jueves, 30 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 35

Entendía que su pretensión no era la de arrebatarla la independencia, sino que solo quería protegerla, ofrecerle el cuidado que su padre no le había proporcionado a su madre, pero no por eso se había vuelto fácil la decisión de poner su vida en sus manos, aunque fuera temporalmente. Hacía tanto tiempo que no confiaba en nadie… Siempre había contado consigo misma y aunque trabajar tanto había sido arriesgado, tampoco era una mujer frágil.


–No hay por qué avergonzarse –le dijo él, empujando suavemente su barbilla.


Sonrió tímidamente. No debía ser consciente de lo irónico que resultaba ese comentario viniendo de él, un hombre que seguramente no había reconocido jamás que necesitase el apoyo de otra persona.


–¿Qué tiene de gracioso?


–Nada, en realidad. ¿Por qué no me limito a irme a vivir contigo a Burdeos sin más hasta que nazca el niño? No es necesario que nos casemos.


–Sí que lo es –dijo en aquel tono dictatorial tan suyo, aunque en aquella ocasión creyó oír una emoción detrás–. No quiero que mi hijo nazca sin tener un padre. Si me dices que sí, encontraremos la forma de llegar a un acuerdo que nos satisfaga a ambos. Voy a necesitar que firmes un acuerdo prenupcial para que podamos disolver el matrimonio en cuanto nazca el bebé sin complicaciones.


Intentó no entristecerse con aquel pensamiento. Aquello sería en interés de ambos, ¿no?


–Y… ¿Qué pasará con la custodia?


–Un niño debe estar con su madre –contestó sin dudar.


¿Es que no tenía intención de ver al niño después? «No desesperes, Paula. Él acaba de enterarse de su existencia. Tú llevas cuatro meses con él».


–Pero me gustaría que me permitieras seguir ocupándome económicamente de él después del divorcio.


La emoción le cerró la garganta.


–Por supuesto –dijo. 


Ella quería mucho más que un aporte económico. Quería que forjase un vínculo emocional con su hijo, y eso llegaría con el tiempo. Quizás cuando lograse derribar las barreras que había erigido alrededor de su corazón y vencer el miedo a la paternidad. Aquel matrimonio le daría cuatro preciosos meses para conseguirlo.


–Entonces, ¿Te casarás conmigo y te vendrás a Burdeos hasta que nazca el niño?


¿De verdad estaba planteándose decirle que sí? Para Pedro, aquel era el modo de asumir la responsabilidad para con su hijo, corregir el mal que se le había hecho a su madre y asegurarse de ser mejor que su padre. Y por su parte, la posibilidad de darle a su hijo algo que ella nunca había tenido, un padre en el sentido más pleno de la palabra, hacía que valiera la pena correr el riesgo, ¿No?


–De acuerdo, Pedro –respondió, decidida a centrarse en la esperanza y no en el miedo. Ya no quería volver a ser cobarde. Había tomado tantas decisiones importantes con su silencio, unas decisiones que ni quería ni podía cambiar, pero aquella era su voto de confianza en que podrían lograrlo juntos y que quizás, solo quizás, pudiera surgir algo más–. Me casaré contigo.

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