El rechazo que los dos habían sufrido podía hacer que se perdiera la confianza en la capacidad de amar, pero ella había descubierto en los últimos cinco meses una vasta reserva de amor que no era consciente de poseer. El bebé aún no era real para Pedro, y la relación de sus padres había bastado para que acumulara grandes dosis de cinismo hacia el amor, pero eso no significaba que no pudiera ser un buen padre.
–¿Por eso estabas tan decidido a acabar con La Maison? –le preguntó–. ¿Por eso me expusiste a la prensa? ¿Por lo que le pasó a tu madre, y a tí, en esa casa?
Lo que le había contado de su madre y el trauma de los abortos había arrojado una luz nueva sobre sus actos de aquella noche y de la mañana de después. Su traición seguía doliendo, pero quizás no había tenido que ver con ella ni con su pasado. Quizás fue un modo consumar su venganza contra un hombre que había usado a su madre de un modo tan vil, para luego abandonarlos a ambos.
–¿Qué? ¡No! Fue solo un error. Alguien en el bufete de abogados se olvidó de borrar el informe adjunto antes de enviar el comunicado de prensa en el que se decía que iba a impugnar el testamento. Por favor, créeme: Jamás habría filtrado deliberadamente los detalles de nuestra vida sexual. Y no estoy tan loco como para culpar a una casa del sufrimiento de mi madre.
–Me alegro de saberlo –sonrió. La tensión que le había encogido el pecho desde aquella mañana, desapareció
–Ahora verás que debemos casarnos cuanto antes, ¿No, Paula?
El silencio de la habitación parecía vibrar a su alrededor, haciéndola aún más consciente de la atracción casi líquida que había entre ellos desde aquel instante en que lo miró por primera vez.
–Cásate conmigo, Paula –susurró, y sintiendo su debilidad, se acercó para besarla en el cuello.
Paula se arqueó contra él y un gemido de deseo salió de sus labios, al mismo tiempo que sus pechos ultra sensibles parecían inflamarse, lo mismo que aquel dulce lugar entre sus muslos. La respiración de Pedro se tornó tan entrecortada como la suya, pero antes de que pudiera rendirse a las sensaciones que recorrían su cuerpo y darle la respuesta que él quería, sintió un movimiento en su vientre.
¿–C’est le bébé? –preguntó, apartándose casi de un salto.
Ella asintió sin poder contener la risa ante su expresión horrorizada.
–Sí. Le gusta dar patadas.
Sin pensárselo, se abrió el albornoz, tomó su mano y la colocó sobre su vientre. El bebé contestó de inmediato.
–Il est très forte, ce bébé –dijo–. ¿No te hace daño?
–No. El médico dijo anoche que es muy activo. La mayoría de mujeres no sienten sus movimientos hasta las semana veinticinco, pero que lo haga ya es perfectamente natural y signo de que está muy sano –explicó sonriendo.
Le vió mirar su vientre como si pudiera ver a través de la piel y luego retiró la mano.
–La doctora Karim sugirió que fuéramos a la clínica esta mañana para hacerte una ecografía –dijo, mirando su reloj–. El conserje puede traer ropa nueva para tí y, en cuanto te hayas vestido, nos vamos.
No era una pregunta. La miraba con su acostumbrada intensidad, retándola a contradecirle, y Paula suspiró. No necesitaba una doctora de las caras teniendo un fantástico obstetra en el hospital público, pero sabía que para él era importante ofrecerle la mejor atención médica que el dinero pudiera comprar, así que no quiso rechazarla.
–Está bien, Pedro. Si insistes…
–Insisto.
–Supongo que debería darte las gracias porque no me vayas hacer ir en albornoz –sonrió, intentando animar el momento, antes de que la emoción la estrangulase.
–Es que me siento magnánimo –dijo él, apoyando de nuevo las manos en la pared más arriba de su cabeza–. Aunque te prefiero desnuda.
Ella se rió, pero el calor en su entrepierna se avivó de nuevo.
–Paula –apoyó la frente en la de ella–, tienes que casarte conmigo. Dime que sí, por favor.
Ahora no era una orden, sino un ruego preocupado. El bebé se movió entonces con delicadeza, como si le estuviera dando su consentimiento.
–Quiero que estés cuidada. ¿Es que no ves que es una locura que trabajes hasta la extenuación cuando no hay necesidad? Yo tengo dinero. Déjame gastarlo en el bebé y en tí, al menos hasta el nacimiento.
La emoción se le amontonó en el pecho y bajó la mirada.
–Es que… No me siento cómoda con que me mantengas tú.
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