreada por árboles, en el extremo más alejado del césped inmaculado que partía de la terraza de atrás del château. El coche se detuvo y Pedro dió por terminada su llamada. Bajó del coche, habló con uno de sus asistentes y abrió la puerta antes de que ella hubiera tenido ocasión de hacerlo.


–Bienvenida a Château Alfonso, Paula –dijo con una sonrisa distraída.


A una señal suya, dos empleados del personal uniformado de la casa que aguardaba ante la puerta para recibirlos, se apresuraron a abrir el maletero y empezar a sacar su equipaje, ahora elegantemente guardado en unas maletas que llevaban sus iniciales: PCA. Paula Chaves Alfonso.


–Tu nueva obstetra francesa y su equipo esperan para hacerte una revisión –dijo, y poniéndole una mano en la espalda, la dirigió hacia las escaleras de entrada.


–Pero si ayer tuve revisión con la doctora Karim.


–Es solo una formalidad –murmuró, acariciándole la espalda–. Cuando haya hecho lo que tenga que hacer, lo mejor será que descanses en tus habitaciones antes de esta noche.


¿Sus habitaciones? ¿Es que necesitaba más de una? ¿Y qué iba a pasar aquella noche? ¿Se refería a consumar su matrimonio? Consultó el reloj.


–¿A las seis te parece bien?


–¿Estás estableciendo un horario para el sexo?


La pregunta se le escapó antes de que pudiera impedirlo. Él sonrió de un modo extraño, pero la intensidad de su mirada la sonrojó.


–Me refería a la boda, Paula –dijo, indudablemente excitado por la mención del sexo.


–Ah, ya… Entiendo –nunca se había sentido más torpe, estúpida y necesitada–. ¿Es que aún no estamos casados?

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