El vestido no disimulaba su barriguita, y aunque no se avergonzaba de su embarazo, se había sentido como si llevara un cartel de boda de penalti. Pero cuando Pedro se llevó su mano a los labios, el miedo pasó a ser algo casi visceral, porque en aquel segundo, con su mirada recorriéndola, se había sentido hermosa y apreciada por primera vez en su vida… Algo aterrador para ella, porque no podía ser verdad. Pero lo que la aterraba aún más era lo mucho que había querido estar guapa para él. Se miró en el espejo. No podía hacer eso. No debía. Porque sabía lo que ocurriría si se permitía pensar que cambiar su esencia, quien ella era como persona, significaría que podría lograr que un hombre como Pedro llegara a sentir de verdad algo por ella. Y eso no iba a ocurrir. En ocasiones anteriores ya había intentado cambiar. Cuando vivía con las familias de acogida, e incluso con su padre cuando, siendo niña, presintió que la iba a abandonar… Y, por supuesto, no funcionó. Nunca funcionaba. Respiró hondo y oyó a Antonia canturrear mientras preparaba el baño. «Por amor de Dios, Paula, anímate». Entre el perfume de lavanda y rosa que salía del cuarto de baño, reconoció la música que tarareaba: la melodía sensual de su primer vals. Con ese recuerdo le llegó el del salón de baile, iluminado por cientos de velas y adornado con ramos de flores frescas. Y ese vals con Pedro, rodeada por sus brazos… ¿Cómo podía haber logrado que se sintiera tan estimada, tan adorada, cuando nada de todo aquello era real? Enterró aquellos pensamientos. Tenía que ser realista, o acabaría destrozada como cuando era niña. Iba a tomar el cepillo de pesada plata que había en el tocador y su mano se chocó con la de Antonia, que se lo dió.
–Puedo cepillarle el cabello, madame, si lo desea.
Paula sonrió a la joven en el espejo, una joven que era mucho más sofisticada que ella.
–¿Le parece bien que lo haga yo?
–Por supuesto –sonrió–. ¿Quiere que me vaya mientras se baña?
Paula asintió, desesperada por quedarse un rato a solas. Tenía que poner sus pensamientos en orden antes de que… Bueno, antes de que Pedro llegara aquella noche a su alcoba, si es que lo hacía.
–¿Quiere que vuelva para ayudarla a prepararse para su noche de bodas? –preguntó directamente.
–Creo que podré hacerlo yo sola –contestó, muerta de vergüenza–, pero muchas gracias por tu ayuda esta noche, Antonia.
La sonrisa de la doncella le hizo parecer muy joven.
–De nada, madame. Creo que monsieur Alfonso ha elegido muy bien a su esposa.
Antes de marcharse, la doncella dejó una prenda de encaje tan fino como una gasa sobre la cama.
–La couturière ha dejado esto para usted, pero a juzgar por cómo no ha dejado de mirarla monsieur Alfonso toda la velada, pienso que no va a necesitarlo mucho tiempo.
–Eh… Gracias, Antonia–respondió, ardiéndole las mejillas y el pulso entre las piernas, que en ningún momento desaparecía del todo, se recrudeció.
En el baño había una preciosa bañera de patas frente al ventanal por el que se adivinaban los viñedos en la oscuridad. Se quitó la bata y se sumergió en aquella agua fragante, pero mientras intentaba relajar los músculos tensos y cansados de aquel día y de la tensión de las últimas semanas, el dolor palpitante entre sus muslos se intensificó al mismo ritmo que el miedo. Ya había perdido mucho de sí misma durante el evento de aquella tarde. Si al menos tuviese más experiencia. ¿Debía correr el riesgo de acostarse con Pedro? ¿Se veía capaz de negarse ese placer? Y si acudía junto a ella, ¿Cómo no olvidar que aquel matrimonio era de conveniencia y no por amor?
No hay comentarios:
Publicar un comentario