La realidad de lo que Pedro había hecho empezaba a calarle hasta los huesos como un virus, debilitándola y causándole un horrible dolor. Aquello era solo culpa suya por pensar que podía enfrentarse a un lobo y sobrevivir. Se había dado cuenta de lo mucho que odiaba a su padre, pero no le había creído capaz de semejante crueldad: Que estuviera dispuesto a destruir su reputación y su hogar solo por llevar a cabo su venganza. Las lágrimas que no se había permitido derramar la noche anterior rodaron por sus mejillas.
–Madame, no desespere –le dijo el abogado, poniendo una mano paternal sobre la suya–. Rebatiremos sus acusaciones. De hecho, puede que incluso nos haya facilitado una ventaja táctica. Decir tales mentiras nos permite demandarle por difamación.
–No podemos –murmuró, secándose las lágrimas para mirarlo a los ojos–, porque todo lo que ha dicho es cierto.
–Pedro, ¿No es ese tu director de comunicación? –Sergio Dupont, el capataz de los viñedos de Pedro, parecía divertido–. ¿Y qué hace ese aquí, donde se curra de verdad?
Pedro apartó la mirada del pámpano que estaba atando. Llevaban todo el día inspeccionando las vides nuevas y se secó la frente.
–Eso parece –contestó.
Estaba acostumbrado a la ironía con que Sergio trataba todo lo relativo al marketing que acompañaba a la comercialización de los vinos. Además, en aquel caso tenía razón para estar divertido, porque Javier Carson parecía completamente incongruente allí, con su traje de diseño y sus zapatos caros, entre filas de vides. Pasar el día trabajando en el campo le había parecido un buen modo de olvidarse de la preocupación por la situación de Paula Chaves. Por su situación, por el persistente deseo que no había modo de calmar y, por supuesto, por el paso que se había visto obligado a dar aquella mañana. Había llamado a su equipo legal a primera hora, después de pasarse la noche intentando encontrar una solución a la terca negativa de Paula a considerar siquiera su oferta. La declaración que había firmado le hacía sentirse incómodo. Era implacable, pero no era la primera vez que hacía algo así para conseguir lo que quería, y ella no le había dejado otra salida. Tenía que romper como fuera su equivocado sentido de la lealtad con De la Mare, y en vista del problema de un posible embarazo, no tenía tiempo de andarse por las ramas. Quería tenerla instalada en el Château Durand cuando antes, y poner en marcha la compra de las tierras de De la Mare antes de salir a la semana siguiente para sus viñedos de California. Así, cuando volviera, habría superado la fase del pataleo y le vería las ventajas a ser su amante. Lo cierto era que la noche anterior había perdido los estribos cuando le había mencionado a su padre. Los celos, por muy absurdo que fuera, le habían cegado, pero en realidad casi todas las reacciones que había tenido con Paula eran absurdas. Sin embargo, después de pasarse la noche en blanco pensando en cómo se había deshecho en sus brazos, había llegado a varias conclusiones importantes. No tenía por qué sentirse celoso de su padre. No solo estaba muerto, sino que Paula no se había entregado a él. Por otro lado, también era posible que se hubiera precipitado en su insistencia de derruir La Maison de la Lune. Le había hecho esa amenaza a su padre porque, que tuviera la desfachatez de pedirle ayuda apelando a sus sentimientos por aquel lugar, cuando ni siquiera le había estado permitido traspasar su umbral… Pero su objetivo al volver a Borgoña había sido el de crear su propio legado y obtener unos vinos que fueran mucho mejores que los de De la Mare. Ser propietario de las viñas en las que tanto había sudado de crío. Pero si Paula accedía a vivir en Château Alfonso, él quizás podría mostrarse magnánimo con la casa… Cuando Carson llegó a su altura, sudaba profusamente.
–Pedro, ¿Por qué nunca contestas al teléfono? –espetó, con su marcado acento californiano.
–No lo llevo encima –replicó, encogiéndose de hombros–. ¿Qué ocurre?
–Necesitamos que vuelvas. Internet echa humo, y tenemos a los periodistas locales acampados delante de la puerta de la oficina. La historia amenaza con pasar a ser de ámbito nacional.
–¿Qué historia? –preguntó, tan molesto como confuso.
Que un subordinado lo llamase al orden no le hacía demasiada gracia.
–La que tu equipo legal ha lanzado a las nueve de la mañana, en la que cuestionas la validez legal del matrimonio de André de la Mare porque anoche sedujiste a su esposa.
–¿Qué dices? –explotó, y su grito se oyó por todo el viñedo–. ¡Yo no he dado permiso para tal cosa! –¿Alguien en Brocard et Fils, sus abogados, había dado a la prensa los detalles de la declaración que había firmado? Una lava ardiente le subió por el pecho, amenazando con hacerle explotar. Termina tú, Sergio –dijo, lanzándole la tijera–. Tengo que irme.
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