Oír su nombre con el acento francés que tantas veces la había despertado desde que se marchó de Francia le creó un montón de emociones que de inmediato entraron en conflicto, y se volvió hacia él sin pensar, empujada por la necesidad de volver a verlo. Se dió cuenta del error que había cometido cuando él bajó la mirada a su vientre, al que el delantal ya no protegía.
–Ese bebé… ¿Es mío? –preguntó, mirándola acusador y con algo más que ella no entendía, porque parecía como dolor.
Quiso contestar que no, protegerse a sí misma y al bebé de aquella mirada de cinismo cáustico, y del hombre que sabía que iba detrás, poderoso, arrogante, exigente, implacable, más comprometido con su venganza contra un hombre muerto que podría estarlo con alguien como ella. Se volvió a la taquilla, soltó el abrigo y apoyó la frente contra el metal frío. El cansancio que llevaba semanas acechando volvió de golpe y le arrebató la escasa energía que le quedaba, ahogada ya por la sensación de culpa con la que llevaba meses peleando y que creía haber conquistado ya.
–Sí –dijo, con la mano en el estómago para disculparse en silencio con su hijo–. Es tuyo.
Pedro estaba en shock. Tantas emociones le estaban bombardeando de golpe que era difícil controlarlas, y mucho menos diferenciarlas o identificarlas. Paula estaba embarazada de él. La única emoción que no estaba sintiendo era arrepentimiento de haberla encontrado. Siendo como era un hombre que nunca había pretendido ser padre, no tenía mucho sentido, pero no podía definir de otro modo el deseo de protección que le había asaltado al reconocerla en aquel balcón.
–¿Por qué no te has puesto en contacto conmigo? –quiso saber, dejando que saliera la ira… En realidad, para cubrir un dolor que no quería reconocer.
Ella lo miró y el cansancio en sus ojos y aquellas sombras oscuras que tenía debajo le hicieron apretar los puños con fuerza, aunque lo que de verdad quería era acurrucarla contra su pecho. Parecía a punto de venirse abajo. ¿Cuánto tiempo llevaría trabajando así, hasta las tantas, de pie un montón de horas?
–Porque no quería que lo supieras.
–¿Llevas un hijo mío en tu vientre, y no tenías intención de decírmelo? ¿Nunca? –exigió saber, acercándose con un dolor lacerante en el estómago y la traición asomándole en la voz.
Las cosas no habían terminado bien entre ellos, y en parte había sido culpa suya, pero no se merecía algo así.
–Es mi hijo, Pedro. He decidido tenerlo, y tú no tienes por qué formar parte de ello.
–¿Estás loca? Ese niño es de mi misma sangre –espetó, mirándole la tripa–. ¿De verdad piensas que iba a escoger abandonarlo?
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