martes, 28 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 30

Paula abrió despacio los ojos y se encontró en una habitación enorme. Los cortinajes dorados que adornaban los cuatro postes de la cama en la que había dormido estaban iluminados por un rayo de sol que se colaba por el ventanal que había a los pies de la cama. ¿Estaría soñando? Aquella no era la abarrotada y gélida habitación de la casa que compartía en Leyton, donde el ruido del tráfico sacudía las ventanas y la despertaba cada día al alba. Sentía las piernas ligeras, a pesar del dolor en los gemelos por los tacones que se veía obligada a llevar en el trabajo, y la mente refrescada. ¿Cuándo había sido la última vez que se había despertado tan descansada? Se incorporó y la sábana le cayó al regazo, y solo entonces se dió cuenta de que llevaba bragas y sujetador. ¿Dónde estaba su pijama? Los recuerdos acudieron entonces en tropel. Pedro. Pedro la había encontrado la noche anterior y la había llevado allí. Su voz cargada de ultraje, de reproches. Su olor a sándalo, jabón y hombre en el taxi. La fuerza de sus brazos, poderosos y protectores al llevarla al ascensor. Sus manos, bruscas pero tiernas mientras la desnudaba y la tapaba con el edredón tras la visita de la doctora, y la batalla perdida contra el agotamiento. «Ese niño es de mi misma sangre. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?» ¿Qué había hecho? Había dado por sentado que se pondría furioso si se enteraba del embarazo y de su decisión de tenerlo, pero lo único que podía recordar de su expresión era dolor. «No soy mi padre». Sintió calor en el estómago. Lo había juzgado y condenado, y aunque su decisión de huir había sido razonable, él tenía razón: Todo había cambiado al descubrir que estaba embarazada. Se puso la mano en el vientre y notó el movimiento que, una semana antes, la había asustado, pero que ahora la tranquilizaba.


–Buenos días, ranita –lo saludó, y dejó que una lágrima le rodase por la mejilla porque no había nadie allí que pudiera verlo–. Cuánto lo siento.


Huir se había convertido en una costumbre para ella al dejar el sistema de menores, porque siempre había sido más fácil empezar de nuevo que enfrentarse a sus miedos. Debería haberse dado cuenta, en cuanto el médico le dijo que estaba esperando un hijo de Pedro Alfonso, que el momento de dejar de hacerlo había llegado, pero era absurdo castigarse por aquella decisión inducida por el pánico. Pedro la había encontrado la noche anterior y, a pesar de la sorpresa, parecía mucho más furioso porque no se lo hubiera dicho que por el embarazo en sí. «La elección siempre habría sido tuya». Había sido un error no ponerse en contacto con él. Se levantó de la cama y, descalza sobre la lujosa alfombra, fue a por un albornoz que alguien había dejado en un precioso butacón tapizado en seda y abrió los cortinajes del ventanal, desde el que se disfrutaba una hermosa vista del Támesis. Se volvió a mirar a la cama. La almohada que había junto a la suya no tenía marca alguna. Pedro no había dormido allí. Recordó su contacto de la noche anterior. Nada urgente e intenso, sino delicado e impersonal. «¿Pero qué esperabas? Pues claro que ya no le interesas. Además, ¿Por qué ibas a querer interesarle? Eres una mujer embarazada, y fue precisamente tu incapacidad para resistirle lo que te metió en este lío. Bueno, tú no eres un problema, ranita» añadió, tocándose otra vez la tripa. «Ni tampoco un lío. Y nunca lo serás, ¿Vale?» Aunque todo el resto de su vida sí lo fuera. Había perdido su trabajo. Carmen jamás volvería a contratarla después de verla huir como una loca, y tenía que encontrar una solución adecuada para Pedro y ella sin permitir que él le pasara por encima como una locomotora. Se apartó el pelo de la cara. Aún era temprano. Una ducha, su ropa, y estaría lista para enfrentarse a él, y al error que había cometido por no ponerse en contacto con él. Pero no era la única culpable de lo que había ocurrido. No había sido ella quien había utilizado la noche que habían estado juntos como apuesta para adquirir una propiedad, la propiedad que tan empeñado estaba en conseguir que no había dudado en arrojarla a los lobos para hacerse con ella. Pedro no era inocente. En cuanto se lavara y se vistiera, se lo iba a dejar bien claro… Y con algo más de intensidad que el día anterior.

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