Lo sorprendente del caso fue darse cuenta de que no volver a tenerla en su cama no era lo que más lamentaba. ¿Y si no volvía a ver su cara, tan abierta, tan confiada, las mejillas coloreadas por el deseo? ¿Y si nunca volvía a oír su voz? Caron dejó los documentos sobre la mesa con un golpe, que fue el que lo sacó de su ensimismamiento.
–Ha renunciado a todos sus derechos sobre esta propiedad y las demás de De la Mare –suspiró–. Mañana por la mañana presentaré los documentos ante el tribunal, y las propiedades se subastarán para pagar las deudas. Sabía que era usted implacable –añadió, acusador–, pero no me imaginaba hasta qué punto.
No podía rebatirle nada. Desde luego no era su intención que la declaración se hiciera pública, y menos aún que se filtrara a la prensa. Y tampoco había seducido a Paula teniendo en mente otros motivos, pero lo que le dijera Gabriel Caron le traía al pairo. La censura pública o privada nunca le había impedido hacer lo que quería hacer para que su negocio se expandiera y destruir a sus rivales, lo cual hacía que la sensación de acartonamiento que se le extendía por el cuerpo le estuviera resultando totalmente inexplicable e incomprensible. ¿Por qué le importaba lo que Paula pudiera pensar de él?
–Tenga –continuó el abogado, entregándole un sobre cerrado en el que iba escrito su nombre con tinta negra–. También le ha dejado esto. De un tirón se lo arrebató y lo abrió:
"Pedro, me he dado cuenta de que lo que ocurrió anoche no fue más que un medio para alcanzar un fin, y fui una inocente al pensar que podía ser otra cosa. Espero que ahora logres estar en paz con tu padre. Paula Chaves".
Soltó la misiva y se pasó las manos por el pelo. Así que creía que había estado todo planeado. Que la había seducido, rebajándose a utilizar su propio cuerpo, para hacerse con la propiedad y lograr sus ambiciones. ¿De verdad podía pensar que lo que había ocurrido entre ellos no había sido para él tan espontáneo como para ella? Sí, su equipo legal había cometido un error garrafal, y rodarían cabezas por ello, pero ¿Por qué no se había quedado para luchar? ¿Por qué renunciar tan fácilmente? Y esa tontería sobre su padre… A él, el muy bastardo le importaba un comino. Hacía mucho que había superado su rechazo. ¿Por qué no le había creído?
–Tiene que decirme dónde ha ido –exigió al abogado.
–Ya le he dicho que no tengo ni idea. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que ella misma supiera adónde iba. He tenido que emplear todo mi poder de persuasión para que me aceptara unos cientos de dólares y que pudiera comprarse el billete de tren y sobrevivir hasta que encuentre trabajo.
–¿No tiene dinero? –preguntó, sintiendo cómo crecía su furia–. ¿Cómo es que no tiene dinero? ¿Es que no trabajaba para De la Mare? Algo debió ahorrar, ¿No?
–Hacía meses que André no la pagaba –explicó, y su rabia subió a la estratosfera–. Ese fue el argumento que utilizó para convencerla de que se casara con él. Al parecer, le dijo que podría dejarle el dinero que le debía en su testamento en forma de pensión, si era su esposa legalmente. Si yo lo hubiera sabido antes, le habría dicho que no iba a recibir pensión alguna.
–Maldito bastardo… –masculló, y salió a la puerta de la casa.
Su padre siempre había sido un cerdo. No le sorprendía lo más mínimo que hubiera sido capaz de urdir aquella patraña barata para engañar a su ama de llaves y no pagarle las mensualidades que le debía antes de morir y, de paso, impedir que él llegara a hacerse dueño del legado De la Mare. Pero si Paula no tenía un céntimo, ¿Por qué no había aceptado su ofrecimiento? ¿Y por qué había capitulado tan fácilmente con lo del testamento? Qué locura. Entendía bien lo que era el orgullo, pero no se podía comer orgullo, ni tampoco tener un techo sobre la cabeza. ¿Tan repugnante le resultaba la idea de convertirse en su amante que prefería morirse de hambre? Dejó atrás el grupo de periodistas e ignoró los flashes que le deslumbraron y las preguntas que le gritaron. Sacó el móvil del bolsillo y marcó. Al subir al coche, conectó el manos libres y comenzó a lanzar órdenes mientras daba marcha atrás para salir. Necesitaba que encontrasen a Paula Chaves. Tomó la dirección de la estación de tren. Solo le llevaba unas pocas horas de ventaja. Y mientras salía, una asfixiante sensación de culpa que no entendía del todo amenazaba con paralizarle, además de una aterradora sensación de déjà vu. La voz de su madre sonó en su cabeza… Una voz que le había perseguido en sueños durante años después de su muerte.
–«Pedro, ne t’en vas pas. Je ne peux pas vivre sans toi». «Pedro, no te vayas. No puedo vivir sin tí».
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