jueves, 23 de abril de 2026

Una Noche Inolvidable: Capítulo 25

Se abrió paso entre aquella opulenta concurrencia manteniendo la cabeza baja, agradecida por la capa de invisibilidad que le proporcionaba su uniforme de camarera y que le duraría otras seis interminables horas más.


–Pedro, querido, ¿Qué haces ahí fuera? ¡La fiesta está dentro!


Pedro dejó de contemplar el Támesis y se dió la vuelta para mirar a su acompañante, Tamara Delinski, que se acercaba a él caminando como una gata, con dos copas de champán. ¿Por qué se le habría ocurrido asistir a semejante evento atestado de gente, y pedirle a ella que lo acompañara? Seguramente pensó que podría llevársela a la cama, reconoció mientras aceptaba su copa, aunque bastó con que se subiera al coche para estar completamente seguro de que eso no iba a ocurrir. La atracción sexual que una vez sintió por ella, y por todas las demás mujeres con las que salía ocasionalmente, había desaparecido, engullida por el tornado que golpeó su vida sexual cinco meses atrás y que aún no había dejado de apagar su libido. ¿Cuándo narices iba a dejar de obsesionarse con aquella noche? Una noche que no había significado nada porque Paula Chaves había desaparecido. Había pasado meses buscándola, pero todo cuanto él y los investigadores que había contratado habían probado, les había conducido a un callejón sin salida. La mujer era un verdadero fantasma, sin familia, sin conocidos, y sobre todo, sin huella alguna en las redes sociales.


–Es la noche de San Valentín, y nunca se sabe… –Tamara le abanicó con sus pestañas super maquilladas–, podrías tener suerte si te esforzaras un poquito.


–Tomo nota –respondió, antes de beber un sorbo de champán. 


No estaba mal. No era como el mejor de Alfonso, pero aceptable. El problema era que no quería hacer el esfuerzo porque no tenía deseo alguno de que la suerte le sonriera con Tamara, a pesar de sus larguísimas piernas y aquella confianza en sí misma, que antes era para él una agradable distracción cada vez que iba a Londres de negocios. Ahora, en sus recuerdos, solo había sitio para otros suspiros y sollozos, para unos hermosos ojos azules llenos de confusión y vergüenza, para una piel húmeda que olía a flores silvestres, para unos pezones excitados esperando que él… «¡Merde! Deja de pensar en ella. Ya no está. No le interesas». Tamara le pasó un dedo por la mejilla, interrumpiendo sus pensamientos.


–Ay, Pedro. ¿Me estás escuchando siquiera?


«No, la verdad». Justo cuando iba a contestar, algo llamó su atención en el extremo más alejado del balcón. Una camarera había salido para ofrecer su bandeja de canapés a la única pareja que había allí, su lujuriosa figura apenas contenida por el uniforme. El deseo crepitó en sus nervios. ¿Era ella? ¿Podía serlo, o volvería a ser cuestión de su cabeza?

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