El capataz se limitó a asentir. Pedro echó a andar hacia su coche y la furia crecía con cada paso que daba.
–Pero si tú no has dado permiso, entonces ¿Quién? –preguntó Carson, corriendo por la tierra con sus zapatos de doscientos dólares.
–No lo sé, pero lo voy a averiguar.
De un salto se subió a la furgoneta. El imbécil que hubiera hecho aquello iba a pagárselas, pero junto con la furia, era el miedo el que empujaba su estómago hacia la garganta. Paula. Nunca había sido su intención humillarla públicamente, y si los detalles de su primera noche juntos –detalles que había compartido confidencialmente con su abogado– eran ahora el centro de una tormenta mediática, era eso exactamente lo que iba a lograr. Había visto su vergüenza en el cuarto de baño, una vergüenza que no tenía sentido alguno porque era inocente. De hecho, la química entre ellos había sido tan fuerte que ninguno de los dos habría sido capaz de negarla durante mucho tiempo. Lo que había ocurrido era inevitable; inevitable y bueno para ambos. Tanto que no había podido dejar de pensar cuándo podría volver a tenerla en su cama. Apretó el volante con las manos. La recordó con las manos entrelazadas en el regazo mientras él la limpiaba con todo el cuidado y examinaba la piel enrojecida. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el estómago se le encogió y el corazón se le subió a la garganta. Aquel era el mismo sentimiento que le había perseguido durante años después de dejar Borgoña: Culpa. Puso en marcha el coche y pisó el acelerador. Carson dió un salto cuando la arena salpicó su traje y el SUV voló por el camino hacia la carretera, en dirección a las tierras de De la Mare. En dirección a La Maison de la Lune. Y mentalmente se preparó para hacer algo que no había vuelto a hacer desde la mañana en que le dijo a su madre que se iba de Borgoña: Disculparse con una mujer. Tardó diez minutos en llegar y se encontró con que había un grupo de periodistas de una emisora local recogiendo su equipo pero, en cuanto lo vieron bajar del coche, uno de ellos corrió hacia él micrófono en mano, con el cámara pegado a sus talones. Un micrófono que le metió en la cara mientras le lanzaba una ristra de preguntas sobre su escandaloso encuentro con madame De la Mare.
–Sans commentaires –espetó, y se hizo a un lado para llamar a la puerta–. Paula, ábreme. Necesito hablar contigo.
Tras cinco agónicos minutos, la puerta se abrió y Gabriel Caron lo miró con el ceño fruncido.
–¿Usted? ¿Qué hace aquí? ¿Es que no ha causado ya bastante…
–¡Tais-toi! –le cortó, y entró en tromba–. No quiero darles a esos parásitos más de lo que hablar –continuó.
–Su repentino deseo de discreción me resulta difícil de creer –replicó el abogado–. Teniendo en cuenta el daño que ha causado ya…
–¿Dónde está Paula? –preguntó sin prestarle más atención.
Entró en el zaguán y de golpe notó un vacío que no había estado la noche anterior. ¿Dónde estaba el calor, los toques de personalidad y hospitalidad que había percibido al entrar? ¿Las flores naturales en el jarrón? ¿El perfume a lavanda y romero? ¿El aroma erótico que era la propia Paula y que le había vuelto completamente loco?
–¿Paula? –gritó de nuevo–. Deja de esconderte. Tenemos que hablar.
–Se ha marchado –lo interrumpió, y sonó a acusación teñida de tristeza–. Se ha marchado esta mañana antes de que llegaran los periodistas, gracias a Dios.
–¿Dónde se ha ido?
–No lo sé, pero ha dejado esto para usted.
Y le ofreció unos documentos que parecían oficiales. Pedro se guardó las manos en los bolsillos con el ceño fruncido. No quería aceptarlos. ¿Paula se había ido? ¿Sin ponerse en contacto con él? ¿Sin darle ocasión de explicarse?
–Tenga. Es lo que usted quería –le acusó abiertamente.
Pedro sintió una punzada de remordimiento en el estómago. Contuvieran lo que contuviesen aquellos documentos, no era el resultado que tenía planeado. ¿Y si nunca podía volver a tenerla en los brazos? ¿Y si ya no oía nunca más sus suspiros? ¿Y si no sentía su cuerpo pegado al suyo?
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