jueves, 23 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 26

Había creído verla docenas de veces en los últimos cinco meses. Retazos de su pelo, de su cuerpo, de su rostro, en las calles de París, de Roma, incluso de Johannesburgo habían alertado a sus sentidos, solo para destruirle segundos más tarde al darse cuenta de que la mujer no era ella. Pero el cabello rubio de aquella camarera recogido en un moño desaliñado brillaba con reflejos de oro a la luz del balcón. Apartó a Tamara para verla mejor mientras recordaba la sensación de tenerlo entre sus manos.


–Max, ¿Qué ocurre? –el tono de Pedro era molesto, pero él apenas podía oírlo–. ¿Por qué miras así a esa camarera? ¿La conoces?


–Oui –musitó–. Lève la tête –añadió, deseando que levantara la cabeza para poder verla mejor, aunque ya sabía que era ella por las sensaciones que le quemaban el cuerpo. 


La había encontrado. ¡Por fin! Igual que ocurrió tanto tiempo atrás, ella obedeció su orden y sus miradas se encontraron. Ella se quedó paralizada. La sorpresa fue lo primero en aparecer en su expresión, seguida del pánico y la culpa, pero al ver a Tamara apareció otra cosa. ¿Envidia, dolor, arrepentimiento? Entonces tuvo la respuesta que había estado buscando durante cinco meses sin darse cuenta. Ella también lo deseaba aún. La bandeja cayó con un tremendo golpe al suelo, y todos los presentes, incluido él, dieron un respingo. La comida quedó derramada sobre las baldosas del suelo. Temblaba como si estuviera en trance, un trance del que no pudiera escapar. Pedro sacó la cartera del bolsillo y puso unos cuantos billetes en la mano de Tamara.


–Llama a un taxi para que te lleve a casa –dijo, guardando despacio la cartera pero sin apartar la mirada de amante.


–¿Cómo? ¡Pero bueno, Pedro, qué…!


No la escuchó, sino que echó a andar hacia Paula, devorándola con la mirada. Había algo distinto en ella. ¿Su figura, quizás? Parecía algo más regordeta, incluso más lujuriosa de lo que la recordaba. Cara dio un paso atrás y la luz le iluminó la cara. ¿De dónde habían salido esos círculos oscuros que tenía bajo los ojos?


–Paula –dijo, alzando un brazo hacia ella.


Como un joven ciervo que hubiera olido al cazador, Paula salió de su trance, dió la vuelta y entró rápidamente en el salón de baile.


–¡Paula, reviens ici! –gritó, pidiéndole que volviera, pero ya había desaparecido entre los invitados.


Se abrió paso a empujones entre la gente sin importarle las copas cuyo contenido derramase, las miradas severas o las imprecaciones que recibió, hasta que por fin vio su cabello rubio desaparecer por una de las puertas del fondo del salón en la que había un cartel que decía "Solo Personal". Había huido de él una vez. De ninguna manera iba a permitir que lo repitiera.


Paula se quitó los zapatos nada más pasar la puerta para poder correr con ellos en la mano entre los mostradores junto a los que otros camareros aguardaban a que les llenaran las bandejas. ¡Pedro estaba allí! ¡La había encontrado!


–Paula, ¿Estás bien?


Era Diana la que le había preguntado, y ella negó con la cabeza sin dejar de correr hacia las taquillas. Pedro, que estaba allí con Tamara Delinksi, una supermodelo conocida en todo el mundo a la que había reconocido de inmediato por las revistas que antes le gustaba leer, pero que durante los últimos cinco meses había evitado. Se secó la lágrima que le rodó mejilla abajo mientras seguía corriendo hacia las escaleras. «Dios, ¿por qué lloras? Estaba con otra mujer. ¡Pues claro! Seguramente habrá estado con cientos de ellas desde aquella noche, todas más guapas y exitosas que tú». Carmen Simpson, su jefa, subía por la escalera y se la encontró al bajar.


–Paula, ¿Dónde vas? ¡Quedan dos horas hasta que termine tu turno!


–Lo siento. Tengo que irme –dijo sin esperar respuesta. 


Ya no podía volver, ahora que él sabía dónde trabajaba. Consiguió llegar a las taquillas. Pedro no la seguía. ¿Por qué iba a hacerlo? Aun así, las manos se le volvieron torpes por los nervios mientras recogía el bolso, metía dentro los zapatos y se desabrochaba el delantal. Estaba poniéndose el abrigo cuando oyó pasos y una voz profunda que preguntaba:


–Paula, ¿Por qué has huido?

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