Cinco meses más tarde
-Tienes que ver el fiestón que hay esta noche. Te juro que he visto más actores que en los cines de mi barrio.
–Genial.
Paula sonrió a Diana, cuyo entusiasmo en aquel último trabajo de camareras resultaría contagioso, de no estar ella tan agotada. Se subió la cremallera de la falda negra y corta que llevaba, pero no se abrochó el botón de la cinturilla. Al ponerse la camisa blanca, se encontró con que los botones parecían a punto de arrancarse de cómo le había crecido el busto. ¿Cuánto tiempo más iba a poder ocultar su estado, y qué iba a hacer cuando llegase ese día? Aquel trabajo era lo único que tenía para mantenerse a flote, pero trabajar todos los turnos que podía pedir estaba empezando a pasarle factura. Cerró con fuerza la puerta de su taquilla, se calzó los zapatos de tacón que el hotel de la zona de los muelles de Londres exigía y se llevó la mano al vientre, lo que hizo que el miedo aflojase un poco. El amor que ya sentía por aquella criatura dibujó una sonrisa en sus labios. Aquel bebé era suyo y solo suyo, algo que podría amar y atesorar como no habían hecho con ella.
–¿De cuánto estás, cariño? –preguntó Diana en voz baja.
Apartó rápidamente la mano y el miedo volvió a apretarle la garganta.
–Yo… ¿Cómo lo has sabido? –balbució.
Diana era su amiga. No se lo diría a la jefa, ¿No?
–Porque tienes la misma expresión soñadora que tuve yo con mis dos embarazos –sonrió–. Y esa tripita cada vez pasa menos desapercibida.
–¿Tanto se me nota? –musitó, el agotamiento amenazando con derrotarla–. No puedo… no puedo permitirme perder ningún turno.
–¿No tienes a alguien que pueda echarte una mano?
Paula negó con la cabeza, agradeciéndole que no hubiera hecho la pregunta más obvia: ¿Dónde está el padre?
–Vale. Yo llevaré todas las bebidas, y tú quédate con los canapés. Pesan menos.
–Gracias –sonrió, parpadeando deprisa, emocionada.
–¿Quién sabe? Igual encuentras un sugar daddy esta noche –le dijo Diana mientras subían las escaleras de servicio que daban al salón de baile en el que se estaba celebrando San Valentín, el evento para el que las habían contratado–. Desde luego, ricos hay a porrillo.
–Ojalá –respondió Paula, obligándose a sonreír. Desde luego, había un rico al que ella no quería ver de ninguna manera.
En la cocina llenaron su primera bandeja y salió con ella. Paula se colocó su mejor sonrisa. Las personas que abarrotaban el salón de baile pertenecían a un mundo alejado del suyo. Aquel era el mundo de Pedro. Ricos, guapos, arrogantes, privilegiados. Ojalá el dolor que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Pedro y su noche juntos pasase pronto. Había debatido mucho consigo misma sobre si decirle o no que estaba embarazada. ¿No se merecía todo hombre saber que iba a ser padre? ¿Y no se merecía cualquier niño conocer a su progenitor? A pesar de sus actos, Pedro había sido tierno con ella aquella noche, después de enterarse de que era virgen. Y sabía que sus sentimientos podían ser muy hondos, tal y como había reaccionado ante el testamento de André. Pero al pensar en su propio padre, en el modo en que la había abandonado, y el modo que Pedro también lo había hecho… Supo que había tomado la decisión correcta.
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