Veinte minutos más tarde, se había duchado y cepillado el pelo recién lavado. Por desgracia solo tenía el albornoz y la ropa interior del día anterior, porque no había logrado encontrar su ropa. Ni los zapatos. Incluso el abrigo había desaparecido. ¿Los habría escondido Pedro para obligarla a quedarse? Haciendo acopio de valor, se apretó la lazada del albornoz y abrió la puerta del dormitorio. Esperaba encontrarlo allí, en el salón, pero estaba vacío. Un sonido ronco hizo que mirara hacia el respaldo del sofá de tres plazas que se enfrentaba a otro de los ventanales. Unos pies descalzos largos y morenos colgaban del brazo de seda tostada del sofá. ¿Pedro? Se acercó con cuidado y lo encontró tumbado sobre los cojines. Una fina sábana cubría la mitad inferior de su cuerpo, bajo la que asomaba la cinturilla de los calzoncillos. El corazón se le subió a la garganta de un salto mientras lo observaba sin ser vista. Su pecho era tan magnífico como ella lo recordaba y su abdomen subía y bajaba al ritmo de la respiración, un ritmo que se repitió en su abdomen. Su pelo, siempre peinado hacia atrás, estaba revuelto, y una sombra de barba le teñía el mentón. Seguramente la mayoría de hombres no resultaban tan intimidantes mientras dormían. Respiró hondo, y bastó con eso para que abriera de golpe los ojos, inmediatamente alerta, y ella dió un paso atrás.
–Bonjour, Paula.
Bostezó, se estiró y se levantó con movimientos indolentes. ¿Por qué narices volvía a tener la sensación de haberse metido en la guarida del lobo? Le vió pasarse las manos por el pelo y la cara, pero era el prominente bulto de debajo de sus calzoncillos lo que llamó su atención.. El peso en su estómago se hizo caliente y doloroso, enviando un pulso caótico a su sexo.
–No le prestes atención. Me pasa todas las mañanas. Sobre todo, si he estado soñando contigo.
Paula enrojeció. ¿De qué iba eso? No quería que soñara con ella… ¿Verdad?
–¿Dónde está mi ropa, Pedro? –preguntó de golpe, incómoda no solo por la intimidad del momento sino por su propia reacción.
Tenía que marcharse. Ya hablarían más tarde, cuando hubiera recuperado el equilibrio. Cuando no estuvieran en aquella habitación, siendo ella tan consciente de su desnudez debajo del albornoz… y de su erección matinal. Pero, en lugar de responder, él estiró la espalda y el cuello, dejando que sus vértebras crujieran.
–He hecho que la tiraran –dijo sin el más mínimo arrepentimiento.
–¿Qué? –todos aquellos sentimientos cálidos desaparecieron. Hubiera querido mostrarse indignada por su arrogancia, pero todo lo que lograba sentirse era expuesta. Y preocupada–. ¿Por qué?
–Para impedir que te escaparas mientras yo dormía.
–Pero… Pero ¿Cómo…? ¡No tenías derecho!
Había tenido que pagar el uniforme de su propio dinero.
–Tenía todo el derecho –replicó, bajando la mirada a su tripa–. No pienso permitir que vuelvas a desaparecer hasta que hayamos aclarado unas cuantas cosas.
–No pensaba desaparecer. Anoche te dije que volvería hoy para que pudiéramos hablar.
Ni siquiera respondió. Se limitó a enarcar una ceja, y su expresión lo decía todo: «¿Te parezco idiota?»
–Esa ropa era mía. La he pagado, y la necesito porque me tengo que buscar otro trabajo, así que muchas gracias por el favor –espetó, intentando ocultar la inquietud tras el sarcasmo.
Mostrar debilidad ante Pedro Alfonso no era una buena idea. Se la había mostrado la noche anterior por el agotamiento, y él había pasado como una locomotora por encima de sus protestas y de su propiedad. El cinismo desapareció de su expresión, y justo cuando creía haber anotado un punto al fin, dijo con voz firme y pragmática:
–No necesitas esa ropa porque te voy a comprar otra mejor. Y no necesitas trabajo porque nos vamos a casar en Francia en cuanto sea posible. Dentro de diez días.
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