Aquella boda era una charada necesaria para sus negocios, la prensa y su estatus personal en la comunidad, pero mientras devoraba con la mirada a la mujer increíble que avanzaba por el pasillo, a cada momento le era más y más difícil ceñirse al guion que había escrito con sumo cuidado para sí mismo cuando organizaba todo aquello. Reparó en que los nudillos de la mano con que sostenía el delicado ramo palidecían, lo que le recordó que, además de estar exquisitamente bella, su mujer también estaba extremadamente nerviosa. Intentó calmar su respiración y hubo de admitir que su insistencia en aquella ceremonia no era tan pragmática como quería creer. No había elegido personalmente el vestido, pero se alegró de que la modista no hubiera intentado disimular su embarazo. El bebé era un hecho. Un hecho que ninguno de los dos podía ignorar. Y aunque no había querido que el informe que había presentado sus abogados se hiciera público, se alegraba de que todo el mundo supiera que su padre no la había tocado. Que aunque el viejo bastardo se había casado con ella antes, nunca había conocido los placeres de su hermoso cuerpo. Puede que la gente pensara que se casaba con ella solo porque estaba embarazada y, hasta aquel momento, él había intentado convencerse de lo mismo. Pero cuando Paula levantó su cara por fin y lo miró, no le quedó más remedio que reconocer la necesidad biológica que nunca había sido capaz de contener. «Mía». Cuando Gabriel puso la mano de Paula en la suya, temblaba. Se la llevó a los labios y la besó.
–No temas, Paula. Esto terminará pronto y podremos programar el sexo.
Pretendía que fuera una broma para aliviar la tensión, pero cuando el sonrojo hizo arder sus mejillas, y su entrepierna sintió una sacudida, supo que el chiste era a su costa. Cuando el sacerdote impartió la bendición final y le dió permiso para besar a la novia, aquella primitiva necesidad arrasó su torrente sanguíneo como si fuera un ente vivo, y al tomar a Paula entre sus brazos y conquistar su boca con un beso incendiario, la audiencia y las razones que habían propiciado aquella ceremonia desaparecieron de su consciencia. Lo único que podía oler era su delicado perfume floral y el almizcle de su excitación; lo único que pudo comprender fue la sensación de su cuerpo suave y reactivo rindiéndose al suyo. Y lo único que quiso hacer fue marcarla como suya del modo más básico imaginable, y tan pronto como fuera humanamente posible.
-Ha sido usted una novia preciosa, madame.
–Gracias, Antonia –respondió Paula mientras su nueva doncella le quitaba las horquillas que sostenían su elaborado peinado.
Estaba cansada y contenta de que las festividades, al menos en las que se esperaba que ella participase, hubieran terminado. Cuando el último mechón quedó suelto, suspiró.
–¿Quiere que le prepare un baño? –sugirió Antonia.
–Sería maravilloso –le contestó, aunque aún no se había acostumbrado a que alguien la sirviera.
El batallón de estilistas que habían llegado para prepararla para la boda habían hecho un trabajo espectacular. Al menos no había desdicho en el papel de la esposa sofisticada de Pedro, aunque lo cierto es que había sentido auténtico terror caminando hacia el altar del brazo de Gabriel.
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